artículo no publicado

Álbum familiar y cañerías del poder

Todos pertenecemos a una red social, querámoslo o no. Pero a una red de poder no accedes: naces en ella o te catapultan.

Lo que describe el poder en el mundo son las relaciones que la gente tiene. Con quiénes trabaja. A quién tiene de amigo, a quién tiene de amigo tu mejor amigo. A quién puede llamar y que le pase al teléfono. ¿Te imaginas cómo elige un presidente a su gabinete? Con sus amigos. Con los amigos de sus parientes. Con los poderosos que se atravesaron en su carrera política. Con los que estudiaron junto a él. ¿Cómo se desarrollan las relaciones de poder? Con redes. ¿Para qué construyes redes y para qué te sirven? Para trepar. Haz esta prueba. ¿A quién tienes de amigo en Facebook? ¿A cuántas de esas personas agregaste porque conoces? ¿A cuántas que desconoces agregaste para intentar acercarte a su mundo o mantenerte al tanto de sus ideas? ¿Cuántos te solicitaron invitación a ti en lugar de tú a ellos?

Ahora, sal de internet, entra en la vida trivial y repara en esto: los amigos son inversamente proporcionales a la edad que tienes. Entre más edad tienes, menos amigos te quedan. De niño puedes ser amigo de todos los de tu calle y acaso de todos los de tu barrio. En el colegio puedes ser amigo de la mayoría de compañeros de tu curso, o de los compañeros del grupo de teatro. En la universidad formas un clan, minoritario, para divertirse, para cooperar. En la vida profesional aparecen unos cuantos más (si tienes suerte y no vas en plan de competir por el ascenso). La vida familiar que establezcas con una pareja te otorgará unos cuantos de más (los amigos de tu pareja, más los de la familia a la que te has adherido, más los de la familia que formas). Pero haz esta remembranza a modo de inventario: ¿cuántos amigos te quedan de esa calle de infancia ahora que estás en la universidad? ¿O cuántos te quedan del colegio ahora que estás en la vida profesional? ¿Lo ves?

Hay muchas formas de establecer asociaciones (la sangre, la amistad, los estudios, los intereses personales, los viajes, la web). Una de ellas son las asociaciones de poder. ¿Cómo se tejen, cómo te incorporas a ella, cómo puedes discriminarla dentro de otras formas de asociación? En Colombia, donde el nepotismo es ley, un exvicepresidente, primo hermano del actual gobernante, se jacta así de su origen de clase: “Le voy a decir una cosa: un país donde el presidente es un Santos, el director del primer periódico del país está casado con una Santos, el director de la revista más importante es un Santos, el que está trabajando tras bambalinas por la paz es un Santos y el que le hace la oposición es un Santos, no existe ni en África.” Pero Colombia también es África. Lo que puede advertirse de frivolidades así, en una inspección rápida a los legatarios de la plutocracia, es que los poderosos establecen lazos sanguíneos desde la infancia y que los lazos familiares de poder son más extensos y perdurables en el tiempo que otros. En ese escenario, el poder, las relaciones de amistad, también se establecen por conveniencia. Es probable que el ministro de Justicia de un presidente haya asistido al mismo colegio. Ello responde a la endogamia que subsiste en las familias poderosas: clanes que se cruzan entre clanes. Antonio Caballero Holguín, hijo de noble ascendencia, periodista colombiano, gran escritor de una sola novela, recordaba hace años que la alternancia de los 56 presidentes que Colombia había tenido hasta la época provenía de cuatro apellidos. Notable. Es decir que el poder, las redes de poder, finalmente se heredan.

Para el profesor James Fowler, estudioso de las redes sociales y las formas de conexión interpersonal más actuales, hay extrañas asociaciones en las redes sociales de internet que revelan normas y patrones para las asociaciones humanas. Uno de los aspectos más interesantes en la estructura de la cadena de asociaciones son los conceptos de conexión y contagio (no hay espacio aquí para resumir), pero que se desprenden de esta fórmula: “A quién conocemos y a quién conocen los que conocemos”. A partir de esa idea prestada, hagamos otro ejercicio de autoinspección: ¿conoces a alguien que esté en una posición de poder político y que lo haya obtenido por la idoneidad, por la formación académica, o por la sola elección democrática? ¿No? ¿Conoces al menos la red de poder a que perteneces, o a qué distancia de una red, de un eslabón, de poder estás? ¿Quieres saberlo? Busca entonces la arquitectura del poder que te entrega tu heredad, tu familia original. Haz esta prueba: encuentra el archivo fotográfico familiar. Reúne en préstamo un par de álbumes de tíos y tías, y ahora convoca al miembro, o a los miembros, de más edad de tu clan. Con todos reunidos, empieza a pasar las fotos en su presencia y trata de averiguar cómo se hicieron las alianzas, cómo se conocieron los enamorados. Pregunta a ellos quiénes son los que aparecen en estas imágenes de antiguas veladas, de fiestas fastuosas, de reuniones domésticas, de velorios, padrinazgos, matrimonios o de encuentros que fueron la vida. Averigua por qué aparecen allí, y trata de saber si aún ellos o sus allegados tienen relación con tu familia o contigo. ¿Lo hiciste? ¿Qué encontraste? ¿Aún no lo ves? Trata entonces de que tu álbum familiar responda a esto: ¿eres el familiar del amigo del amigo de alguien con poder económico, político, o comunicativo? ¿Eres tú mismo punto de partida o eslabón en una red de poder? ¿Aún no ves nada? Mira entonces La Biblia. Reyes, Crónicas, Mateo: Abraham engendró a Isaac, Isaac a Jacob, Jacob a Judá…

La red de poder se transmite, se hereda y se protege. ¿Y cómo se protege una red de poder? Con adefesios tan sutiles como la instrucción pública. Con la comedia de la democracia y el conservadurismo disfrazado de liberalismo en el que lo único que se libera es el mercado. Ya habrás comprobado que los tratados de libre comercio sirven para convertir a los millonarios en multimillonarios y para hacer próspera a la potencia asociada mientras el país subdesarrollado se hunde en la desigualdad. Se protege difundiendo la idea de que la ruina de los sectores nacionales equivale al lema “prosperidad para todos”. Se protege también con himnos. Con símbolos patrios. Con códigos. Con leyes. Con eufemismos (llamar “Seguridad Nacional” a un genocidio). Se transmite con el recuerdo y su aparato publicitario: la historia, el periodismo, la cultura oficial. ¿Qué no? El objetivo oculto de la historia oficial y de la cultura oficial es hacer recordar esa jerarquía: la red de poder. De dónde vienes. A qué país y tradición y religión e ideología perteneces. Debes recordar tus derechos y deberes para saber cuáles son tus límites. Quiénes te mandan. Todas las normas sociales, todos los contratos, todos los códigos se amparan en el recuerdo. Te obligan a recordar, te instruyen, porque sin el recuerdo no hay vida ni control social. Sin recuerdo no hay noción de poder, de clase, de jerarquía. Es decir que si tú no puedes recordar mañana la red de poder a que estás sujeto (por ejemplo: quién es el presidente), la red de poder deja de tener sentido para ti. Es decir que si desconoces el sistema y la nacionalidad y la ley, deja de existir (es hipótesis). Pero tú también, si no recuerdas, no existes. ¿Y si jugáramos por un día a no recordar? Ni leyes. Ni normas. Ni oficios. Ni saberes. Ni jerarquías. Ni obligaciones. Ni parentescos. Ni redes de poder. ¿Sería el carnaval? ¿O la revolución involuntaria? ¿O la anarquía total?

Si tienes tiempo, lee esta entrevista a James Fowler.

Mira esta película, Match Point de Woody Allen.

Lee esta sinopsis de Juego de tronos, la serie de televisión más pirateada actualmente.

¿Ahora lo ves? Todos pertenecemos a una red social, querámoslo o no. Pero a una red de poder no accedes: naces en ella o te catapultan. O la fundas, con matrimonios, decapitaciones, guerras, fraudes.