Acompaña-dos | Letras Libres
artículo no publicado

Acompaña-dos

Y entonces Pam y Paul, la pareja perfecta que se conoció en la universidad cuando escribió una opereta y fundó un cabaret, no dejó de asombrar a sus compañeros de clase al contraer matrimonio en Reno, seis meses antes de graduarse y, por fin —con cuarenta y tres años cumplidos entre los dos—, abrió un negocio como dúo de guionistas de comedia, en California. Apenas tenían veintisiete años cuando la NBC eligió su programa piloto para una serie acerca de un adolescente que vive en los suburbios, se peina a la antigüita y tiene problemas juveniles anticuados. Durante las cinco temporadas siguientes, los miércoles por la tarde, decenas de millones de estadounidenses sonrieron al ver el icono en forma de corazón que cerraba los créditos de la serie con un latido ("Una producción Pamela Burger © Paul Mather") y un tintineo final. Cuando ambos se presentaban en las Jornadas Profesionales de la universidad en la que habían estudiado —Pam, una pera bartlett con pecas; Paul, una cebollita de cambray salida de las caricaturas, con delicadas raíces muy peinadas con gel— los dos prodigaban apoyo y aliento a los jóvenes aspirantes a escritor.
     —Trabajen duro, no hagan concesiones, nunca se conformen con lo fácil —afirmó Pam.
     —Y si lo hacen —agregó Paul— asegúrense de que lo fácil tenga seis ceros.
     La feliz pareja, cuyos tres premios Emmy tenían el efecto de confirmar la aptitud literaria de su relación, dejó el programa en 1998, vendió su cabaña en Santa Mónica y compró doce hectáreas de terreno en las montañas porque, a medida que Pam y Paul declararon una serie de ocurrencias a los entrevistadores de los periódicos de sus estados natales —Carolina del Norte y Massachussets—, Paul se volvió psicológicamente incapaz de recordar si el apellido del importantísimo productor Michael Ovita se pronunciaba con una "o" larga o corta, lo que impidió que volviera a presentarse en público.
     En su escondite de las montañas —al que, durante algunas semanas benignas, las revistas enviaron reporteros para elaborar un perfil sobre ellos y transcribir las agudezas de Paul—, la pareja intentó darle forma al guión original de una comedia romántica. ("Queremos empujarnos creativamente uno al otro", declaró Pam a Good Housekeeping. "Por ejemplo" afirmó Paul, "a Pam le ha dado por empujarme, pero por las escaleras".) Sin embargo, ni los meses de empujones lograron que avanzaran en el guión hasta que, un lunes por la mañana, apareció la camioneta de Fed-Ex con un ejemplar de la más reciente semblanza sobre ellos publicada, en el L.A. Weekly. Pam leyó el encabezado y quedó atónita:
     —Acompaña-Dos. Acompaña-Dos: ¡Es el título perfecto! —exclamó—. El aspecto romántico del matrimonio es algo que Paul y yo conocemos muy bien —aseguró Pam—. Todos estamos hartos de hacer bromas sobre la muchacha con esperma en el cabello. Todos estamos hartos del drama del adulterio. En este momento cultural, lo verdaderamente innovador es celebrar la monogamia; crear una pareja tan jovial, tan bien avenida que, desde el primer cuadro, sea un homenaje al matrimonio.
     En la foto que ilustraba el artículo Paul aparecía con el entrecejo infelizmente fruncido, pero afirmó que coincidía casi por completo con su mujer. Sólo le preocupaba algo mínimo: que una pareja demasiado perfecta pudiera ser más simpática que chistosa e, incluso, que llegara a resultarle irritante al público. No sabía cómo interpretar el hecho de que, cuando pensaba en el dúo cinematográfico más gracioso, los primeros en venirle a la mente eran Nick y Nora Charles, dos alcohólicos irredentos.
     —Es sólo una duda —dijo Paul.
     Pam respondió que no entendía por qué Paul adoptaba una postura tan chocante. Para demostrarle que ella tenía razón, se fue a su estudio —una guarida atiborrada de tapetes de seda y cojines del tamaño de una silla— para escribir algunas escenas acerca de un matrimonio tan perfecto como hilarante. En el estudio de Paul sólo había un archivero y una silla plegable. Salió a la piscina y con obediencia abrió uno de los cuadernos que correspondía a uno de los tres programas piloto que, por contrato, Pam y él estaban obligados a desarrollar. Éste, titulado Jugando a la casita, trataba sobre dos adolescentes muy atractivos que contraen matrimonio después que sus padres —parejas de amigos— mueren en un accidente de helicóptero. Los recién casados tienen que aprender a ser adultos —con gigantescas mansiones y millones de dólares, y a desempeñar el papel de directores ejecutivos de sus empresas de familia, a pesar de que apenas tienen dieciocho años y acaban de llenar su solicitud para entrar a la universidad. Extrañamente, Paul —para quien los primeros borradores siempre representaban un verdadero tormento, había anhelado sentarse a escribir la escena en que los adolescentes están en la cama y, enfundados en sus pijamas de personas grandes, lamentan que se hayan marchitado sus impulsos sexuales. Pero, ahora, Paul ya no halló la gracia. En vez de eso, se sintió obligado a encerrarse en el baño del cuarto de visitas con la foto promocional de Tracy Gill, la actriz veinteañera a quien él esperaba concederle el protagónico femenino del programa piloto. Casi una hora después, cuando salió del cuarto de visitas con un humor de los mil demonios, Paul fue directo a su bmw amarillo, biplaza, de colección, y forzó al máximo su motor extravagantemente contaminante, para dirigirse a la ciudad.
     La infancia de Paul parecía salida de una comedia. Su padre, ministro presbiteriano, abandonó la Iglesia para unirse al Departamento de Recursos Humanos de Raytheon —el principal proveedor de sistemas de defensa aeroespaciales— y dedicó su tiempo libre a las apuestas y a beber solo, mientras la madre de Paul encontraba a Jesús y se mudaba a Colorado para iniciar una nueva familia con un coronel de la Fuerza Aérea a quien el Paul adolescente soñaba con asesinar de un hachazo. En el internado, a Paul le dio por vestirse de negro y fumar cigarrillos de tabaco oscuro, y ayudó a establecer una compañía de comedia de pastelazos que escenificaba una ejecución casi real de Dostoievski que ordena el zar. El papel que Paul más disfrutaba era el del alegre Testigo de Jehová que toca una y otra vez a la puerta de la cocina de Sylvia Plath mientras ella trata de suicidarse. También el de Roquentin, alter ego de Sartre, y mirar fijamente la raíz de un árbol hasta que su repugnante y cruda existencia lo hacía vomitar.
     Cuando, en su segunda semana de universidad, Pam descubrió a Paul, él era un joven demacrado y solitario que despreciaba a las mujeres casi tanto como el alcohol y los deportes. La noche que ella asentó de golpe su charola de alimentos junto a la de él, en la de Paul había tres platitos con cubos de gelatina, uno con postre de vainilla, dos vasos de Pepsi y una enorme pieza de pavo. Las primeras palabras que Pam le dirigió a Paul fueron:
     —¿Estás seguro de que el pavo no te va a hacer daño?
     Para cuando llegó el Día de Acción de Gracias, Pam ya estaba bien encaminada en el proceso de civilizarlo. Lo llevó a su casa en Durham, donde lo presentó a sus rollizos y joviales padres. Su papá era coautor de una introducción universitaria a la macroeconomía, misma que volvía a editar cada vez que la familia necesitaba otro millón de dólares. ("Es mi propia casa de moneda", dijo con una risita idiota, mientras le mostraba su oficina a Paul.) El padre le dio un curso propedéutico sobre cata de vinos, la madre lo enseñó a decir en latín el lema de la familia (Algún día, en retrospectiva, todo esto será gracioso), y cada noche, en el cuarto de Pam —al cual los padres habían prohibido el acceso después de las diez ("¡Te vas a arrepentir si te atreves siquiera a posar un dedo sobre nuestra hija, jovencito!")—, ella destapaba las energías carnales que desde hacía tanto se acumulaban en Paul quien, oriundo de Nueva Inglaterra, tenía una psique como de olla de hierro forjado. Antes de Paul, ella estuvo desnuda frente a un estudiante de intercambio que vino de Francia. Su grueso acento y su cínico interés en acostarse con ella le sirvieron después de inspiración para crear a Pierre, un divertido personaje de su exitosa serie de televisión, pero Pam era una niña tan mimada que no sintió la menor sorpresa, ni el más mínimo rastro de temor cuando el extraño e intenso yanki a quien eligió como pareja se dedicó a ella de una manera tan obsesiva: a Pam le pareció que era lo menos que se merecía.
     Quizá —pensó Paul a bordo de su biplaza, en la carretera 101— lo maravilloso y reconfortante de Pam, y la raíz del problema que ahora lo aquejaba, era que ella no conocía la duda. Las frases más graciosas de sus guiones, las que tenían ese satisfactorio crepitar de sadismo, en su mayoría las había escrito él, pero estaba plenamente consciente de que la confianza de Pam en sí misma y su mayor tolerancia hacia los clichés les habían conseguido los contratos grandes. Y ahora, como Pam no estaba programada para dudar, parecía ajena al hecho de que ella había aumentado ocho kilos de peso desde su mudanza a las montañas y se paseaba por la casa con el adiposo tremor de unos brazos llenos de pecas. Ciertamente, daba la impresión de que no le preocupaba no haber tenido relaciones sexuales con Paul desde antes del Día del Trabajo y, en definitiva, había prestado oídos sordos a ciertas claves urgentes sobre acicalamiento y postura que Paul le lanzó durante la sesión de fotos para el L.A. Weekly. De hecho, la persona a quien Paul ahora asesinaba en su mente con un hacha imaginaria era al editor del periódico, quien —Paul estaba convencido— eligió con auténtica saña la foto en que Pam se veía como Jackie Gleason para castigarla por su complacencia, y para ridiculizarlo a él por esa confesión repugnantemente sincera de que todas las cosas buenas de su vida se las debía a ella, frase que en el reportaje apareció a la altura de la imagen del rostro lleno de manchas de Pam.
     Paul se sentía atrapado y aislado por los estrafalarios detalles de un romance que, incluso ahora, Pam se empeñaba en celebrar a través de un guión cinematográfico. Él habría querido llamar a una mujer, pero le pareció poco probable que, en todo el Sur de California, quedara una sola —atractiva— a quien no le repugnaran las interminables declaraciones de la pareja sobre el indecible deleite que les proporcionaba su mutua compañía. Y así, al llegar a la oficinita de Mathburger Producciones, Paul simplemente tomó aquello por lo que fue hasta allá: un viejo fólder, guardado con cariño, que contenía sus guiones de secundaria, y un video-compilación sobre la carrera de Tracy Gill, que preparó su asistente, y en el cual Paul ansiaba encontrar alguna escena que Gill se arrepintiera ahora de haber filmado entonces. Mientras tanto, Pam se reía a carcajadas escribiendo sus cuartillas. En esas páginas, hablaba de Sam y Paula, una pareja algo neurótica, pero adorable, que va a Maui a pasar una semana de vacaciones. Paula, a quien Pam describía como "extremadamente atractiva; el tipo de mujer que le gusta a un hombre inteligente", se convence de que ya está vieja, desaliñada y es cada vez menos atractiva, a pesar de que hace que todos los empleados del centro vacacional se vuelvan a mirarla. Una serie de malentendidos cómicos, que Paula maneja hábilmente, la convencen de que Sam coquetea con una escultórica y superficial belleza llamada Kimbo, en la que, en realidad, Sam no tiene interés alguno.
     —¿Y por qué no habría de interesarle? —preguntó Paul cuando, después de un mes de arduo trabajo, Pam por fin le mostró el Primer Acto.
     —Porque es una tetona pendeja —respondió Pam—. Ya sabes, el tipo de mujer por la que babean los hombres... que es justo lo que vuelve tan paranoica a Paula; justo lo que hace que Sam se sienta tan atrapado, cuando en realidad...
     —En realidad, ¿qué?
     —En realidad, él está avergonzado de la poca atracción que siente hacia Kimbo. ¿Qué me pasa? Todos los hombres en Maui mueren por ella. ¿Soy gay, o qué ocurre?, se pregunta Sam. ¿Ser monógamo me hace menos hombre? Porque la idea del guión es lo difícil que es serlo; cómicamente resulta incómodo que, después de tantos años de matrimonio, todavía esté enamorado de su mujer, cuando existe una gigantesca presión cultural para que él trate de seducir a pollitas tipo Kimbo.
     Tras una pausa, Paul asintió:
     —Sí —dijo—. Sí. Está bien. Entiendo. Es interesante. Pero entonces qué pasa si en el Segundo Acto...
     —No —afirmó Pam con un tono de voz que hizo que Paul se preguntara si, en realidad, ella había estado tan ausente como él creyó—. Lo he pensado dieciséis horas al día, y no. Justamente ése es el meollo: Paula desconfía de Sam; las sospechas de ella le dan ideas a él; él trata de actuar según esas ideas; posiciones comprometedoras; crisis en el matrimonio; amor reafirmado; lección aprendida; final feliz.
     —Sí. Estoy de acuerdo, es lo de siempre —dijo Paul—. Pero, ¿por qué Kimbo (nombre poco cómico, por cierto) tiene que ser tan caricaturesca? ¿Por qué no puede ser como Paula, sólo que más joven: el tipo de veinteañera que le gusta a un hombre inteligente?
     —Sólo porque no sería gracioso. A no ser por ese pequeñísimo detalle, por esa absoluta falta de comicidad, tu idea me parece estupenda —dijo Pam.
     Paul se refugió en su propio estudio a ver, por quinta o sexta vez, el video de Tracy Gill que, lamentablemente, era apto para todo público, y a releer sus guiones de secundaria e imaginarlos como fuente de una triunfal comedia por cable; una especie de Monty Python convertido en Tristes Historias de Hadas. Después de un doloroso titubeo, la sorprendente y perenne brillantez de esos guiones por fin le dieron a Paul el valor necesario para alzar el teléfono y llamar al agente de Gill a fin de arreglar una prejunta con la estrella potencial del nuevo éxito televisivo en el que Pam y él trabajaban.
     La reunión se llevó a cabo un martes, a las dos de la tarde, en el Starbucks de Westwood. El único pero que Paul le encontró a Gill fue que llegó acompañada de su mamá.
     Al verla, Paul recordó a su propia madre. La primera pregunta que le hizo la señora Gill fue: ¿Exactamente qué significa la frase "prejunta"? La segunda: ¿Por qué no vino su esposa? La tercera: ¿Por qué nos reunimos aquí y no en su oficina? La cuarta: ¿Por qué se negó a que nos acompañara el agente de Tracy?
     Paul respondió con frases sintácticamente complejas. Para cambiar de tema, expuso su idea de realizar un programa por cable basado en sus guiones de secundaria. Con un berrido agudo Tracy verificó que acababa de leer The Bell Jar. La señora Gill le preguntó a Paul cuál era la gracia de que una joven madre metiera la cabeza en el horno.
     La junta duró treinta y cinco minutos. De regreso a las montañas, después de conducir a toda velocidad imaginando un hacha clavada en la frente de la señora Gill, Paul halló a su atocinada mujer junto a la piscina. Estaba lívido de culpa. Ella le pidió que adivinara quién la había llamado por teléfono, pero Paul no atinó.
     —La madre de Tracy Gill —respondió Pam.
     De tajo, Paul se quedó sin aliento:
     —¿Hablaste con la madre de Tracy Gill?
     A manera de respuesta Pam se envolvió en su bata y se incorporó.
     —Paul, quiero que te vayas. De inmediato.
     Sus palabras eran tan repentinas e hicieron que Paul se sintiera tan culpable y temeroso que, aun cuando, en esencia, estaba hasta la coronilla de Pam, trató de defenderse y de proteger su matrimonio:
     —¿Vas a dejarme por tomar café con Tracy Gill y su madre?
     Pam negó con la cabeza.
     —Es sólo que, antes de seguir con el guión, quiero que te vayas.
     —¿Estás loca? ¿Crees que me atrevería a robarte el crédito?
     —A estas alturas Paul, te creo capaz de casi cualquier cosa.
     —¿Hasta del crimen de tomar café a las dos de la tarde? ¡Por Dios Santo!
     —Tuviste la oportunidad de participar en el proyecto. Te di semana tras semana tras semana —dijo Pam.
     —¡Tu guión no es más que una fraudulenta y anhelante fantasía de cuarentona! —gritó Paul.
     A lo cual Pam se limitó a decir, mientras negaba con la cabeza:
     —Me decepcionas tanto.
     Como parte del acuerdo de divorcio, treinta días después Paul firmó una declaración jurada en que se comprometía a renunciar a todos los derechos sobre Acompaña-Dos. El publicista de Pam le confió a la revista Variety:
     —Es un buen hombre, pero ella llevaba años a cuestas. Fue demasiado.
     Cuando Acompaña-Dos obtuvo ganancias por ciento diez millones de dólares en taquilla, y Pam apareció fotografiada con diez kilos menos de los que Paul jamás la había visto, incluso en sus épocas universitarias, y ella empezó una relación con un joven tan cincelado y pectoral que, incluso si no era gay, debía serlo, y produjo otras comedias —cada una más redituable que la anterior— para un público femenino maduro, por fin Paul comprendió que lo que le había parecido una fantasía anhelante había sido fantasioso sólo porque él mismo no creyó en ello: porque ofendía su buen gusto. En Pamelandia, en cambio, el deseo era congruente con la realidad, y cada boleto para ver las películas de Pam, cada video rentado y cada elogiosísima reseña en el cuadrante de AM eran como un voto más que ratificaba la realidad de ella a expensas de la de él. El país entero odiaba a Paul, de modo que se mudó a la ciudad de Nueva York, donde, bien aislado financieramente hablando, se dedicó a darle nueva forma a sus viñetas cómicas para convertirlas en cuentitos de corte formal, que enviaba por correo aéreo a diversas publicaciones. Era frecuente verlo en cierto tipo de fiestas, de pie, junto a la ventana abierta, vestido de negro, fumando cigarrillos, ávido por hablar de su tema favorito: lo malas que eran las películas de su exmujer. -
     

— Copyright © 2005 de Jonathan Franzen. Publicado originalmente en The New Yorker.
     — Traducción de Laura Emilia Pacheco