MÚSICA - Noviembre 2004

Café Tacuba: Brincar hasta el infarto

por Fabrizio Mejía Madrid

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Hasta el último día de la corrida de las películas programadas en la Sección Oficial del reciente Festival de San Sebastián, ninguna convocaba al consenso sobre su calidad o superioridad. Se había hablado, quizá, de la que había encendido el primer debate entre canónicos y modernosNine Songs, del inglés Michael Winterbottom, con su sexo explícito y actores amateurs; de la que había conmovido al público de las tardes y se apropiaba del adjetivo entrañableRoma, de Adolfo Aristaráin, recuento nostálgico de la historia reciente argentina; la que no rendía cuentas a nadie y valía sólo como ejercicio de estilo —el thriller coreano Spider Forest, una categoría en sí misma; e, intercambiables en una manera, el tríptico de películas latinoamericanas en competencia, cuyo compromiso era la denuncia de una realidad socioeconómica y no tanto la búsqueda de un lenguaje original para ejercerla (El cielito, Bombón el perro y Sumas y restas, las dos primeras argentinas y la tercera colombiana, del reputado Víctor Gaviria).
     Además de una película que entusiasmara a todos y no fuera acompañada de un adjetivo en las cabezas del diario del Festival —la polémica, la entrañable, la rara, la dura—, otra ausencia empezaba a notarse en el corpus de la selección oficial: la del humor deliberado, sin pudores a cuestas, y no sólo esparcido en una secuencia o dos...