Convivio - Junio 2008

Soneto con pie quebrado

por Alejandro Aura

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Miro mis pies desde la perspectiva que me da el estar sentado en la cama con dos almohadas en el respaldo y la página blanca sobre las piernas y la pelvis, lo que universalmente se ha llamado siempre el regazo con esa carga de calor íntimo que lo hace ser el reducto tradicionalmente más acogedor del cuerpo humano, aunque haya criterios discutibles respecto a esta y otras posibilidades y aquí sólo se trate de mí mismo, lo que hace que toda referencia a calor humano se vea menguada al no incluir a nadie más; peor si se toma en cuenta que esa página blanca es, perdón por la franqueza con que lo digo, la pantalla de una computadora portátil y no el amistoso cuaderno que va dejando poco a poco el lugar a la despersonalización total de los materiales: imagínate: una pantalla de plasma en la que se escribe lo que marcas en el tablero sin que la realidad dé un paso más allá, y no como antes, cuando quedaba un testimonio tangible, en relieves, en tintes o en grafito sobre una superficie material, fuera la estela de piedra o de barro, bronce, plomo, o la pared de la caverna, el aplanado de los filamentos del papiro o el amate, o la laboriosa fábrica por fibras en suspensión de la hoja de papel; y pienso si mis pies podrían ser tema de escritura, así sea mínima: unas cuantas líneas que los describan, que hablen de ellos; alguna paginilla en la que los pobres se reconozcan y sean estrellas por un día, protagonistas de lo repentino, héroes de un episodio cualquiera, aunque no logre conformarse una verdadera aventura, así sea sólo esa ínfima apariencia de lucimiento social que ocurre cuando los padres exaltan las virtudes, ciertas o apetecidas, de los hijos...

Poemas - Octubre 2007

Nunca serví para contar historias

por Alejandro Aura

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Nunca serví para contar historias, me agazapaba detrás de la ventana, según yo astuto como un zorro ajeno, para cazar un momento que me revelara la carne viva de un acontecimiento al que le viera yo la sangre derramarse en fuente con su pálpito verbal junto a mi oído, pero el pasar común de una mujer bonita acababa con mi concentración; me fijaba en los demás para seguir paso a paso la secuencia ilada como un festón o una guirnalda de lo que les había pasado, sus deseos, sus cambios de temperatura, sus temblores, sus hijos, sus relaciones con la col, con el transporte, y acababa distraído acariciando una anécdota cualquiera sin relieves de cuando el amor se asoma y pasa y deja a dos o más en contubernio; me iba de viaje con objeto de que ninguna rutina me impidiera coger la verdad de alguna historia y meterla en cintura contándola como pudiera, tomarle un jirón como animal de presa y desgarrar, jalar, tirar sin asco ni miedo de la sangre aunque no fuera fina mi descripción de los hechos ni se atuviera a su carril de tránsito pero que ocurriera, que fluyera, que tuviera un antes y un después y una pulpa creíble, pero las nubes, el reflejo, los coches, un susurro que ni era para mí acababan atravesándoseme entre la voluntad y lo posible, y así ninguna historia tenía pies ni cabeza; me metía a mí mismo en la vida tratando de que me ocurriera algo que tuviera secuencia, aunque no fuera gracioso, aunque me doliera incluso, pero todo me sucedía en imágenes inconexas, en percepciones súbitas ajenas al orden del discurso; hasta que desistí, supe que no sería novelista ni poeta épico ni guionista de cine, y una gran paz inundó mi cuaderno; estaba hecho, comprendí, para cosas sencillas y lo único a que podía aspirar era al deslumbramiento...

Homenajes - Abril 2005

Estatua en Lavapiés

por Alejandro Aura

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Cuando llegué a Madrid alguien me habló de la plaza, recién remodelada, en donde había estado la estatua que donó México de Agustín Lara, quien no pocos méritos hizo para estar vivo de por muerte en Madrid, Madrid, Madrid, concretamente en Lavapiés: "cuando vayas a Madrid, chulona mía, voy a hacerte emperatriz de Lavapiés", el barrio de la más alta concentración de modos de ser en el país, y me parece que he oído que al menos en toda Europa si no es que en el mundo; que están representadas en este solo barrio relativamente pequeño, en habitantes contantes y sonantes, más de ochenta naciones.     Tú vas por esas calles muy inclinadas según se baja del Barrio de las Letras al de Lavapiés —que tanto no es ir sino regresar cuesta arriba— y no puedes dejar de pensar en quiénes serán y cómo serán, pensarán, amarán, se comportarán en lo íntimo los enigmáticos compradores de esa cantidad de bisutería, de moñitos, de paraguas, de relojes, de chalinas y pashminas y gorros y turbantes y vestimentas extrañas y baratijas y perplejidades que venden en almacenes abigarradísimos que anuncian sus mercancías en montones de lenguas diferentes; qué sé yo si este almacén es de chinos o de tailandeses o de vietnamitas o de coreanos y si aquel es de marroquíes o de argelinos o de libios o egipcios o tunecinos, y allí, si te fijas, andan afanosos bolivianos, colombianos, ecuatorianos —y de entre ellos los que más se notan son los otavalos u otavaleños, que son los fenicios de América—, y de todos nuestros demás países, y los que engloba ese eufemismo políticamente correcto que evita la palabra negro: subsaharianos...

Sociedad - Enero 2005

Llegar a puerto

por Alejandro Aura

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Qué habrá pensado, pienso yo, el capitán surcoreano de ese barco congelador llamado Wisteria, que atracaba en A Coruña, en el puerto de Santa Uxía de Ribeira, para descargar atún congelado que traen de Dakar y se enlata como producto gallego, cuando uno de sus marineros —¿cómo le habrá hecho, me pregunto, si es chino, como todos los demás marinos de ese barco?; he aquí, en todo caso, el poder universal del inglés— le pasó una nota al práctico del puerto que ayudaba a las maniobras de atraco para informarle que el capitán había decidido dejar en una mala balsa a la deriva a cuatro polizones africanos que descubrió en su barco.     Luego el práctico habrá avisado, supongo, a la capitanía del puerto, y las autoridades decidirían iniciar una investigación y la prensa hacerle una foto que salió hace unos días; el rostro de una dureza y una frialdad infinitas, algo que se parece mucho a la tristeza; no como los malos de las películas, sino como los humanos de la vida real.     Qué habrá pensado, si es que pensó algo, porque quizás fue un simple acto rutinario, una decisión normal de orden correspondiente al capitán de un barco navegando en aguas internacionales, cuando tiró un remedo de balsa, unas tablas en las que malamente cabrían los cuatro y los hizo descender del barco y los vio alejarse, o más bien, quedarse en el mar infinito y móvil mientras el barco se alejaba.     Pero supón que no haya pensado en ellos como individuos, como unidades con esa sucesión de acontecimientos repetidos, iguales, constantes pero siempre con algún matiz en su orden que los hace ser historia personal, pero qué pensaría de los catorce marineros chinos si es que tenía el pleno control de su oficialidad surcoreana, tres...

Periodismo - Diciembre 2004

Polizones

por Alejandro Aura

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 Qué habrá pensado, pienso yo, el capitán surcoreano de ese barco congelador llamado Wisteria, que atracaba en A Coruña, en el puerto de Santa Uxía de Ribeira, para descargar atún congelado que traen de Dakar y se enlata como producto gallego, cuando uno de sus marineros —¿cómo le habrá hecho, me pregunto, si es chino, como todos los demás marinos de ese barco?, he aquí, en todo caso, el poder universal del inglés— le pasó una nota al práctico del puerto que ayudaba a las maniobras de atraco para informarle que el capitán había decidido dejar en una mala balsa a la deriva a cuatro polizones africanos que descubrió en su barco.     Luego el práctico habrá avisado, supongo, a la capitanía del puerto, y las autoridades decidirían iniciar una investigación y la prensa hacerle una foto que salió hace unos días; el rostro de una dureza y una frialdad infinitas, algo que se parece mucho a la tristeza; no como los malos de las películas sino como los humanos de la vida real.     Qué habrá pensado, si es que pensó algo, porque quizás fue un simple acto rutinario, una decisión normal de orden correspondiente al capitán de un barco navegando en aguas internacionales, cuando tiró un remedo de balsa, unas tablas en las que malamente cabrían los cuatro y los hizo descender del barco y los vio alejarse, o más bien, quedarse en el mar infinito y móvil mientras el barco se alejaba.     Pero supón que no haya pensado en ellos como individuos, como unidades con esa sucesión de acontecimientos repetidos, iguales, constantes pero siempre con algún matiz en su orden que los hace ser historia personal, pero qué pensaría de los catorce marineros chinos si es que tenía el pleno control de su oficialidad surcoreana, tres; supongo que no los habrá diferenciado tampoco como individuos con gustos, con criterios, con modos de ser, con ideas y conceptos...

Poemas - Enero 2002

Niño sin nombre

por Alejandro Aura

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     Para mí no acaba el plazo de la vida     porque morí al nacer,     no hay fecha que desazone mi espíritu pensando en       el horror del vacío     porque antes de conocer siquiera las caricias       de mi madre pasé a mejor      vida, como dicen,     aunque no hay vida mejor que ese breve momento       en el que tuve sangre      circulando caliente por mis venas y oí en mis propios       oídos un ruido     que salía de mí mismo como un líquido dulce     pues todo lo demás —cuál mejor— fue pudrirme, secarme luego y comenzar     el único trabajo posible del amor que es deshacerse,     volver a ser de nada     ah, si hubiera tenido un rato más para probar       a qué sabía mi madre,     para oír su voz enseñándome con paciencia de carne      una a una las     palabras con que se hace el cuerpo de la vida,     —cuerpo, carne, sangre, sabor, qué apetecibles palabras—     si hubiera visto sus ojos enfrentito de los míos      proyectando en mi     pantalla      lisa toda su historia y la de sus antepasados,       fuera lo que fuera y como      fuera,     habría dado mi vida —es un decir— por tener un recuerdo palpable de besos,      de caricias, de cuerpo contra cuerpo,     como esas vírgenes desnudas que sueñan los herejes       o algunos cristianos      muy puros     abrazando a sus niños con emoción de madre nueva,     si hubiera dado tiempo de algo,     pero apenas había corrido el trámite de pasar de líquido a corpóreo,     apenas había podido desfruncir mis párpados y labios para aspirar los      listones del aire     cuando el color amarillo verdoso me llevó a la muerte sin que hubiera voz      que apelara la sentencia     porque mi madre permanecía sedada y mi padre      era un cretino     al revés de como es la vida yo he ido decreciendo       en donde no estoy,     un conjunto de negaciones fue mi infancia,       mis juegos infantiles, mis      aprendizajes,     las rayas regulares del piso son los escalones de ascenso, las rayas      irregulares son asechanzas chistosas,     los claros en que piso son lo único que puedo hacer,     si piso raya mi destino cambia, el universo revienta     y los muertos desaparecemos,     mal que bien tuve que ir educando a mis padres       para que me quisieran,     ellos no lo saben pero entre maldiciones y blasfemias       he intercalado     besos,      caricias dolorosas, abrazos apretados llenos de fiebre y miedo, de una     pesadez horrible que he sentido en mi cuerpo negado     para que ellos, al contacto conmigo, vuelvan a creer       en la fertilidad     que se      frustró con mi deceso     bien que ya es imposible remediarlo     porque el seno en el que estuve tramitando el corto viaje también ya está      del otro lado     pero la enmienda de las torceduras espirituales     igual sucede en tiempos que no son los tiempos reales       de la vida     por eso me aplico     y lleno de fervor amoroso hacia mis padres trato       de enderezar el     naufragio de mi precaria vida.     ¡Cuál vida!     ¡Si yo hubiera vivido!     Si el miedo hubiera estado allí con su humedad       para causar esa alegría     sorda de los sudores infantiles     envuelta la cabeza para no ver los fantasmas       que me asediaban,     si la avena, el plátano, la leche, el pan dulce,       hubieran  nutrido mi     niñez      saludable, rubicunda, ay qué bonito, qué llenito,     poco a poco habría ido conociendo las palabras     mientras viera mi piel extendiéndose para cubrir       la carne con que se      formaban.     Porque sí digo, pero con lo que digo no digo nada       pues todo se quedó en      veremos.     Salí en una cajita ridículamente adornada de encajes azules     bajo el brazo de mi padre, como un libro,     una novela cuyos primeros capítulos estaban       plenos de carnalidad, saliva,      risas y acumulación de vacíos;     y el muchacho, que me iba leyendo     con esa voracidad con que a veces se devoran       las historias,     arrancaba las páginas para no caer en tentación       de releerlas,     desde que salimos del Centro Médico hasta       que llegamos al cementerio —yo      no sé su nombre, no sé cómo se llama el depósito en donde fui dejado;     ahora me da risa pero en ese momento     tuve la tentación de reflexionar sobre el destino       de mi alma     pues el de mi cuerpo estaba más que claro— hasta que sin una sola lágrima      que lo ayudara a soportar la desolación infinita,       la más arenosa y seca de      las aflicciones, me dejó enterrado,     mas como uno de los capítulos se llamaba El deseo     ando aquí medrando en los páramos más tristes       de la memoria.           De tal modo, pues, se reproduce la vida,     vuelve a ser en donde menos se espera;     a diferencia de la vida vegetal,     la vida humana retoña en donde no hay tronco ni rama ni agua ni sol ni aire      ni un demonio.     Así que además de ser ya nada, soy recuerdo.     ¿Qué diferencia hay entonces entre vivir y no vivir?     Puedo tener, ya tengo, la vida pormenorizada       en la que cada segundo     está lleno de olor, asombro, sentimiento, reflexión,       acopio,     de simultaneidad tal que en ella pueden abrirse     cada uno de los capítulos desde cuando fui universo       indiscriminado     hasta estas pocas horas en las que luché por conservar la vida.     ¿O qué fui? ¿En donde terminé apenas empezaba?      ¿Esa entidad no     temporal, ese fugaz evento?     Qué gracia: aquí, donde me toca estar, en este limbo,     no hay autoridad que decida qué hacer con el caudal       de almas     todas sin usar     que se amontonan sin ningún sentido práctico       ni mucho menos común     y a un lado de este digamos territorio     está la fábrica de almas nuevas que se van poniendo       a toda velocidad     en ejercicio...

Hemeroteca - Septiembre 1989

Las Olas del Mar

por Alejandro Aura

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