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NOVIEMBRE DE 2001
Nueva York

El realismo deforme de John Currin

por Naief Yehya

La primera reacción que se tiene ante la obra de John Currin no puede ser otra que el rechazo. Sus telas parecen a primera vista vejestorios recuperados de una venta de garaje: imágenes ingenuamente masturbatorias de rubias de pechos enormes, deprimentes matronas con vientres desvencijados, bellezas desnudas de carnes redundantes y una variedad de cuerpos extrañamente deformes. No obstante, basta ver con atención las pinturas de este creador nacido en 1962 en Colorado para descubrir que estamos ante un artista extremadamente complejo, poseedor de una maestría técnica notable y una capacidad devastadora para la crítica social. El trabajo de Currin es una fabulosa exploración de viejos estilos pictóricos que van del renacentismo a la escuela flamenca, pasando por Lucas Cranach, así como por el lujo indulgente de Fragonard y Boucher.
       Este artista parece celebrar el arte malo a través de aparatosas paráfrasis de diversos pintores, especialmente de algunos poco conocidos ("Un artista aprende mucho más de los artistas segundones que de los grandes maestros", explica). Su trabajo consiste en retratos kitsch, fusiones de estilos clásicos con elementos de la publicidad contemporánea (los anuncios de Calvin Klein vienen a la mente) y un sentido perverso de la elegancia grotesca. Pero lejos de hacer simples pastiches o caricaturas ingeniosas, Currin trabaja con un gran rigor para convertir a sus personajes imaginarios –pues no se inspira en mujeres reales ni mucho menos en modelos– en seres postapocalípticos, cyborgs modeladas por la cultura de la decadencia, mutantes de una era de excesos que llevan impresos en la piel sus vicios y virtudes.
       La obra de Currin se puede comparar con la de Lisa Yuskavage y Elizabeth Peyton, quienes también  moldean figuras fantásticas con cuerpo femenino para explorar el gusto, la función del arte y sobre todo la vigencia de la pintura. En su más reciente exposición, Currin exhibe una selección de ocho retratos, naturalezas muertas, paisajes y desnudos en la galería Andrea Rosen de Chelsea, en el número 525 de la 24 West Street.
       Currin ha retomado la vieja pero siempre efectiva fórmula de pintar mujeres desnudas para revelar las emociones y sentimientos masculinos, para explorar la desnudez del espectador y buscar aquella verdad oculta en los pliegues de la carne. Inspirado por Cranach, Currin busca lo amoroso en lo sexual y la dulzura celestial en lo cotidiano. Su trabajo resulta extremadamente fresco e innovador, por la forma en que hace interactuar una diversidad de convenciones culturales  a  través de sus transgresiones anatómicas, en las que convive Tiziano con las pin ups del ilustrador de Playboy, Vargas, Boticcelli con Bacon, Ingres con Correggio y el manierismo del siglo XVI con la euforia beata de Norman Rockwell. En cierta forma sus mujeres podrían ser muñecas Barbie abandonadas al sol del desierto o bien, como lo pone el propio artista, se trata de imágenes de la televisión matutina  pasadas por el filtro de Courbet. La fantasía erótica masculina es reducida a una pasta informe, y de esa manera se vuelve inofensiva a la vez que triste y  risible.
       El trabajo de este artista está impregnado de un denso humor negro, de una poderosa carga paródica en la que las imágenes familiares súbitamente se han transformado en escenas de delirio febril. De modo semejante a los artistas pop que sacaban cosas cotidianas de contexto para convertirlas en algo distinto, Currin secuestra iconos de la historia del arte para volverlos herramientas para descifrar nuestra realidad,  para situarnos en un tiempo neutral e indefinido, para aislar a las criaturas sociales que nos rodean y reconocernos en la fauna de los seres que se han moldeado a sí mismos a través de sus fantasías.
       Currin ha recorrido una gran variedad de convenciones gráficas en la última década, pasando de las imágenes picarescas (pero inefablemente siniestras) de mujeres con senos descomunales en obras como The Bra Shop o The Magnificent Bosom (ambas de 1997), hasta sus cuerpos agotados y secos como en Ramona (1992)  y Ms. Omni (1993). La constante es que en su trabajo ha tratado de disecar la auténtica naturaleza de la pintura en el intento de borrar las fronteras entre la buena y la mala pintura. "El tema de una pintura es siempre el autor, el pintor", ha expresado este artista. El arte de Currin, como el de muchos de los grandes maestros  clásicos, se sitúa en la intersección de lo vulgar y lo sublime, en el terreno donde la insinuación pornográfica y la seducción de la santidad se funden en la fascinación por la pintura misma. Sin lugar a dudas, Currin es uno de los artistas más provocadores y propositivos de la actualidad. ~

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