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DICIEMBRE DE 1976Mito, 1965 1962, de Juan Gustavo Cobo Borda (Editor)
por José Emilio Pacheco
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Instituto Colombiano de Cultura, Colección de Autores Nacionales. Serie “Las revistas”, Bogota, 1975, 422 pp. |
En abril de 1955, unos meses antes de que apareciera la Revista Mexicana de Literatura con la que tiene mucha semejanza, Jorge Gaitán Durán y Hernando Valencia Goelkel iniciaron en Bogotá la publicación de Mito. Físicamente era como Les Temps Modernes, aunque con menos páginas. La sombra tutelar de Jean Paul Sartre asomaba desde la primera línea: “Las palabras también están en situación. Nos interesa que sean responsables...”
Mito desapareció en junio de 1962 al morir Gaitán Durán en un accidente aéreo. En sus 42 números cumplió varias responsabilidades: puso al día una cultura colombiana (y no sólo colombiana) aquejada de provincialismo; reanudó los vínculos con el resto de Hispanoamérica y con España; recogió lo mejor de su tradición nacional; publicó algunas obras maestras originales y traducidas; difundió a escritores como Gabriel García Márquez ("en ella todos hicimos nuestras primeras armas") y Álvaro Mutis; reunió a un grupo de críticos notables y, por si esto no bastara, afianzó la idea de que ninguna revista literaria puede considerar ajenos a su ámbito los problemas del país y la política internacional. Mito está en el comienzo de una etapa aún no terminada. No resulta fácil hacerle justicia porque hoy parece normal y obligatorio lo que hace dos décadas significó un avance y una conquista.
A Mito, o concretamente a Gaitán Durán, se debe en gran parte el conocimiento de Sade en nuestros países. Los textos de Sade y el poeta de Si mañana despierto establecen un extraño diálogo con la "Historia de un matrimonio campesino" (1957), uno entre los muchos documentos de Mito sobre el horror cotidiano en que viven las mayorías de este continente. Edelmira A. relata que su marido, Marcelino B.,
me puso una cuerda y un candado en las partes bajas (...) para que no me perdiera yo con ningún hombre; la primera vez me puso en medio de las piernas por donde orino una cuerda de alambre delgadita (...) en el ojo de la aguja ensartó la cuerda y me hizo acostar en el suelo y él mismo cogió la aguja y me cosió y me dijo que “ahora sí no se confesaba y me iba a entregar al diablo” , y me insultó después que me pegó (...)
Ningún vanguardista publicado por Mito logró los efectos retóricos de la carta que Marcelino le envió a Edelmira desde la cárcel:
por eso bivo mas triste aifisionado ¡preso mui mirecor dada flor demibida porfavor le pido que olbide nuestra desbentura de lo pasado ¡seamos perdonados ¡que en despues de esto seanos unidos tea prometo que nun cagolberan a suseder aimigita de mi corason creamelo por un dios que nos jusga jade mas detodoesto agane el favor ibiene a qui adonde me encuentra un dia prasino que lanesesito para abla dos palavras urfentes (...)
Lo que Sade imaginó en sus prisiones era practicado sin ningún erotismo en el campo colombiano por hombres que jamás escucharon hablar del "Divino Marqués". La historia de Edelmira A. apenas impresionará a quienes leyeron en La violencia de Colombia de Monseñor Guzmán y Orlando FaIs Borda cuales fueron las formas de tortura y ejecución padecidas entre 1948 y 1962 por las 200,000 víctimas de la guerra civil en los campos, especialmente bajo los regímenes de Laureano Gómez (1950-53) y Gustavo Rojas Pinilla (1953‑ 58). Sobre este trasfondo se desarrolló la actividad de Mito.
Entre otras muchas cosas en Mito aparecieron inicialmente El coronel no tiene quien le escriba y la Reseña de los hospitales de Ultramar, poemas que después formaron parte de Salamandra, Desolación de la Quimera, Los reinos combatientes, Anagnórisis; capítulos de La muerte de Artemio Cruz, relatos de Para vivir aquí. Se hizo el primer homenaje colectivo a Borges realizado fuera de la Argentina. Se tradujo, en ocasiones por vez primera, a Bataille, Beckett, Benn, Brecht, Caillois, Durreli, Genet, Gramsci, Heidegger, Lefebvre, Lévi‑Strauss, Luckács, Malraux, Henry Miller, Nabokov, Pound, Rimbaud, St. John Perse, Updike. Se habló libremente de la sexualidad cuando aún era inmencionable en los periódicos. Se incluyeron testimonios como la citada "Historia de un matrimonio campesino" e "Historia de una muchacha colombiana", "La prostitución en Colombia", "Historia clínica de un homosexual". Marta Traba defendió tesis heterodoxas y habló de pintores hasta entonces desconocidos en otros países. Rafael Gutiérrez Girardot y Dando Cruz Vélez difundieron el pensamiento alemán. Se sostuvo un debate continuo sobre la situación y la responsabilidad de los intelectuales. Se reseñaron los libros y las películas más importantes (de Nido de ratas a Hiroshima, mon amour, Bergman y Antonioni) y se presentaron textos de Visconti y Felini. Se dio un lugar al teatro y a la crítica teatral.
En febrero de 1957 se reprodujeron las "Conversaciones con un sacerdote colombiano" (El reverendo Padre Camilo Torres (...) afirma una serie de tesis valerosas y profundas (...) Y la práctica de su ideología llega a extremos tan radicales que en numerosas ocasiones ha sido objeto de agudas críticas."). La intervención soviética en Hungría fue condenada por desvirtuar "gravemente la idea de un socialismo que sea la vez acción y ética, pasión y verdad". Se dedicó un número especial a la caída de Rojas Pinilla en la que activamente participaron algunos colaboradores de Mito. En la entrega doble 37-38 se hizo un homenaje a la Revolución Cubana y Hugo Latorre Cabal trazó una crónica día por día de la reunión en Punta del Este.
Mito concluyó en su número 41-42 que, junto al "Despertar español" de Jorge Guillén, presentaba una antología del grupo nadaísta. Trece años después Juan Gustavo Cobo Borda (el poeta de Consejos para sobrevivir que es también el crítico de La alegría de leer y era niño en la época de Mito) ha emprendido el rescate y valoración de esta revista. Su antología pertenece a las series del Instituto Colombiano de Cultura destinadas a recopilar y difundir obras que de otro modo permanecerían en el limbo de las hemerotecas o conocidas nada más por unos cuantos.
Es un homenaje indirecto el que muchos volúmenes de estas colecciones del ICC se integren con páginas publicadas en Mito: los libros de sus tres principales críticos –Hernando Téllez (Selección de prosas), Fernando Charry Lara (Lector de poesía), Hernando Valencia Goelkel (Crónicas de libros) –que se leen con placer y provecho semejantes a los que nos dejan las recopilaciones análogas de Edmund Wilson o Cyril Connolly. O bien los originales cuentos, ensayos narrativos y pseudoapócrifos de Pedro Gómez Valderrama (Invenciones y artificios), los poemas de Mutis (Maqroll el Gaviero) y Eduardo Carranza (Los pasos cantados), para sólo mencionar unos cuantos entre los muchos títulos recientes.
*
Excepto un trabajo documental sobre "La iglesia y el Estado en Colombia vistos por los diplomáticos norteamericanos", Cobo Borda limitó la selección a autores nacionales y a los textos que no se reimprimieron, pues juzgó ocioso incluir piezas ya célebres como "En este pueblo no hay ladrones". El libro constituye un número especial (y póstumo) de Mito en que se rescatan, por ejemplo, dos relatos que de otro modo hubieran sido irrecuperables: "Londres", diario sin fechas de Gómez Valderrama y "Diario del Alto San Juan y del Atrato" en que Eduardo Cote Lainus muestra la inmensa parcelación regional de Colombia y el sobresalto de extranjero en su patria que tiene todo hispanoamericano cuando se adentra más allá de las ciudades principales.
El conjunto muestra la altura rigurosa y apasionada que fue nivel permanente de Mito y justifica las palabras de Cobo Borda:
"En un país que la ignoraba, Mito, en los años finales de la década del 50, fue la vanguardia, o sea: la ruptura. Fue también, y en cierto modo, el punto de partida hacia otra cultura: no servil ni elocuente... (Sus) editores no tumbaron al gobierno como parece ser la exigencia que se les hace, siempre, a los intelectuales y sus publicaciones. Pero sí cambiaron, para siempre, la literatura de un país.''
En abril de 1955, unos meses antes de que apareciera la Revista Mexicana de Literatura con la que tiene mucha semejanza, Jorge Gaitán Durán y Hernando Valencia Goelkel iniciaron en Bogotá la publicación de Mito. Físicamente era como Les Temps Modernes, aunque con menos páginas. La sombra tutelar de Jean Paul Sartre asomaba desde la primera línea: “Las palabras también están en situación. Nos interesa que sean responsables...”
Mito desapareció en junio de 1962 al morir Gaitán Durán en un accidente aéreo. En sus 42 números cumplió varias responsabilidades: puso al día una cultura colombiana (y no sólo colombiana) aquejada de provincialismo; reanudó los vínculos con el resto de Hispanoamérica y con España; recogió lo mejor de su tradición nacional; publicó algunas obras maestras originales y traducidas; difundió a escritores como Gabriel García Márquez ("en ella todos hicimos nuestras primeras armas") y Álvaro Mutis; reunió a un grupo de críticos notables y, por si esto no bastara, afianzó la idea de que ninguna revista literaria puede considerar ajenos a su ámbito los problemas del país y la política internacional. Mito está en el comienzo de una etapa aún no terminada. No resulta fácil hacerle justicia porque hoy parece normal y obligatorio lo que hace dos décadas significó un avance y una conquista.
A Mito, o concretamente a Gaitán Durán, se debe en gran parte el conocimiento de Sade en nuestros países. Los textos de Sade y el poeta de Si mañana despierto establecen un extraño diálogo con la "Historia de un matrimonio campesino" (1957), uno entre los muchos documentos de Mito sobre el horror cotidiano en que viven las mayorías de este continente. Edelmira A. relata que su marido, Marcelino B.,
me puso una cuerda y un candado en las partes bajas (...) para que no me perdiera yo con ningún hombre; la primera vez me puso en medio de las piernas por donde orino una cuerda de alambre delgadita (...) en el ojo de la aguja ensartó la cuerda y me hizo acostar en el suelo y él mismo cogió la aguja y me cosió y me dijo que “ahora sí no se confesaba y me iba a entregar al diablo” , y me insultó después que me pegó (...)
Ningún vanguardista publicado por Mito logró los efectos retóricos de la carta que Marcelino le envió a Edelmira desde la cárcel:
por eso bivo mas triste aifisionado ¡preso mui mirecor dada flor demibida porfavor le pido que olbide nuestra desbentura de lo pasado ¡seamos perdonados ¡que en despues de esto seanos unidos tea prometo que nun cagolberan a suseder aimigita de mi corason creamelo por un dios que nos jusga jade mas detodoesto agane el favor ibiene a qui adonde me encuentra un dia prasino que lanesesito para abla dos palavras urfentes (...)
Lo que Sade imaginó en sus prisiones era practicado sin ningún erotismo en el campo colombiano por hombres que jamás escucharon hablar del "Divino Marqués". La historia de Edelmira A. apenas impresionará a quienes leyeron en La violencia de Colombia de Monseñor Guzmán y Orlando FaIs Borda cuales fueron las formas de tortura y ejecución padecidas entre 1948 y 1962 por las 200,000 víctimas de la guerra civil en los campos, especialmente bajo los regímenes de Laureano Gómez (1950-53) y Gustavo Rojas Pinilla (1953‑ 58). Sobre este trasfondo se desarrolló la actividad de Mito.
Entre otras muchas cosas en Mito aparecieron inicialmente El coronel no tiene quien le escriba y la Reseña de los hospitales de Ultramar, poemas que después formaron parte de Salamandra, Desolación de la Quimera, Los reinos combatientes, Anagnórisis; capítulos de La muerte de Artemio Cruz, relatos de Para vivir aquí. Se hizo el primer homenaje colectivo a Borges realizado fuera de la Argentina. Se tradujo, en ocasiones por vez primera, a Bataille, Beckett, Benn, Brecht, Caillois, Durreli, Genet, Gramsci, Heidegger, Lefebvre, Lévi‑Strauss, Luckács, Malraux, Henry Miller, Nabokov, Pound, Rimbaud, St. John Perse, Updike. Se habló libremente de la sexualidad cuando aún era inmencionable en los periódicos. Se incluyeron testimonios como la citada "Historia de un matrimonio campesino" e "Historia de una muchacha colombiana", "La prostitución en Colombia", "Historia clínica de un homosexual". Marta Traba defendió tesis heterodoxas y habló de pintores hasta entonces desconocidos en otros países. Rafael Gutiérrez Girardot y Dando Cruz Vélez difundieron el pensamiento alemán. Se sostuvo un debate continuo sobre la situación y la responsabilidad de los intelectuales. Se reseñaron los libros y las películas más importantes (de Nido de ratas a Hiroshima, mon amour, Bergman y Antonioni) y se presentaron textos de Visconti y Felini. Se dio un lugar al teatro y a la crítica teatral.
En febrero de 1957 se reprodujeron las "Conversaciones con un sacerdote colombiano" (El reverendo Padre Camilo Torres (...) afirma una serie de tesis valerosas y profundas (...) Y la práctica de su ideología llega a extremos tan radicales que en numerosas ocasiones ha sido objeto de agudas críticas."). La intervención soviética en Hungría fue condenada por desvirtuar "gravemente la idea de un socialismo que sea la vez acción y ética, pasión y verdad". Se dedicó un número especial a la caída de Rojas Pinilla en la que activamente participaron algunos colaboradores de Mito. En la entrega doble 37-38 se hizo un homenaje a la Revolución Cubana y Hugo Latorre Cabal trazó una crónica día por día de la reunión en Punta del Este.
Mito concluyó en su número 41-42 que, junto al "Despertar español" de Jorge Guillén, presentaba una antología del grupo nadaísta. Trece años después Juan Gustavo Cobo Borda (el poeta de Consejos para sobrevivir que es también el crítico de La alegría de leer y era niño en la época de Mito) ha emprendido el rescate y valoración de esta revista. Su antología pertenece a las series del Instituto Colombiano de Cultura destinadas a recopilar y difundir obras que de otro modo permanecerían en el limbo de las hemerotecas o conocidas nada más por unos cuantos.
Es un homenaje indirecto el que muchos volúmenes de estas colecciones del ICC se integren con páginas publicadas en Mito: los libros de sus tres principales críticos –Hernando Téllez (Selección de prosas), Fernando Charry Lara (Lector de poesía), Hernando Valencia Goelkel (Crónicas de libros) –que se leen con placer y provecho semejantes a los que nos dejan las recopilaciones análogas de Edmund Wilson o Cyril Connolly. O bien los originales cuentos, ensayos narrativos y pseudoapócrifos de Pedro Gómez Valderrama (Invenciones y artificios), los poemas de Mutis (Maqroll el Gaviero) y Eduardo Carranza (Los pasos cantados), para sólo mencionar unos cuantos entre los muchos títulos recientes.
*
Excepto un trabajo documental sobre "La iglesia y el Estado en Colombia vistos por los diplomáticos norteamericanos", Cobo Borda limitó la selección a autores nacionales y a los textos que no se reimprimieron, pues juzgó ocioso incluir piezas ya célebres como "En este pueblo no hay ladrones". El libro constituye un número especial (y póstumo) de Mito en que se rescatan, por ejemplo, dos relatos que de otro modo hubieran sido irrecuperables: "Londres", diario sin fechas de Gómez Valderrama y "Diario del Alto San Juan y del Atrato" en que Eduardo Cote Lainus muestra la inmensa parcelación regional de Colombia y el sobresalto de extranjero en su patria que tiene todo hispanoamericano cuando se adentra más allá de las ciudades principales.
El conjunto muestra la altura rigurosa y apasionada que fue nivel permanente de Mito y justifica las palabras de Cobo Borda:
"En un país que la ignoraba, Mito, en los años finales de la década del 50, fue la vanguardia, o sea: la ruptura. Fue también, y en cierto modo, el punto de partida hacia otra cultura: no servil ni elocuente... (Sus) editores no tumbaron al gobierno como parece ser la exigencia que se les hace, siempre, a los intelectuales y sus publicaciones. Pero sí cambiaron, para siempre, la literatura de un país.''
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