artículo no publicado

Unos mundos infelices

¿Fui el único quien, al día siguiente de la asunción de Donald, no pudo evitar relacionar esas masas de feministas y airados pussy hats con las sometidas cofias de las esclavas doméstico-procreadoras de El cuento de la criada de Margaret Atwood? Está claro que no. Muchos lo vieron y establecieron similitudes entre aquel futuro y nuestro presente, entre esta utopía una vez más fracasada y aquella distopía como siempre exitosa. Y es que para eso sirve la novela de Atwood (actual bestseller en Amazon y alrededores y vuelta a poner en circulación entre nosotros por Salamandra; flamante miniserie con Elisabeth “Peggy de Mad Men” Moss en el protagónico, ya habiendo mutado a película y ópera y programa de radio y ballet y obra de teatro y espectáculo unipersonal y cómic), así como la especie a la que pertenece. A saber: para advertir acerca del ahora con modales futurísticos por más que a la escritora canadiense la etiqueta sci-fi la ponga de los nervios porque “no me van los marcianos” y prefiera la de “ficción especulativa”. De igual manera, a Atwood le inquieta un tanto que su novela haya sido tan velozmente abducida por el feminismo apresurado.

En cualquier caso –más allá de las puntualizaciones genéricas de la autora y de la irritación de los amantes del género y de género– lo importante es la vigorosa por todas las razones reales incorrectas de la nueva vida de una novela considerada ya clásico moderno (y al día de hoy con frecuencia prohibida y perseguida en escuelas secundarias y bibliotecas de Estados Unidos). El cuento de la criada, sí, como hermana menor de las profecías para Occidente cada vez más vigentes y de nuevo multiventas de George Orwell y Aldous Huxley, a cuyo dúo se ha sumado Sinclair Lewis con Eso no puede pasar aquí (y mención especial para el Fahrenheit 451 de Ray Bradbury). Ya saben: sociedad que lee cada vez menos y está hipervigilada con tirano déspota-campechano-seductor-autoritario y cada vez más polarizada en clase acomodada y clase muy pero muy incómoda.

¿Por qué de nuevo El cuento de la criada con sus juegos de castas, con sus oprimidas mujeres “legítimas” e “ilegítimas” consideradas casi ganado reproductor, con el poder rigiendo las idas y vueltas de la puritana república de Gilead, donde alguna vez estuvo New England? ¿Por qué la proliferación de tuits demandando cosas como “¡El cuento de la criada no es un manual de instrucciones!”? Hay algo de exagerado en pensar en Trump como la avanzada de un régimen totalitario que pondrá a todas las mujeres de rodillas. Pero, de nuevo, para exactamente eso sirven estos libros posapocalípticos más allá de su variable calidad literaria: alertar sobre el estado del inconsciente colectivo siempre tan fácil de ser interpretado.

Así, Trump es ahora el idóneo e incorrecto portero que puede abrir la puerta para salir a jugar juegos del hambre, correr en laberintos, contar hasta el número cuatro, resistirte a ser un adicto a la cirugía plástica o sentirte divergente enfrentándote siempre a adultos con raros peinados nuevos y vestimentas absurdas. Un futuro en el que los papis siempre tienen la culpa de todo lo que salió mal en el pasado que no es otra cosa que este presente. Así, jóvenes cada vez más interesados en hallar –en un mañana catastrófico pero en el que pueden ser activos rebeldes– una opción/solución para este hoy. Un ahorita en el que lo único que les queda es la jerga y eslóganes más bien añejos de Podemos & Co., conscientes de que Latinoamérica ya no es El Dorado ideológico de los sesenta/setenta para románticos europeos y el Viejo Mundo ya ha dejado de ser la Quimera del Oro al que emigrar a finales del pasado milenio.

Y Orwell y Huxley y Atwood (así como las actuales profecías de escritores “serios” como David Foster Wallace o Claire Vaye Watkins o Cormac McCarthy o Lionel Shriver o Jim Crace o David Mitchell o Rick Moody o Laura van den Berg o, en nuestro idioma, Edmundo Paz-Soldán y Ray Loriga) funcionan como evidencia de lo mal que se han hecho muchas cosas para varias generaciones ya de salida. Y de ahí también que las más nuevas y más light variaciones para consumo de Young Adults sean la distracción perfecta para aquellos mal educados en contacto con –terminología que suena tanto a las pesadillas paranoides de Philip K. Dick– la “posverdad” y el “hecho alternativo”. Sí: todo tiempo futuro será peor pero –como cantaba Bowie– podremos ser héroes al menos por un día.

Algunos llegan a postular que el auge de estas fantasías está intrínsecamente ligado al fracaso de la no ficción en tiempos donde todo lo que se supone que no debe suceder acaba sucediendo y ahí está desde la “sorpresa” del Brexit y el referéndum colombiano hasta el 6-1 del Barça al París Saint-Germain. Para ellos, Oz no es suficiente y Narnia no alcanza porque padecen un defecto insalvable: ahí siguen, sí, pero ya pasaron y están y estarán para siempre en el pasado. Un ayer en el que crecer era el destino y la recompensa y los padres biológicos o políticos no existían solo para ser derrocados.

Para quienes ya dejaron atrás las pasiones de una adolescencia que ahora se prolonga hasta mediados de los veinte años, hay títulos más nobles como las recientes El círculo de Dave Eggers, American war del debutante Omar El Akkad o Station Eleven de Emily St. John Mandel o The book of Joan de Lidia Yuknavitch o nk3 de Michael Tolkin o Walkaway de Cory Doctorow. Todas las anteriores son novelas de tonalidades grises, mientras que los grandes éxitos juveniles proporcionan la panacea/placebo de escenarios blanquinegros con tonificada bondad y arrojo absolutos batiéndose en duelo contra una arrugada y especulativa maldad maquiavélica. No deja de ser una vía de escape instantáneamente gratificante y reaseguradora. Pero el asunto no es tan sencillo ni la partida está tan clara en ese tablero. Campo de batalla en el que a alguien como Donald Trump nada le impresiona menos que un desfile de mujeres airadas rodeando su nueva y blanca casa con la única arma de sombreritos tejidos con lana rosa: ese color que las feministas, en más de una ocasión, denunciaron como forma apenas subliminal de impositivo y segregante machismo cromático. Ya se sabe: tejer, ponérselo, ver cómo te queda frente a tu black mirror, tomarte y transmitir un selfi, y salir a hacer la reinvolución después de no haber salido a ejercer ese añejo y vintage derecho que es el voto.

Mientras tanto, en el nada ovárico pero muy distópico despacho oval... ~


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