artículo no publicado

Picasso, maestro de la vivisección

En el principio fue el padre. Un padre que cabe en una cuartilla y que parece, por el tono de la acuarela, pintado con vino tinto. Los trazos son precisos, como si la mano que los esbozó no tuviera solamente quince años. Es el retrato de José Ruiz, progenitor de Picasso y su primer maestro, y es la primera parada de Picasso. Retratos, una muestra de 81 piezas que da cuenta del talento del artista para captar rostros y estados de ánimo. La selección, que incluye dibujos, esculturas y fotografías, podrá verse en el museo dedicado al pintor malagueño en Barcelona hasta el 25 de junio.

“La caricatura era su lengua materna”, escribió Adam Gopnik, crítico de The New Yorker, para quien el humor es el punto de partida de los retratos picassianos. Así lo cree también Elizabeth Cowling, comisaria de la muestra, que destaca la dificultad de un género que Picasso perfeccionó con sus compañeros de Els Quatre Gats, el bar modernista barcelonés donde exhibió su obra por primera vez. “Hay una relación estrecha entre sus caricaturas y sus retratos, con los que alcanzó una gran expresividad e introspección.” La visita confirma ese nexo. No hay más que comparar la imagen paródica que trazó de Jean Cocteau con cuatro rayas con el cuadro que le hizo poco después: en la primera exagera un carácter que en el lienzo matiza y vuelve complejo.

Es lo mismo que hace con Jaume Sabartés, amigo y fundador del Museu Picasso. Al catalán lo esbozó como un amante desafortunado en viñetas donde también captó a las mujeres y las estancias. En otros retratos, sin embargo, cerró el foco y se centró en la cara, en el arqueo de las cejas y la comisura de la boca, eliminando el contexto para informar de lo que le ocurría a Sabartés de ojos para adentro. “Picasso es, como Shakespeare o Balzac, un creador capaz de reflejar los cambios de su estado de ánimo y los de sus personajes”, afirma Cowling. Esa capacidad está bien resumida en el retrato que le hizo a su esposa, la bailarina Olga Khokhlova, a la manera de Ingres. En él logró reflejar no solo la frialdad con la que él la contempla, también la indiferencia de ella en un momento en que el matrimonio aún era vigente, pero el amor ya estaba muerto. En todos sus retratos Picasso emplea el ojo como un bisturí sobre sus modelos, pero en este la observación es casi vivisección.

Picasso pintó a quien quiso. Solo una vez aceptó un encargo: el de la millonaria Helena Rubinstein, coleccionista de su obra y amiga a ratos, que nunca vio acabar el espejo solicitado. Lo que quedó fueron unos esbozos parecidos a un cómic, divertidos, pero nada halagadores y Picasso no aceptó nunca más una comanda. Esta pieza no está en la muestra de Barcelona por deseo de la comisaria, que tampoco ha querido incluir más que dos autorretratos. En uno Picasso aparece vestido como si viviera en el siglo xviii, empolvado y con peluca. “La mascarada le ayuda a crear un personaje y le da un trasfondo histórico que lo relaciona con Goya, a quien admiraba tanto.” El otro es Viejo sentado, con el que emula los autorretratos de Rembrandt a una edad avanzada. En todos está la burla, que también empleó para homenajear a sus maestros. Se ríe de Degas, a quien pinta rodeado de prostitutas; parodia a personajes de cuadros del Greco y se mofa de la lujuriosa vida del pintor Rafael. De este modo, presentaba sus respetos y les “hablaba” como si fuera uno de ellos.

Con las estampas de sus predecesores, Picasso retrató su escuela y con las de sus contemporáneos, su época. Elocuentes son los retratos de Dora Maar, cuadros y esculturas en los que el cuerpo de la mujer se retuerce para reflejar el dolor de la Guerra Civil española y la Segunda Guerra Mundial. Pero la muestra, con obras realizadas entre los quince a los noventa años, también es un paseo por la vida de Picasso, en el que pueden verse dos hechos destacables: uno es que no dejó de probar técnicas y estilos y el otro, que la vejez lo volvió niño. Las ganas de jugar se observan en una de las versiones que hizo de Las meninas de Velázquez, actitud en la que laten las ansias de desinhibición de alguien que apenas tuvo infancia porque fue precoz en todo.

Hay otro detalle llamativo en esta exposición: las firmas. Hay obras sin signatura, otras donde pueden verse los dos apellidos y el nombre reducido a una inicial y al final, Picasso, la rúbrica que convirtió en un emblema casi más conocido que su propio rostro. ~