artículo no publicado

Pan para hoy

Jorge de Cascante (ed.)

El libro de Gloria Fuertes

Barcelona, Blackie Books, 2017, 448 pp.

Gloria Fuertes

Geografía humana y otros poemas

Prólogo de Luis Antonio de Villena

Madrid, Nórdica Libros, 2017, 96 pp.

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Me crece la barba. Poemas para mayores y menores

Barcelona, Reservoir Books, 2017, 256 pp.

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Pecábamos como ángeles. Gloripoemas de amor

Madrid, Torremozas, 2017, 84 pp.

 

Persuadida desde muy temprano de que la vida debería ser muy diferente a eso que vivía y veía vivir a su alrededor (en “un país tan pobre / que el arco iris era en blanco y negro”), Gloria Fuertes (Madrid, 1917-1998) fue haciendo, con enorme visibilidad y éxito al final pero a la vez un poco en secreto, una de las obras poéticas más interesantes y previsiblemente duraderas de la segunda mitad del siglo XX español. Por sorprendente que todavía pueda sonar, debido a lo mal que se le supo leer en su tiempo, si hubo alguien verdaderamente rupturista, transgresora y hasta punk, fue sin duda ella, y para demostrarlo basta con asomarse (y, si es posible, sumergirse gozosamente) en alguna de las múltiples iniciativas editoriales que la están recuperando en este 2017, año del centenario de su nacimiento.

Aparte de algunas reediciones en Torremozas, la editorial que con más tenacidad y mérito ha mantenido vivos los versos de Fuertes, de una pequeña y preciosa antología en Nórdica Libros prologada por Luis Antonio de Villena y de una buena panorámica que Paloma Porpetta (presidenta de la Fundación Gloria Fuertes) ha preparado para Reservoir Books, es el libro que Jorge de Cascante ha editado para Blackie Books el que realmente supone un hito decisivo, un libro necesario y tal vez definitivo para consagrar a una poeta tan libérrima, brillante, fecunda y mágica como, por supuesto, irregular (pero hasta las sublimes Coplas de Jorge Manrique son irregulares...), y que ni en los poemas en los que cede a una deliberada y consciente autocompasión (pero apuntalada con una ternura irresistible o bien amortiguada por la ironía brillante o un humor de la mejor factura) deja de exhibir un sentido temblor vital que, si bien no siempre se corresponde con una calidad literaria sobresaliente, siempre responde a una verdad que a menudo es más importante. Ella meditó y opinó mucho al respecto, y comprendió que lo esencial era comunicar, decir algo, conmover, acompañar, denunciar, explicar cómo somos y por qué con palabras accesibles para todos. No consiguió evitar en todos sus textos cierto prosaísmo, que probablemente ni siquiera se había propuesto evitar, y hay incluso alguna incursión puntual en lo pedestre, algún chiste plano, pero en las numerosas ocasiones en que acertó al hacer comulgar forma y fondo escribió algunos de los poemas más emocionantes, eficaces y rotundos que se han escrito en nuestro idioma en las últimas décadas.

“La vida no nos gusta”, llega a decir, pero ella simplemente mejora la vida de sus lectores, recuerda cosas esenciales y lo hace con palabras sencillas, con los materiales de siempre, y con una naturalidad muy valiente, arriesgándose sin complejos a parecer una poeta fácil, en el mal sentido de la palabra, y consiguiendo ser una poeta, sí, fácil, algo dificilísimo y admirable. Escribió mucho sobre la tristeza, y sobre la amargura, y especialmente sobre el desamor y la soledad más asfixiante, y lo hizo incluso en sus poemas para niños, pero lo hacía con una gracia, un don, una bondad tan bien expresada (“Tenemos que ser buenos aunque no queramos”) que cualquier derrotismo queda en buena medida neutralizado, incluso en los poemas más desgarradores, fatalistas y hasta desesperados. Ella inventó una versión diferente y mejor de la clásica “estética de la pobreza” española, menos rural que la del 98 y mucho más gris, urbana, opresiva, hambrienta, pero coloreada por la buena literatura, por su envidiable capacidad para exponer de un modo transparente sentimientos a menudo complejos, extrayendo de su mina interior toneladas de oro modesto, hambre de lujo. “Fui surrealista por el placer de liberar la imaginación de todo freno hasta que descubrí que podía escribir con total libertad sin ser surrealista ni postista ni nada. Y de ahí nació mi estilo”, dijo. Tras algunas aportaciones importantes a la poesía social (“Si no hay justicia que haya caridad”, afirmó en un endecasílabo inolvidable, y el poema “No perdamos el tiempo” es todo un manifiesto en ese sentido: “no decir lo íntimo, sino cantar al corro, / no cantar a la luna, no cantar a la novia”) comprendió que centrándose en ella misma y en su propia biografía, su cotidianidad y su experiencia, aunque lo hiciera veladamente o con claras zonas de ficción (Cascante da en el clavo al creer que “Gloria disfrazaba su realidad en sus poemas cambiando caras, lugares y emociones para ofrecer una verdad muy por encima de la verdad”), podía llegar mucho más lejos a la hora de hablar de la comunidad, de modo que, felizmente, no cumplió el programa dogmático de sus propios versos citados, sino que pocos poetas habrán cantado a lo íntimo y a las novias con tanta frecuencia y hondura como ella.

“Cuando alguna vez me he puesto a corregir un poema, siempre me ha quedado peor que el original, y he comprendido la fuerza poética que tiene la intuición”, afirmó, y aunque una vez más tenía razón en lo importante, en “el espíritu de la letra”, no creo que sea necesario prolongar ese relativo desaliño en lo que se refiere al uso de la puntuación, la disposición del texto... Lo digo porque no estoy seguro de que haya sido buena idea, en todas las ediciones citadas arriba, la decisión de respetar los, digamos, descuidos de Gloria Fuertes, pues está por demostrarse que sean tan literariamente significativos como defienden los responsables. Los laísmos o ciertos recursos a las mayúsculas sí debían mantenerse porque algo dicen, algo revelan, algo ayudan... pero lo de separar sujetos del predicado con comas o, al revés, prescindir de signos de puntuación en casos donde son gramaticalmente imprescindibles es algo que se debería haber reparado, aseando la forma del poema sin atentar de ningún modo contra su mensaje, que, muy al contrario, llegaría así hasta el lector con mayor pulcritud, sin los obstáculos producidos ahora por esa sobrevaloración del supuesto desparpajo, el desenfado, la soltura... No se habría perdido ni un ápice de alegría ni de honestidad si la puntuación hubiera sido la correcta, pero es una objeción mínima ante unos libros que vienen a poner en su lugar, por fin canónico, a una poeta sencillamente extraordinaria y diferente. ~


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