artículo no publicado

Lo que no queremos escuchar

Diego Enrique Osorno

Un vaquero cruza la frontera en silencio

Ciudad de México, Literatura Random House, 2017, 120 pp.

Todo es silencio en el mundo de los sordos. Silencio, incomprensión –los creen imbéciles porque no hablan–, discriminación. “Todas las personas que nacen sordas no pueden hablar –nos informa Diego Enrique Osorno–, porque no conocen ni conocerán nunca el sonido.”

El breve libro de Osorno (Monterrey, 1980) es el pago de una deuda de amor. Durante su adolescencia había en su casa una palabra maldita: hipoteca, que dejó de serlo gracias a la generosidad de un tío suyo que les ayudó a pagarla. A ese tío, Gerónimo González, está dedicado este libro, a contar su historia de sordo en un país como México, que discrimina y excluye.

“Los sordos no se consideran impedidos, sino miembros de una minoría lingüística y cultural que necesita vivir en compañía y comunidad con otros que son como ellos”, escribió Oliver Sacks en Veo una voz. Viaje al mundo de los sordos.

Gerónimo se negó a vivir en el margen. Salió de su pueblo en el noreste de México y cruzó la frontera en busca de una vida mejor. Con dos amigos llegó a San Antonio y se dedicó a vender llaveros en las calles, hasta que “se toparon con un grupo de sordos texanos a los que no les agradaba la idea de tener competencia de vendedores mexicanos”. Los deportan, pero ellos vuelven a Estados Unidos. Los deportan una vez más y regresan de nuevo, incontables veces. En esos años “era común que un mexicano fuera y viniera al otro lado sin tanto problema”. Gerónimo hace su vida en Estados Unidos, recorre el país, se casa. Encuentra que “el peor sitio de Estados Unidos es Nueva York, una ciudad imparable, indiferente a todo”. En su madurez retorna a México –las raíces jalan– y se instala en un pequeño rancho en Tamaulipas.

Hasta aquí el libro de Osorno –quizás el mejor reportero itinerante de México– es la crónica de un hombre que no se resignó a su condición, que hizo su vida sin importarle las fronteras personales y geográficas. Un relato sencillo que se va nutriendo de información de ese mundo silencioso. Noticias, por ejemplo, sobre el francés Édouard Huet, que fundó en 1867 la Escuela Nacional de Sordos, una institución capital en la historia de los sordos latinoamericanos. O la historia espirifláutica de Raúl Fuentes, conocido en el mundo de la lucha libre profesional como El Prisionero, que terminó liderando las protestas de los sordos mexicanos en busca del reconocimiento de sus derechos básicos. Datos en verdad interesantes sobre el lenguaje de señas mediante el cual se comunican los sordos. Un lenguaje que, como todos, evoluciona y mejora. Existe una lengua de señas mexicana, americana, libanesa, japonesa, etcétera. “Hay bastantes diferencias entre el de un país y otro –dice Osorno–, el de los sordos mexicanos, además, cuenta con su propio caló regional: un sordo regiomontano no habla igual que un sordo maya.” Con señas con- forman un lenguaje completo, “igualmente apropiado para hacer el amor y hacer discursos –comenta a su vez Sacks–, para flirtear y para enseñar matemáticas”.

Gerónimo regresa a México pero algo profundo ha cambiado. México es un país en guerra: con masacres, desplazamientos forzados, fosas clandestinas, prisioneros, combates, leva, magnicidios, pero sobre todo, escribe Osorno, “mucho dolor y muchas mentiras, como en cualquier guerra”. Muchas muertes. Demasiadas muertes.

En Tamaulipas, la violencia desatada fue mayor que en otras zonas fronterizas del país. Con un añadido especial: el silencio. Los medios decidieron callar ante la amenaza y el asesinato de periodistas. “Ni siquiera es posible hacer diarismo de forma adecuada. Y sin lenguaje la libertad queda mucho más lejos [...] La frontera noreste no puede hablar.”

Este es un libro sobre el silencio. Nada se escucha salvo la silenciosa voz de la conciencia. Nada sino el rumor del viento sobre las rancherías y ciudades de Tamaulipas. Gerónimo tuvo que salir de México para buscar un destino mejor. A su regreso encontró un país silenciado a fuerza de asesinatos.

Un vaquero cruza la frontera en silencio es, como señalé al principio, un libro de amor y de horror profundos. Una persona, un país, sumido en el silencio y la desolación. Diego Enrique Osorno presta su voz para que ese silencio se rompa y podamos tratar de atender lo que no queremos escuchar. ~


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