artículo no publicado

La censura raya tigres

Guillermo Cabrera Infante

Tres tristes tigres

Edición Conmemorativa, 50 aniversario

Barcelona, Seix Barral, 2017, 540 pp.

Tres tristes tigres cumple medio siglo de publicado y esta edición conmemorativa incluye un apéndice sobre las negociaciones con la censura franquista por las que tuvo que pasar: informes del Ministerio de Información y Turismo a cargo de las prohibiciones, dictámenes bajo el eufemismo de “orientaciones bibliográficas”, una carta del editor Carlos Barral, la portada de la edición príncipe y un prólogo de Guillermo Cabrera Infante a la edición venezolana de 1990.

En esas negociaciones, Barral se vio obligado a desearle larga vida al señor censor. “Es gracia que espero alcanzar del recto proceder de V. E. cuya vida guarde Dios por muchos años”, se despide en su carta. El prólogo de Cabrera Infante le reconoce autoría a aquel funcionario: “¡Ah, mi querido censor! Cuánto me habría gustado conocerlo, usted que es mi hermano, mi semejante, mi hipócrita lector. ¡Después de todo, los dos hemos escrito el mismo libro!”

Dicho con apenas ironía, la censura política le vino bien a Tres tristes tigres, ayudó a conformarlo. Y no solo la censura franquista, sino también la del castrismo. En 1964, cuando ganó el Premio Biblioteca Breve, el libro era otro, bajo otro título: Vista del amanecer en el trópico. No contaba únicamente La Habana de las bombas eróticas y musicales, sino la ciudad de los sabotajes y atentados contra el régimen de Fulgencio Batista. Debió ser más épico que elegíaco, debió constituir un homenaje a la revolución triunfante de 1959.

Guillermo Cabrera Infante recibió la noticia de su premio barcelonés en la embajada de Cuba en Bélgica. Había llegado allí luego de dirigir la más importante publicación cultural del país (Lunes de Revolución), luego de que Fidel Castro censurara un cortometraje producido por su equipo (pm, de Orlando Jiménez Leal y “Sabá” Cabrera Infante) y de que fuera clausurada Lunes... Para quitárselo de encima, los comisarios políticos de la cultura tuvieron a bien brindarle un puesto diplomático.

Premiada la novela y en marcha los tejemanejes del editor con la censura, Cabrera Infante tuvo que ir a La Habana para el sepelio de su madre. Sería la última vez que visitara la ciudad de sus libros, muy poco de ella encontró allí, y ese poco y los muchos desencuentros pueden leerse en Mapa dibujado por un espía, la mejor de sus obras póstumas.

En La Habana de 1965 se vio obligado a permanecer más tiempo del que habría deseado y sintió la amenaza de no poder volver al mundo. Allí rumió su caída en desgracia, percibió zombis en quienes fueran hasta hace poco vivarachos habaneros, entrevió la muerte de una capital, y se dedicó a planear un libro bien distinto de aquel que enviara al Premio Biblioteca Breve. Porque el Ministerio de Información y Turismo dejaba prohibido Vista del amanecer en el trópico y Barral se mostraba dispuesto a publicar un libro distinto, bajo otro título.

La novela que cumple ahora medio siglo necesitó de la censura de un cortometraje, del cierre de un suplemento literario, de la encerrona en que se convirtió La Habana, así como de la censura franquista en dos versiones: antes y después de la Ley de Prensa e Imprenta de 1966. De aquel libro original sobrevivieron un centenar de páginas y se escribieron unas trescientas nuevas. Para acceder a su publicación, la censura franquista cortó tetas en nombre de la moral católica, cortó alusiones a lo militar, una al deicidio y, lo más crucial, las frases finales. Y es en este punto donde el autor debió estar agradecido, pues ese corte consiguió mejorar el final del libro, dejándolo memorablemente en vilo.

“Ya no se puede más”, decía un personaje que iba a seguir su monólogo, pero el censor dio ahí mismo un chasquido de tijeras, y así termina la novela desde entonces. Lo que seguía resulta pentimento: cuando el autor alcanzó a recuperar su obra y añadió todo lo que le fuera expurgado (Seix Barral, 1997), respetó ese corte final. El final desechado, así como los otros cortes de la censura pueden leerse en la edición que anotaron Nivia Montenegro y Enrico Mario Santí (Cátedra, 2010), y es una lástima que el apéndice de esta nueva edición no incluya la carta que Cabrera Infante dirigiera por recomendación de Barral al director general de Información, jefe de censores, de la cual Montenegro y Santí citan un fragmento.

La literatura clásica japonesa cuenta con un género novelístico llamado ukiyo-zōshi, que podría entenderse en paralelo con un género pictórico de la misma época (finales del XVII y buena parte del XVIII): el ukiyo-e, reconocible por sus grabados de cortesanas, actores de kabuki y luchadores de sumo. Igual que esos grabados, las historias del ukiyo-zōshi constituyen arte urbanita por excelencia. Cuentan vidas en los barrios de placer, vidas que flotan. “Libros del mundo flotante” es la más conocida traducción del término ukiyo-zōshi. El budismo está en el fondo de ese nombre, aludido, hasta donde sé, con ironía.

La rareza genérica de Tres tristes tigres lleva tan lejos como para permitirnos creer que es una de esas novelas japonesas de hace siglos. Igual que en aquellas historias, transcurre la fugacidad del goce y la belleza. La ciudad, vista desde un auto descapotable que parece salido de La dolce vita, está a punto de estallar. Es la vida reflejada, no en el espejo que recomendara Stendhal, sino en una pompa de jabón. Estalla la vida, estalla La Habana, y queda únicamente la posibilidad de reconstruir dónde pudo residir aquella gracia, en qué consistió, qué es lo que hacía tan hilarante todo. Tres tristes tigres resulta una preciosa caja negra, la caja negra de la juventud y de los días magníficos. Está escrita en cubano, como se advierte al inicio del volumen, muchas de sus páginas deben oírse antes que leerse, como también se avisa, y me permito agregar que, mejor que leerlas, han de releerse.

A la fragilidad, a lo flotante que puede encontrarse en su narración, esta edición añade documentación sobre su fragilidad y resistencia compositiva. Feliz cincuentenario. ~


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