artículo no publicado

Guerra y paz

Ian Morris

Guerra: ¿para qué sirve?

Traducción de Claudia Casanova y Joan Eloi Roca

Barcelona, Ático de los Libros, 2017, 685 pp.

Ian Morris es un arqueólogo y experto en clásicas que ha escrito varios libros de macrohistoria. En Por qué manda Occidente... por ahora (Ático de los Libros, 2014), su obra más conocida, comparaba la evolución de China y Occidente. En The measure of civilization explicaba los métodos estadísticos que había empleado para calcular el índice de desarrollo humano en el volumen precedente. En Cazadores, campesinos y carbón (Ático de los Libros, 2016) defendía que los valores morales de las sociedades derivaban de la forma en que obtenían la energía. Sus obras son provocativas, amenas, eruditas y estimulantes.

Guerra: ¿para qué sirve? parte de una idea sorprendente. Los seres humanos somos agresivos, como muchos de nuestros parientes, pero se ha producido una gran reducción de la violencia: hemos pasado de una tasa de muertes violentas de entre el 10 y el 20% de la población en las sociedades de cazadores-recolectores al 1-2% de un periodo tan sanguinario como el siglo XX. En la disputa por la naturaleza violenta o pacífica del ser humano, como escribió Steven Pinker, Hobbes tenía razón y Rousseau se equivocaba, y con el autor de El contrato social se equivocaban también muchos investigadores propensos a idealizar las sociedades de cazadores-recolectores.

La tesis de Morris es que la disminución de la violencia se debe a la guerra, o al menos a un tipo de contienda, que Morris llama “guerra productiva”: la guerra que conduce a la formación de Estados que asumen el monopolio de la violencia. La existencia de ese Leviatán es una condición para el desarrollo del proceso civilizatorio de Norbert Elias. Según Morris, los cinco factores que Steven Pinker consideraba claves en la reducción de la violencia –el monopolio de la violencia, la feminización, el comercio, la empatía y la razón– son hijos de uno solo: la guerra productiva. Esta, a su vez, es consecuencia de la revolución neolítica y el proceso que el sociólogo Michael Mann denominó “enjaulamiento”: la gente atrapada, que a diferencia de un grupo de cazadores-recolectores no puede huir, tiene que desarrollar sociedades más grandes y organizadas. Para Morris, este proceso de pacificación se inició hace mucho: tras desplegar una superior fuerza militar ayudada por tecnologías como el bronce o las cuadrigas, pero también por la disciplina y la estrategia, los grandes imperios de la antigüedad se habrían convertido en Leviatanes que pacificaban los territorios que conquistaban.

Morris estudia las guerras de los chimpancés (frente a las soluciones más pacíficas de los bonobos) y es- pecula sobre los combates robóticos. Combina aportaciones de muchas disciplinas: desde la biología evolutiva a la arqueología, desde la teoría sobre la guerra –discute, por ejemplo, el concepto de guerra al estilo occidental de Victor Davis Hanson– y la evolución de los armamentos –animales incluidos– hasta la geografía. Sitúa en la escala macrohistórica las atrocidades de Hitler o Stalin, y especula con la idea de que el nazismo habría ganado y habría tenido que gestionar un imperio en paz. Pero tampoco ahorra al lector detalles truculentos. Como otros de sus volúmenes, Guerra está lleno de observaciones, historias y datos: desde el caso de Petrov, ingeniero soviético que decidió no creer en sus propios algoritmos cuando le decían que había comenzado un ataque nuclear estadounidense, hasta la guerra del asiento (o de la oreja de Jenkins), pasando por fragmentos de obras clásicas, descripciones de batallas, registros fósiles y arquitectónicos, formas de combate, el precio que costaba cada soldado muerto en la Primera Guerra Mundial a Gran Bretaña o Alemania, o que conocemos la cantidad de enemigos muertos en una batalla gracias a que las tropas del faraón victorioso cortaron y contaron sus penes.

Entre los autores que Morris sigue de cerca están Lawrence Keeley, Jared Diamond, Halford Mackinder y sobre todo Azar Gat. Una de las debilidades de este volumen a menudo fascinante es que, como reconoce el autor, la evidencia que sostiene sus hipótesis es impresionista y escasa. Morris es un historiador materialista, que casi no habla de la influencia de las ideas, y cuando aborda el futuro cercano parece acercarse por momentos al papel de reportero de una revista de tecnología. El tono es cercano y ameno, con alguna frivolidad –defiende la Unión Europea como agente de la paz, aunque se queja de que le diga lo que debe comer–, numerosas virtudes y un defecto habitual en este tipo de libros: la sensación de que descubre un mecanismo e intenta que lo explique casi todo. ~


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