artículo no publicado

French Psycho

“Hoy ha muerto mamá. O quizá ayer. No lo sé”, nos informa sin demasiado entusiasmo un tal Meursault en la primera línea de El extranjero de Albert Camus. Uno de esos comienzos tan citables como el de la Biblia, Don Quijote, Orgullo y prejuicio, la Odisea, Rayuela, Ana Karenina, Moby Dick, Pedro Páramo, En busca del tiempo perdido, Cien años de soledad o Historia de dos ciudades. Después ya se sabe –aunque no se sepa mucho por qué– cómo sigue: el francoargelino y “petit colon” Meursault asiste al funeral de su madre, no parece muy conmovido, fuma y bebe café frente al ataúd, se reencuentra con una mecanógrafa de nombre Marie (van a nadar, al cine, a la cama), ayuda a un vecino de nombre Raymond a vengarse de una manera un tanto extraña de una novia, se emborracha, pasa un fin de semana junto al mar en casa de un amigo de nombre Masson, sale a caminar por la playa y mata a balazos a un árabe sin nombre, es encarcelado y pasa el tiempo durmiendo o haciendo listas y sin manifestar el menor arrepentimiento por sus acciones, es enjuiciado y considerado un ser sin alma por el fiscal, es condenado a la guillotina, entiende a Dios una pérdida de tiempo y discute con un capellán y, mientras aguarda su ejecución, Meursault se convierte en el arquetipo y paradigma del Homo existencialista. Y allí sigue, siempre insensible, siempre regocijándose ante “la tierna indiferencia del mundo”, siempre a la espera.

Y allí ha ido a buscarlo Alice Kaplan en su Looking for ‘The stranger’. Albert Camus and the life of a literary classic (University of Chicago Press). Último espécimen de un subgénero que ya comienza a ser una raza en sí misma: los libros que cuentan la historia de un libro. La historia de su creación, la historia de su edición, la historia de su recepción crítica en el momento de su salida y la historia de su inserción y permanencia dentro de la historia de la literatura. Ha habido unos cuantos –y todos muy meritorios– en los últimos tiempos ocupándose de making of y backstages de Fiesta, El retrato de una dama (Portrait of a novel, de Michael Gorra, es una obra maestra), Lolita, El gran Gatsby, Ulises, Middlemarch, El doctor Zhivago (concentrándose tanto en su uso propagandístico por las agencias de inteligencia made in usa como en la búsqueda de la mujer que inspiró a Lara), Moby Dick, Alicia en el país de las maravillas, Las aventuras de Huckleberry Finn, y nada hace pensar que la lista no se incremente. Y está bien que así sea y resulta más que necesario (aunque duela un poco la ausencia de clásicos en nuestro idioma; tal vez por escasez de recursos editoriales/académicos a la hora de encarar semejantes empresas o, quizá, por falta de tradición y entrenamiento; aunque corresponde mencionar el muy meritorio El traductor del Ulises: Salas Subirat, de Lucas Petersen, concentrándose en la casi freak y digna de un filme de Wes Anderson figura del argentino y autodidacta primer intérprete al español de la novela de James Joyce) teniendo en cuenta la superficialidad sin fondo y falsificación de hechos en biopics recientes como Trumbo o Pasión por las letras. Llamemos a este formato de non fiction –donde a menudo se funden la historia pública de los investigados con la historia privada de los investigadores, la biografía del genio célebre con la memoir de los ingeniosos, la letra de quien escribe con la letra de quienes la leen– algo así como bookopic, ¿sí?

Y el caso de El extranjero (traducido como The outsider en uk y The stranger en usa) sigue siendo más que atendible: desde 1942 sólido e incombustible long bestseller (más de 13,000,000 de ejemplares solo en su patria y el paperback más vendido de todos los tiempos); película regular de Luchino Visconti con Meursault con cara de ¡Marcello! y temprano greatest hit de The Cure y pastiche involuntario o no de Ernesto Sabato en El túnel; con ramificaciones desde las raíces de Crimen y castigo hasta los psicobrotes noir de Jim Thompson y Bret Easton Ellis; tío francés del Holden Caulfield dispuesto a matar a todos los hipócritas en El guardián entre el centeno; abuelo un poco menos expansivo que el Tyler Durden de Chuck Palahniuk; título citado por el presidente Bush ii como una de sus lecturas de cabecera; e inspirador de un reciente éxito de crítica y ventas y Goncourt que lo revisita desde el lado del hermano del asesinado (Meursault, caso revisado, de Kamel Daoud, perseguido por el radicalismo islámico).

Pero lo más interesante del libro de Kaplan es el recuento detallado del antes de un inmenso librito cuyo autor todavía era un veinteañero sobreviviente a una tuberculosis y sin padre en una empobrecida Argelia que marchó a Francia para unirse a la Resistencia con su manuscrito en la mochila. De cómo en principio es casi descartado por un lector de la editorial Knopf como “ni importante y poco memorable”, aunque antes André Malraux y Gaston Gallimard supiesen que se encontraban ante algo importante y muy memorable y Jean-Paul Sartre lo definiese –con algo que suena a elogioso desprecio– como “Kafka reescrito por Hemingway”. De la manera en la que un gesto regional crece a modalidad universal (con especial interés en lo que hace al costado anglosajón y la forma en que Camus se convierte en una suerte de poster boy para todo aquel bohemio de Manhattan mirando hacia el otro lado del océano), cortesía de un nobel precoz y muerto temprano. Al poco tiempo, antes de estrellarse en su auto, Camus suspiraba y cambiaba de tema –y se refería a cualquier otro libro suyo– cada vez que alguien mencionaba El extranjero. Pero no había caso: seguían preguntándole por el cómo y el porqué y el para qué de esos cinco disparos a quemarropa junto a las orillas de la insolación.

Sobre el final, Kaplan cierra su investigación con un destello más encandilador que luminoso: el enigma de por qué el árabe no tiene nombre y la resolución de quién fue en la vida real, en la realidad y en todo eso. Así, rastrea con pasión neocronista el Big Bang-Bang-Bang-Bang-Bang hasta la noticia cierta de una pelea a cuchillo en una playa de Argelia entre árabes y europeos en 1939. Y Kaplan visita esa playa en Orán, y entrevista al anciano hermano de uno de los cuchilleros musulmanes que, seguro, debe preguntarse de dónde salió esa mujer y cuándo se va a ir.

Tomen nota: el hombre se llamaba Kaddour Touil.

La fecha exacta de la muerte de mamá, sin embargo, continúa siendo un misterio.

Mejor así. ~


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