artículo no publicado

Escuela de Barcelona: Retrato del artista cachorro

Vicente Molina Foix

El joven sin alma. Novela romántica

Barcelona, Anagrama, 2017, 368 pp.

 

En su poema “Julio de 1965”, incluido en Arde el mar, ganador del Premio Nacional de Poesía en 1966, Pere Gimferrer (Barcelona, 1945) escribe con entusiasmo: “Estáis aquí. Vivimos. [...] Luz y tiempo inventando / en el aire mi sitio. / Aquí tú. El sol crepita. / ¿Empieza el tiempo? Existo. [...] ¿Por qué yo? Me deslumbran / focos, música, un circo. / Seré. Resida en mí / la verdad de lo vivido.” Y termina: “Si vivo aún, ¿por qué / nada al cuerpo retiene? Qué verdad. / Subo, subo. Aire: me perteneces.”

En El joven sin alma, Vicente Molina Foix recibe de Gimferrer este poema adjunto en una carta-baúl, como llamaba el grupo de amigos de la novela las cartas que se enviaban y que incluían recortes de prensa, relatos, poemas, reseñas e incluso deberes. En ella, Gimferrer le dice a Molina Foix: “Estoy eufórico como nunca en mi vida, emprendedor, optimista, generoso, inspirado. Os lo debo a vosotros. A los tres por igual.” Esos tres son Vicente, Ramón (Terenci) Moix y su hermana Ana María. A la pandilla se unirían posteriormente Leopoldo María Panero y Guillermo Carnero. Forman un grupo de intelectuales precoces y melancólicos, sentimentales y ligeramente apolíticos, afrancesados y cinéfilos, que sacudieron la poesía y la literatura de los años sesenta y setenta. En la mítica antología de 1970 Nueve novísimos poetas españoles, Josep Maria Castellet los incluye a todos ellos, junto a Félix de Azúa, en el grupo de los jóvenes, influidos por la contracultura. Pronto se convirtieron en la élite cultural del país.

El joven sin alma es el retrato, en formato de novela “documental”, como llama Molina Foix a sus novelas “reales”, de este grupo. Es una auto- biografía sentimental fetichista, que busca más la relevancia emocional que el rigor histórico. Está construida a partir de cartas, fragmentos de obras y referencias artísticas: se mencionan cineastas, muchos cineastas, como Losey, Antonioni, Kurosawa, Godard, Visconti, y autores como Duras, Eliot, Pavese, James, Shakespeare, los clásicos griegos...

El cine es la mayor obsesión de los protagonistas, salvo quizá para Ana María Moix, y es lo que les acaba uniendo. El joven Molina Foix leía de adolescente la revista cahierista Film Ideal, que le traía su hermano de Madrid a Alicante, y antes de comenzar la carrera en la Complutense envía artículos que le publican. Tras unos coqueteos con el marxismo, inevitables en la intelectualidad universitaria antifranquista, y tras descubrir que lo suyo no es la militancia política, acaba formando parte del grupo de “marcianos” y “disidentes” de la ortodoxia marxista en la crítica cinematográfica. Este grupo informal combina una vocación vanguardista con una concepción que defiende en cierto modo el arte por el arte (un poco siguiendo la idea de Oscar Wilde, a quien admiraban, de que el arte no sirve para nada, o al menos nada práctico). En este grupo están sus dos críticos favoritos de la revista: los barceloneses Pere Gimferrer y Terenci Moix, todavía Ramón.

En el verano de 1965, Vicente visita Barcelona y comienza una relación amorosa con Terenci Moix, cinco años mayor y mucho más entregado a la relación que él. Las cartas de Moix que reproduce Molina Foix son obsesivas, resentidas, llenas de pasión y una ira de la que luego se arrepiente; las respuestas del autor y protagonista son frías y distantes. Moix lo medio perdona diciendo que es aún demasiado joven y todavía no sabe gestionar sus emociones. Pero el reproche le lleva a una reflexión sobre su capacidad de amar: piensa que quizá no tiene alma. Molina Foix va creciendo como crítico, viaja al festival de Venecia y comienza a escribir lo que serían sus poemas y novelas: parece que le importa más su carrera que su romance, algo que su pareja no le sabe perdonar.

El joven sin alma es una novela sobre la juventud, pero comienza con la infancia proustiana del autor. Admito mi impaciencia por llegar a la parte de la universidad, pero su infancia y sus inicios como escritor (conoce a Cela de adolescente en la presentación de uno de sus libros en Alicante, y fantasea con cenar con él en un hotel de lujo y luego darle clases de baile), su descubrimiento discreto de la homosexualidad, sus viajes precoces a París con un cilicio para no sucumbir a las tentaciones libertinas de los franceses (spoiler: sucumbe con Vivir su vida y se convierte en un gran fan de Godard) son fascinantes. Pero no lo son tanto como el romance con Terenci o la relación delirante con Leopoldo María Panero. Y quizá no hay nada más fascinante en esta obra que su capítulo final, compuesto exclusivamente de cartas de Ana María Moix al autor. En ellas describe sus depresiones, sus miedos pero también su pasión por la cultura y el arte, su alegría por la amistad, el aprecio sincero hacia Molina Foix, a quien presiona para que lea y escriba y no se desanime. La obra termina con ella, y hay uno de los fragmentos que define el rise and fall de estos novísimos: “Llevará razón, una vez más, Gil de Biedma cuando dice en Infame turba que el sentimiento de grupo es cosa juvenil, y es entonces cuando se vive la literatura en pandilla. Después el sentimiento desaparece, y solo queda recelo o una amistad que se irá haciendo difusa.”

El tono de la novela es crepuscular, melancólico. El grupo no dura toda la vida. Molina Foix se pasea por trasteros, revisa cajas y baúles y carpetas para hacer la crónica. Es una obra endogámica, porque narra solo lo que ocurre dentro del grupo, y por eso termina a principios de los setenta, cuando cada uno toma su camino. Pero es también una especie de tratado en defensa de la alta cultura (a veces recuerda a las obras de Semprún, repletas de referencias y donde un poema de Verlaine o Rimbaud sirve como hilo conductor; ambos autores comparten la misma vocación de estilista y narran un Madrid similar), y en cierto modo puede funcionar como una guía para el futuro novelista o poeta, para alcanzar “el estado ideal del joven artista”. ~


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