artículo no publicado

En los lindes de la vida

Han Kang

La vegetariana

Traducción de Sunme Yoon

Prólogo de Gabi Martínez

Barcelona, Rata, 2017, 240 pp.

Es altamente improbable que iniciemos la lectura de un libro recién publicado sin conocer de antemano algunos datos sobre este. Así les ocurrirá a la mayoría de lectores de La vegetariana, que acudirán al texto con curiosidad después de haber leído descripciones acerca de lo significativo del comportamiento de su protagonista, Yeong-hye, una mujer joven de Seúl que, tras un mal sueño, decide dejar de comer carne y otros alimentos de origen animal, y cuyo cambio radical de conducta tendrá devastadoras consecuencias en su propia vida, en su matrimonio y en las vidas de sus familiares más cercanos. Los lectores potenciales de La vegetariana cuentan también en la edición española de la novela con un valioso material, como si se tratase de los extras que acompañan a los largometrajes en dvd: un prólogo del escritor Gabi Martínez, que aclara el contexto en el que fue escrito el libro (la Corea del Sur contemporánea, cuyos cambios socioeconómicos vertiginosos han generado en el país fuertes tensiones entre tradición y modernidad), así como una entrevista con la autora y un posfacio de la traductora al español. Todo este material contribuye a enriquecer la lectura, pero especialmente si se aborda a posteriori, como quizá debería ocurrir con esta reseña, en la que invito a los lectores a no considerar el personaje de Yeong-hye el epicentro de la novela, sino a otorgar igual importancia a los varones que la acompañan (con sus muchas limitaciones) a lo largo de su trayectoria vital: su marido y su cuñado. Las miradas de ambos tienen un peso esencial en la narración y la manera en que se nos describen sus parcas emociones y sus actitudes muestra la exquisita sensibilidad de Han Kang para abordar los diversos senderos por los que transcurre la masculinidad contemporánea.

La vegetariana ganó el premio Man Booker International en 2016, a pesar de haber obtenido reseñas negativas en Corea del Sur, debidas principalmente al retrato crítico de la sociedad coreana que se aprecia en la novela, nada favorable al desarrollo de las mujeres.

Es frecuente que, cuando no hemos accedido apenas a la literatura de un país cuya lengua desconocemos, tendamos a considerar cada novela traducida que llega a nuestras manos desde allí una explicación pormenorizada de la sociedad donde se generó. Siguiendo esta tendencia, podríamos afirmar que La vegetariana bosqueja la sociedad coreana al completo, no solamente la actitud problemática de una mujer casada cuyos nuevos hábitos alimentarios suponen una renuncia al mundo que la rodea. A través de sus diversas capas, la novela nos habla también de relaciones familiares, de las frustraciones de un grupo de personas que creen haber cumplido con lo que la sociedad les pedía –casarse y tener hijos, principalmente– y que, en realidad, no están satisfechos con sus logros y se preguntan, a posteriori y ya resignados, qué podrían haber mejorado de sus trayectorias vitales.

Al igual que una sábana blanquísima facilita que reparemos en una gota de sangre sobre ella, la actitud fría de los personajes del texto tiene la misión de resaltar la violencia latente en cada uno de ellos. Lo mismo ocurre con el contraste entre la frugalidad de Yeong-hye y las expresivas descripciones pormenorizadas de los distintos platos e ingredientes que forman parte de las comidas que aparecen a lo largo de la narración. Las tres partes en que se organiza el libro otorgan una variedad de miradas que favorece también la comprensión del personaje principal, tal como ha declarado la propia autora en alguna entrevista. En la primera parte, titulada precisamente “La vegetariana”, es el marido de Yeong-hye quien narra el paulatino desmoronamiento de su matrimonio, si bien desde el principio confiesa, en un tono de espeluznante serenidad, que eligió a su compañera de vida precisamente porque “no parecía tener ningún atractivo especial”, y por tanto “tampoco parecía tener ningún defecto en particular”. El desconocimiento entre Yeong-hye y su marido se hace patente al inaugurar esta su vegetarianismo radical, en el que la presencia de alimentos de origen animal en la casa también se prohíbe. “Por un instante su cabeza, a la que nunca me había asomado antes, me pareció una trampa sin fondo”, afirma él.

La segunda parte, titulada “La mancha mongólica”, está narrada en una tercera persona muy cercana al cuñado de la protagonista, un artista visual obsesionado con la mancha de nacimiento que Yeong-hye conserva al final de su espalda y con la sexualidad como experiencia tanto artística como espiritual. La última de las tres secciones –“Los árboles en llamas”– se centra en la mirada sobre los acontecimientos que ofrece la hermana de Yeong-hye, otra mujer abnegada y sumisa que no se atrevió a cruzar el umbral que su hermana sí atravesó con su vegetarianismo. Estas tres miradas sirven para ilustrar a los lectores sobre una mujer que ha optado por retirarse de la sociedad, tal como observa su cuñado: “Era la voz desapasionada de alguien que no pertenecía a ningún lugar y se encontraba en los lindes de la vida.” Este coqueteo con los márgenes, que aparece como una constante en la conducta de la protagonista, es tanto un deseo de trascender lo humano como de alcanzar un “misticismo vegetal”: Yeong-hye, tras dejar atrás su actitud sumisa, con una rebeldía propia de quien no tiene nada que perder, se siente más cerca de los árboles que de las personas.

Es tentador tratar de reducir esta novela a una metáfora de la dura situación de las mujeres en sociedades patriarcales que les arrebatan las posibilidad de elegir su destino, pero eso le haría poca justicia a La vegetariana, pues perderíamos muchos de sus matices y por tanto las diversas lecturas que permite el texto. Celebremos entonces lo caleidoscópico de esta puesta en escena de una renuncia radical, coreografiada con pulso firme por Han Kang. ~


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