artículo no publicado

Ejercicios de supervivencia

Ignacio Martínez de Pisón

Derecho natural

Barcelona, Seix Barral, 2017, 448 pp.

Las novelas de Ignacio Martínez de Pisón (Zaragoza, 1960) tratan de familias infelices. Y muchos de sus libros podrían leerse pensando en la figura del padre: a veces el problema es que falte (como en El tiempo de las mujeres y El día de mañana), otras veces el problema es que esté (como en Carreteras secundarias o Dientes de leche) o que esté a medias (como en Derecho natural). Incluso Enterrar a los muertos, su ensayo sobre el asesinato del traductor José Robles Pazos durante la Guerra Civil, tiene algo de impulso filial a través de Miggie Robles.

Derecho natural cuenta la formación, un tanto accidentada y vacilante, de una familia, y su proceso de destrucción. La historia la narra Ángel Ortega, el hijo mayor, y el personaje más memorable es el padre, que aunque se llama como él adopta otros nombres por razones laborales (Gran Demis, Ray Ronson): un hombre que aspira a ser actor en películas de serie b, un padre y marido que desaparece, un escritor de guiones y un empresario que deja algún pufo. Tras inventar varios personajes para triunfar, acaba ganándose la vida gracias a su parecido con el cantante Demis Roussos.

La narración en primera persona hace que Derecho natural recuerde más a Carreteras secundarias, y a veces a El tiempo de las mujeres, que a Dientes de leche o La buena reputación. Las primeras páginas, con la tensión entre el padre y el hijo, así como algunos de los escenarios y parte de la época en que sucede, remiten sobre todo a Carreteras secundarias, una de las novelas decisivas en la trayectoria del escritor. Como en el libro de 1996, el padre tiene una propensión a los delirios de grandeza. Es un pobre hombre, pero también causa desgracia e infelicidad a su alrededor: al narrador, que lo trata con una mezcla de piedad y exasperación; a su pareja Luisa, cuya ingenuidad y desamparo en las cuestiones sentimentales terminan conviviendo con una astucia empresarial; a su hijo Manolo, cleptómano; y a Cristina y Paloma, otras dos hijas menores de madres distintas.

La novela transcurre en Barcelona y Madrid durante los años setenta y ochenta. El mundo es el que ya conocen los lectores de Martínez de Pisón: el retrato de una época y la descripción de unas relaciones y de cómo les afecta el paso del tiempo, la asunción y el intercambio de papeles en una familia, la confrontación entre las preferencias individuales y las necesidades del grupo, los rencores y las deslealtades, los secretos y las mentiras, la sensación de que la gente que está más cerca de nosotros es muchas veces incomprensible.

Ignacio Martínez de Pisón se ha definido como un escritor de la clase media. Sabe explicar como pocos la logística familiar y darle un significado tragicómico. Tiene una sensibilidad inusual para retratar la percepción íntima de las diferencias sociales y económicas. “Éramos definitivamente una familia normal”, dice el narrador, aunque lo que hace que lo parezcan es una “simulación”, uno de cuyos componentes es que la gente crea que dos niñas de madres distintas son hermanas gemelas o al menos mellizas. Poco más adelante, dice: “¡Qué pobretones debíamos parecer!” La frase da una pista sobre la sutileza de la escritura de Martínez de Pisón: ese comentario surge cuando cuenta una escena humillante y ridícula; deriva en una leyenda familiar divertida y leve; el tiempo –más bien, los cambios que el tiempo opera en los protagonistas– llena de melancolía el episodio.

También aparece una pequeña iconografía de objetos y marcas: las cámaras de fotos, los coches, el paisaje de una época. La cultura pop, siempre presente de un modo u otro, resulta aquí más visible que en otros libros: en las películas del padre y la agencia para estrellas infantiles, en la música y los locales donde toca el padre, en los nuevos medios o los arrabales de la movida madrileña, donde aparece Irene, el amor torturado del protagonista. No es el mundo del glamour: siempre tiene un elemento de serie b, un aire ligeramente cutre. Los personajes de Martínez de Pisón son actores secundarios que, por una vez, están en el centro: los protagonistas de la Historia, de Brigitte Bardot a Gregorio Peces-Barba, son los figurantes.

Martínez de Pisón recrea también el lenguaje de la casa, con un espíritu lúdico: los padres de Luisa se equivocan cuando intentan decir frases hechas, y Cristina y Paloma inventan un lenguaje para ellas solas.

“Los estudios de derecho nos sirven para entender un poco las reglas del juego de la vida, pero el novelista debe acuñar su propio código civil que tiene más que ver con la decencia y con la moral que con el derecho real”, ha dicho Martínez de Pisón. El título alude a una transformación: el paso de un derecho natural a un derecho positivo. El narrador, que se convierte en profesor de filosofía del derecho, interpreta así el conflicto entre sus padres. Lo que reclama su padre tiene que ver con el derecho natural. Las reivindicaciones de la madre encuentran el apoyo del derecho positivo. Esos cambios –el divorcio sería el más llamativo– también son una especie de metáfora de una transformación más amplia: no una solución de los conflictos, sino otra manera de afrontarlos.

La transformación positiva del país no está exenta de miedo o hipocresía: “El cambio de régimen autorizaba a hacer tabla rasa con el pasado, y cada uno era libre de elegir lo que quería ser. Los que habían sido más tibios podían ahora ser los más radicales.” El padre –que acaba de adoptar un izquierdismo oportunista– y su suegro –católico, conservador recientemente convertido al nacionalismo catalán– se encuentran en una manifestación un 11 de septiembre.

Sin que la novela pierda el pulso narrativo característico de su autor, en Derecho natural da la impresión de que, por encima de la trama y sus mecanismos, lo más importante son la voz y los personajes. En apariencia más modesta que otras obras de Ignacio Martínez de Pisón, acaba siendo una de las novelas más logradas, divertidas y conmovedoras de un narrador extraordinario. Al leerla, encontramos el manejo discreto y riguroso de una técnica depurada que se utiliza para describir con piedad y sabiduría algo parecido a lo que percibe Ángel Ortega: “Qué rara me parecía el alma humana, que tan fácilmente confundía la fuente del dolor y de la felicidad.” ~


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