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Dos películas para el día de Darwin

El reconocimiento de Darwin ha sido diferido y tortuoso, hasta el punto de que hoy sigue siendo fuente de controversias. Pero el hecho es también que Darwin recibió sepultura en la abadía de Westminster, y abundantes honores en vida que, en otros tiempos y lugares, o en su misma isla de origen, se le negaron a personalidades cuyas ideas habían sido menos disolventes para la tradición. Quizá fuera que las élites británicas no podían dejar de reconocer la potencia transformadora de lo que Daniel Dennett ha llamado “la peligrosa idea de Darwin”; en un siglo en que la capacidad de transformación, sacralizada en el proceso industrial, gozaba de tal prestigio que hasta Marx entonaba arrobado la épica de la burguesía como fuerza que modela el mundo. Acaso también intuían que, al celebrar a Darwin cada 12 de febrero, celebraban de hecho lo mejor de su tradición: la libertad de pensamiento y palabra, el debate en el espacio público, el respeto por la ciencia y la técnica. El propio Charles pertenece genéticamente a la tradición inglesa de libre pensamiento e inventiva que enriquecieron sus abuelos Erasmus Darwin y Josiah Wedgwood, y muchos otros miembros de la dinastía Darwin-Wedgwood-Galton.

Una dinastía que incluye también al músico Ralph Vaughan Williams, casado con una sobrina-nieta de Darwin, y del que el lector recordará la Fantasia on a theme by Thomas Tallis, frecuente en bandas sonoras cinematográficas. Como la de Remando al viento, curiosa y meritoria recreación por Gonzalo Suárez de la vida tumultuosa de Percy y Mary Shelley. (La misma Mary Wollstonecraft Godwin que escribió una novelita sobre el “moderno Prometeo” en cuyo prefacio aparece Erasmus Darwin, amigo de su padre, William Godwin, y pionero como ella de la liberación de la mujer.) O como Master & commander, una película que en principio poco tiene que ver con Darwin.

Dirigida por Peter Weir en 2003, Master & commander adapta personajes y tramas de los relatos navales de Patrick O’Brian, ambientados en las guerras napoleónicas. Un personaje nos interesa aquí en particular: el cirujano Stephen Maturin. Espía, espadachín y revolucionario, Maturin tiene sangre irlandesa y catalana, y domina varias lenguas a ambos lados del frente, lo que le permite desembarcar de cuando en cuando en la costa mediterránea y mezclarse con los locales en busca de información. Nada de esto aparece en la película, pero sí que Maturin –interpretado por Paul Bettany– es un naturalista apasionado al que la fiebre del descubrimiento científico arrastra a menudo más lejos que el ardor guerrero o patriótico.

Tanto es así que, en su ruta alrededor del cabo de Hornos en persecución de un misterioso enemigo, el HMS Surprise del capitán Jack Aubrey parece transfigurarse en otro buque, el HMS Beagle a bordo del cual Darwin emprendió uno de los viajes más famosos de todos los tiempos. Fondeados frente a las Galápagos, Maturin contempla a través del catalejo la misma fauna que inspirará al naturalista real treinta años después; y solo una sucesión de accidentes le impide recoger muestras para estudiarlas y, podemos imaginar, adelantarse cinco décadas a la intuición de Darwin y Russell Wallace sobre la selección natural.

Seis años más tarde, Paul Bettany volvería a meterse en la piel de un naturalista, no otro que el propio Charles Darwin. Creation (Jon Amiel, 2009) es una película cuidada, tersa, respetuosa. Demasiado respetuosa, se diría. Elige retratar el conflicto de Darwin con su esposa Emma y consigo mismo antes que la controversia pública. Se centra, de hecho, en el periodo anterior a la publicación de El origen de las especies, comprimido a efectos cinematográficos, entre la enfermedad y muerte de su hija Annie y la cura en Malvern, de la que emerge determinado a publicar su obra antes de que Russell Wallace acapare el crédito por el descubrimiento. Es significativo que el objeto de la investigación de Darwin aparezca más claro en Master & commander, donde no se menciona, que en Creation, donde ocupa todo el metraje pero se esconde detrás de un conflicto familiar cuyo objeto podría ser cualquier otro.

En este sentido, puede que sea efectivamente la de Weir una película masculina, como tantas veces se ha dicho, en la que las pasiones y los conflictos se explicitan y quizás hasta se celebran, y donde el elemento sentimental –en cuanto emoción reconcentrada, consciente de sí– se excluye con una minuciosidad que solo puede ser espontánea. Todo es más tortuoso y a la vez más banal en Creation, y poco cambiaría que la muerte de la hija y el dilema matrimonial y religioso lo protagonizase cualquier otro que no fuese Charles Robert Darwin. Pero es precisamente Darwin quien nos interesa cuando contemplamos una película sobre él. Y ahí la paradoja, nada infrecuente en la ficción contemporánea, de obnubilarse con lo cotidiano de los personajes históricos, como si esos personajes nos interesasen por una cotidianidad que comparten con millones de otros, o como si hiciese alguna falta recurrir a ellos para reflexionar sobre lo cotidiano. Creation celebra a Darwin pero, a la vez, parece pedirnos que lo celebremos con una laica piedad, sin ofender a nadie y sin pretender que lo excepcional existe y es más interesante que lo común. Y no es que el enorme afecto y la cercanía de Darwin con sus hijos no fuesen hasta cierto punto excepcionales en su época, como lo era el propio talante del naturalista, pero casi nada permite al espectador no informado suponerlo, y sí más bien tomarlo como un signo de identificación con lo común de nuestros días.

También quizás por ello el carácter casi revolucionario hoy de una película como Master & commander, que nos sitúa tan cerca de la emoción pura, sin trampas, como es posible en una gran producción cinematográfica. Ya se refiera a las pasiones de la batalla o del conocimiento. Y que no nos ofrece coartadas convenientes, ni pide purgar ninguna culpa por ello; pues el barco es un universo cerrado, un club juvenil, una cabaña en el árbol, un parque donde jugamos a tirarnos piedras sin que venga ningún pedagogo, trabajador social o progenitor obsesivo a reñirnos. Weir no resuelve el discurso cervantino de las armas y las letras, ni lo pretende; tan solo lo deja en suspenso mientras suena La musica notturna delle strade di Madrid y el HMS Surprise se aleja de nuevo de las Galápagos para seguir persiguiendo al enemigo.

Y esa suspensión en nombre del deber, que contraviene la amistad de Maturin y Aubrey y quizás malogra cincuenta años de producción científica, es un acto de desafío en el cine comercial contemporáneo, que suele preferir la cursilería, o la brutalidad, o ambas al tiempo. Ante todo porque la cinta tampoco incurre en el vicio de frivolizar la violencia, y la herida del joven guardiamarina es un recordatorio constante de la barbarie de la vida naval, como lo son los cadáveres azulados arrojados al mar bajo la Union Jack mientras suena la Fantasia –un plano conmovedor que se detiene un paso antes de la estetización de la muerte–. Dos décadas antes Weir había filmado Gallipoli, otra gran película sobre la amistad –esa mateship que algunos han querido incluso consagrar en texto legal en Australia– y el deber que, sin embargo, lastra ese aroma de denuncia algo enfática que emana de tantas obras sobre la Gran Guerra. El goce y el dolor son menos mediados y elaborados en el HMS Surprise.

Volvamos la vista al guardiamarina Blakeley, a Maturin y a Darwin en la despedida. El muchacho se hace naturalista por pasión pero también por necesidad cuando un cañonazo malogra su carrera. En él adivinamos tal vez un futuro para la investigación interrumpida de Maturin, un discípulo que quizás regrese a las Galápagos en busca de las preciadas muestras. Pero la guerra y el deber siguen. También Darwin decide su vocación a bordo de un buque, aunque de manera algo menos cruenta. El hombre de ciencia se construye un espacio y avanza vacilante, entre guerras y controversias, hacia el reconocimiento público, hacia la abadía de Westminster y las efigies en las monedas. Una relación incierta e impura con la nación, que se consagrará a lo largo del xix y culminará en Los Álamos. Ningún pueblo la ha vivido de manera tan prolongada e intensa como los anglosajones. ~


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