artículo no publicado

Cincuenta años sin Carson McCullers

La escritora estadounidense, escribe Sara Mesa, siempre escribió el mismo libro: "el de los solitarios, los inadaptados, los trastornados, los raros".

Locos, freaks y clavijas cuadradas

“I like freaks”, confiesa Biff Brannon, uno de los protagonistas de El corazón es un cazador solitario (1940), la primera novela de Carson McCullers, publicada cuando la autora contaba con tan solo veintitrés años de edad. “Siento una sincera simpatía por los locos”, dirá más de veinte años después Jester Clane, otro personaje clave de la narrativa de McCullers, esta vez en Reloj sin manecillas (1961), su última novela. La coherencia que existe bajo estas dos afirmaciones –auténticas declaraciones de principios– es reveladora. Exagerando, quizá, podríamos decir que McCullers estuvo escribiendo siempre el mismo libro: el de los solitarios, los inadaptados, los trastornados, los raros.

Esta atracción por lo singular –la otra cara del rechazo a la homogeneización– impregna no solo el dibujo de los personajes, sino también –y sobre todo– el ángulo narrativo, esa mirada torcida, lateral, que predomina en toda su escritura. Girando en torno a núcleos temáticos recurrentes –el amor no correspondido, la soledad, la sexualidad reprimida, la discriminación racial, las dificultades de la infancia–, la predilección por lo inusual se revela en destellos inesperados que convierten a sus personajes en seres únicos e imprevisibles. Se trata de una ruptura de las expectativas, de un salto sobre las convenciones. A pesar de su obvia filiación sureña, los personajes se distancian de su encasillamiento en tipos fijos –la adolescente rebelde, el negro juzgado injustamente, la criada sumisa, el predicador violento, el empresario racista sin escrúpulos–. Volvamos, por ejemplo, a Biff Brannon, dueño de un café nocturno de una mediana ciudad del Sur y testigo privilegiado, tras la barra, del desfile de unos individuos tan solitarios como extraños: el sordomudo Singer, la niña Mick, el doctor Copelan, el perturbado Jake Blount y tantos otros. Clientes que se sientan, beben, hablan y escuchan, que no siempre pagan, que a veces arman bulla, pero que él observa fascinado. ¿Y por qué no? Ya lo ha confesado: le gustan los freaks, los excéntricos, los raros. Él mismo es así, un poco raro. Cuando enviuda, a pesar de la desolación y la nostalgia, lo primero que hace es redecorar su alcoba. Cose sus propias cortinas, se detiene en el tacto de las telas. Escoge cojines de calidad, se perfuma con Agua Florida, la fragancia que perteneció a su mujer. ¿Rasgos de homosexualidad latente? No está tan claro, teniendo en cuenta, además, que en algunos momentos Biff se siente atraído por Mick –ya adolescente– justo en ese punto en el que “podía parecer tanto un chico crecidito como una chica”, porque, “por naturaleza, todo el mundo es de ambos sexos”.

La crítica ha insistido en la presencia de una temática homosexual en toda la obra de McCullers –y, en efecto, no son pocos los personajes que muestran atracción por los de su mismo sexo–, aunque a menudo estas lecturas resultan un tanto reduccionistas. Una mirada detenida muestra, más cercana al concepto de lo weird y lo queer, una intensa ambigüedad de género, hibridación que la autora expone atribuyendo a hombres rasgos tradicionalmente asignados a mujeres y viceversa... Como que a Brannon le gusten las telas, sin tener que ser por ello –¿sobra decirlo?– homosexual. También a la niña Mick, que prefiere ir vestida como un niño, le atraen tanto su compañera de colegio como un vecino un par de años mayor. Después de todo, la fascinación por la belleza, sea del sexo que sea, no fue ajena a la experiencia de la propia escritora, que en Iluminación y fulgor nocturno dejó dicho de su marido Reeves: “La primera vez que lo vi, sufrí una conmoción, la conmoción de la belleza pura; era el hombre más apuesto que yo había visto en mi vida”, y de su amiga suiza Annemarie Clarac-Schwarzenbach: “Tenía un rostro que, lo supe enseguida, me perseguiría hasta el final de la vida.” En este sentido, quizá la cualidad más definitoria del freak tenga que ver, precisamente, con la búsqueda de una belleza agenérica e inclasificable. Es lo que piensa Mick de su hermano Bubber, otro “rarito” que sufre el acoso de los garantes de la normalidad: “No era un marica, como Spareribs decía. Solo le gustaban las cosas bellas.”

En la segunda novela de McCullers, Reflejos en un ojo dorado (1941), Anacleto, el criado filipino –por cierto, otro gran amante de las telas–, adora bailar y pintar con acuarelas. Su sensibilidad es ridiculizada en el puesto militar donde trabaja, y su empleador, el comandante Langdon, piensa que lo mejor para quitarle las “tonterías” sería que entrase en el ejército, donde sufriría mucho pero sin duda se convertiría en “un hombre”. Diálogo brillante, por cierto, y excelentemente llevado al cine por John Huston con Marlon Brando encarnando el papel protagónico cuando, en el que es quizá su único arranque verdadero de rebeldía, el atormentado capitán Penderton cuestiona que, por razones de rectitud moral, algunos prefieran que “una clavija cuadrada se quede dando vueltas y vueltas a un orificio circular a que encuentre y encaje en otro cuadrado que le vaya bien, aunque no sea el reglamentario”.

Los imperativos de la normalidad son los culpables de que determinados personajes sean incomprendidos o mirados con extrañeza. Quizás el ejemplo más conocido sea el de miss Amelia, la protagonista de La balada del café triste (1951), una mujer adinerada temida por sus vecinos y apasionada por “pleitos y tribunales”. Miss Amelia es “morena, alta, con una musculatura y una osamenta de hombre [...] Podría haber resultado guapa si ya entonces no hubiera sido ligeramente bizca”. Tras un matrimonio corto –y una inexistente noche de bodas–, miss Amelia repudia el amor de los hombres con la excepción de su jorobado primo Lymon –otro gran freak–. Lo tierno y lo absurdo, lo lírico y lo risible, se mezclan en la dispar relación entre ambos, reflejada, por ejemplo, en los paseos que dan juntos por el pueblo: “Si el sendero pasa por un hoyo enfangado o está cortado por un charco de agua negruzca, ved cómo miss Amelia se agacha para que el primo Lymon pueda subirse a su espalda; miradlos cómo vadean, con el jorobado cabalgando sobre los hombros de ella, agarrado a sus orejas.” Los habitantes del pueblo no pueden entender qué encuentra miss Amelia en el jorobado, y fabulan respecto al tipo de relaciones que mantienen. Aunque, a este respecto, el narrador externo nos recuerda que “con mucha frecuencia, el amado no es más que un estímulo para el amor acumulado durante años en el corazón del amante”. Desde esta perspectiva hay que entender la devoción del sordomudo Singer por su amigo Antonapoulous, la de la señora Langdon por su criado Anacleto, la de Frankie por su futura nuera en Frankie y la boda (1946) o la del viejo juez Fox Clane por Sherman Pew en Reloj sin manecillas, todas ellas sin componente sexual claro.

El caso del mulato Sherman Pew –emparentado con el Joe Christmas de Luz de agosto– es llamativo porque, a pesar de sus rarezas –o quizá debido a ellas–, suscita la pasión no solo del juez que ajustició a su padre sin pruebas, sino también del nieto de ese juez, atormentado por la culpa heredada. Los ojos azules de Pew –esa falla en su negritud– no buscan la venganza, como sí hacía –¡y cómo!– el Christmas de Faulkner. A lo que Pew aspira es a ascender socialmente comprándose una casa en zona de blancos. Mentiroso compulsivo y fantasioso irredento, es pobre pero siente debilidad por el lujo –caviar, muebles y trajes buenos–, tiene buena voz pero odia la música. Su destino es tan trágico como el de muchos excéntricos que cometen la osadía de saltarse las reglas. Su absolución, en cambio, la encontramos en la mirada de McCullers, auténtica maestra en la construcción atípica de estas personalidades.

Dotada de un increíble talento para mezclar humor y crueldad, delicadeza y atrevimiento, pocos personajes como los mencionados en este artículo podrían sentirse tan orgullosos de la dignidad con que fueron creados. Gracias a McCullers, a nosotros, sus lectores, también nos gustan los freaks. ~


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