artículo no publicado

Brochazos contra el machismo

Rebecca Solnit

Los hombres me explican cosas

Traducción de Paula Martín Ponz

Madrid, Capitán Swing, 2016, 152 pp.

 

Una noche del verano de 2003, la escritora Rebecca Solnit (Bridgeport, Connecticut, 1961) acudió con su amiga Sally a una fiesta en la pista forestal de Aspen. Allí un hombre entabló conversación con ellas. Cuando supo que Solnit había publicado ese mismo año un ensayo sobre Eadweard Muybridge, le preguntó si había leído el libro verdaderamente importante sobre Muybridge que había salido ese mismo año. La amiga de Solnit tuvo que decirle tres veces que lo había escrito Solnit. “Y entonces, como si estuviésemos en una novela del siglo XIX, se puso lívido. El que yo fuese de hecho la autora de un libro muy importante que resultó que ni siquiera había leído, sino que solo había leído sobre él en el New York Review of Books unos meses antes, desbarató las categorías bien definidas en las que su mundo estaba compartimentado y se que dó sorprendentemente enmudecido por un segundo, antes de empezar a pontificar de nuevo”, cuenta la escritora en el ensayo que da título al libro que recoge algunos de sus textos ya publicados en diferentes medios, Los hombres me explican cosas.

El primer texto apareció en versión digital en TomDispatch en 2008, después de que Solnit contara esta y otras anécdotas similares en una cena y su anfitriona la animara a poner por escrito esas experiencias: “Las jóvenes, dijo, necesitaban saber que ser minusvaloradas no era algo que fuese resultado de sus propios defectos secretos; sino que era algo que venía de las viejas guerras de género, y que nos había sucedido a la mayor parte de las que somos mujeres en algún momento u otro de nuestra vida.” El texto no ha dejado de circular y puso a muchos los nervios de punta, según explica Solnit. Además, inspiró el neologismo mansplaining (contracción de man y to explain), que el New York Times incluyó en su lista de palabras del año en 2010. Solnit dio con algo importante: muchas mujeres se identificaron con el tratamiento paternalista y condescendiente de interlocutores varones. La escritora va un poco más allá y se atreve a aventurar que “parte de la trayectoria política norteamericana desde 2001 estuvo marcada por, digamos, la incapacidad de escuchar a Coleen Rowley, la mujer del fbi que lanzó los primeros avisos acerca de Al Qaeda”. Sin embargo, eso no es exactamente lo que sucedió: en las semanas previas al 11-S, la oficina de supervisores de Washington negó el permiso a agentes de Mineápolis que solicitaron autorización para una investigación de Zacarias Moussaoui, considerado hoy uno de los instigadores del ataque. Sugerir que el mayor atentado terrorista en suelo estadounidense habría podido evitarse si los hombres escucharan a las mujeres es dar un salto lógico demasiado grande, además de simplificar mucho la realidad y obviar el resto de las circunstancias. Sería como afirmar que Trump ha ganado las elecciones porque los estadounidenses han preferido a un xenófobo antes que a una mujer: es una conclusión parcial y perezosa que limita el análisis. Y eso es algo que sucede demasiadas veces en este libro que incluye algunas piezas interesantes, como la dedicada a Virginia Woolf o “La guerra más larga”, que pone los pelos de punta por los datos sobre violaciones que contiene. Otros, aunque tengan razón en el fondo, suelen estar cimentados sobre argumentos débiles, chapuceros y perezosos. Y precisamente porque lo que denuncian es cierto (el feminismo sigue siendo necesario, hace bien en explicar lo que es la cultura de la violación –la culpabilización de las víctimas–, el techo de cristal y la brecha salarial existen y el paternalismo no es un invento) los argumentos utilizados deberían ser impecables. Dice, por ejemplo, que “no hay ninguna conocida directora de cine que le haya dado drogas a una niña de trece años antes de abusar sexualmente de ella mientras la niña le decía que no, como hizo Roman Polanski”, aunque tampoco hay otros directores acusados de ese delito. También da por consumado el presunto abuso del que acusan Mia Farrow y una de sus hijas a Woody Allen, aunque el caso fuera desestimado por un juez. Algunos errores generan desconcierto. Por ejemplo, en “El síndrome de Casandra” escribe: “Casandra, la hermosa hermana de Helena de Troya, fue maldecida con el don de la profecía certera, pero también a no ser creída por nadie.” Más allá de la sorprendente sintaxis de la traducción, Casandra era hermana de Paris y Héctor, no de Helena. Predijo la guerra de Troya, la destrucción de la ciudad y también su propia desgracia y, efectivamente, nadie le creyó. Solnit utiliza el mito de Casandra para explicar que los testimonios de las mujeres acaban interpretándose como de “histéricas” y que para ningunearlos se concluye que “están locas”. Aunque tiene parte de razón, su argumentación debería ser más fina, de lo contrario ese mismo discurso llevaría a no permitir críticas a ninguna mujer porque siempre podría entenderse como un ejercicio de machismo.

La irregularidad de los textos, la brocha gorda que emplea a la hora de justificar su razonamiento, lo ridículo y demagogo de alguna de las metáforas empleadas (pienso sobre todo en “Mundos que colisionan en una suite de lujo”, dedicado al caso Strauss-Kahn) desmerecen un libro que tiene piezas pertinentes (además de las citadas, destacan “Elogio de la amenaza”, “Abuela araña” y “#yes- allwomen”). Rebecca Solnit acierta al diagnosticar algunos de los problemas que acechan a las mujeres en el mundo occidental. También al explicar los avances del feminismo y al insistir en la importancia de que los hombres se impliquen en la lucha por la igualdad: los roles de género son limitadores para todos. Pero el conjunto tiene algo de patchwork fallido y sería un libro mejor sin alguno de los ensayos reunidos. ~


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