artículo no publicado

¿Por qué tenemos debates políticos tan malos en México?

Debates como el de los candidatos a la gubernatura del Estado de México son un espectáculo pensado en torno a los partidos y candidatos, y no como ejercicio de deliberación democrática. Y en muchos aspectos, son un reflejo del modo en que se discute en nuestra sociedad.

El martes 25 de abril tuvo lugar el primer debate entre candidatas y candidatos a gobernar el Estado de México. Como ha ocurrido en años recientes, el formato y el desempeño de los participantes dejaron entre mucha gente un mal sabor de boca. Las quejas en redes sociales y columnas de opinión apuntan a la falta de propuestas, al exceso de ataques, al formato rígido, a la baja utilidad de estos ejercicios para informar al votante y que acuda a las urnas con más elementos. ¿Por qué tenemos debates tan malos? Comparto con ustedes cinco reflexiones al respecto.

1. Los debates oficiales en México son un deporte de exhibición, no de contacto. Los debates se nos quieren vender como emocionantes contiendas entre gladiadores de la política que salen armados a la arena política a matar o morir. En realidad, el formato oficial los hace más parecidos a un deporte de exhibición en el que se dicen pequeños monólogos, con baja o nula confrontación de ideas. Son un ejercicio pensado en torno a los partidos y sus candidatos, quienes pretextando “equidad” en la contienda exigen formatos con el mismo tiempo para todos, lo que mata la posibilidad de presentar argumentos elaborados.

2. Dado ese formato, el objetivo primordial de los candidatos es sobrevivir sin cometer algún error grave. Esto se logra apegándose disciplinadamente a mensajes establecidos por los equipos de campaña. La clave está en decir con asertividad frases cortas y atractivas (soundbites) de ataque y defensa para que los medios y redes sociales las recojan esa noche y al día siguiente en el llamado “post debate”. Los medios analizan el desempeño de los candidatos y declaran un “ganador” en el debate.

3. Los debates son más espectáculos televisivos que arenas de deliberación democrática profunda. En la televisión se comunica menos con lo que se dice y más con cómo se dice. Además de colocar frases contundentes, los candidatos deben cuidarse de reaccionar mal ante un ataque, perder la compostura, hacer un mal gesto, tartamudear, dudar o, peor aún, quedarse callados, ya que una pausa de tres segundos se ve eterna en televisión. La imagen es fundamental y por eso los equipos de campaña cuidan al máximo la vestimenta, el peinado, las ayudas visuales y el lenguaje no verbal de las y los candidatos. Desde luego, no todos los candidatos tienen habilidad para verse naturales ante las cámaras y el resultado es un acartonamiento que aleja a las audiencias.

4. Los debates reflejan el estado de la conversación pública de la sociedad. Y en México ese estado se resume en una palabra: tóxico. La corrupción de los gobiernos ha alcanzado niveles inauditos en el país y se ha convertido en el eje de las campañas políticas. Pero en vez de contrastar propuestas e ideas concretas para enfrentarlo, los candidatos están enfrascados en una lucha por demostrar quién es más corrupto. Esto se debe a dos factores:

a. La hiperpersonalización de la política. Las campañas se han convertido (en todo el mundo) en procesos de mercadeo de un candidato-producto con atributos personales que resultan de sus historias de vida y trayectorias, y no un contraste entre plataformas de gobierno. Se nos dice que, por ejemplo, si una candidata nació en la pobreza esto la hará automáticamente una gobernante sensible ante la pobreza de la gente y, en una segunda derivada, capaz de implementar los mejores programas de combate a la pobreza. O, si un candidato es empresario, esto lo convertirá de inmediato en un eficaz administrador capaz de generar crecimiento y empleo. Estos argumentos se presentan en automático durante los debates, apelando a los prejuicios y sesgos de las audiencias, sin que necesariamente medie la evidencia o los hechos sobre las capacidades e intenciones de los candidatos.

b. La estrategia de deslegitimar al rival. Construir confianza es muy difícil, lleva años, disciplina, congruencia, honestidad... Pero perder la confianza es fácil, puede llevar días u horas. No es raro que la estrategia más utilizada por los políticos apunte a dañar la confianza en sus adversarios. En los debates esto se traduce en los ataques destinados a quitarle legitimidad al rival: tú no puedes hablar de pobreza porque eres rico. Tú no puedes hablar de honestidad porque eres corrupto, etc. Así, el debate se vuelve el reino del argumento ad hominen (atacar a la persona y no a su argumento) ad nauseaum (o al menos hasta que acabe el debate).

5. Y tú, ¿sabes debatir? Con todo lo anterior, y con candidatas y candidatos que en general no están acostumbrados a persuadir con buenos discursos ni a debatir en público, lo que tenemos es lo que hay. Y de ahí las muy válidas quejas ciudadanas de siempre: “ninguno convenció”, “sólo hablan para sí mismos”, “los formatos están caducos”, “nada de propuestas, puros ataques”, etcétera. Pero yo le propongo al lector que echemos un buen vistazo al espejo. Veamos las redes sociales. Pensemos en cómo discutimos nosotros en familia, en la escuela, en las juntas del trabajo o con los amigos. ¿Sabemos debatir? ¿Sabemos presentar y contrastar ideas con respeto? ¿Argumentamos con lógica o atacamos con insultos y descalificaciones a la persona con la que estamos debatiendo? ¿Decimos mentiras o cuidamos de que nuestros argumentos sean verídicos? Ahí hay toda una tarea de cultura democrática que debemos emprender.