artículo no publicado

Marta Sánchez y la debilidad del Estado

España tiene una identidad nacional débil, y a menudo el gobierno del PP da muestra de ello cuando criminaliza la libertad de expresión.

A menudo quien dice que no tiene complejos tiene muchísimos. Si realmente dices lo que piensas, sin atender a lo que digan los demás, entonces no necesitas la autoindulgencia de confirmar constantemente eso mismo: tu independencia de criterio, tu falta de pelos en la lengua, tu actitud a contracorriente. Esa excusatio non petita es a menudo una manera de blindarte contra las críticas o adelantarte a ellas, pero también puede ser una muestra de falta de autoestima. Pasa mucho con el patriotismo o el nacionalismo, que se construyen contra un enemigo, aunque sea interno. En el victimismo que hay inherente a todo nacionalismo hay siempre baja autoestima, a pesar de que hay una demostración de superioridad.

En la letra del himno de España de Marta Sánchez, que cantó en directo y se extendió en redes sociales rápidamente, la cantante pop habla de su orgullo español (“Rojo, amarillo, colores que brillan en mi corazón”) para luego decir “Y no pido perdón”. Esta frase es quizá lo más relevante de la letra. En cierto modo asume que hay algo malo en su actitud, y podría decirse que es una prueba de la poca identidad nacional española: los más nacionalistas españoles en realidad defienden la Constitución casi como dogma, en lugar de apelar a esencias, sangre o metafísica.

España tiene una identidad nacional muy débil, y a menudo el gobierno actual del PP da muestra de ello cuando criminaliza la libertad de expresión. Las denuncias contra artistas y tuiteros, las acusaciones por injurias a la Corona o las instituciones, transmiten la sensación de que el Estado es muy débil. El Leviatán del que se enorgullecen los conservadores no debería inmutarse ni sentirse amenazado por las críticas de cuatro tuiteros y un par de raperos.

Podría decirse que un ataque a las instituciones comunes es un ataque a todos (igual que un puñetazo al presidente del Gobierno no es lo mismo que un puñetazo a un individuo cualquiera), y que las instituciones que garantizan nuestros derechos y libertades deberían tener herramientas para protegerse. Pero la idea de que tienen reputación puede ser la excusa para mayores restricciones a la libertad de expresión (una de las acusaciones contra Pablo Hasel es haber vulnerado “la reputación de la Corona y las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado”). Viendo la respuesta del Estado ante el independentismo, tardía y chapucera, y muchas acciones improvisadas desde las instituciones, que demuestran la falta de previsión y organización del Gobierno en muchos temas (en presupuestos, en temas de comunicación) da la sensación de que el Estado responde de manera arbitraria a las amenazas, ni siquiera de manera partidista. Y esto es casi más preocupante que la baja autoestima.