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La retórica de la renegociación del TLCAN

En los próximos meses, seremos testigos de una partida de ajedrez que se verá interrumpida por uno de los jugadores, que amenaza con cambiar las reglas, abandonar la partida o desaparecer el juego. Pero los resultados de esta partida tendrán un impacto importante en la vida de los mexicanos.

Si fuera una partida de ajedrez entre un jugador del equipo Cánada-México y otro de Estados Unidos, lo que se vio en la primera ronda de renegociación del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) podría narrarse así:

 

  • El jugador Canadá-México reflexiona sobre su jugada inicial. Pasan los minutos. Sopesa sus opciones. Y ahí está, señoras y señores: las blancas inician con una clásica y elegante apertura Ruy López, peón 4 rey.
  • El jugador E.U. mira el tablero. Se levanta. ¡Y arroja las piezas por los aires! ¿Qué está diciendo?: “¡El ajedrez apesta! ¡Es el peor juego de la historia! ¡A los E.U. no nos gusta porque ustedes siempre salen ganando a costa nuestra!”

 

Así es la negociación estratégica en la era de Donald Trump. Una partida de ajedrez que se verá interrumpida por los berrinches constantes de uno de los jugadores, que amenaza con cambiar las reglas, abandonar la partida o de plano, desaparecer el juego.

¿Qué nos dijeron en sus discursos los representantes de los tres países?

Los funcionarios de México y Canadá salieron básicamente a defender la existencia del tratado. Su postura es que el TLCAN es una herramienta económica que ha sido útil y benéfica en lo general, por lo que abogan por su permanencia. Tanto Chrystia Freeland como Ildefonso Guajardo dieron muy buenos discursos, si los evaluamos en términos de racionalidad económica convencional. El mensaje central de sus palabras fue que el Tratado tiene más beneficios que costos para los tres países, por lo que lo racional es mantenerlo. Y sí, lo podemos revisar, mejorar y modernizar para reducir los costos, ampliar los beneficios y que todos salgamos ganando.

Lo único malo es que ese mensaje no permea cuando tienes enfrente a un gobierno irracional o, si se quiere, a un gobierno con una racionalidad distinta: la racionalidad populista.

¿Qué nos dice el manual del discurso populista? Que siempre tiene que haber un enemigo ajeno al pueblo causante de todos los males. Y a ese enemigo se le tiene que señalar, fustigar, acorralar y vencer. En este caso, el enemigo se llama TLCAN. Pero una cosa es que Trump use ese discurso frente a rabiosos desempleados “por culpa” del Tratado y otra hablar oficialmente a nombre de Estados Unidos ante representantes de dos naciones aliadas y socias.

De ahí que Robert Lighthizer, Representante Comercial de Estados Unidos, hiciera el esfuerzo para bailar un difícil tango en su discurso: sonar trumpiano sin parecer un chiflado. Por eso, pasó de afirmar que muchos productores estadounidenses se han beneficiado del TLCAN porque Canadá y México son sus mayores mercados de exportación a asegurar, en el mismo discurso, que para innumerables estadounidenses el acuerdo ha fracasado, a luego decir que espera que haya acuerdos justos para todos.

Algo que caracteriza al populismo es que tiene muy claras las cosas a las que se opone, pero no sabe definir de modo viable cómo cambiarlas. Lighthizer dejó claro que a Trump no le gustan dos cosas del Tratado: el déficit comercial con México y la pérdida de empleos estadounidenses. Pero no puso sobre la mesa cómo modificar eso de un modo aceptable para todos. Lo que sí dejó claro es que Trump no está interesado en meros ajustes a algunas disposiciones y la actualización de un par de capítulos, sino que necesita mejoras de fondo. ¿Cuáles son esas “mejoras”, cuánto le van a costar a México y a cambio de qué se harán? Ese es el drama que veremos en los próximos meses.

El reto para México y Canadá será persuadir a un gobierno estadounidense muy golpeado y hambriento de algún logro visible. Recordemos que el muro, la reforma al sistema de salud y los vetos migratorios han sido descarriladas por el Congreso y los tribunales. Las tasas de aprobación de Trump son históricamente bajas para un presidente en sus primeros meses de gobierno.

Por eso hay quienes dicen que la mejor estrategia sería conceder mucho ante las cámaras, dejar que Trump “se luzca” con cosas como, por ejemplo, cambiarle el nombre al Tratado y con concesiones aparatosas, pero no inaceptables, y al mismo tiempo ser discretos en los logros obtenidos por nuestros negociadores. En teoría, suena bien, pero hay que recordar que en México cada concesión, sensata o no, que haga el gobierno puede ser vista como una derrota o una humillación para nuestro país y podría tener un alto costo político.

Lo que seguramente veremos es que el representante comercial de E.U. se acerque a algunos acuerdos que serán celebrados… solo para que Trump irrumpa con declaraciones bruscas y sin sentido que contaminen la negociación política y mediáticamente, pero que tal vez no la descarrilen. El reality show continúa, y esta vez lo que suceda sí tendrá un impacto directo e importante en la vida de todos los mexicanos.