artículo no publicado

Ayer, Trump dio un discurso populista y agresivo (No importa cuándo leas esto)

En un mitin en Arizona, el presidente estadounidense dio un discurso que, predeciblemente, abonó a la retótica nativista que ha manejado desde que iniciara su campaña a la presidencia.

El populismo –sea de izquierda o de derecha– construye su discurso a partir de la idea de que hay un “pueblo bueno” que encarna las virtudes y valores más elevados de la patria y un “no-pueblo malo” que personifica los peores defectos, pecados y vicios. En la narrativa populista, el pueblo se ve lastimado, abusado o hasta sometido por el “no-pueblo” hasta que aparece un líder valiente, un salvador que desafía a ese villano y lo enfrenta. El discurso de ese líder se vuelve entonces predecible: siempre es una narración épica de sus batallas contra el “no-pueblo”.

Ayer (22 de agosto) Trump escenificó para sus seguidores un episodio más de esta épica populista (aquí se puede ver con traducción simultánea y aquí en inglés). La historia que contó en este discurso es la misma que ha venido manejando desde el día uno de su campaña:

  • El “no-pueblo” lo detesta porque él defiende la identidad, “la herencia y la historia” del verdadero “pueblo”, los “verdaderos estadounidenses”.
  • Los medios de comunicación “deshonestos” no reportan con veracidad lo que el líder dice y hace para beneficio del “pueblo” porque son un instrumento al servicio del “no-pueblo”.
  • Además, los medios de comunicación tratan de engañar al “pueblo” y de convencerlo de que el gobierno del líder está fracasando. Por eso él prefiere dirigirse directamente al “pueblo”
  • Él sigue dando la lucha por evitar que el “no-pueblo” crezca a expensas del “pueblo”. Como muestra está que sigue peleando a favor del muro fronterizo con México, para evitar que más criminales (léase “extranjeros”) lleguen a Estados Unidos a lastimar al “pueblo”.
  • Para defender al “pueblo”, el líder también usará su enorme poder para rechazar tratados comerciales con otros países (o sea, México) que son desventajosos.
  • Los enemigos del “pueblo” (los políticos, los medios, los liberales de élite que viven en las ciudades más importantes) son malvados y no dejan de ver como frenar al líder. Pero él seguirá dando la lucha y es tan generoso que está dispuesto a dejar al gobierno sin presupuesto con tal de que le den los fondos para su muro con México.
  • El líder está también trabajando para fortalecer a las Fuerzas Armadas a fin de que puedan defender mejor al “pueblo” de la agresión del “no-pueblo” (terroristas musulmanes, el régimen de Corea del Norte, talibanes en Afganistán, etc.)

Las reacciones de la prensa liberal en Estados Unidos a esta puesta en escena son tan predecibles como el propio discurso de Trump. Los comentaristas nos pintan a un líder “acorralado”, “desesperado por sus fracasos” que siente ya “en la nuca al FBI” por el tema de la colusión con Rusia para ganar la elección. Un líder débil que busca fortalecerse al “energizar a su base de votantes” y que pone en escena estos discursos para “sentirse amado” dadas sus profundas inseguridades personales.

Lamentablemente, ese contradiscurso solo le habla a quien ya no necesita convencerse de que Trump es lo peor que le pudo pasar a Estados Unidos, y refleja una creciente impotencia de las élites culturales liberales que ven pasar los días y las semanas sin que ocurra un milagro y sea removido del cargo.

Cierro este comentario con frases de dos seguidores del presidente recogidas por el New York Times y la revista The New Yorker que nos ayudan a entender a quién le habla Donald Trump:

  • “La gente que en la preparatoria despreciaba a gente como yo es la que hoy desprecia a Trump”.  
  • “Nunca había estado tan involucrado emocionalmente con un líder político en mi vida. Entre más lo odian, más lo quiero ver triunfar. Porque lo que ellos [sus detractores] odian de él es lo mismo que esa gente odia de mí.”   

No cabe duda. El resentimiento es una emoción poderosa que el discurso populista sabe cómo activar y manipular para obtener y preservar lo mismo que quieren todos los políticos: el poder.