artículo no publicado

Sergio González Rodríguez frente al Mal

El recién fallecido autor de libros como Huesos en el desierto retrató la revuelta de lo irracional frente a un país que se modernizaba.

En su libro el Nacimiento de la filosofía (1975), Giorgio Colli declaró que “la locura es la matriz de la sabiduría”, y volvió del revés la idea de que la filosofía era resultado de la razón para entenderla como un enigma que solo se resuelve en la posesión, en la acción claramente hostil del Dios que subraya lo insondable; el capricho y la ambigüedad frente al límite, la mesura y la racionalidad. Desde entonces, un puñado de escritores comprendieron que el mundo de lo irracional, de lo místico volvía a imponerse. Entre ellos estaban Aby Warburg, Elias Canetti, Walter Benjamin, Roberto Calasso y, entre nosotros, Sergio González Rodríguez.

En una entrevista reciente para la Revista Ñ de Argentina, el escritor italiano Roberto Calasso indicaba: “El sacrificio es universal, se encuentra en todas partes. En México es el último país donde se debe explicar esto, y obviamente en el cristianismo, aunque de formas completamente diversas.” Acaso nadie atendía tan claramente esta encomienda, explicar a México como último reducto del sacrificio, como Sergio González Rodríguez, narrador, ensayista y periodista cultural fallecido ayer a los 67 años, víctima de un infarto.

González Rodríguez exploró un territorio ambiguo, que los novelistas rechazaban por excesivo y los periodistas por improbable; una zona irracional, oscura, imprecisa que para él era indispensable para explicar lo que ocurría (y ocurre) en nuestro país. Ya desde El centauro en el paisaje, libro con el quedó finalista del XX Premio Anagrama de ensayo en 1992, declaraba: “En la cultura de una sociedad subyacen creencias, estratos religiosos que surgen a la superficie cotidiana en momentos de tensiones. El forcejeo entre las inercias de lo tradicional y los imperativos modernizadores abre el espacio para la aparición de efectos indeseables, el furor intolerante, la requisitoria violenta ante las afrentas a los misterios de la fe”.

Ese furor intolerante, la revuelta irracional contra un país que se modernizaba, Sergio González Rodríguez la encontró ejemplificada –y se diría magnificada– en los feminicidios. Fue, no el único, pero sí uno de los primeros en investigar y teorizar sobre las muertas de Juárez. En Huesos en el desierto (Anagrama, 2002), el libro que lo visibilizó y lo convirtió en un paradigma del periodismo cultural en México, señalaba que los feminicidios cruzan la línea de mero crimen, para convertirse en una suerte de “sacrificio ritual”. Para González Rodríguez el narcotráfico es inexplicable sin la brujería, “ya que esta tradición cultural permite reforzar a los grupos sociales que operan en la clandestinidad y cuyas prácticas son secretas”.

A lo largo de todos sus libros intentaba hacernos conscientes de que frente al vertiginoso mundo de novedades técnicas y productividad, de mercancías y cálculo financiero, surgía “un poder violento con amplios recursos económicos: satanismo, narcotráfico y sacrificios humanos”.

Creo que su obra bebe de los textos de Colli y de Calasso, entre muchos otros, pero también son una respuesta ensayística, se diría intelectual, a esa corriente literaria nacional que explora la profundidad de la violencia en el México contemporáneo y la ve reflejada, como símbolo, en el mundo prehispánico: me refiero a cuentos como “Chac Mool” de Carlos Fuentes, “La fiesta brava” de José Emilio Pacheco, “Vampiros aztecas” de Pablo Soler Frost y, en cierto modo, el Farabeuf de Salvador Elizondo.

En este sentido, González Rodríguez era un iniciado, es decir, uno de aquellos que buscan “la verdad”. Veía la iniciación no sólo como “un flujo espiritual, sino un proceso vivencial de cariz continuo, enriquecido por todas las pruebas, tentativas, experiencias y, sobre todo, enseñanzas: una iniciación al misterio propio de cada quien. En otras palabras, el reencuentro con el antiguo pacto que asocia lo visible con lo invisible, lo inmanente con lo trascendente, el hombre que está más allá del hombre en las comprensiones de la historia y lo que vislumbra cada instante para permanecer como un manto que desafía lo social”.

Esta es su verdadera búsqueda, por eso en su obra teósofos y esotéricos se dan la mano bajo la mesa con periodistas y detectives, los sacerdotes sacrificantes y las víctimas propiciatorias viajan en metro y trabajan en la maquila. Y algo lamentable de su muerte, además de la desaparición de un amigo, de un crítico imprescindible dentro del medio cultural mexicano, es que no pudo concluir esa búsqueda. Sabía que existía el mal y para conjurarlo había que restaurar una experiencia, pero no dijo cómo: “El orden y la conciencia cósmica de las civilizaciones antiguas han desaparecido; los han desplazado el idealismo y la supremacía del intelecto por encima de la fe en la sangre y el cuerpo. Hay que recuperar la conexión perdida, el juego correcto de oposiciones que rige en la creación. Basta restaurar el flujo natural de la vida, la experiencia sexual como un paso transitorio hacia un estado superior de equilibrio. El mal late, respira por la herida de esta desvinculación con el Cosmos, el mundo, la sociedad, la familia”.