artículo no publicado

“La ficción y la literatura tienen que despegarse lo más posible de la realidad”

Una entrevista con Rodrigo Fresán, autor de La parte soñada (Literatura Random House), segunda novela de una trilogía sobre la lectura y la escritura.

“Y alguien habló y entré en un sueño” dice “A day in the life”, la canción compuesta por John Lennon y Paul McCarthy que introduce La parte soñada (Literatura Random House) de Rodrigo Fresán. El narrador comienza a hablar y entra en un sueño o puede que, en realidad, no haya ningún afuera de ese sueño, porque, como dice el propio Fresán, incluso en los momentos de insomnio soñamos. La parte soñada es la segunda novela de la que deberá ser una trilogía que se completa con La parte inventada y La parte recordada, todavía en fase de escritura. Si en La parte inventada Fresán se interrogaba sobre el momento previo a la creación, ese momento en el que aparecen las ideas, en La parte soñada el sueño se convierte en una forma de creación, pero sin creación. Surgen ideas, imágenes, incluso recuerdos; reaparecen los libros leídos, algunas experiencias vividas y reinventadas por el sueño, como forma de inconsciencia controlada. Una vez más, el narrador no escribe, sino que se sitúa en el momento previo a la escritura. Con La parte soñada, Fresán continúa con la indagación en torno a cómo surge la escritura empezada en La parte inventada, aunque La parte soñada no es una continuación, sino un “mientras que”, un “durante” atemporal donde lo soñado y lo inventado se convierten en metáfora conjunta de la escritura, la única postergada verdaderamente en un texto por venir.

¿Cómo se relaciona La parte soñada con La parte inventada, la novela que la precede y da inicio a la trilogía que terminará con La parte recordada?

En un primer momento, La parte soñada no iba a existir. Cuando escribí La parte inventada no tenía el plan de hacer ninguna trilogía, al contrario, cuando terminé la novela tenía la impresión que todo se cerraba allí y que iba a dedicarme a otra cosa. Sin embargo, me pasé casi un año largo añadiendo pequeños fragmentos a La parte inventada, primero para la traducción francesa, que acaba de salir, y, después, para la traducción norteamericana, que sale en mayo; todos estos añadidos, además, estarán en la edición de bolsillo que sale aquí en abril. No tenía un plan sobre cómo y cuál tenía que ser el siguiente libro después de La parte inventada, aunque sí pensaba en algo pequeño, en algo sin complejidad y de escritura veloz. Sin embargo, me di cuenta de que me costaba mucho dejar la voz del narrador de La parte inventada

Una voz de la que, como has dicho en otra ocasión, quedaste muy satisfecho.

Sí, me gusta mucho lo que había conseguido con esta voz de La parte inventada: es una especie de tercera persona en primera persona. Creo que, además, al terminar la novela me había hecho un poco adicto a esta especie de versión mía, una especie de alter ego/ Mr Hyde que podía decir todas las cosas que no solo yo no podría decir nunca, sino que ni tan siquiera pensaba. Era atractivo ver cómo habría sido yo de haber sufrido unas constantes y no haber hecho determinadas cosas como ser padre. Entonces ese libro pequeño que yo tenía pensado, cuya idea era la noche en la vida de dos niños con un tío un poco loco recorriendo una ciudad buscando a sus padres, fue abducido por La parte soñada y, de hecho, esta historia de los niños es lo último que escribí, convirtiéndose en las últimas cuatro o cinco páginas de La parte soñada. Y la verdad es que cuando asumí que iba a continuar con la voz de La parte inventada me sentí muy cómodo y la escritura de esta segunda novela fue bastante rápida. Fue entonces cuando de inmediato surgió la idea de la trilogía, que es una especie de hito que todo escritor tiene en mente.

En efecto, en La parte soñada hay remisiones constantes a una indagación sobre el tiempo que, teóricamente, parecen aludir a lo que será La parte recordada.

De hecho, La parte recordada está muy avanzada porque durante la escritura de La parte soñada iba proyectando cosas hacia el tercer volumen. Me refiero a cosas que no me interesaba que se resolvieran en este segundo libro, pero que indefectiblemente tenían que resolverse. Me interesa que las tres novelas construyan una trilogía en el sentido estricto, es decir, que se resuelvan cosas. No me interesa que la trilogía tenga un final como el de Los Soprano. Después de 1.800 o 1.900 páginas, creo que lo mínimo es ofrecer un cierto tipo de conclusión y que determinados hilos narrativos se resuelvan, como, por ejemplo, quién es la chica de la piscina, qué pasó con el hijo de Penélope o qué paso con el hijo cuando estuvo en Londres con los Beatles. Aunque, reconozco que en La parte soñada juego en el sentido de traicionar un poco las expectativas y las cosas que supuestamente se tenían claras a partir de la lectura de La parte inventada.

Sin embargo, y por lo que se percibe de las dos novelas publicadas, la idea de la trilogía no se sustenta con un orden temporal que lleva a una conclusión, sino con una indagación compartida.

Sí, porque si bien me gusta el planteo más propio del siglo XVIII o del XIX de ofrecer un cierto tipo de conclusión, también me gusta la idea de que las tres novelas no conformen una trilogía muy al uso: no quiero que La parte soñada sea ni una precuela a La parte recordada ni una secuela de La parte inventada. Me gusta pensar que La parte soñada es, en relación a la anterior, como una “durantecuela”, es decir, algo que ocurre en el mismo plano, al costado de La parte inventada.

Puede que en La parte recordada quieras resolver algunos hilos narrativos, pero ni La parte inventada ni La parte soñada se sustentan por su trama, su planteamiento es más bien ensayístico.

Sí, efectivamente. Además, más allá de la trama, me gustaba la idea de que, si bien los tres libros están escritos en español, cada una estuviera escrito en un idioma diferente: La parte inventada está escrito en el idioma de cómo se le ocurren las cosas a un escritor, el idioma de la creación; La parte soñada está escrito en el idioma de los sueños, en el idioma de cómo soñamos; y La parte recordada estará escrito en el idioma de cómo recordamos. Estos tres idiomas son las tres fuerzas que intervienen en el momento de escribir: cómo se te ocurre algo, cómo sueñas algo y cómo recuerdas algo.

Hablas de los distintos “idiomas” de las novelas, pero también habría que hablar de los distintos géneros con los que juegas.

Sí, La parte inventada es una novela que trabaja sobre el género de la novela, La parte soñada trabaja más la novela corta y La parte recordada se preocupará sobre la idea del cuento. En las tres novelas trabajo con los géneros narrativos de forma poco ortodoxa, no irrespetuosa, pero sí a partir de formatos no ortodoxos.

En La parte soñada, el sueño y la creación se convierten a momentos en sinónimos.

Esto es lo que se plantea sobre todo en la primera parte del libro, que supuso un desafío de forma y estilístico en cuanto pretendía contar cómo se sueña. Es algo complicado. En el terreno de la novela, las escenas de sueño y las escenas de sexo son siempre muy complicadas, son siempre dos problemas a resolver. Tenía varías modelos, todos ellos enumerados en la misma novela.

Aunque, por otro lado, se habla de creación y de escritura, pero el narrador no escribe.

Como le decía a la periodista Laura Fernández, creo que nunca en la historia de la literatura se escribió tanto sobre alguien que no escribe. Estas novelas son la escritura sobre la no escritura.

Y tanto La parte inventada como La parte soñada funcionan como para texto de la novela que debería escribir el narrador y que permanece fuera del texto.

La supuesta novela que debería escribir el narrador está efectivamente afuera. Es un viejo truco, lo hace Nabokov en La dádiva y lo hace Proust en En busca del tiempo perdido. En la edición de Alianza de En busca del tiempo perdido, que es la edición que yo leí, en las últimas páginas del último volumen hay por primera vez en toda la obra una separación de párrafos y aparece Proust diciendo que lo que él quería escribir en verdad era otra cosa que tratara de…

Más allá de la trilogía, La parte soñada, como sucedía en la anterior novela, se estructura en tres partes.

Yo trabajo mucho con módulos en tres partes, es una estructura que me ha ayudado mucho y que me marcó siendo muy joven, probablemente después de ver por primera vez 2001. Odisea en el espacio o de escuchar “A day in the life”. Y como dices La parte soñada también se construye en tres partes: el sueño, el ensueño en trance y el insomnio, porque para mí, aunque se esté despierto, el insomnio también implica una forma se soñar: cuando tienes insomnio, estás despierto, pero no lo estás completamente y tampoco estás dormido.

La parte del insomnio funciona como nota a pie de página de lo anterior.

Sí, en cierta manera es la explicación de lo que lo precede en los dos bloques precedentes.

Mientras que, en la primera parte, la escritura en cursiva funciona como explicación del sueño.

Suele pasar que cuando estás soñando hay momentos en los que te distancias del propio sueño asumiendo que lo que estás soñando no puede estar ocurriendo de verdad. En cierta manera, en cuanto a idea de distanciamiento, cuando sueñas es como si estuvieras leyendo. Y es por esto que las figuras de Emily Brontë y la de Nabokov, como las de Fitzgerald en La parte inventada, me interesan mucho, son escritores que se han reescrito mucho a la hora de fundamentar sus ficciones. Ellos hacen un gran trabajo de reescritura de sus personas para convertirse en personajes.

Citando a Nabokov afirmas que el lector fuerte es el relector y, en parte, lo que hace tu narrador es releerse a sí mismo.

Sí, completamente de acuerdo con esto. Por esto me interesan Emily Brönte y Nabokov, me interesaban mucho porque son dos autores que tanto en vida como en obra piensan que la realidad está sobrevalorada y que el tiempo no existe como tal. Yo estoy cada vez más convencido de que la ficción y la literatura tienen que despegarse lo más posible de la realidad para buscar otra cosa, puesto que la realidad ya está en todas partes. No confío demasiado en el escritor realista o en la novela realista que tiene que retratar su tiempo y su contexto. Puedo entender que haya autores que lo hagan, hay quienes lo hacen muy bien y quienes lo hacen muy mal, pero no es algo que me interese a mí como escritor.

En la primera parte de La parte soñada vuelve aparecer la figura de “Ella” como objeto de deseo y destinatario al que se dirige el narrador.

Esta figura está en mucho de mis libros, está por ejemplo en En el fondo del cielo. Es el reflejo casi de un ideal romántico, más que amoroso… aunque en el próximo libro se va aclarar quién es Ella. La función de la primera parte de La parte soñada, puede que la parte más ardua o más desconcertante para un lector no demasiado curtido, se explica por completo en La parte recordada, donde se plantea un tipo de contraescritura de esa primera parte en un plano real y no soñado y donde se explica a que aludían cada una de las menciones.

¿Podríamos definir esta trilogía en curso como un proyecto proustiano?

Ojalá. Después de varios intentos, leí En busca del tiempo perdido junto con la biografía de George D. Painter a los 35 años y salí diferente de esa lectura. Probablemente leer a Proust es la más grande experiencia que tuve y tendré como lector. Leer a Proust te da, por un lado, un zozobre y, por el otro lado, ese sentimiento de enorme tranquilidad de decir “nunca voy a llegar a algo así, ya lo hizo Proust”. De todas maneras, ni en el momento de escribir La parte soñada y ni tampoco ahora escribiendo La parte recordada pensé y pienso en la trilogía como magnus opus u obra definitiva. Lo único que sí puedo decir es que cuando terminé de corregir las segundas pruebas de La parte soñada me sentí contento porque veía que se estaba armando algo interesante.

Más que por su carácter de magnus opus, lo proustiano de la trilogía tiene que ver con la reflexión sobre el tiempo.

Sin duda y en este sentido el próximo libro será el más proustiano de todos, pero con recaudos y con cautela, sin dejarme arrastrar por esta obviedad o por este movimiento reflejo. Obviamente Proust es el gran escritor de la memoria y de la reescritura de la memoria.

Una cosa que te caracteriza es que, con toda la cautela y recaudos, eres un autor que explicitas su fuentes o influencias.

Hay dos tipos de escritores, aquellos que están muy orgullosos de su influencia y aquellos que prefieren que no se noten. Yo no solo prefiero que se noten mis influencias, sino que las proclamo al viento sin ningún tipo de problema. Nada me gustaría más que influir a alguien. La literatura es una cadena, no creo que haya que ir barriendo bajo la alfombra o pensar que uno está solo en el mundo y nació de la nada.

Una influencia clara en este libro es Bob Dylan.

Sí, aunque está nombrado muy pocas veces, si bien la primera parte es una especie de novelización de una canción de Bob Dylan, “Series of dreams”. 

¿Tienes la impresión que desde Historia argentina hasta ahora tus influencias pertenecen cada vez más al ámbito anglosajón?

No, al contrario, según esto y en término lógicos entonces Jardines de Kensington tendría que haber sido mi primera novela y no Historia argentina, que fue una especie de desafío para mí mismo. De hecho, pensé Historia argentina casi como una autoimposición: voy a escribir algo que suceda en Argentina, porque todo lo que había escrito no sucedía allí. Para mí en Historia argentina está todo lo que vino después; tengo la inmensa suerte de ser un autor que tiene una primera obra de la cual no me avergüenzo y, de hecho, la vuelvo a editar y saldrá en España en octubre con un relato nuevo, La parte escrita, título que a lo mejor me tendría que reservar para nombrar a toda la trilogía.

El hecho de ser un escritor que reescribe constantemente sus textos tiene que ver con pensar tu obra de forma continuada, como si todo lo escrito tuviera relación entre sí.

Todas las veces que llegué a pensar que podía escribir algo que no tuviera nada que ver con lo anterior terminé dándome cuenta de que no podía. Pero tampoco me preocupa. Mi escritura tiene mucho que ver con aquellas cosas que me produjeron placer como lector y quiero pensar que reescribiéndolas en mi obra pueden crear placer en algún lector mío.

¿Y qué papel juega el lector en el momento de pensar tus novelas?

Para bien o para mal, por gracia o por desgracia, yo no sé cuántos lectores tengo. No son muchos, pero sé que los que leen La parte soñada han leído el libro anterior. Por esto no me preocupo mucho, sé que quien compra un libro mío generalmente ha comprado el anterior, mis lectores no son lectores que compran el libro de Fresán a ver qué tal. No tengo esta suerte o esta desgracia.

Sobre todo, en relación con Historia argentina -¿un libro de cuentos?, ¿una novela?- has comentado que el género literario nunca ha sido una cuestión que te haya preocupado

No, nunca me ha preocupado mucho la cuestión de los géneros. De todas las desventajas que tiene ser argentino, ser escritor argentino tiene una gran ventaja sobre con respecto al resto de la narrativa latinoamericana y es que todas las grandes novelas argentinas son atípicas: Respiración artificial, Rayuela, Sobre héroes y tumbas, El pasado, El beso de la mujer araña, Facundo, que sería la primera novela argentina pero que, sin embargo, tampoco sabemos todavía lo qué es exactamente… toda esta atipicidad juega a favor del escritor como también juega a su favor el hecho de que probablemente la literatura argentina sea la única en todo el mundo en la cual todos sus escritores totémicos abordan lo fantástico o lo extraño.

Y tú no eres una excepción, pienso por ejemplo en tu novela Mantra.

En el texto “El escritor argentino y la tradición”, Borges dice que, puestos a resignarnos a la fatalidad de ser argentinos, consolémonos con la idea de que nuestro tema es el universo. Para mí la idea de fantástico y de ciencia-ficción no es una cuestión de géneros, sino que forman parte del universo. En todas mis obras hay elementos extraños, el último relato de Historia argentina está narrado desde el futuro, la cuestión es que no lo veo como un relato de ciencia-ficción.

Y, sin embargo, uno de tus referentes literarios es Philip K. Dick

Sí, como también lo era para Ricardo Piglia, lo que sucede es que ni Piglia ni yo hemos leído nunca a Dick como un escritor de ciencia-ficción, lo leíamos como un escritor a secas. También porque lo que más nos interesaba era la parte paranoica de sus novelas y no la parte de extraterrestres.

Al fin de cuentas la cuestión es desde dónde se lee o cómo se lee.

Esta es la idea. En efecto, para mí, el tema del libro anterior, de este y del próximo es leer y escribir. Más allá de las anécdotas, el argumento de los tres libros es cómo se lee y cómo se escribe.