artículo no publicado
Una de las fotografías de Édouard Levé en Estados Unidos, de su serie Amérique.

Édouard Levé, el gracioso infeliz

El fotógrafo, pintor y escritor francés escribió solo cuatro libros repletos de reflexiones melancólicas, amargas y absurdas, antes de suicidarse en 2007.

Describir con precisión mi vida me llevaría más tiempo que vivirla. En Autorretrato (Eterna Cadencia, 2016), el escritor, fotógrafo y artista francés Édouard Levé (1965-2007) se retrata y psicoanaliza sin pudor. Es frío, austero, falsamente distante. No hay orden ni narración. Frases cortas, secas y afiladas, reflexiones al vuelo sobre sí mismo, sobre objetos y lugares y detalles y libros y películas, sobre lo que le gusta, lo que no le gusta, lo que ve y cómo le ven los demás, lo que le obsesiona. Lo escribió en un viaje a Estados Unidos, donde visitó y fotografió ciudades con el mismo nombre que otras célebres (París, Ámsterdam, Bagdad, Roma, Florencia).

El principio de placer guía más mi vida que el principio de realidad, aunque me enfrente más a menudo con la realidad que con el placer. Hay frases profundas, pero también ligeras, y anécdotas absurdas llenas de humor. Provoca la risa pero no pierde la frialdad: Levé recuerda a esa gente seria y graciosa que cuenta chistes y no se ríe con ellos (lo que los ingleses llaman deadpan). Mi padre me sorprendió mientras estaba haciendo el amor con una mujer, cuando golpeó a la puerta yo respondí automáticamente: “Adelante”, se le iluminó la cara, cerró enseguida la puerta, y cuando ella trató de irse a hurtadillas él se precipitó hacia ella y le dijo: “Vuelva cuando quiera, señorita”.

Siempre hay un poso de amargura, y aunque Levé no es especialmente pesimista, es melancólico y contemplativo. Como soy gracioso, piensan que soy feliz. Se fija en detalles nimios, extrae significados de cosas cotidianas, ve la irrealidad de las cosas, tiene ideas absurdas. Me daría curiosidad ver una exposición de cuadros pintados por celebridades que creen que saben pintar. A veces su mirada curiosa y excéntrica le provoca una sensación de extrañamiento, como de distanciamiento de la realidad. Me maravilla poder levantar un brazo sin entender cómo mi cerebro transmite la orden. O: No llevo la cuenta de las cerezas que como. Las fiestas a veces son una prueba a superar.

En Autorretrato Levé se abre y cierra radicalmente, se distancia y se acerca: las frases profundas están junto a anécdotas u observaciones vagas o intrascendentes. He intentado suicidarme una vez, me he visto tentado de intentar suicidarme cuatro veces. Me cuesta tirar la basura. Estos saltos de tema, el gusto por los detalles nimios y las listas, al estilo oulipiano (Levé admite en la primera página su admiración por Georges Perec) hablan elocuentemente del personaje, quizá más que si hubiera estructurado la obra como una autobiografía al uso.

Autorretrato es un libro sobre la depresión, pero no solo, y es un libro sobre la autoestima y la autopercepción, la imagen que tenemos de nosotros mismos, pero no solo. A veces tengo la sensación de ser un impostor, sin saber decir por qué, como si una sombra planeara por encima de mí sin poder deshacerme de ella. O: Me incomoda hablar en público de cualquier tema que no sea yo mismo. O: Siento menos ganas de cambiar las cosas que de cambiar cómo las percibo. En ocasiones recuerda a Emmanuel Bove, un autor olvidado tras su muerte en 1945 y recuperado a finales de siglo como autor de culto: en la frialdad de su prosa (es un estilo que no quiere ser estilo, Levé dice que intenta escribir en un lenguaje que no se vea alterado ni por la traducción ni por el paso del tiempo), en el autoexamen constante, en las observaciones excéntricas, en el gusto por los detalles, en la baja autoestima, en los saltos de humor y en la búsqueda de la aceptación del otro. En Mis amigos (Pre-Textos, 2003), Bove escribe sobre un joven que vuelve de la Primera Guerra Mundial a un París desolado. Vagabundea como un personaje beckettiano en busca de amigos, en busca de algo de cariño: pasa de la euforia a la desolación, desconfía o se fía demasiado, cree que todo irá genial o que todo irá fatal, y duda hasta de sus dudas.

En Autorretrato, Levé cuenta una historia que, en apenas unas líneas, pasa de ser entrañable a amarga: Mis conversaciones más preciosas se remontan a mi adolescencia, con un amigo con el que bebíamos cócteles que preparábamos mezclando al azar las bebidas alcohólicas de su madre, nos quedábamos hablando hasta que salía el sol en el salón de una casona que había frecuentado Mallarmé, durante el transcurso de esas noches formulé discursos sobre el amor, la política, Dios y la muerte, de los cuales no retiraría ni una palabra, incluso si a veces se me ocurrieron mientras me revolcaba en el piso de risa, años después, este amigo le dijo a su mujer que se había olvidado algo en la casa cuando estaban saliendo para jugar al tenis, bajó al sótano y se pegó un tiro en la cabeza con la escopeta que había preparado cuidadosamente. En su siguiente libro, Suicidio (451 Editores, 2010; lo reeditará próximamente Eterna Cadencia), retoma esta historia y hace un retrato de su amigo suicida, que funciona como duelo y que se entremezcla con el retrato de sí mismo. Tres días después de entregarle el manuscrito a su editor, Levé se ahorcó. Con esta información, es difícil no leer Suicidio, o incluso Autorretrato, sin buscar pistas que expliquen, o anticipen, el suicidio de Levé.

No negaste la vida sino que afirmaste tu gusto por lo desconocido al apostar a que si en el otro lado había algo, sería mejor que esto. Suicidio funciona a veces como una segunda parte de Autorretrato, a pesar de estar escrito en segunda persona y de que el personaje es un amigo de Levé que se casó muy joven. Hay reflexiones que Levé se atribuye en Autorretrato y que en Suicidio atribuye a su amigo. Reflexiona sobre la culpa del suicida, el dolor que causa en sus seres queridos. Levé intenta disculpar a su amigo, y con ello parece que busca justificar su propio suicidio. Los únicos que tendrían que soportar el dolor de tu muerte serían los que te sobrevivieran. Ese egoísmo de tu suicidio te desagradaba. Pero, en la balanza, la serenidad de tu muerte pesaba más que la agitación dolorosa de tu vida.

Se pregunta sobre la mujer de su amigo: ¿Piensa en ti cuando hace el amor? ¿Se ha vuelto a casar? Al matarte, ¿la mataste? Pero el tono, a pesar de usar la segunda persona, no es nunca inculpatorio, y a veces es íntimo y cariñoso. No me pones triste, me pones serio. Dañas mi ligereza incurable. Cuando soy demasiado impulsivo y, por razones que ignoro, se me aparece tu cara, le vuelvo a dar importancia a la gente que me rodea. Las cosas adquieren un relieve que rara vez veo. Disfruto por ti de lo que ya no conoces. Muerto, me vuelves más vivo.

Suicidio es una obra amarga, con mucho menos humor que Autorretrato. Es obsesiva y desnuda. Narra con crudeza una crisis depresiva, el estado zombie en el que le dejan los antidepresivos, o el efecto de estos después de hacer ejercicio físico. Aunque provoca vértigo y es incómoda, es una obra bellísima que, al mostrar la vida como algo absurdo e irreal, produce un efecto en apariencia contradictorio: leerla asusta y provoca curiosidad por la muerte, pero también por la vida. El libro termina con varias páginas de versos que Levé atribuye a su amigo. Cuenta que su mujer los descubrió en el cajón de su escritorio después de su muerte. El último dice así: La alegría me precede/La tristeza me sigue/La muerte me espera.