artículo no publicado

Ayn Rand. En solitario

Antes de su publicación en la Bobbs-Merrill Company en mayo de 1943, El manantial había sido rechazada por doce editores. Aunque no era famosa, su autora, Ayn Rand, no era una completa desconocida; había trabajado como guionista en Hollywood, había divulgado algunos de sus escritos filosóficos en revistas especializadas, estrenado libreto en Broadway y publicado Los que vivimos (1936) y ¡Vivir! (1938), pero no pertenecía a ningún grupo intelectual. El hecho de que no formara parte del establishment cultural y la situación de guerra que se vivía en los Estados Unidos sirven para justificar la falta de coraje de tantos editores. Lo que es más difícil de explicar es el éxito entre las clases populares que obtendría un libro –como todos los de Ayn Rand, de marcado tinte autobiográfico– que presentaba una trama hiperromántica y nietzscheana y cuyo héroe y protagonista era un arquitecto, inspirado en el real Frank Lloyd Wright, individualista hasta la médula, capaz de hacer estallar su propia obra en mil pedazos al ver que se había manipulado la realización de su diseño. El azar, que diría Paul Auster, podría dar cuenta de este fenómeno literario, pero bucear en la biografía de Ayn Rand, en la mentalidad de la época y en la obra en sí –adaptada al cine por King Vidor en 1949, con guión de la propia Ayn Rand, e interpretada por Gary Cooper y Patricia Neal– también ayudará a comprender, teniendo en cuenta que era el resultado de un proyecto literario de largo alcance y no un producto de mercado, cómo un texto tan singular alcanzó cotas de popularidad tan inesperadas como fulminantes y se mantuvo durante un tiempo en las listas de libros más vendidos.

En la Rusia soviética

Ayn Rand, Alicia Rosenbaum, había nacido en 1905 en el seno de una familia judía en San Petersburgo. Durante los años de infancia y adolescencia fue testigo de la revolución de Kerensky y de la revolución bolchevique, a la que su familia criticó severamente y de la que huyó a Crimea a fin de evitar la participación en la guerra civil. Después de haber obtenido la licenciatura en historia y filosofía en la Universidad de Petrogrado, Ayn Rand ingresó en 1924 en el Instituto Estatal de las Artes Cinematográficas para estudiar guión cinematográfico, disciplina que abandonó cuando, después de obtener un permiso de salida, se fue a vivir a Chicago a la casa de unos parientes. Posteriormente se instalaría en Hollywood desde donde, tras dedicarse a ocupaciones diversas –lectora y correctora de textos, guardarropa– y casarse con el actor Frank O’Connor, se fue a vivir a New York.

Tres referencias literarias –el Victor Hugo de la adolescencia, el Aristóteles del bachillerato y el Nietzsche de la Universidad– marcan esta primera etapa de Ayn Rand como escritora, que cristaliza en las novelas Los que vivimos y ¡Vivir! En ambos textos, la autora se propone realizar una crítica de las concepciones colectivistas y dirigistas del individuo y la sociedad, pero es en Los que vivimos donde consigue mayor tensión narrativa. En ella, la protagonista, Kira Argounova, alter ego de la autora, es una muchacha que exhibe, contra viento y marea, su inquebrantable fe en el individuo. En contra de la asimilación y el sometimiento al bolchevismo de algunos de los miembros de su propia familia (el arribismo de su primo Victor, la aceptación pasiva de su madre) y en contra, o prescindiendo, de la degradación en que se disuelve Leo, el amante al que conoció cuando éste intentaba escaparse del régimen y con el que planificará otra huida, Kira se constituye con la conciencia y la determinación inquebrantable de una heroína idealista e idealizada, dado que conforma una proyección de la propia autora. Aunque se observan ciertos rasgos románticos en el tratamiento de la relación entre Kira y Leo (de una pasión inverosímil, pues no acaba de entenderse cómo es posible que Kira deposite tantas esperanzas en alguien que, como Leo, acabará traicionando sus propios ideales), Los que vivimos constituye ante todo la denuncia, a conciencia y con conocimiento de causa, del régimen bolchevique –en la etapa de la Nueva Política Económica (NEP), entre 1922 y 1925, una vez borrados todos los vestigios del Ejército Blanco–, de la dinámica del Partido y de la ideología colectivista convertida en pura y simple carrera funcionarial, de las depuraciones de los primeros opositores, de los juicios sumarísimos y de las checas. Y, sobre todo, y en este sentido entronca con toda la obra posterior de Ayn Rand, un alegato a favor de la libertad y del individualismo representado en la figura de Kira Argonouva, que como un Moisés contemporáneo morirá antes de alcanzar la tierra prometida más allá de la tundra siberiana. Pero, a diferencia de otros escritores rusos de la época, también opositores (pensemos en una Ana Ajmátova, una Nina Berverova o un Boris Pasternak) y perseguidos, la narración y la ideología de Ayn Rand nada tienen que ver con la nostalgia del pasado ni está matizada por una concepción religiosa de la existencia; su visión se quiere racional y racionalista y pone al ser humano y a la vida por encima de cualquier otra cosa, porque, deduce a través de su personaje Kira, quien cree en Dios pone “su más alta concepción por encima de sí mismo y de sus propias posibilidades, se estima poco y no da importancia a su vida” y por lo tanto sería capaz de matar y morir.

Un éxito inesperado

Desde su llegada en 1926 hasta la publicación en 1943 de El manantial Ayn Rand vive momentos especialmente significativos en la historia de los Estados Unidos. La ejecución de Sacco y Vanzetti en 1927 provoca la deserción del sistema de intelectuales como John Dos Passos. El año 1929, de inicio de la Gran Depresión, cuya sombra se alarga durante toda la década de los treinta, es también el año de su despido como guardarropa de la rko Pictures y de su matrimonio con el actor Frank O’Connor, del que enviudará cincuenta años después. Son años en que los intelectuales son llamados a abandonar sus torres de marfil y a implicarse en la tarea de reconstrucción social, en que reformadores de todo tipo hacen mella en la mente de una sociedad cuya fe en los negocios se había debilitado y en que no pocos escritores (en 1932 cincuenta y dos intelectuales, entre los que se encuentran Sherwood Anderson, Langston Hughes, Malcom Cowley y Edmund Wilson, firmaron una carta abierta apoyando al candidato comunista a la presidencia) se sienten atraídos por las teorías y los programas del Partido Comunista. Años de refugio de algunos intelectuales (Gertrude Stein, e.e. cummings, John Dos Passos o Hemingway) en el escenario atractivo y barato, humano y tolerante del París de los treinta, pero también de idealización de un pasado histórico nacional representado por las áreas del Sur y el Midwest, considerados el corazón de la nación. Años que traen de la mano la publicación de las biografías ejemplares de Benjamin Franklin y Thomas Jefferson, Walt Whitman o Mark Twain y de obras tan dispares como Lo que el viento se llevó de Margaret Mitchell y Absalón, Absalón de Faulkner, ambas aparecidas en 1936. Años en que, tras su elección en 1932 como trigésimo segundo presidente de los Estados Unidos, el demócrata Franklin Delano Roosevelt emprende un paquete de medidas, conocidas como el New Deal, destinadas a salvar al país de la Gran Depresión y que implicaban proteccionismo económico, creación de empleo público y subvención a las artes. Años en que, como ha señalado el crítico Donald McQuade, “el ideal del individualista rudo y autosuficiente de la tradición de la frontera americana sucumbió ante el ideal del empleado leal, el funcionario”. Años que culminan cuando los Estados Unidos entran directamente en la guerra, después del ataque a sus bases en Pearl Harbor, en 1941 y cuando, frente al enemigo exterior, el país emprende la tarea colectiva de defensa y reconstrucción nacional.

Durante este tiempo en que muchos escritores e intelectuales sucumbieron a proyectos de origen diverso y a la politización de la cultura, Ayn Rand permaneció fiel a sí misma. Probablemente debido a su experiencia en la Rusia soviética, mantuvo una posición, aunque también politizada (en 1940 participó en la campaña presidencial de Wendell Willkie, un demócrata que había manifestado su oposición a algunos aspectos del New Deal y que posteriormente se afilió al Partido Republicano), menos colectivista e intervencionista de la política y la ideología en la literatura, difícil de ser integrada en la comunidad intelectual establecida. Esta distancia, por una parte, explicaría el desconocimiento que otros escritores tenían de Ayn Rand y su obra y, por otra, el inesperado éxito comercial y de lectura de El Manantial (1943), una obra anticolectivista y de exaltación del individuo. Una obra que nada tenía que ver con los relatos de guerra de ciudades destruidas y hombres destrozados al estilo hemingwayano y que, en la práctica, cuestionaba el discurso colectivista de un teólogo como Reinhold Niebuhr, en cuyos discursos, ampliamente debatidos, proclamaba la irracionalidad esencial del ser humano, la existencia del pecado original y defendía soluciones religiosas a los problemas sociales.

Enfrentado a diversas vicisitudes –desde la renuncia a proyectos en los que no ve respetado su criterio hasta la reclusión en su casa, el paso por los tribunales o la aceptación de trabajos secundarios o terciarios, como el de peón en una cantera–, Howard Roark, el protagonista de El Manantial en el que la autora proyecta las bases que conforman su visión del mundo, es un héroe con mayúsculas, un arquetipo del ideal de lo que debe ser el ser humano para Ayn Rand. Un protagonista capaz de sobreponerse a cualquier prueba con tal de alcanzar su objetivo que no es, a pesar de todas las apariencias, la realización de sus planes arquitectónicos, sino la reivindicación de su individualidad. De ahí, probablemente, que la obra despertase el interés de tantos lectores en una sociedad durante años herida en su orgullo. El Manantial constituye, en síntesis, la victoria del individuo frente al colectivo. Porque frente a la mediocridad de su entorno, está Howard Roark, cuya excelencia es reconocida tanto por un albañil, que lo distingue con respecto a otros arquitectos –oficinistas o funcionarios pendientes no tanto de su obra como del reconocimiento social, representados por Keating–, y por otra gran individualidad, Dominique, una extraordinaria mujer con la que mantendrá una tórrida y un tanto inverosímil pasión amorosa.

La literatura al servicio del Objetivismo

En muchos fragmentos de El Manantial la tensión narrativa y el tratamiento de los personajes se supeditan a la exposición de su filosofía, pero no será hasta La rebelión de Atlas (1957) cuando definitivamente la autora pondrá a la literatura al servicio de la exposición de las bases de su filosofía objetivista y racionalista. Esta obra, que tiene como punto de partida la pregunta “¿Quién es John Galt?”, constituye la exposición de lo que sucede en una sociedad cuando los personajes activos, los promotores, los productores, en definitiva, los Atlas, hacen huelga, cuando los intereses colectivistas se imponen al individuo racional y no teológico que constituye el ideal randiano. Como en sus novelas anteriores, en La rebelión de Atlas Ayn Rand vuelve a enfrentar a los lectores a situaciones extremas, casi imposibles, vuelve a ponerles en relación con amores pasionales inverosímiles y vuelve a exponer los valores supremos del individualismo. Pero más que en ninguno de sus otros textos no ensayísticos, en La rebelión de Atlas no pretende contar una historia. No busca recrear la realidad o presentarla con las imperfecciones propias de la condición humana, sino exponer de forma dialogada su ideal de ser humano, un algo consistente, íntegro, perfecto, insobornable, sin defectos, sin debilidades, un algo inverosímil y de existencia improbable. Y ahí es donde falla la novelista, a pesar de los lúcidos y muy pertinentes análisis sobre la amenaza que conlleva el colectivismo: la imposición de la idea de que en cualquier negocio que se emprenda los intereses de la sociedad siempre deben ser antepuestos a los personales, la falta de respeto a los individuos, la consecución del bien colectivo mediante la anulación de la iniciativa y la ambición de los individuos.

En definitiva, un modo de pensar que acabará por exponer de forma sistemática en sus ensayos, publicados entre 1961 y 1964 y recopilados en español en el volumen La virtud del egoísmo (2006). A pesar de que Ayn Rand no pretendió crear un sistema, es posible señalar algunas de las líneas maestras que orientaron su vida, sus escritos y su filosofía, definida como Objetivismo. En primer lugar, la concepción de la vida como un fin y un valor en sí mismo, “ganado y conservado a través de un constante proceso de acción” y de la razón, “la facultad que identifica e integra el material procedente de los sentidos”, como la única fuente de conocimiento y de significación de la realidad –que existe como objetivo absoluto, independiente de los sentimientos, deseos o miedos de los hombres–, percibida por los sentidos y guía para la acción. En segundo lugar, el convencimiento de que el hombre, cada hombre, existe para alcanzar su propio y racional interés y que, a diferencia de los animales, que están supeditados al entorno, es el trabajo productivo lo que le da el poder de “ajustar el entorno a sus necesidades”. Y en relación con ello, la defensa del capitalismo como sistema político-económico ideal puesto que en él los hombres se relacionan como comerciantes que, libremente y por propia voluntad, se intercambian bienes para beneficio mutuo y no como víctimas o verdugos ni como amos y esclavos y en el que el gobierno interviene en exclusiva para proteger los derechos del hombre.

Ayn Rand ha sido definida como ejemplo, el ejemplo, de la novelista liberal. Tal vez sea una adecuada denominación, pero esta autora es, al mismo tiempo, mucho más y mucho menos. Más, porque no sólo cuenta historias, sino que expone las bases filosóficas de su pensamiento. Menos, mucho menos, por el tamiz didáctico de los argumentos y porque cuando la novela se pone al servicio de la ideología, aquella pierde valor y corre el peligro de sucumbir a las circunstancias, y porque, al perder contacto con la realidad, los personajes se convierten en artefactos de la imaginación. ~