artículo no publicado

Tres poemarios: algo nuevo, algo viejo, algo prestado

Al paso de las comedias románticas con boda, esta entrega incluye tres poemarios que contienen algunas pistas para la felicidad lectora.

De las comedias románticas con boda aprendí que cuando uno se casa necesita algo nuevo, algo viejo y algo prestado. Siempre me ha hecho gracia ese trío y que se presentara como el secreto para la felicidad. Uso ese esquema para elegir tres poemarios escritos por mujeres que me han gustado y que contienen si no el secreto, sí algunas pistas para la felicidad lectora.

Algo nuevo. La habitación de las ahogadas (harpo libros, 2017) es un libro de libros. Podría estar bajo el epígrafe de algo viejo porque absorbe la tradición y se empapa de ella: usa los mitos que ya conocemos y se nutre de las figuras literarias cuyas voces nunca han sido escuchadas. Pero está en algo nuevo porque la devuelve y parece que es la primera vez que oímos la voz de esas mujeres silenciadas. Alex Portero (Madrid, 1978), que dirige la compañía de teatro Striga, ha escrito un poemario en el que la erudición se usa para construir una habitación en la que estar a salvo. Su voz se une a la de otras a las que nadie quiso escuchar. Busca interlocutores y se acompaña de versos de poetas heterogéneas (Layla Martínez, Susie Shock, Adrienne Rich, Safo o María Sotomayor) que conviven en ese cuarto de ahogadas. Dice: “Mi nombre está escrito en las olas, / no en el agua, / en las olas / porque es lunar y cambiante, / no tiene resonancia en regiones de alabastro / ni se le espera en las habitaciones griegas”. El libro es solo una parte del proyecto: ha inspirado un trabajo de fotografía en el que colaboran la escenógrafa Lua Quiroga Paúl, la fotógrafa Marta Huguet  y la actriz Mar del Valle. Pero la experiencia no está completa sin la lectura de Portero. Uno de los poemas que más me han gustado dice: “El secreto de la ligereza consiste / en que todos los días son el último día / cuando sabes a dónde te diriges, / en que morir mañana merece la pena / si has recibido la excomunión del padre de la espuma / sin inmutarte. En que la libertad tienes que buscarla / en la cualidad esquiva y exacta de las mareas”.

Algo viejo. María Sánchez (Córdoba, 1989) es escritora y veterinaria. Cuaderno de campo (La Bella Varsovia) es el primer poemario de Sánchez, aunque lleva años publicando sus poemas en revistas y antologías. Lo pongo bajo el “algo viejo” porque aunque hay una voluntad de romper el lenguaje en sus poemas y son de todo menos viejos, sí hay algo en ellos que los hace antiguos, como si llevaran esperando a ser escritos años y años, como si eso que dicen no se pudiera decir de otra manera. Pertenece a una saga de veterinarios y hombres de campo: “Soy la tercera generación de hombres que vienen de la tierra y de la sangre. De las manos de mi abuelo atando los cuatro estómagos de un rumiante. De los pies de mi bisabuelo hundiéndose en la espalda de una mula para llegar a la aceituna. De la voz y la cabeza de mi padre repitiendo yo con tu edad yo y tu abuelo yo y los hombres”, escribe. En parte de eso habla su Cuaderno de campo, pero también de la familia, de los animales, del cuerpo, de las tradiciones y de cómo se construye la identidad. Es un poemario luminoso dividido en partes que van desde “La primera mancha” hasta “La última herida”, y en medio “La mano que cuida”, “Ceremonia” o “Escribo nido no pecho no carne no cielo”. Cuaderno de campo es una poética de lo primario que hay en nosotros. Y es feroz y honesto.

Algo prestado. A Lara López (Cádiz, 1967) le interesan los insectos. Ha reunido algunos poemas en un libro bello y brutal que ha titulado así, Insectos (Papeles mínimos, 2017). El libro está dividido en partes que llevan como epígrafe el nombre de una familia de insectos: blatodeos, anisópteros, isópteros y lampíridos. Eso debería servir como advertencia. Sin embargo, el tono coloquial, fresco y ágil de los poemas y los guiños pop hacen que creamos que estamos en un lugar confortable y conocido. Y así nos golpean más los poemas que cuentan abusos infantiles mientras se preguntan dónde están los adultos. La soledad, las preguntas no contestadas, los silencios y la incomunicación marcan el ritmo de este libro luminoso a pesar de todo. Los poemas de Lara López logran algo muy difícil: capturar instantes, a veces dramáticos, a veces felices, pero siempre emocionantes. Lo hace con una sencillez admirable, como ese poema que es solo una estrofa repetida: “Hola, soy yo. / Volveré a llamar, / ¿vale? Pitido”. Lara López, que es locutora de radio, sabe también construirse una voz peculiar por escrito: es una voz sugerente, aparentemente dulce y tranquila, capaz de encerrar la belleza, pero también de sobrecoger y de contar la muerte como si nada. El último poema está dedicado a Félix Romeo (Zaragoza, 1968 - Madrid, 2011), aunque no lo pone (no hace falta): “Leo hasta que dan las tantas. / La botella de Matsu, medio vacía, sobre la portada de / El año del pensamiento mágico, / el libro de Joan Didion / que estás a punto de regalarme. / Solo tengo que estirar el brazo y allí estás, / saliendo de aquella abarrotada librería de viejo, / cargado hasta los topes. / A la altura de Argüelles, en el semáforo, / el locutor habla con Enrique Morente / en la radio del pequeño Daewoo rojo. / Dice que estamos vivos de milagro / y nos reímos tontamente durante un buen rato”.