artículo no publicado

Los papeles de John Reed

Algunos apuntes sobre la extraordinaria vida de John Reed, el estadounidense que, después de cabalgar entre las tropas de Pancho Villa, asistió a la toma del poder por Lenin y los bolcheviques y escribió ‘Diez días que conmovieron al mundo’, la mejor crónica sobre la Revolución rusa.

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Max Eastman —su editor y amigo, que además era escritor, poeta y publicista— se lo cruzó por la calle un día de noviembre de 1918 y casi le costó reconocerlo: John Reed estaba demacrado, sin afeitar, la piel grasienta, los ojos rojos por la falta de sueño y una expresión alucinada. Iba apurado y le habló como al pasar:

Por favor, Max, no le digas a nadie dónde estoy. Escribo la Revolución rusa en un libro. Escribo día y noche. Treinta y seis horas seguidas. Y ya tengo el título. Ahora necesito tomar café. ¡Hasta luego, y no se lo digas a nadie!

Poseído por ese fervor, Reed escribió las 350 páginas de su libro en menos de un mes. El título que ya tenía lo conocemos: Diez días que conmovieron al mundo. “Un trozo de historia, de historia tal como yo la he visto”, define el autor en la primera línea del prefacio. Es la crónica más extraordinaria que se ha escrito sobre la llegada al poder de Lenin y el partido bolchevique en Rusia, uno de los episodios cruciales del siglo XX, que se había producido justo un año antes.

Reed había estado ahí, como testigo primero, como partícipe después: integró durante dos meses una Oficina de Propaganda Revolucionaria Internacional, destinada a producir material en contra de la Primera Guerra Mundial, que todavía desangraba Europa, y a favor de la Revolución. Ya con el firme objetivo de escribir su libro, y con el título de cónsul soviético en Nueva York que supuestamente le garantizaría seguridad e inmunidad, Reed se había embarcado rumbo a Estados Unidos en febrero del 18.

Sin embargo, al Departamento de Estado no le importaron sus credenciales y, nada más bajar del barco, recién a finales de abril, los papeles de Reed fueron confiscados. Medio año duró la angustia de no saber si los iba a recuperar. “Hasta ahora no tengo la posibilidad de escribir ni una sola palabra del libro más grande mi vida y para uno de los más grandes en todo el mundo”, escribió en una carta en julio a su mentor Lincoln Steffens. Ya tenía firmado un contrato de edición, que iba a caducar si el tiempo seguía pasando…

De ahí se entiende su emoción cuando en noviembre por fin se los devolvieron, y el trabajo enardecido al cual se volcó. Lo último que escribió fue el prefacio, fechado en Nueva York el 1 de enero de 1919 (en algún lugar de esa misma ciudad, ese mismo día, nacía un bebé llamado J. D. Salinger). La primera edición se imprimió el 18 de marzo.

 

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Al leer Diez días que conmovieron al mundo, llama la atención la cantidad de documentos que Reed cita textuales y completos: proclamas, carteles, artículos de la prensa, telegramas, comunicados… Uno se pregunta cómo hizo el autor para tomar tantos apuntes, mientras además parecía, como dotado del don de la ubicuidad, presente en todas partes. La respuesta la da su amigo Albert Rhys Williams, quien compartió con él y su esposa Louise Bryant aquellos días rusos:

Por dondequiera que pasaba iba recogiendo documentos. Reunió colecciones completas de [los periódicos] Pravda e Izvestia, proclamas, bandos, folletos y carteles. Sentía una especial pasión por los carteles. Cada vez que aparecía uno nuevo no dudaba en despegarlo de las paredes si no podía obtenerlo de otro modo. [Los carteles] eran pegados unos encima de otros, en capas tan espesas que un día Reed desprendió dieciséis superpuestos. Me parece verlo en mi cuarto mientras tremolaba la enorme plasta de papel, gritando: ‘¡Mira! ¡He agarrado de un golpe toda la revolución y la contrarrevolución!’

Todos esos papeles, más sus apuntes personales, fueron los que permanecieron confiscados durante seis meses en alguna oficina del gobierno estadounidense. Quién sabe cuán cerca estuvieron de perderse para siempre, y con ellos la posibilidad de una de las obras maestras del periodismo de todos los tiempos.

 

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Entre 1913 y 1914, John Reed estuvo en México. Acompañó a las tropas de Tomás Urbina y Pancho Villa, y sobre la base de esa experiencia escribió otro libro magnífico: México insurgente. Entre sus aventuras, describe que en una ocasión los soldados le alcanzaron una botella todavía medio llena de sotol. “Bébalo todo, demuestre que es hombre”, le espetaron. “Es demasiado”, respondió Reed, pero ante la insistencia se lo tomó. Cuando más tarde otro hombre, que nunca había escuchado hablar de reporteros, propuso fusilarlo por gringo y porfirista, los demás se le opusieron, ya que “ningún porfirista podía tomar tanto sotol de un trago”.

Unos años después, en la Rusia revolucionaria, otros soldados también se propusieron fusilarlo. Reed mostró su permiso de circulación, expedido por las autoridades bolcheviques, pero los soldados notaron que el suyo era un papel distinto al de los guardias rojos que lo acompañaban, y no sabían leer, así que no se les ocurrió mejor alternativa que matarlo. Por fortuna, Reed pudo convencerlos de que fueran hasta la única casita que se veía a la distancia. La mujer que los atendió sí sabía leer: “El portador de este salvoconducto, John Reed, es representante de la socialdemocracia estadounidense, internacionalista…”

Quién sabe en cuántas otras ocasiones su vida pendió de un hilo. El caso es que sus años fueron intensos, memorables, breves. Reed murió de tifus el 17 de octubre de 1920, cinco días antes de su cumpleaños número treinta y tres. Es uno de los pocos estadounidenses que recibieron el honor de ser enterrados en la Necrópolis de la Muralla del Kremlin. Biografías soviéticas como la de Teodor Gladkov, publicada en 1966, lo retratan como un “hijo del pueblo”: destacan que al final de su vida ya no podía volver a su país debido a las persecuciones que allí sufría, y que había encontrado en la Rusia revolucionaria su lugar en el mundo.

La visión desde su país natal es diferente. La película Reds, de 1981, en la que Warren Beatty dirige, produce, guiona e interpreta a Reed, lo muestra desencantado ya en 1919 y forzado por los dirigentes bolcheviques a quedarse en Moscú pese a sus deseos de volver a Estados Unidos. Seguramente, en plena Guerra Fría, ambas miradas distorsionaron los hechos reales para que Reed desempeñara el papel que conviniera más; incluso hoy, más de un cuarto de siglo después del derrumbe de la Unión Soviética, sigue siendo difícil dar con versiones desapasionadas y confiables.

 

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Reed también escribió poemas y cuentos, estos últimos reunidos en un volumen titulado Hija de la revolución. Pero no hay duda de que el mayor de sus legados son sus crónicas, en particular las de aquellos estremecedores diez días de hace justo un siglo. Bill Haywood, un líder sindical amigo de Reed, otro de esos pocos estadounidenses cuyos restos descansan en la Plaza Roja de Moscú, se animó a criticar precisamente una de las características más bellas del libro: el título.

—Sabes, Jack —le dijo—, yo le hubiera puesto otro título. Lo hubiese llamado Actas de la Revolución rusa. Revolución, ¿comprendes…?

Pero el libro ya tenía su título, y Reed ya lo tenía al menos desde aquellos días en que, tras haber recuperado sus papeles, escribía con desenfreno. Alguien calculó que Balzac, que produjo más de noventa novelas en dos décadas en jornadas de hasta veinte horas diarias, consumió en ese lapso unas 50 mil tazas de café. ¿Cuántas habrá tomado Reed en aquel noviembre del 18? A su manera, aun sin saberlo, Reed eligió, como Aquiles, una vida breve y gloriosa. Su legado, los Diez días que conmovieron al mundo, es, como escribió Nadia Krúpskaya en el prefacio a la primera edición rusa, una epopeya.