artículo no publicado

Sam Shepard y el paisaje interior

El actor, escritor y dramaturgo, que falleció el 30 de julio y su escritura sobre relaciones familiares y amorosas atormentadas.

Sam Shepard (1943-2017) tenía un aire del último vaquero de Marlboro. En Estados Unidos era conocido sobre todo como dramaturgo -en 1979 ganó el Pulitzer, en 2009 recibió el PEN/Laura Pels International Foundation for Theater Award, New York lo definió como el mejor escritor teatral de su generación- y actor -en 1983 obtuvo una nominación al Oscar por su trabajo en Elegidos para la gloria-. Era un representante de la contracultura: había llegado a Nueva York en 1963, huyendo de la granja de su padre. Contaba, en un perfil del New Yorker escrito por John Lahr, la suerte que había tenido de llegar cuando estallaba el movimiento del Off-Off Broadway. Vendió sangre para comprar una hamburguesa y era un aspirante a actor que tenía las “credenciales del renegado y un almacén de conocimientos arcanos”; había sido esquilador, recogedor de naranjas, miembro de la organización 4-H, pastor y estudiante universitario. Encontró en la escritura su forma de expresión y llevó a la Costa Este los “corredores enloquecidos de una América rota”. Se decía que había escrito una obra de teatro en el salpicadero del coche, en un viaje de costa a costa. Más tarde, como dramaturgo famoso, fue músico ocasional, cronista de una gira de Bob Dylan y autor de una canción con él, coguionista de París, Texas de Wim Wenders, pareja de Jessica Lange y amante y amigo de Patti Smith, que ha escrito un bello texto de despedida.

En sus mejores obras, como Fool for Love, A Lie of the Mind o Buried Child, hay un elemento de fragmentación y desgarro, y un retrato de relaciones familiares y amorosas atormentadas. Un personaje de Sherman Alexie, el escritor indio spokane que acaba de cancelar una gira promocional porque dice que se le ha aparecido el fantasma de su madre muerta, dice que para hacer llorar a un hombre blanco solo hay que repetir las palabras padre y béisbol en tres oraciones consecutivas. Buena parte de la literatura de Sam Shepard derivaba de una relación conflictiva con su padre. “A veces en los gestos de alguien puedes ver cómo un padre habita de alguna manera esa persona sin que haya ninguna consciencia de ello”, declaró a Rolling Stone. Shepard, cuenta Lahr, “podía ver a su padre en sus ojos fieros, su gusto por la soledad, sus brotes de alcoholismo, su obstinación malhumorada, su temperamento irritable y, sobre todo, en su temerario machismo de western”, que le llevaba a hacer cosas peligrosas. Según el propio Shepard, su padre, alcohólico y violento, había intentado imponerle una idea de lo que era ser un tipo duro. Lahr cuenta que el padre de Shepard trasladó a la familia de Illinois a una plantación de aguacate en California y pasó sus últimos años en el desierto porque no “encajaba con la gente”.

Aunque estudié algunas de sus obras en la carrera, en un curso sobre teatro contemporáneo estadounidense que nos daba Christopher Bigsby en la Universidad de East Anglia, yo conocía a Shepard sobre todo como autor de dos libros híbridos y extraños: Crónicas de motel, una especie de memoria compuesta por breves relatos y poemas, y un libro más puramente narrativo, Cruzando el paraíso (ambos están en Anagrama). En ellos también está el desamparo emocional, la sensación de desorientación y una especie de anhelo desesperado de sus piezas teatrales. Me gustaban los poemas de Crónicas de motel y copié varios en una antología que hice para la chica con la que salía: estaban el fragmento que terminaba el “vínculo demoníaco de un hombre con su única mujer”, el poema sobre el insomnio donde dice “no puedo respirar sin ti/ pero este círculo de costillas/ sigue funcionando por su cuenta”, su bronca a alguien que dice no poder escribir o el poema donde expresa su rechazo a las “narices arregladas”, “dientes con funda” y “tetas remozadas” y su deseo de volver “a la mujer natural”.

Para mí es imposible pensar en Sam Shepard sin pensar en Félix Romeo. Félix, que fue el primero que me habló de él, decía que Shepard era igual que su padre: la demostración es que su padre había sido piloto en la Segunda Guerra Mundial y Shepard tenía miedo a volar. Esta semana el escritor Rodolfo Notivol mencionaba una anécdota que le gustaba contar a Félix: en el estreno de una obra de teatro, Shepard se había puesto a gritar en la platea: “¡Eso no fue así! ¡Eso no fue así!” Recuerdo caminar por la Avenida de Goya con Félix y con el editor Chusé Raúl Usón hablando del cuento de Cruzando el paraíso, donde un hijo cuenta cómo su padre muere fumando en la cama y él debe deshacerse del colchón chamuscado. Pero la historia que más citaba Félix -siempre riendo- de Shepard era una de las piezas de Crónicas de motel.  

Me acuerdo de intentar imitar la sonrisa de Burt Lancaster después de verlo a él y a Gary Cooper en Veracruz. Practiqué durante días en el jardín trasero. Entre las tomateras. Con una sonrisa despectiva. Sonriendo esa sonrisa. Deslizando el labio superior sobre los dientes. Después de unos días de práctica lo probé con las chicas de clase. No parecían darse cuenta. Amplié mi interpretación hasta que empecé a obtener reacciones extrañas de los otros chicos. Me miraban directamente a los dientes y un miedo se colaba en sus ojos. Había olvidado lo fea que era mi dentadura. Cómo uno de mis incisivos estaba muerto y marrón y tapaba el otro diente muerto que tenía al lado. Había llegado a creer que estaba en posesión de una dentadura perfecta y perlada a lo Burt Lancaster. No quería asustar a nadie, así que dejé de sonreír después de eso. Solo lo hacía en privado. Pronto eso también desapareció. Volví a mi cara vacía.

El rostro severo, la belleza un poco pétrea de Sam Shepard dejaba adivinar algo roto y frágil, que no eran solo los dientes. Patti Smith cuenta en su texto que él le había prometido enseñarle el oeste estadounidense. La enfermedad que acabó con él se lo impidió. Pero el oeste de Shepard es sobre todo un paisaje interior, desolador y vacío, esporádicamente poblado por seres sonámbulos y obsesivos. Y ese sí que nos lo había enseñado a todos.