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Peter Sagan: el ciclista que abraza el fatalismo

Aunque sus logros no lo demuestran, el eslovaco es por mucho lo más interesante que ofrece el ciclismo hoy en día.

Pocos prejuicios tan absurdos en la cultura deportiva hispanoamericana como el establecido contra las etapas llanas en ciclismo. En tierras de escaladores y de aspirantes a grandes vueltas, estas etapas para velocistas y rodadores se ven siempre con sospecha, como si no sirvieran para nada, un trámite que puede incluso complicarse con caídas y despistes. A diferencia de lo que sucede en los Juegos Olímpicos, donde los cien metros son la prueba estelar, la que festeja lo efímero por todo lo alto, un chute de adrenalina de menos de diez segundos que enamora al espectador, el sprint final en ciclismo se suele ver como un mal necesario, una moneda al aire en el que pocos conocen los secretos del ganador ni de los perdedores.

El prejuicio no queda ahí, por supuesto, sino que se extiende a las llamadas “clásicas” o carreras de un día, aunque en los últimos años esta concepción parece estar cambiando, especialmente después de la desilusión provocada por el “caso Armstrong” y otros escándalos similares. Sin poder descartar desgraciadamente la presencia de sustancias dopantes en estas competencias de un día, es cierto que al menos aquí la ingesta masiva de EPO o las transfusiones de sangre para aumentar la resistencia no son necesarias o al menos no resultan imprescindibles. Estaríamos ante un ciclismo, en principio, más limpio.

También ha ayudado a este fenómeno la aparición de campeones como Óscar Freire, Alejandro Valverde o Fernando Gaviria, que de alguna manera recogen el testigo del gran corredor mexicano Raúl Alcalá, ganador de la Clásica de San Sebastián y con varios puestos de honor en el Giro de Lombardía.

Con todo, se les ha seguido mirando con cierta desconfianza. ¿Por qué dedicar todos los esfuerzos a una prueba de un día en vez de hacerlo a una de tres semanas? Parece que la explosividad estuviera al alcance de cualquiera y solo contara la regularidad. Si hay alguien llamado a acabar de una vez por todas con esa perplejidad es el eslovaco Peter Sagan, doble campeón del mundo y probablemente el ciclista más interesante del que se puede disfrutar hoy en día.

Con 27 años, de Sagan impresiona no solo todo lo que ha ganado -92 victorias como profesional- sino todo lo que ha perdido en la recta final, por medio tubular o por una táctica errónea. Por ejemplo, de los llamados “cinco monumentos” del ciclismo –Milan-San Remo, Tour de Flandes, París-Roubaix, Lieja-Bastogne-Lieja y Lombardía-, solo ha ganado uno, el año pasado en Flandes, pese a sumar hasta siete resultados más entre los cinco primeros de las distintas pruebas.

El encanto de Sagan reside en su carácter excesivo. Es el mejor, lo asume sin estridencias y no le importa demostrarlo en la carretera. No elude responsabilidades, no se anda con medias tintas, no le gusta calcular e incluso hay en su aspecto cuidadosamente desaliñado aires de estrella del rock. Pese a su condición de todoterreno –no es malo contra el crono, es un rodador sublime, de los mejores del mundo al sprint y se defiende en la media montaña- siempre ha rechazado los cantos de sirena del ciclismo de fondo. Lo suyo es la fantasía, el instante mágico, el ataque inopinado, la lucha hasta el último metro y la necesidad de empezar de cero al día siguiente.

Pocos ganadores han aceptado el fatalismo como él. Un fatalismo casi heroico, consciente de que lo que queda es la estética más que el palmarés. Nadie hablará en el futuro de Gerald Ciolek, el alemán que le batió al sprint en San Remo en 2013, probablemente la gran decepción de su carrera. La aceptación de ese sino, de ese constante “dar espectáculo”, de esa necesidad de luchar solo, como un francotirador, se pudo ver de nuevo en la pasada Milán-San Remo, la llamada “classicissima” por su enorme prestigio y su larguísimo recorrido: casi trescientos kilómetros.

La San Remo es la carrera por excelencia de los sprinters, pero no de cualquier sprinter, sino del que sabe disputar tácticamente los sinuosos últimos cincuenta kilómetros de recorrido, con sus constantes cuestas y sus dos altos decisivos cerca de la meta, sobre todo el famoso Poggio, situado a menos de diez kilómetros y que separa el trigo de la paja. Allí fue donde Sagan lanzó este año su ataque y donde paradójicamente acabó perdiendo la carrera. Fue un ataque memorable, una aceleración que parecía no acabarse nunca mientras los velocistas de pura raza como Bouhanni y Ewan, incluso los vencedores de otros años como Degenkolb, Kristoff y Demare, perdían unos metros decisivos.

¿Le hacía falta a Sagan un ataque así? Es discutible. Incluso en la llegada en grupo, el eslovaco habría sido el favorito. Al sprint ha logrado buena parte de sus victorias, incluido el Mundial de Doha del año pasado. Nadie tiene su punta de velocidad con las piernas castigadas. Aun así, Sagan prefirió el ataque y la posibilidad de la victoria en solitario o, como mal menor, reducir un grupo de diez o quince favoritos a solo dos rivales, ninguno de ellos especialmente rápido: Michal Kwiatkowski y el prometedor Julian Alaphillipe.

Destacados los tres del resto del grupo y con una ventaja que rápidamente llegó a los veinte segundos, un auténtico mundo en una carrera de un día, Sagan no regateó ningún esfuerzo. Aquello no era en absoluto sensato: no solo había provocado el corte sino que tiraba como un poseso del mismo, pese a las experiencias pasadas –este mismo año perdió la Omloop Het Nieuwsblad ante Greg Van Avermaet en similares circunstancias. A su estela se pegaron sus dos compañeros afilando el cuchillo.

Sagan podría haber ganado la Milan-San Remo de mil maneras distintas, pero decidió perderla a lo grande, Después de tanto derroche, cuando quiso lanzar el sprint resultó que no tenía fuerzas. Lógico. Kwiatkowski le superó con cierta comodidad y ni siquiera el último golpe de riñones, desequilibrado y con la cadena fuera del cuadro, le sirvió al eslovaco para remontar lo inevitable, aunque dejó, una vez más, una imagen para la historia.

Cualquier otro estaría desolado. Sus fans lo estábamos, desde luego, pero la desilusión en Sagan no va más allá de una mueca que suple inmediatamente con una sonrisa. Habrá más días, habrá más años. De entrada, tiene aún toda una primavera por delante: esta misma semana la E3 Harelbeke; a principios de abril, el Tour de Flandes, e inmediatamente después la París-Roubaix con sus temidos tramos de pavé.

Hay en torno al eslovaco un halo de grandeza que va más allá del resultado concreto. La aceptación sin reservas de algo parecido a lo que los griegos llamaban hübris. Llegará de nuevo el Poggio y llegará de nuevo su ataque. ¿Por terquedad? No, por convicción. Es el mejor y el mejor, al final, siempre gana, por mucho que ese final se empeñe en retrasarse.