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Nadal: el soñado fin de una reconstrucción de tres años

Acostumbrado a la fe ciega en sus posibilidades, en 2014 Rafael Nadal se encontró por primera vez con las dudas que enfrenta todo deportista profesional. Solo cuando decidió rendirse y aceptar que fuera lo que fuera, ha conseguido recuperar su mejor versión.

Tenía sentido que todo acabara donde había empezado. O, más bien, contra quien había empezado. Retrocedamos tres años y medio: final del Open de Australia 2014. Rafa Nadal llega como número uno del mundo después de haberse impuesto el año anterior en Roland Garros y el US Open por segunda vez en su carrera. Su favoritismo ante Stan Wawrinka es absoluto: el suizo, aún a la sombra de Federer, está a punto de cumplir los 29 años sin haber conseguido un solo resultado de verdadera importancia. Es más, los doce enfrentamientos anteriores han caído del lado del español... todos ellos, sin ceder un solo set.

Y, sin embargo, a Nadal le traiciona el físico. Una contractura en la espalda que coincide con una versión hasta entonces desconocida de Wawrinka. Pronto, Rafa se ve con dos sets de desventaja y, aunque saca fuerzas de flaqueza para llevarse la tercera manga, acaba cediendo en cuatro. Recuperado del golpe, meses más tarde, Rafa gana su noveno Roland Garros, el decimocuarto torneo de Grand Slam de su palmarés. Todos dan por hecho que superará los diecisiete de Federer con comodidad. Nadie intuye que empieza un auténtico calvario mental para el español.

Porque lo de Nadal durante estos años ha sido un problema de cabeza más que de otra cosa. Sin caer nunca de los diez primeros del ranking ATP, el español se ha mostrado vulnerable y esa es una sensación que sencillamente no soporta. Acostumbrado a la fe ciega en sus posibilidades, tanto de propios como de ajenos, Nadal se encontró por primera vez en su carrera con las dudas de todo deportista profesional y las profecías de los agoreros: “Si no cambia de entrenador, no tiene nada que hacer”, “si no golpea más profunda la derecha, se convierte en un jugador mediocre”, “como lleva jugando desde los quince años, ya no le queda gasolina en el tanque...”.

Puede que hubiera algo de verdad en todo aquello: por ejemplo, la llegada de Carlos Moyà al equipo técnico de Rafa ha supuesto un auténtico terremoto táctico y emocional. Sangre nueva, ideas nuevas y confianza nueva: esperar la pelota un paso adelante, no dejar que el contrario coja ritmo en ningún momento, golpear antes de ser golpeado… Con todo, lo que realmente necesitaba Rafa, y tardó demasiado tiempo en concedérselo, era un descanso. Decir adiós a las expectativas, aceptar las malas rachas como se disfrutan de las buenas. Después de una temporada 2016 marcada por las lesiones de muñeca, Nadal decidió descansar en octubre, renunciar a las prestigiosas World Tour Finals –el Masters de toda la vida– que nunca había ganado e irse a descansar a Manacor.

Descansar, relajarse, pasar tiempo con su novia Xisca, con los suyos... Plantear algunos cambios pero con calma, lejos de la competición, del continuo ir y venir y dormir cada semana en una cama distinta. Permitirse el lujo de la tranquilidad, ese imposible para un chico que llevaba desde las categoría infantiles exigiéndose ser el mejor en todos los torneos. Rafa cayó en el ránking, tocó fondo en el número ocho y luego en el nueve, la posición más baja desde 2005, el año de su explosión como profesional. Desde fuera, nunca dio la sensación de entrar en pánico o de sentirse menos peligroso. Más bien al contrario, tomó la circunstancia como la tomaría un león herido.

Y desde la herida creció. Creció en Australia, donde nadie le esperaba, hasta el punto de verse con un break de ventaja en el quinto set contra Roger Federer. Creció en la primavera estadounidense, donde llegó a una nueva final, esta vez en Miami, aunque volviera a caer con su némesis suiza... y creció hasta desbordarse en la tierra batida, su gran aliada. Triunfo cómodo en Montecarlo, triunfo cómodo en Barcelona, triunfo cómodo en Madrid y pequeñas vacaciones en Roma, donde tomó aire para asolar París, dispuesto a ajustar todas las cuentas pendientes.

Acostumbrado a las remontadas heroicas, ha tenido que ver cómo los Pouille, Verdasco o Fognini de turno le derrotaban en quintos sets agónicos. Cómo Del Potro y Nishikori le privaban de una medalla olímpica in extremis, justo donde antes intimidaba a cualquier rival. ¿El problema? Estaba demasiado preocupado en ganar, en demostrar que seguía siendo competitivo, que seguía teniendo su lugar entre los favoritos a cualquier torneo.

Solo cuando acabó esa obsesión, cuando acabó esa ansiedad, cuando por fin Rafa Nadal decidió rendirse y que fuera lo que fuera, ha conseguido recuperar su mejor versión. Probablemente, de hecho, la mejor de su vida, como se dice también de Roger Federer. No es que ya no quiera ganar, es que sabe que va a ganar. Ahora mismo, Rafa es como Paul Newman haciendo de Relámpago Eddie en The Hustler y repitiéndole al Gordo de Minnesota: “No puedo fallar, Gordo, cómo voy a fallar después de todo lo que ha pasado”.

Y al Gordo no le queda más remedio que asentir porque es verdad: aquel chico es el mejor y vuelve a serlo y si su cabeza no le destruye nadie más podrá incomodarle. La misma resignación que parecía transmitir Wawrinka, el mismo Wawrinka de 2014, cuando corría tres años más tarde desesperado detrás de cada pelota imposible y cuando veía que ni siquiera sus mejores golpes desarmaban al viejo rey. La pregunta que parece inevitable es “¿Hasta dónde va a llegar ahora Rafa?”. Se trata de una pregunta peligrosa, una pregunta que dispara las ansiedades. Hasta donde quiera. Sin exigencias. Ya no tiene que demostrarle nada a nadie. Y eso es lo que lo hace realmente temible.