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Hay mucho que aprender del futbol islandés

De los bancos a la clasificación al Mundial, Islandia es vista como la nueva Arcadia. ¿A qué podemos atribuir sus recientes éxitos deportivos?

En 2010, pleno apogeo de la crisis financiera que asoló a medio planeta, se estrenó un documental que pronto pasó a ser una referencia para entender lo sucedido en los años anteriores, es decir, la sucesión de decisiones delirantes, egoístas y aceleradas que habían puesto a la economía occidental al borde de la quiebra. El título del documental era Inside job y comenzaba en Islandia. Islandia como ejemplo de la “revolución tranquila”, de una manera distinta, sosegada, de hacer las cosas bien y ajustar cuentas sin revanchismo: los culpables, en su mayoría banqueros, a la cárcel; el gobierno, depuesto; los números, poco a poco, saneados. Todo ello sin una gota de sangre ni un aspaviento de más. Estilo nórdico.

Desde ese momento, Islandia se convirtió en una especie de paradigma a seguir incluso en los mucho más atribulados países mediterráneos. Islandia y su bandera aparecían en multitud de manifestaciones contra el capitalismo, ignorando que los islandeses no habían abandonado el capitalismo, ni mucho menos, simplemente habían reformado sus instituciones para perfeccionar dicho capitalismo sin perjudicar a sus ciudadanos. Donde antes estaban las utopías y los unicornios, ahora estaba Islandia... y no, ninguno sabía exactamente en qué había consistido el milagro pero los resultados estaban ahí y eran inmejorables.

Hablamos de un país geográficamente testimonial: una isla perdida en el norte de Europa, puente entre el continente y la costa este de Groenlandia. Un lugar siempre asociado al hielo –su nombre da fe de ello- y el frío. A la soledad y las noches eternas o fugaces, según el solsticio. Un país de apenas 330.000 habitantes, la mitad que Sevilla o que Valencia. De repente, ese país, condenado a la marginalidad y al tópico de los vikingos salvajes, se convirtió en un ejemplo de convivencia y de buen hacer. No hace mucho, el diario español El País publicaba un fabuloso artículo en el que explicaba cómo Islandia había pasado de ser un país de jóvenes borrachos y agresivos al estado donde los adolescentes llevaban un estilo de vida más saludable de toda Europa. ¿Cómo? Fomentando las actividades recreativas, las culturales... y el deporte.

Aunque es fácil imaginar a Islandia volcada en los deportes de invierno, lo cierto es que sus únicas medallas olímpicas han llegado en atletismo, judo y balonmano, el deporte nacional. Cuatro en ciento veinte años y ninguna de oro. Mientras el resto del continente dirimía sus batallas en campos de fútbol, ellos acumulaban triunfos bajo techo pasándose el balón con la mano, aprovechando su corpulencia y su técnica. Algo parecido está empezando a pasar con el baloncesto y no es de extrañar que pronto su selección empiece a obtener resultados más que interesantes.

¿Y el fútbol? Durante décadas, Islandia mantuvo un perfil semejante al de Chipre, Albania, Lituania... equipos que te pueden amargar una noche, sobre todo si juegan en casa y el césped está medio helado, pero cuyo lugar siempre estaba en lo más bajo de los grupos de clasificación para Eurocopas y Mundiales. Sin una liga profesional como tal y sin una federación preocupada en exceso por el desarrollo del deporte, Islandia llegó a ocupar el puesto 133º en el ranking FIFA. Para hacerse una idea, ese puesto lo ocupa en la actualidad la selección de Kazajistán, justo por debajo de Corea del Norte y por encima de Guinea Ecuatorial...

Era tiempo, por tanto, de una nueva revolución y esa revolución requería de un nombre propio, o más bien dos, que la encabezaran: los de los seleccionadores Lars Lagerback y Helmir Hallgrimsson. Lagerback ni siquiera era islandés, sino sueco. Se había formado en el fútbol sueco, había entrenado a su selección con más bajos que altos, pese a coincidir con los años de esplendor de Zlatan Ibrahimovic, y llegó a la selección de Islandia después de un breve paso por Nigeria, es decir, el típico caso de entrenador acabado. Junto a Lagerback y como asistente llegó Hallgrimsson, un hombre “de la casa”, con poco bagaje más allá de haber entrenado a equipos locales masculinos y femeninos en su ciudad de Vestmannaeyjar.

Juntos hicieron el milagro. Es difícil explicarlo. Aquella selección no tenía ninguna estrella como tal, más allá del talentoso Gylfi Sigurdssson... pero participaban del hambre colectivo de un país que sabía que lo estaba haciendo todo bien y que ninguna empresa se les podía resistir. Todo empezó, como siempre, en las categorías inferiores: muchos equipos, muy ordenados y excelentes sistemas de formación de entrenadores. Según datos de 2016, Islandia tiene 600 entrenadores federados, 400 de ellos con licencia B de la UEFA. En otras palabras, de cada 825 islandeses, uno es entrenador titulado.

Los niños tenían buenos entrenadores y tenían buenas instalaciones: la federación amplió campos, compró terrenos junto a las escuelas, sacó el fútbol del armario al que parecía condenado y lo convirtió en una pasión nacional. Los estadios empezaron a llenarse para ver a la nueva selección islandesa, la de los nombres imposibles y desconocidos, la que defendía con uñas y dientes y sabía manejar el balón con coherencia, con sentido... Empezaron la ronda de clasificación para el Mundial de 2014 como auténticos parias y acabaron eliminados solo por la Croacia de Modric, Rakitic y compañía en la eliminatoria de repesca.

Aquello podría haberse vivido como una gran decepción pero la optimista mentalidad islandesa hizo que se transformara en la señal de un período grandioso. El siguiente reto era clasificarse para la Eurocopa de 2016, algo impensable en cualquier otro momento de su historia. Debido a su bajo ranking, a Islandia le tocó con Holanda, con Turquía, con la República Checa y con dos equipos de peor nivel, Kazajistán y Letonia. Les ganó a todos, permitiéndose incluso el lujo de dejar fuera del torneo a la poderosísima selección holandesa. Una vez en Francia, la fiesta continuó: empate contra la Portugal de Cristiano Ronaldo, otro puntito contra Hungría... y apoteósica victoria ante Austria con gol en el minuto 94 incluido.

Conviene quedarse en esta palabra: “fiesta”. Los partidos de Islandia se convirtieron en una fiesta, en la envidia del resto de equipos. Los jugadores lo dejaban todo en el campo y al acabar se reunían con sus cientos de aficionados y juntos hacían el saludo vikingo y juntaban palmas en señal de comunión. Esa gente se lo estaba pasando de maravilla y ahí estaba la clave: habían dejado atrás los complejos, habían dejado atrás las maldiciones y lo mismo que hicieran con el sistema bancario en 2009 y 2010, habían demostrado que se podía salir adelante sin dramas, solo con trabajo e imaginación.

En octavos de final, el rival era Inglaterra. A los cuatro minutos, Rooney adelantaba a los ingleses con un gol de penalti, presagio de lo que estaba llamado a ser un partido de puro trámite. Un cuarto de hora más tarde, el resultado era 1-2 con goles de Sigurdsson y Sigborsson. El marcador no se movería más en todo el partido y solo Francia pudo acabar en cuartos de final con el sueño islandés gracias a un 5-2 demasiado doloroso. La Francia de los miles de millones de euros: la de Pogba, la de Griezmann, la de Payet, la de Giroud... Incluso la derrota se vivió con la correspondiente celebración, con algo parecido a un “nos vemos muy pronto”.

Y así, Islandia comenzó la clasificación para el Mundial de Rusia del año que viene. Lagerback dio un paso al lado y quedó Hallgrimsson como único responsable. Enfrente, de nuevo, Croacia, como cuatro años antes, y también de nuevo, Turquía. Lo demás: dos rivales peligrosos –Ucrania y Finlandia- y un recién llegado: Kosovo. A falta de tres jornadas, los islandeses estaban en una posición delicada después de perder en Helsinki un partido improbable. Necesitaban tres victorias y que Croacia fallara al menos una vez. Dicho y hecho: Islandia ganó a Ucrania 2-0 en casa, luego arrasó a Turquía en Eskisehir (0-3) y culminó la hazaña con un cómodo 2-0 ante Kosovo. Por su parte, Croacia solo pudo ganar uno de sus tres partidos y se vio condenada a la repesca un año más.

Cuando el partido ante Kosovo terminó, la televisión islandesa se volvió loca. Sus comentaristas también han pasado al imaginario popular por la efusividad de sus celebraciones, a veces llevadas al extremo. Ganarle a Kosovo era poca cosa pero clasificarse para el primer Mundial de su historia era mucho. Muchísimo. Además, como primero de grupo. Hay en Islandia algo parecido al orgullo, al “esto lo hemos hecho nosotros solos”. El largo camino desde los Gudjohnsen de la década pasada a los Gudmundsson de esta. La unión de los vikingos.

El proceso puede terminar en Rusia o continuar su evolución. En Islandia sigue sin haber figuras pero también sigue habiendo un trabajo descomunal: cada vez más escuelas, cada vez más niños jugando, cada vez más preocupación por perfeccionar el método. Puede que siga Hallgrimsson y puede que llegue otro. Probablemente dé igual. De momento, el país más pequeño en clasificarse para un Mundial debería preocuparse simplemente en disfrutar del instante. Competirán, por supuesto, porque no saben ver la vida de otra manera... pero desde la alegría y la camaradería. El ranking FIFA les coloca esta semana en el puesto 21º. No está mal. Sus vecinos ahora son Holanda y la pujante Costa Rica. Es de entender que no les importará quedarse a vivir ahí... y que harán todo lo posible por conseguirlo.