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Dunkerque, la historia sin Historia

En su última cinta, Christopher Nolan pone en práctica sus preceptos tecnológicos. Pero a cambio de filmar cine de gran escala, el director sustituye la reflexión sobre la ambigüedad y duplicidad de la naturaleza humana por planteamientos más bien patrióticos y triunfalistas.

En boca de casi todos, Dunkerque es el evento cinematográfico del año. Filmada en una combinación de imax (la mayor resolución posible) y de película 65 mm (de menor resolución pero apta para grabar diálogos), la décima cinta del inglés Christopher Nolan recrea la evacuación de las tropas aliadas, de Francia hacia Inglaterra, en 1940. La impresionante tecnología visual, un diseño sonoro enervante y un guion centrado en fragmentos de tiempo presente vuelven al espectador protagonista de la acción. Nolan ha insistido en que Dunkerque debe ser vista como “un thriller de suspenso épico” y no como una película de guerra. Antes de preguntarse en qué consiste la diferencia, debe reconocerse que Nolan cumple su promesa de crear momentos angustiantes. Una escena memorable muestra a un soldado que, a la par de otros, se ha arrojado sobre la arena tras escuchar el sonido de un bombardeo aéreo. La cámara al ras de suelo, junto a su rostro, capta las explosiones que comienzan a la distancia y se acercan cada vez más a él. El ruido también es creciente. Cada bomba que impacta hace volar un puñado de cuerpos. El espectador vive la escena desde la perspectiva del soldado; junto con él, espera la locación del siguiente impacto. Puede que su cuerpo sea el siguiente en estallar.

Dunkerque es impecable en tanto cine experiencial (el adjetivo es de Nolan) y es la suma de los preceptos tecnológicos del director. Nolan defiende el uso de celuloide, procura prescindir de efectos especiales e imágenes por computadora e insiste en que una película debe ofrecer una experiencia imposible de replicar fuera de una sala. Dunkerque es el demo de estos principios, lo que explica que la campaña de marketing mencione las dificultades y retos de la filmación: tormentas que destruían sets, el reto de meter una cámara imax a la cabina de un avión y el heroísmo de un director que padecía incomodidades al lado de sus actores.

Por ser un espectáculo sofisticado y potente, Dunkerque ha sido llamada el mejor trabajo de Nolan. Es una afirmación osada, si se piensa que deja atrás algunas de las películas más fascinantes del siglo xx: Memento (2000), la trilogía de The Dark Knight (2005-2012), The prestige (2006) e Inception (2010). Aunque distintas en presupuesto, género y estilo, estas exploran los mismos temas: la psique fragmentada, la relación entre identidad y memoria, la venganza como misión de vida y la rivalidad obsesiva –la némesis en todos sus símbolos y encarnaciones–. Los personajes de Nolan rara vez son hombres satisfechos con lo tangible. Buscan evadirse en mundos de fantasía –disfraces, trucos, sueños– y desconfían por principio de la noción de “Verdad”.

Nada en Dunkerque evoca este universo. A cambio de filmar cine de gran escala, Nolan sustituyó la reflexión sobre la ambigüedad y duplicidad de la naturaleza humana por planteamientos más bien patrióticos y triunfalistas. Dado el tono de inmediatez de Dunkerque, sus personajes –un comandante naval, el piloto de un Spitfire, el dueño de una embarcación civil, un soldado traumatizado– solo responden a dos imperativos: la orden militar y el instinto de supervivencia. En esta versión de la Historia todo es unívoco y transparente –una decisión narrativa legítima pero también un desperdicio de tema y de director–. Pocos episodios históricos como la evacuación de Dunkerque daban a Nolan la oportunidad de explorar sus temas recurrentes en escala colectiva. Hasta la fecha (y como ya lo han demostrado algunas reacciones a la película) lo ocurrido en Dunkerque tiene distintas interpretaciones. Para unos –la mayoría, ingleses– es un triunfo de la unidad nacional. Para otros –la mayoría, franceses– significó una derrota con tintes de traición. A esto se suma un ángulo que Dunkerque no ilumina ni de lejos: la decisión de Hitler de demorar el avance de sus tropas, dando tiempo suficiente para la evacuación británica. Fue algo tan incomprensible que dio lugar a especulaciones. Poco antes de su suicidio, Hitler dijo que había permitido el escape como un gesto amable a Churchill, con el fin de animarlo a pactar con los nazis. El tiempo reveló que el error estratégico se debió a la necesidad del Führer de imponerse sobre sus comandantes: una guerra de egos que eventualmente contribuiría a la victoria de los Aliados.

Se ha dicho hasta el cansancio: una ficción no es un documental. Nolan no tenía obligación de mostrar el sentimiento de abandono entre las tropas francesas ni de recrear el encontrón entre Hitler y sus generales. Menos se esperaría que Dunkerque propusiera contar “la Verdad”. Ya se dijo que el cine de Nolan desconfía de ese concepto: sus películas, por el contrario, muestran la contundencia de los mundos subjetivos. Justo por eso uno lamenta que el director haya desechado el juego de puntos de vista al que se presta esta historia. Como pocos hechos históricos, la evacuación de Dunkerque tuvo un efecto Rashomon: dio lugar a narrativas de sacrificio (en Inglaterra) y deslealtad (en Francia) y, en su momento, permitió a los nazis reforzar su mito de invencibilidad.

El intento que hace Nolan por minimizar las resonancias reales de Dunkerque (recordemos que, según él, esta no es una película de guerra) da lugar a paradojas. Por ejemplo: para intensificar el buscado efecto de inmersión, Nolan construye escenas que orillan al espectador a identificarse con el trauma físico y psicológico padecido por las tropas británicas. Es el caso de las varias escenas que muestran a soldados ingleses atrapados en espacios cerrados que se van llenando de agua –el sótano de un barco, la cabina de un avión– y que sugieren la agonía espantosa que se encuentra en el centro de The prestige. El efectivo score de Hans Zimmer vuelve la experiencia casi insoportable, aunque Nolan nunca la lleva hasta las últimas consecuencias (después de todo, esto es solo entretenimiento). Conducir al espectador a imaginar una muerte espantosa cumple la función de cancelar por anticipado acusaciones de cobardía hacia las tropas británicas. La vivacidad de estas escenas tiene un tufo de apología. Dunkerque –que se pretende imparcial– no escapa del todo a ser revisionista.

Una última ironía. Nolan ha dicho que Dunkerque busca honrar el espíritu de ayuda que posibilitó el rescate de trescientos mil hombres –pero es la película menos emotiva del director–. Las tres líneas temporales en las que se narra la historia –combate aéreo, naval y terrestre– impiden al espectador empatizar con los personajes. Es un despliegue de estilo que no agrega otra dimensión. En el resto de sus relatos, en cambio, la estructura geométrica, la edición fragmentada y la técnica de caja china hacen eco de los dilemas y encrucijadas de los personajes. Muestran los laberintos existenciales en los que están perdidos, desde los cuales apenas vislumbran las vidas que dejaron atrás.

Quizá sea inútil echar de menos al Nolan con más vericuetos. También es inevitable –y de eso hablan sus mejores cintas–. Si el presente no convence, siempre queda jugar con las piezas de un pasado mejor.

 

Este texto aparecerá publicado en la edición de septiembre de Letras Libres.