artículo no publicado

La lucha contra el tabaco debe ser pragmática y realista

El tabaco es el único producto legal que mata hasta a la mitad de sus consumidores. Pero denigrar a los fumadores no es la solución para combatir el tabaquismo.

Hace unos pocos meses Airports Council International - North America, un grupo industrial que coordina más del 95% del tráfico doméstico en Estados Unidos y prácticamente todo el tráfico internacional de pasajeros y carga en Norteamérica, publicó los resultados de su última encuesta de management y amenidades para pasajeros. Entre los cambios a corto plazo que hay en el horizonte de los aeropuertos está la desaparición de los teléfonos de pago, los bancos y los cuartos para fumadores. No más esas últimas bocanadas de humo, en peceras asfixiantes y humillantes, antes de una abstinencia forzada. 

El origen histórico de los cuartos para fumadores puede rastrearse hacia 1850, cuando la guerra de Crimea popularizó el tabaco turco en Inglaterra y los hombres se retiraban a una habitación especial para fumar una pipa o un puro. El smoking room era imprescindible en cualquier hogar burgués victoriano que se preciara de serlo: se trataba de un espacio amplio y lujoso en el que se hablaba de negocios y se bebía brandy. Incluía su propio atuendo: las smoking jackets que un siglo después Hugh Hefner reivindicaría.

El contraste entre la pompa del smoking room de hace siglo y medio y los cuartos de fumadores mal ventilados, pestilentes, apretujados y expuestos a la mirada de pena-lástima-desprecio de los no fumadores tiene una razón de fondo muy poderosa: el tabaco es el único producto legal que mata hasta a la mitad de sus consumidores. Pero denigrar a los fumadores no es la solución.

Es necesario que nuestras políticas públicas contra el tabaquismo tengan un enfoque integral y realista partiendo del hecho de que hay personas que no pueden o no quieren dejar de fumar. ¿Cuál tendría que ser la política pública enfocada hacia esos fumadores? ¿Ignorarlos y esperar a que se sumen a la estadística de muertes por enfermedades relacionadas con el tabaco? ¿Marginarlos y estigmatizarlos porque no quisieron o no pudieran dejar de fumar? ¿O asumir la responsabilidad ética y legal de brindarles toda la información disponible respecto a alternativas menos dañinas como las que potencialmente ofrecen los cigarros electrónicos?

"Dejar de fumar es fácil, yo lo he intentado miles de veces"

El hecho de que esa frase, atribuida a Mark Twain, pueda encontrarse con un sinfín de variaciones en el número de veces que se ha intentado dejar de fumar (doce, decenas, cincuenta, doscientas, millones de veces) pinta de cuerpo entero el problema de la adicción a la nicotina.

La gente fuma porque ha desarrollado una dependencia física y/o psicológica hacia la nicotina. Fumar no es un estilo de vida ni un hábito, sino una adicción clásica hacia una droga. Y esa dependencia es un problema grave de salud pública que, de acuerdo con Juan Arturo Sabines Torres, director de la Oficina Nacional para el Control del Tabaco, anualmente mata a 43 mil personas y le cuesta al erario público 61 mil millones de pesos.

La lucha contra el tabaquismo y contra cualquier dependencia y/o abuso de sustancias[1] pasa necesariamente por quitarle la carga moral a la palabra “adicción”. Las adicciones no son buenas ni malas: hay unas con mayores índices de morbilidad o de mortalidad y hay otras que tienen una carga de enfermedades relacionadas muy costosa. Pero todas deben tratarse respetando las libertades civiles del consumidor (intentando que se haga el menor daño posible) y los derechos de las diversas partes involucradas. Con ello en mente, las políticas públicas que México debe implementar para que los 31 de mayo, Día Mundial Sin Tabaco, no sean un eterno déjà vu de frustración y reproches, deben confeccionarse y evaluarse en términos de si son dañinas o útiles para fumadores, no fumadores y exfumadores, y no partiendo de la base de que fumar es una conducta moralmente reprobable.

 

 

 

[1] El DSM IV: Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales agrupa las sustancias en once clases: alcohol, alucinógenos, anfetamina (o simpaticomiméticos de acción similar), cafeína, cannabis, cocaína, fenciclidina, inhalantes, nicotina, opioides y sedantes (hipnóticos y ansiolíticos).