artículo no publicado

Inteligencia artificial: de Prometeo a Willy Wonka

El miedo a la llegada de la singularidad parece envolverlo todo, y dividimos nuestra aterrada fantasía entre ser disparados por un ejército de Terminators y perder nuestros trabajos.

La mejor definición que jamás he leído sobre la inteligencia artificial la escribió Astro Teller en el New York Times hace casi 20 años y decía más o menos así: “La Inteligencia Artificial es la ciencia que intenta que las máquinas consigan hacer lo que hacen en las películas”, una declaración confirmada muchos años después por las sardónicas palabras del entrañable Buzz Aldrin: “Me prometisteis colonias en Marte. En vez de eso tengo Facebook”.

Y, en realidad, parece que en eso estamos: empeñados en reproducir de tuit en tuit el catastrofismo made in Hollywood para saciar nuestra humana sed de futuros distópicos y enfrentarnos, aunque sea torpemente, a la naíf soberbia de tanto irredento tecno-optimista. En cualquier caso, no deja de ser paradójico que nos preocupemos tan airadamente sobre la posibilidad de ser esclavizados por las máquinas cuando no parece que tengamos demasiados reparos en regalar nuestra intimidad a las grandes corporaciones digitales, que tan insistentemente nos hablan de los parabienes de la mal llamada economía colaborativa. Pero en esas estamos, en un baile entre el irredento catastrofismo de Nick Bostrom y el optimismo humanista de Ray Kurzweil, con fantasmáticas aportaciones de algunos francotiradores reaccionarios de todo cuño (como el ácido y habitualmente superficial Slavoj Žižek) salidos del star system intelectual y entusiastas de lo que Francesc Miralles llama “gramática del desastre”.

Porque es el miedo (siempre ancestral, siempre irracional) el que marca nuestras pautas de conducta colectiva, a pesar de que tengamos un largo listado de advertencias contra su poder reactivo desde los lejanos tiempos de Tito Livio. Se trata, de hecho, de un miedo muy específico que coquetea con percepciones naturalistas de la vida, ese “por favor, no juegue con Pachá Mamá” al que se podría oponer la visión orteguiana de la “razón vital”, aun a riesgo de acercarse peligrosamente a la excepción divina del renacentista Pico della Mirandola, según la cual Dios habría creado al ser humano al margen de las leyes naturales para reforzar, ahí es nada, nuestro libre arbitrio y libertad. Hoy sabemos que aquel fue el primer paso para el postrero abrazo del idealismo de un Fichte con el pragmatismo materialista de un Marx y la aparición (¡Oh, milagro!) de esa extraordinaria hazaña metafórica del “hombre nuevo”, que de nuevo se esconde, agazapada en la forma de un ciborg, tras los afanes y espantos que acompañan al concepto de “inteligencia artificial”.

Pero antes de entrar en el análisis de las implicaciones de tal concepto, permítanme un último juego argumentativo sobre nuestras sobresaltadas alarmas frente a la técnica y el progreso tecnológicos. Porque aventuro aquí que nuestros temores no son nada nuevo, como demuestra un vistazo al muy jugoso libro de Elizabeth Eisenstein, La revolución de la imprenta en la Edad Media europea (Akal, 1994). En él se analizan las apasionadas discusiones sobre la bondad o maldad de los cambios que tamaño avance tecnológico traerían al mundo, argumentos que, quizá para pasmo de algunos, son extrañamente conocidos: se hablaba allí del peligro económico para industrias consolidadas, de la futura degradación o vulgarización del conocimiento y el riesgo de la uniformidad de perspectivas hermenéuticas o, incluso (agárrense), de apocalípticas alertas contra el fin de la diversidad. No había entonces robots artificialmente inteligentes, sólo tramposos autómatas jugando al ajedrez y, si acaso, un difuso recuerdo del Talos helénico, aquel gigante cretense, hecho de bronce, que protegía a la célebre isla de sus invasores. En fin: ya ven que casi todo es vetusto.

Pero vayamos al meollo de la cuestión. Más allá del viejo concepto de “inteligencia artificial”, acuñado por John McCarthy en 1956, aparecen por doquier una miríada de expresiones de hondas resonancias. Ahí están el “aprendizaje profundo”, la “red neuronal artificial”, el “aprendizaje automático”, los “bots”, los “robots”, la “empatía artificial”… Las palabras se acumulan en multitud de titulares enlazados desde nuestras redes sociales a ritmo de 140 caracteres, como lo hacen también las llamadas a la cautela sobre este o aquel desarrollo ante las demoníacas noticias con que nos bombardea la realidad. Y la pregunta ante tamaño exceso lingüístico sería: ¿cómo reaccionamos? Y aquí está, a mi juicio, uno de los puntos de fuga de tanta algarabía informativa, pues tampoco en esto hay demasiadas sorpresas: nuestra capacidad de reflexión colectiva parece seguir siendo inversamente proporcional a nuestro afán por escandalizarnos.

Si me apuran, hay en todo esto algo de absurdo e incluso una pizca de sana hilaridad, o así me lo parece a la luz de algunos de los modelos que guían nuestros más prometeicos espantos tecnológicos, pues parecería, al tenor de las recientes polémicas de los CEO de Facebook o Tesla, que andamos muy cerca de robarles el fuego a los mismísimos dioses. Miren si no: una inteligencia artificial ha desarrollado recientemente su propio lenguaje, inaprensible para nosotros, pobres humanos. O este otro titular: una inteligencia artificial se vuelve machista y racista al aprender a leer. O también este, simplemente delicioso: crean un robot budista para difundir el budismo. Hay, pues, ejemplos para todos los gustos, aunque las más aplaudidas sean las narraciones sobre futuras superinteligencias artificiales dotadas de consciencia espontánea y de una suerte de maldad intrínseca, en un eterno retorno a la Metrópolis de Fritz Lang pasado por el filtro del futurismo narrativo de Isaac Asimov. No por nada se habla, incluso, de Machine Bias, algo así como “máquinas tendenciosas” que, por lo visto,  a punto están de agarrarnos del cuello a las órdenes de la malvadísima Skynet de James Cameron. En fin, como leí en alguna parte, “cada año mueren 700 personas por culpa de su tostador y eso no impide que tengamos tostadores en nuestra cocina”.

Más allá de las absurdas preguntas que uno pueda leer en los titulares de la Red de Redes (llevándose la palma la muy chusca “¿Qué prejuicios tienen los robots sin prejuicios?”), quizá el efecto sea el contrario del que creemos: no son los avances los que crean el miedo, sino su formulación en términos escandalosos, de la misma forma que la ficción proyecta sus tentáculos hacia el futuro. Lean si no Exégesis, del ya mencionado Astro Teller, profética novela (al decir de algunos) por lo demás de una calidad bastante discutible; o revisionen mejor 2001: a Space Odisey de Stanley Kubrick si desean profundizar realmente en una experiencia auténticamente estética y, por lo tanto, reflexiva.

De todas formas, hay hitos que casi han pasado desapercibidos para el no lego y que indican que algo se mueve. En 2015, nada menos que 300 alumnos de la Universidad de Georgia descubrieron que Jill Watson, la profesora candidata a mejor docente del año, era en realidad un sistema de inteligencia artificial creado por IBM. Por supuesto, la buena de Jill respondía dentro de un marco cerrado después de que el equipo investigador de IBM analizase más de 40.000 comentarios de un foro de discusión internético y sólo contestaba en aquellos casos en los que la pregunta tenía una correspondencia concreta y casi exacta, de entorno a un 97% de coincidencia. Por desgracia, nada sabemos del nivel de inteligencia natural, automática o artificial de sus alumnos, pero el hecho de que Jill sólo contestase al 40% de las preguntas no parece que activase ninguna alarma. Quien sabe: estarían ocupados en Instagram.   

Por lo demás, otro de los miedos recurrentes tiene que ver con la pérdida de puestos de trabajo, pues si las máquinas que ya actuaban acaban por pensar, ¿cómo competiremos con ellas? Nada importa que todos los expertos repitan hasta el desmayo que, a pesar de la vigencia de la Ley de Moore (según la cual cada dos o tres años se duplica el número de transistores que caben en un microprocesador) o de la más reciente Ley de Rendimientos Acelerados (que afirma que cada salto tecnológico relevante se produce en un periodo de tiempo cada vez más corto) seguimos muy lejos de entender siquiera el funcionamiento de nuestra propia consciencia como para poder emularlo en un laboratorio, o que las predicciones nos digan que, en menos de tres años, habrá al menos 1,4 millones de puestos vacantes para especialistas tecnológicos y 1,8 millones más sólo en el campo de la ciberseguridad. O que los avances en medicina y alimentación sean ciertamente esperanzadores. O que, como bien dice Javier Sampedro, “la vanguardia de la robótica, en realidad, no está muy interesada en construir personillas metálicas”. El miedo a la llegada de la singularidad armada parece envolverlo todo, y dividimos nuestra aterrada fantasía entre la perspectiva de ser disparados por un ejército de Terminators y la incertidumbre de perder de nuevo todos nuestros trabajos, como el pobre papá del protagonista de Charlie y la fábrica de chocolate, pero sin la salvación de unas doradas chocolatinas.

Así que así estamos, confundidos entre Prometeo y Willy Wonka, exhalando cortos lamentos llenos de desasosiego mientras abrazamos nuestro esplendoroso yo virtual como en un mal capítulo de Black Mirrow, temblando porque ya llegan HAL 9.000 y Nexus 6. Aunque, ¿quién sabe?, quizá tenga razón el pobre Edmond de David Mamet, y todo temor nuestro esconda en el fondo un íntimo deseo