artículo no publicado
New Portraits, ¿Richard Prince?, 2015. Galería Gagosian, NY.

Lichtenstein plagiaría tus fotos de Instagram

En su momento Richard Prince hizo con la fotografía del vaquero de Marlboro lo que Warhol con la sopa Campbell’s y lo que Lichtenstein con los cómics, pero ahora husmea en nuestros perfiles de Instagram

Entre chirridos, el cabezal de la impresora se apresura de un extremo a otro de la página. Al compararla con los rociadores de los grandes jardines, las latas de pintura en aerosol o las regaderas ordinarias, se advierte que la inyección de tinta desempeña una acción tan anodina como la de rociar, y que una mano empapada de agua que se sacude hace la misma operación sin mayor dificultad. Salvo por que las impresoras cumplen órdenes infinitesimales. En segundos o menos ponen en marcha la gigantesca, velocísima y microscópica traducción de pixeles a gotas de pintura (las hay que rocían hasta 36,000 gotas por segundo). En esa escala milimétrica radica su sofisticación.

Por sí mismo, el cabezal presiente el final de la página; se detiene en seco mucho antes siquiera de rozar el borde. El rodillo se entera de las decisiones del cabezal y da un leve giro, un salto diminuto que no supone más que avanzar la fracción de un renglón. Entonces el cabezal regresa el camino andado y la operación recomienza. Las impresoras de inyección de tinta son un milagro para los que nada sabemos de informática y algoritmos.

Debió haber sido en los noventa cuando empezamos a imprimir imágenes en casa. Dejamos de depender de la señora de la papelería. ¿Esta es la cola para las copias?, preguntamos ya en rarísimas ocasiones desde que la reproducción se puso al alcance de cualquiera. Por fin, uno puede ser su propio impresor.

Concedido, de vez en cuando el cabezal se atasca o el polvo se amontona entre los engranes y atrofia el motor. Uno de los cartuchos se vacía, o todos al mismo tiempo. El funcionamiento queda comprometido: hay que forcejear con la impresora, soplarle a las entrañas de las máquina (con suerte, los montoncitos invisibles de polvo se esparcen), sacudir los cartuchos con vehemencia.

La operación reinicia. Se repite idéntica la traducción de siempre. El adelanto tecnológico termina por aburrirnos; toda proeza pierde su poder de asombro. El cabezal de la impresora anda de un extremo a otro de la página. Uno escucha los chirridos de la máquina y se la imagina torpe (hay quien se le queda mirando como demandándole mayor velocidad). Quizá sea Richard Prince el último hombre al que todavía le sorprende la de inyección de tinta.

La mayoría aprendimos, a fuerza de prueba y error, que las imágenes en internet no tienen la resolución de las impresas. Un par de fracasos y enseguida hacemos nuestros ajustes, tomamos precauciones antes de darle print. No es el caso de Prince: New Portraits es una serie de 37 retratos mal impresos. No falta quien repare en la pésima calidad de las imágenes. 72 puntos por pulgada, el tamaño estándar en la red, no se acercan a los 300 que se necesitan para imprimir bien una imagen en un libro, mucho menos para un lienzo que mide dos metros de alto y casi uno de ancho. 

Fotografía de Pamela Anderson, tomada de Instagram, apropiada de Richard Prince, 2015. https://www.theguardian.com/technology/2015/jul/18/instagram-artist-richard-prince-selfies
Fotografía de Pamela Anderson, tomada de Instagram, apropiada de Richard Prince, 2015.
https://www.theguardian.com/technology/2015/jul/18/instagram-artist-richard-prince-selfies

La foto revienta, pero a Prince no le preocupa. Nunca asumió la consigna de hacer reproducciones fieles. En cambio, acepta sin miramientos la impresión popular, ordinaria; en ello se parece a Roy Lichtenstein, quien pintaba a mano los puntitos que hace medio siglo usaban las impresoras para colorear figuras (entonces era demasiado caro rellenarlas de color por completo). Así, las fotos borrosas de Prince son como los Benday Dots de los cincuenta. También Andy Warhol echó mano de la impresión popular.

Detalle, Roy Lichtenstein, 1963. Tomado de Instagram.
Detalle, Roy Lichtenstein, 1963. Tomado de Instagram.

En su momento Prince hizo con la fotografía del vaquero de Marlboro lo que Warhol con la sopa Campbell’s y lo que Lichtenstein con los cómics. Su trabajo era más digerible cuando se apropiaba de la publicidad. Pero de un tiempo acá, Prince dejó de buscar en los espectaculares: ahora husmea en nuestros perfiles de Instagram.

Las cosas cambiaron en los noventa: cualquiera puede ser su propio impresor y su propio publicista. Casi por instinto diseñamos anuncios, trabajamos en nuestro branding, redactamos slogans, perseguimos followers como el vendedor a los clientes. El pop art era más cómodo cuando no ponía el ojo sobre nosotros, cuando Prince no coleccionaba nuestros tropos visuales. De vez en cuando, el richardprince1234 redacta “Just Be Urself (c) (r)” al calce de las selfies, ¿por qué la tan estimada libertad de expresión resbala en lenguaje publicitario y la preciada identidad se asemeja al copyright?

Shift + command + 3. La pantalla toma una foto de sí misma: copiar es tan fácil como parpadear. En New Portaits, Prince distorsiona muy poco los originales. Cuando se apropiaba de la publicidad proponía otro encuadre, eliminaba la marca, hacía un poco menos que Lichtenstein, pero hacía algo. Ahora que la copia está en su grado más alto de eficacia y que cualquiera puede ser su propio impresor y publicista, Prince ha actualizado arte. Imita la reproducción en serie que hacemos de nosotros mismos: Shift + command + 3, RT, command + P. Lo cierto es que hoy Lichtenstein plagiaría tus fotos de Instagram.