The New Yorker tropieza

Para los que nos dedicamos a editar revistas, la portada es una obsesión. Una gran portada es clara y provocadora. Cuando Esquire fotografió a Muhammad Ali a semejanza de San Sebastián en abril de 1968, la portada transformó el debate sobre el pacifismo del boxeador y sus consecuencias. Lo mismo puede decirse de la célebre portada de Rolling Stone, de enero de 1981, en la que John Lennon abraza a su madre-esposa Yoko unas horas antes de ser asesinado. Ahora, si de excelencia constante se trata, nadie como The New Yorker (The Economist, diría alguno, también podría pelear la corona). Las portadas de la revista neoyorquina tienen sólo cuatro elemntos: la ilustración, la fecha, el precio y el cabezal. Ni una letra más (que los editores hayan recurrido al fold-over para promover los artículos de la revista es testimonio de su genialidad y su respeto absoluto por la portada). La historia de The New Yorker está llena de portadas icónicas. Quizá la más famosa es la del 29 de marzo de 1976 en la que Saul Steinberg dibujó su “Vista del mundo desde la Novena Avenida”. Siguen en la lista la no menos famosa “New Yorkistan”, de diciembre 10 del 2001, creada por Maira Kalman y Rich Meyerowitz. Ambas son producto de su tiempo e ilustran, sin necesidad de explicar nada, dos momentos muy distintos de la vida neoyorquina (y mundial). Para mi gusto, sin embargo, la mejor portada del New Yorker es la de las torres negras sobre el fondo negro en los días negros que siguieron al 11 de septiembre. Publicada el 24 de septiembre del 2001, la revista refleja –sin necesidad de palabras; vaya, sin necesidad de colores– el principio de un luto que no termina. Una imagen para la historia.

Pero hasta al mejor cazador se le va la liebre. Aunque habrá que ver la explicación de David Remnick, editor en jefe del New Yorker, la portada que ahora circula se antoja como una equivocación poco común. Bajo el nombre de “La política del miedo”, la ilustración de Barry Blitt muestra a Barack Obama vestido de musulmán despidiéndose de su esposa Michelle, quien viste fatigas de combate, en una oficina oval que tiene, al fondo, un cuadro de Osama Bin Laden y una bandera estadounidense en el fuego. Blitt ha dicho que la imagen pretende demostrar “cuán enloquecido y ridículo” es utilizar al miedo irracional como estrategia de campaña. Pero el tiro parece haberle salido por la culata. Los primeros en brincar no han sido los republicanos sino el equipo de Obama. No es la primera vez que Blitt publica una imagen polémica en el frente de The New Yorker. Apenas hace un año, Blitt dibujó al presidente iraní Mahmoud Ahmadinejad como un homosexual buscando sexo en un baño, muy al estilo del senador republicano Larry Craig. Habrá que ver si esta vez el humor de Blitt no le sale caro a la revista y al objeto de su ilustración. Con una elección que claramente se decidirá en gran medida por la herida racial, el horno no parece estar para bollos.

Pd.- De último minuto me entero que Remnick califica la portada como “una sátira… que pone un espejo frente a los prejuicios e ideas oscuras sobre el pasado –y las ideas políticas- del matrimonio Obama”. Al tiempo.

- León Krauze

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Comentarios (26)

Mostrando 26 comentarios.

Lalo, notable su intuición.
De su parte, le diré a mi "apá" lo de la cheyenne. Dudo que me la preste, caray.
Saludos.

Oiga, León:

¿Y si no es Michelle Obama sino Angela Davis?

Pregúntele a su apá quién es (¿fue?) el día que le preste la cheyenne.

Saludos

Como lector, a simple vista esta portada, parece sobre cargada, exagerada y ofensiva, pero alguien tenia que patear la pelota, los comediantes se habian mantenido a raya, algunas criticas esporadicas, nada comprometedor, no querian ser juzgados de racistas, pues la mayoria son blancos, desde letterman, leno, obrian, stewart, colbert, etc... el unico divertido habia sido mencia con uno que otro chascarrillo y el por ser latino...

ya era hora de que le dieran un reves y este definitivamente fue duro y sin aviso....

Dejo acá una copia de un artículo de mi autoría, publicado en un periódico local:

La semana pasada, las historietas de Memín Pinguín fueron retiradas de los establecimientos de Wal-Mart en los Estados Unidos. Bastó con que un cliente reclamara, arguyéndose insultado, para que la cadena de supermercados decidiera adoptar una decisión así de drástica. ¿Por qué tomaron una medida tan expresa y tan radical? En un comunicado daban su argumento: "dada la sensibilidad a la imagen negativa que puede representar para algunas personas, sentimos que era mejor ya no presentar el artículo en nuestras tiendas. Ofrecemos disculpas a aquellos clientes que se hubieran ofendido por las imágenes del cuento".

Si la polémica de Memín Pinguín suscitó pequeñas lloviznas, una portada de la revista The New Yorker ha desatado un verdadero vendaval en los Estados Unidos. La tapa es una auténtica bomba molotov, una caricatura de Barry Blitt que contiene: A Barack Obama vestido de musulmán, a su esposa con un atuendo de guerrillera, el cuadro de Osama Bin Laden pendiendo en la Oficina Oval de la Casa Blanca, y una bandera de los Estados Unidos ardiendo en una chimenea.

Ambas portadas se conectan, Obama y Memín Pinguín, dos personajes de raza negra que contienden por la presidencia. Todos sabemos que en la batalla para llegar la Casa Blanca están en disputa diversos intereses. Estados Unidos, pese a todo, sigue siendo la gran superpotencia mundial, el poder y el dinero que están en juego son muy amplios; contienden visiones del mundo divergentes, la continuación del bushismo contra el cambio que dice representar el senador por Illinois... pero otro elemento importantísimo será sometido a votación, la condición de su sociedad ¿Está la sociedad norteamericana preparada para acoger a un presidente de color en la Casa Blanca?

Las elecciones que se llevarán acabo en noviembre próximo serán un retrato de la idiosincrasia de la sociedad norteamericana, ¿Cómo encarará la cultura norteamericana su tardía bienvenida al siglo XXI?, ¿Ha cicatrizado realmente la herida racial que tanta sangre derramó en su territorio?. La apuesta de The New Yorker me parece clara, lanza un cuestionamiento público: ¿De verdad hemos superado nuestros complejos raciales, o vivimos en una total hipocresía?

Las reacciones que provocó la interrogante gráfica –"de mal gusto y ofensiva" según Bill Burton, vocero de Obama- me hacen inclinarme por la respuesta negativa, que una portada devenga en semejante polémica quiere decirnos que la temática racial muy lejos está de haber sido superada, el cuestionamiento es el origen de la duda, The New Yorker nos ha puesto a dudar a todos sobre los supuestos avances sociales, que no legales, en torno a la discriminación.

El norteamericano suele exhibirse como un liberal ante temas que no le atañen directamente, las caricaturas de Mahoma publicadas en un diario holandés, y las reacciones de los musulmanes, les sirvieron para ejemplificar la intolerancia de una cultura, ¿Qué debemos pensar de lo que acá estamos viendo?

El tema del racismo no suele ser paradigmático para el norteamericano, hace tres años decidieron premiar a Crash con el Oscar a la mejor película, cinta que contiene un discurso sobre el racismo, ¿Por qué censuran entonces a Memín Pinguín y cuestionan a The New Yorker? Porque las formas les importan, Crash es una película que irradia hipocresía, a grado tal que un policía racista se redime y termina salvando a la mujer negra que yace debajo del coche, el de Paul Haggis es un filme narrado a manera de ensayo, que concluye con una edificante moraleja, de esas que le llegan a los corazones sensibles... sensibilidad, la palabra empleada por Wal-Mart. En los temas de racismo, el norteamericano apela a la sensibilidad y la evasiva, la caricatura interrogativa de Barry Blitt no va dirigida a la sensibilidad de la epidermis, a la superficie, sino a las vísceras estomacales, a lo hondo, las respuestas han sido la sensibilidad y la evasiva... Bertrand Russell decía que la modestia es un comportamiento que oculta el sentimiento de inferioridad, asumo que apelar a la sensibilidad y actuar con evasivas, es un modo de esconder la hipocresía.

...que si el pie izquierdo de ella está del lado derecho o que si la mano derecha de él no la vemos o que si...
Estoy también con lo que comenta RSC. Tan seguro está el imperio Sajón que el próximo presidente puede llamarse Osama, Obama o como sea y la bandera estar sobre el fuego y sin embargo, no arder.
Excelente portada!
Leí "la venganza de Martin Amís", estimado León, y me pregunto qué sentido pueden tener las lecturas o análisis literarios sobre el 11S o menos aún sobre el 11M, o 7J, especialmente después de contemplar la portada de The New Yorker? Creer que fué una demolición controlada, lo mismo que creer que los Americanos no llegaron a la luna y que fue un montaje Hollywoodesco no es muy diferente a creer que alguien dejará de fumar por que mira unos pulmones cancerosos en la cajetilla o que aprenderá física cuántica por estar diponible en internet el curso que se
imparte en Harvard.

Decir que una portada está hecha para vender y que, por lo tanto, puede presentarse cualquier cosa dentro de ella es, simplemente, ridículo. Una cosa es atraer lectores de manera inteligente y otra es tirar la responsabilidad por la ventana y poner cual imagen escatológica se nos ocurra. Pa` la próxima, por què el New Yorker no pone una imagen de Ingrid Betancourt en negligé, viendo una película pornográfica estelarizada por el papa (vestido en Kimono Japonés), mientras ella duerme al lado de Osama Bin Laden. Ya después podrán decir que se trata de una "representación irónica de los puntos de vista de occidente frente a la fe y las guerrillas", o alguna idiotez de ese tipo.
No, señores: las portadas tienen que atraer, pero no pueden dejar lugar a dudas. Esta del New Yorker es, primero, burda. Y segundo: confusa. A menos de que tengas tres apellidos.

Vean mas The Daily Show with Jon Stewart o The Colbert Report para apreciar la ironía gringa. El mismo Remnick lo dijo en una larga conversación con Charlie Rose:

http://www.charlierose.com/shows/2008/7/16/1/a-conversation-with-david-r...

Deberías ver mas de The Daily Show o The Colbert Report para apreciar más la ironía gringa... Esto es lo que opina Remnick (el famoso editor) en una larga conversación con Charlie Rose:

http://www.charlierose.com/shows/2008/7/16/1/a-conversation-with-david-r...

EL LOBBY: EL UNICO TABU INTOCABLE EN USA.
Ahí no vale escudarse en la ironía ni el sentido del humor ni nada. Meterse con los musulmanes en N.Y. no es gran acto de valor.

La verdad no es de uno aunque pertenece a todos. Son absurdos los saltos lógicos que dan aquí por el hecho de esa portada. León comenta -tiene razón- que no es lo mismo criticar que censurar. Agrego que así se dirija las más furibunda crítica -subrayo crí-ti-ca- a los editores del New Yorker, ello no equivale jamás a censurarlos ni pretender hacerlo. Sin embargo, León desliza, en la esfera ya electoral y encarrerado, que igual cree que las campañas negativas no deben censurarse, que ‘ese tipo de contrastes, por burdos y terribles que sean son necesarios’. ¿Qué tiene que ver la libertad de expresión de un caricaturista o la libertad editorial de una revista con campañas negativas dentro esquemas electorales? A mi parecer, sin querer forzar las cosas o simplificar tontamente, nada respecto ámbitos de aplicación como sujetos y valores democráticos tutelables. ¿Cómo justificar las campañas eufemísticamente negativas? ¿Dónde se justifica su ‘necesidad’ en sus tonos más ‘burdos y terribles’ para estos liberales snob? Esta vez el cliché resulta pronunciado. Hago varias analogías muy simples. En un ámbito de convivencia las personas tenemos ciertos límites mínimos, podría ejemplificarse respecto urbanidad y buenas maneras. En planos meramente de libertades civiles, la libertad de expresión también encuentra límites (no difamar ni calumniar, etc.). En el electoral, los códigos respectivos vislumbran competencias sin ataques personales; subrayan que deben privilegiar las propuestas por sobre los improperios. Todo eso es de mucho sentido común. Así desglosa. Sucede sociológicamente en términos latos digamos. Con relación a la libertad de expresión del caricaturista, es aún más endeble que se cuestione como propaganda su creación dado no aplica. Sea respecto un candidato presidencial, un político o personajes públicos, que son caricaturizables, como acertadamente aduce (aunque no enteramente bien) Silva-Herzog Márquez. Ahora bien, viene a cuento, a mi mente, la caricatura que Enrique Krauze cuestionó cierta vez a Helguera y Hernández en Proceso. Muy erróneamente adjuntó una trayectoria y demás a su reclamo. Bastó que los creadores replicaran citando algunas de las opiniones -muy subjetivadas por tremendo historiador- respecto los seguidores de la Coalición por el Bien de Todos o de AMLO. Caricaturizar a Krauze como personaje público se justifica, igual que Krauze subjetive a AMLO como político o a sus seguidores. Así sea que aquél traicione sus principios más elementales.

Respecto New Yorker, es evidente que se equivocó, ¡pero carambola! Qué equivocación señores: La revista es enteramente libre de caricaturizar como le venga en gana, eligió ‘mal’ la portada a riesgo sólo perder o ganar credibilidad o lectores potenciales… pero aumento la demanda de ese número específico y su público. Juegos del engaño y la mercadotecnia. Saludos.

Parece que un ángulo interesante podría ser reconocer que son contadas las caricaturas con las que se puede jugar ambivalentemente en cuanto a su intencionalidad y creo que ésta es, sin lugar a duda, una de ese tipo.

Aquí arriba ya alguien comentó que fueron muy pocos (él incluido, por supuesto) los que entendieron al caricaturista del New Yorker y afirma -como muchos- que el cartón va contra los críticos de Obama y no contra Obama mismo.

Por mi parte, estoy con lo comentado por RSC: ¿Quién es el iluminado que se puede ostentar como integrante de ese selecto grupo que conoce el trasfondo en la intencionalidad de los editores del New Yorker?

Desde luego habrá que aceptar el decir de León, cuando señala:Una gran portada es clara y provocadora.

¡Bien por el New Yorker!

¡Bravo por Remnick y Blitt!

Se han hecho caricaturas de casi cualquier cosa (ya hasta las de Jesucristo y Mahoma están pasando de moda). Creo que solo faltan del genocidio judío. ¿Porqué diablos no se podría hacer una de Barack Hussein Obama?

En el blog de Silva Herzog Márquez hice un comentario irónico, burlesco, abusivo sin duda, que debí haber anotado aquí. Para no seguir invadiendo el otro blog, continúo aquí el intercambio de dudas e ironías (fallidas) con León Krauze.
Alegaba yo que León se preocupa demasiado porque una caricatura pueda ser malentendida por los votantes de Ohio y que, por lo mismo, ese tipo de sutilezas no entendidas, los lleven a creer de verdad que Obama es musulmán, terrorista, sobrino de Bin Laden y que está casado con una Pantera Negra revivida. Si a esas vamos, alegaba yo llevando al límite la lógica, habría no sólo que prohibir ese tipo de portadas, sino también la propaganda "negra" contra Obama (no pun intended) o de plano, prohibirle votar a todos aquellos que no sean sofisticados ni estén bien informados. Creo que el asunto ha salido de toda proporción, lo que debe hacer felices, supongo, a los editores del New Yorker.
A lo mejor la crítica que se le ha dirigido a la revista no es censura, pero se le parece. Como dice Silva-Herzog Márzquez, pareciera que se le exige al caricaturista moderación. Un buen caricatursta nunca podrá ser sensato ni moderado. Es pedirle peras al olmo, para usar una metáfora diferente a la de los hornos y los bollos.

Saludos

Querido Jesús,
No propongo que “el cartonista” lime absolutamente nada. Lo que sí pido (en mi crítica editorial a la revista) es que el New Yorker sea congruente con la intención que Remnick y Blitt han explicado estaba detrás de la portada. Intentaron una cosa y no les salió. ¿Fue un error? Así lo creo. Crítica no es lo mismo a censura, como tú mismo has explicado muchas veces.
En cuanto a los electores y su ignorancia… Las últimas dos elecciones en Estados Unidos se han decidido por mentiras. No ha ganado ni la información ni el discernimiento sino la ignorancia y, francamente, la estupidez. No necesito ponerte ejemplos de la publicidad política en tiempos de Rove.
En el caso de Obama, Estados Unidos no puede darse ese lujo. No se trata, como alguien en el blog ha sugerido, de mi simpatía por Obama. Se trata de los riesgos de que una elección en Estados Unidos se decida porque se imponga la idea de que Obama es un negro musulmán pro-terrorista al que hay que impedirle el acceso al poder. ¿Propongo, entonces, que el New Yorker se censure? No. Tampoco, por cierto, pediría que las campañas negativas lo hagan. Ese tipo de contrastes, por burdos y terribles que sean, son necesarios. Lo que sí le pido al editor de la revista es que sea más atinado y digno de su legado como observador ácido de la vida de su país. Es verdad que ni el editor ni el cartonista deben “cargar con la tontería de sus lectores”, pero el primero no puede, sobre todo cuando se trata de The New Yorker (que no es The Guardian, por muchas razones), ignorar el entorno. Digamos que creo en la responsabilidad pública del editor. Esa cosa tan incómoda que se llama “criterio editorial”, pues. Que el editor del New Yorker piense sólo en el efecto que tendrá una portada en Park Avenue, en el escritorio de un cartonista londinense – o, mucho me temo, en el tuyo propio – me parece un signo de miopía editorial y, si quieres, cívica.
Otro abrazo
LK

León: te preocupa la vulgaridad de los lectores--y de los electores. Tontos incapaces de percatarse de lo implícito. Frente a ello, supongo, el cartonista debe limar cualquier trazo que pudieran malinterpretar. ¡Vaya caricaturistas que tendríamos si seguimos tu pista!
El paternalismo que deslizas en tu desacuerdo con la portada (hay que proteger a los ignorantes de su propia ignorancia) limaría las espinas que todo debate auténtico tiene.
Ni el editor ni el cartonista deben cargar con la tontería de sus lectores. Tampoco tienen que andar cuidando candidatos. Te recomiendo el artículo de Steve Bell en el guardian que colgué en el blog. Creo que es interesante.
Si el bollo es la concordia universal, nunca habrá horno.
Un abrazo

A mí me parece que esa expresión de "horno para bollos" es un poco revulsiva. ¿Cómo saber cuándo es hora para hornear una buena caricatura?, ¿la caricatura debe atenerse a horas de horneo propicio? Curioso que la sátira sólo pueda tener temporadas, como su habláramos de frutas.

Considerando que la contienda política se está cerrando, quizá lo conveniente sería tapar los frascos de tinta, guardar a los escritores de chistes y esperar (como en teoría va a suceder en México) a que la campaña transcurra como una sucesión de coros angélico y guerras floridas de los políticos y sus adláteres para ver quién sofoca en mayores elogios y muestras de respeto a su contrincante.

Coincido con Enrique y Liborio. Creo que a ninguno de los lectores de LL se le escapa la ironía de la caricatura; ojalá se hubiera publicado después de las elecciones, ahí sí todos nos hubiera parecido simpático, nos hubiéramos burlado muy a gusto de los "wasps", de los “rednecks”, de los nacionalistas estadunidenses. Pero no, aparece en un momento muy inadecuado; solo alimenta la xenofobia de dichos grupos.

Creo que León tiene razón en suponer que el horno no está para bollos. Creo también que los votantes que decidirán la elección no van a entender, en su mayoría, la ironía. Y también creo que habría sido más simpática si la caricatura se encontrara dentro de un marco de la televisora fox news (y apareciera el logotipo de sta empresa, como comentaba un lector de Slate).

Lo que no entiendo de la respuesta de León es lo siguiente: ¿por qué le deberían preocupar al new yorker las reacciones de los habitantes de ohio? No creo que la revista deba preocuparse por afectar la imagen de Obama y su "electabilidad". Eso es responsabilidad de otros. El New Yorker no tiene porque ayudar a Obama ni preocuparse si lo afectan.

Finalmente, creo que Obama no ha sido satirizado suficientemente, y esto responde a 2 hechos: 1) Ningún host de los programas nocturnos es afroamericano y 2) por lo tanto tienen miedo de ser clasificados como racistas (y como hasta Limbaugh comentaba en la revista del ny times, ese es el fin de la carrera de cualquier persona). Como decía un escriotr del show de Letterman, lo que esperan es que escojan a algún idiota como VP.

PD: Me parece excelente que León Krauze vuelva a publicar sobre el tema. Sé que debe ser difícil atender el blog y sus otras preocupaciones, pero que bueno que alguien se preste al diálogo con sus lectores.

¿Y quien asegura que fue un tropiezo? ¿Quién asegura la verdadera intención de los dueños del New Yorker? A palo dado, ni Dios lo quita y a mí se me hace que este trancazo estuvo muy bien planeado y por donde menos lo esperaban.
Que los editores y dueños del New Yorker se pasen horas explicando o pidiendo disculpas no importa ya nada ¿Qué quieren que digan? ¿Reconocerían que querían dejar bien fija, en el inconciente de los electores, la duda de quien es en realidad Barak Hussein Obama? ¡Por favor!
Sabemos que al Imperio Yanqui no lo gobierna ni un republicano ni un demócrata. Al buen Hussein Obama nada más le dieron una probadita recordatorio de quienes son los meros meros, que ni son liberalres ni conservadores y a la vez son las dos cosas cuando les conviene.

En su blog de Reforma, mi querido amigo Jesús Silva Herzog Márquez me llama “censor sensible” y lamenta que a mí – como a otros "censores" – se nos escape la ironía de la portada de The New Yorker. Le aseguro a Jesús y a otros lectores de letraslibes.com que a mí, como a ellos, no se me escapa ninguna ironía. Apuesto, además, que una mayoría de los lectores de The New Yorker en Nueva York entendieron la voluntad irónica de Remnick y Blitt. Lo que preocupa es la capacidad para captar la finísma ironía de los votantes que, en Ohio, Missouri o Virginia, decidirán la elección. Y ese horno, en efecto, no está para bollos. Confiar en la capacidad de esos señores de entender la ironía neoyorquina equivaldría a confiar en la capacidad de esos mismos señores para entender que Obama no fue criado como musulmán (26 % de los estadounidenses cree lo contrario) ni estudió en una madrassa ( 39 % dicen que así fue). Porque puede perpetuar una mentira peligrosa, la portada de The New Yorker no sólo es una irresponsabilidad, es una idiotez.
Por otro lado, suponer que nadie en Estados Unidos se burla de Obama es ignorar el trabajo de The Onion, Colbert, Stewart, NPR y hasta el fallido Armisen. Las caracterizaciones de Obama como un apretado que no es capaz de comerse un helado ni hablar sin florituras son verdaderas joyas. Y eso lo saben Jesús y otros camaradas liberales, tan familiarizados con la sensibilidad humorística de la Gran Manzana.

La intención del caricaturista, hasta donde la entiendo, fue ridiculizar los ataques infundados contra el candidato presidencial Obama. El mensaje resultó tan críptico, que la caricatura está siendo usada en blogs críticos a Obama. Un comentarista ayer recordaba una caricatura reciente en la que Obama y Hillary Clinton, que comparten una cama, se apresuran ambos a contestar el teléfono, haciendo referencia al anuncio televisivo que interrogaba a los votantes sobre que pre-candidato preferirían que contestara una llamada (obviamente urgente, anunciando una crisis) a las tres de la mañana. Nadie pensó que Obama dormía con Clinton. En este caso, pocos entendimos el propósito de mofarse de los críticos. La caricatura no funcionó, y el cuerpo editorial del New Yorker comparte la responsabilidad de publicar una caricatura que ni siquiera es graciosa. Nada que ver con mis simpatías (o las de León Krauze, creo).

León, dices: "Los primeros en brincar no han sido los republicanos sino el equipo de Obama", y supones que por ello al dibujante le salió el tiro por la culata. Es absurdo este punto, el que los demócratas lo desaprueben no quiere decir que haya fracasado, más bien muestra el gran miedo que tienen aún antes de que las campañas negativas empiecen. Te recomiendo leer el artículo que hoy publica el NY Times sobre el asunto, pues sin duda tu afinidad con el vacío candidato Obama te llevaron a las conclusiones que presentas.

MMM, que genio...En México desde el uso de la palabra NEGRO, sería -y ha sido- motivo de controversia, los Memínes,las caras pintadas de negro para la comedia,en fin el negro para arriba y para abajo.
Se lo están tomando muy en serio y cualquiera que diga negro , bueno o malo de Obama, será negro de cualquier lado que se le vea.

La portada logro lo su cometido, hacer que el publico se interese por la revista. Cuando a un dibujante le piden el arte para una portada busca eso, hacerla atractiva para que se hable del medio que le ha contratado.
Ahora, el debate sobre el mensaje que se este dando con la portada es otro analisis y pienso que se dio un mensaje politico que una revista con esta debe evitar para no perder objetividad.

¡Por favor, León!
¿La sátira debe someterse a los cánones de lo políticamente correcto? Absurdo lo que dices. Esto no fue un traspié. Tragedia es perder, como dice Silva herzog en su blog, el sentido de la ironía.

Una aclaración. Quizás parte del lío en que se metió el New Yorker obedece a la multitud de símbolos estereotípicos que el caricaturista incluyó en su ilustración. León Krauze se refiere sólo a los que evocan la posible religion musulmana (y, desafortunadamente, sus connotaciones terroristas) del candidato demócrata; pero hay dos símbolos más; Barack Obama no se despide de Michelle, sino le da un fist bump, con base en lo que realmente ocurrió tras un discurso pronunciado por Obama el 3 de Junio, tras lograr la nominación; el fist bump (el choque de nudillos) es una señal de aprobación de origen deportivo, una version modernizada del high five (chocar las palmas de las manos), común entre los basquetbolistas (en su gran mayoría de raza negra). Pero hay aún otro símbolo: Michelle Obama, cuyo patriotismo ha sido cuestionado por declarar en una ocasión que apenas ahora se sentía orgullosa de ser norteamericana, refiriéndose a la candidatura de su esposo, despliega un peinado afro, comunmente relacionado con la activista Angela Davis, miembro convicto del grupo radical Black Panthers. La escena parece ocurrir en la Oficina Oval de la Casa Blanca (el despacho del presidente norteamericano).

En términos culinarios, entre más ingredientes se empleen en un platillo, mayor será la posibilidad de arruinarlo: a uno o más comensales les pueden desagradar el tomillo o el romero. Sucedió.

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