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Londres: capital del horror (II)
Por Daniel Krauze

La tradición del horror turístico londinense comienza en la segunda mitad del siglo XX y una de sus más notables exponentes fue la película Night of the demon, dirigida por Jacques Tourneur, en la que John Holden (Dana Andrews), un profesor norteamericano, viaja a Inglaterra para investigar al supuesto líder de un culto demoniaco, el Dr. Karswell (Niall MacGinnis). Al verse amenazado, Karswell maldice a Holden y le advierte que morirá en tres días. Más allá de sus enormes méritos, la trama y la estructura de la cinta son notables por su similitud con Drag me to hell, de Sam Raimi, y porque el ensamblaje de un par de secuencias (y el elemento de saber que la muerte de uno de los protagónicos es inminente) nos remite a otro clásico de terror londinense: The Omen, dirigida por Richard Donner. En ambas, la espiral de horror comienza en una fiesta de cumpleaños y, en ambas, una tormenta de viento es el presagio de una muerte (que se cumple en la cinta de Donner y que finalmente no ocurre en la de Tourneur). The Omen hace un uso magnífico del ambiente londinense, y es, quizás, la cinta que más se ha atrevido a filmar al aire libre dentro de la capital británica. A lo largo de la primera mitad aparecen diversas catedrales góticas, Bishop´s Park, la embajada norteamericana, el Támesis (por supuesto) y el zoológico. Salvo en la secuencia de la fiesta infantil -en la que la niñera de Damien, el hijo del diablo, se suicida- no vemos el sol ni una sola vez.
Sin embargo, hay una similitud aún más importante entre ambas películas. Tanto Night of the Demon como The Omen tienen como protagonistas a un yankee que se niega a creer en lo sobrenatural. El Dr. Holden y Robert Thorn –padre adoptivo del Anticristo- se resisten a las amenazas que los rodean y no aceptan lo que les está ocurriendo hasta pasada la mitad de sus respectivas cintas (en el caso de Thorn resulta demasiado tarde). Más allá de las necesidades económicas que empujaron a la producción de The Omen a filmar en Inglaterra, es curioso que ambas cintas escogieran como protagonista a un norteamericano incrédulo, alguien alejado del misticismo fantasmal londinense, ajeno al aura sobrenatural que rodea la ciudad. Si Thorn hubiera sido el embajador británico en Washington (y no viceversa), quizás hubiese escuchado la primera amenaza que le arroja el Padre Brennan.

Por otra parte, desde el inicio del género, Londres ha sido el escenario favorito para historias de hombres lobo. Una de las primeras historias en gravitar en torno a un licántropo se llamó Werewolf of London y, para seguir con la tradición, la mejor y más famosa película de hombres lobo lleva el título de An American Werewolf in London. Esta última, dirigida por John Landis, también emplea la geografía londinense: la claustrofóbica estación de Tottenham Court Road es el escenario para el tercer ataque de la bestia y el clímax de la cinta –una auténtica orgía de sangre, choques de automóviles y un hombre lobo enloquecido- ocurre dentro y fuera de un cine porno de Picadilly Circus. Recientemente, Joe Johnston dirigió un remake de la clásica The Wolf Man (1941), en la que Benicio del Toro interpreta el papel de Lawrence Talbot/el hombre lobo. En el último tercio de la cinta, después de la segunda transformación de Talbot, la bestia escapa de un manicomio (¡otro!), perseguida por el Detective Aberline (Hugo Weaving). A través de esta secuencia, la cinta de Johnston nos lleva a diversos puntos de referencia de Londres, incluido el London Bridge (debajo del que despierta Talbot).
Una vez más, tanto An American Werewolf in London como The Wolf Man recurren a un protagonista extranjero: David es un judío de Long Island; Lawrence ha vivido la mayor parte de su vida en Estados Unidos. Ambos, de nueva cuenta, reciben los ominosos presagios sobre hombres lobo con absoluta incredulidad. La tradición pagana de Londres queda de manifiesto en la presencia de gitanos en la cinta de Johnston (un elemento recurrente dentro de las cintas de licántropos), mientras que, previo al ataque del lobo, David y Jack entran a una cantina en un pueblo inglés donde ven un símbolo pagano en la pared, dibujado ahí como protección frente a la amenaza de la bestia. David y Jack se burlan de la estrella de cinco puntos. Minutos después son atacados por el hombre lobo. Jack acaba descuartizado en el páramo inglés. David, al igual que Lawrence, se convierte en un animal con la luna llena. Los tres pagan caro su escepticismo frente al folcklor inglés.
El personaje del Detective Aberline expone otra veta interesante del terror londinense: la manera en la cual el horror ficticio bebe del horror real, y viceversa. El verdadero Aberline era nada menos que el detective encargado de resolver el crimen de Jack the Ripper. La cinta de Johnston se apropia del personaje –y de su peso en la mitología londinense- para anclar la narrativa en la realidad. Finalmente, para cerrar el círculo, Talbot muerde a Aberline, transformándolo en hombre lobo. Podemos percibir esta característica del Horror London, como le llama Peter Hutchings al género en su ensayo homónimo, en muchos otros casos. Quizás el más sonado es el llamado Highgate Vampire de la década de los setenta, en el que dos hombres interesados en lo oculto, Seán Manchester y David Farrant, compitieron por exterminar a un supuesto vampiro que vivía en el cementerio de Highgate. La teoría de ambos era que un grupo de inmigrantes había traído a un vampiro, dentro de su ataúd, en el siglo XIX, y lo había enterrado en el cementerio. Ahora, decían, la criatura había despertado y rondaba los alrededores del lugar. La trama que Manchester y Farrant inventaron era muy similar a la novela de Stoker, y la similitud no pasó desapercibida en los estudios Hammer (dedicados a cintas de horror). De la historia del vampiro de Highgate nació la cinta Drácula AD 1972, en la que el vampiro, a quien Christopher Lee interpreta por sexta ocasión, renace en el siglo XX.
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Comentarios (3)
Uff, coincido con Liliana, Edimburgo es una ciudad extremadamente fantasmagórica, con una atmósfera digna de la tradición de los habitantes de las islas británicas por el gótico, por la niebla, por la obscuridad Victoriana. Ciudad tan bella...
Excelente texto y sin lugar a dudas Londres es una ciudad fantasmal, oscura y misteriosa. Es por mucho la ciudad más interesante que he conocido y también el horror es parte innegable del folklore británico, pero creo que arquitectónicamente la ciudad más fantasmagórica es Edimburgo.
No olvidar el personaje norteamericano escéptico del folklor inglés que precede a todos ellos: El padre de la familia que protagoniza "El fantasma de Canterville".
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