Las abejas y las arañas

En el caso de Marc Fumaroli, la filología es política. Política del espíritu, se entiende: la capacidad de hacer, desde los libros y su batalla, una verdadera interpretación del influjo del arte sobre el tiempo. Exponiendo un alto tema académico, la querella de los Antiguos y los Modernos que funda, antes de la Ilustración, la literatura moderna, el sabio francés logra decir cosas sobre cómo fue la cultura en el siglo XX y cómo funcionó su administración estatal, que no son las que se escuchan con la debida frecuencia entre nosotros. Propongo la lectura, en el orden que se quiera, de dos de los últimos libros de Fumaroli traducidos al español: El Estado cultural (ensayo sobre una religión moderna) (2007) y Las abejas y las arañas. La querella de los Antiguos y Modernos (2008), publicados ambos por Acantilado, en Barcelona.

Hace la historia Fumaroli (Marsella, 1932) de esa regencia cultural que, en ciertas tradiciones nacionales y políticas y no en otras, espera del Estado, gran mecenas y artífice de “la imaginación creadora”, algo más que el salvaguardia del patrimonio cultural. El asunto se remonta a la polémica, ocurrida en las gradas del trono de Luis XIV, sobre quiénes deberían imponerse en el gusto (y en las academias), si los pregoneros de la excelencia de los Antiguos, aferrados a los inmutables clásicos de Grecia y Roma o los Modernos, que se presentaban a sí mismos –abanderados de lo nuevo y de lo actual, del Progreso– como los campeones a vencer.

Fumaroli, un liberal francés fascinado por Chateaubriand y por Tocqueville, hace la arqueología de esa creencia tenida por absolutamente moderna entre los latinos (franceses, españoles, latinoamericanos) y originaria de la Alemania de Bismarck, que convierte al Estado en sumo sacerdote de la religión de la cultura. La figura central, aunque no única, de El Estado cultural es André Malraux (1895-1976) en el momento en que se convierte, en 1959, en ministro de asuntos culturales del general De Gaulle. Pero su apostolado trascenderá su vida y llegará a su cénit más de veinte años después, en 1981, cuando François Mitterand gane la presidente de la República Francesa que ocupará durante catorce años.

El gobierno socialista, argumenta Fumaroli, acabó de convertir a “la cultura” en una suerte de gas o líquido que había que dispersar pues no soporta, de acuerdo a los democratizadores, la concentración. Los agentes de esa dispersión fueron, fatalmente “los intelectuales”, a menudo burócratas subvencionados y subvencionadores que convirtieron a Francia en un inmenso museo, parque temático constituido por una red de festivales, fondos de ayuda, centros multimedia y “espacios para la creación”. Ese brazo secular, se dice en El Estado cultural –publicado originalmente en francés en 1991– dio al traste con el ocio estudioso de los individuos libres, con los que sueña la utopía jansenista de Fumaroli, para financiar a una “masa atolondrada y vagabunda” en realidad indiferente a la belleza pues sólo ha sido expuesta al arte sin haber recibido una verdadera educación liberal.

En el triunfo del Estado cultural en Francia, dice Fumaroli, se oculta una paradoja que tiene al propio Malraux como esclavo. En 1968 es el Malraux activista (de 1959 y de antes) quien se le subleva al Malraux ministro. Y a Malraux mismo, el último hombre de derecha respetado y admirado por la izquierda, a quien le toca abrir, en calidad de quintacolumnista, el Estado para usufructo de una burocracia cultural que no cabía en el Partido Comunista Francés y que, dentro del Estado, podía criticar a la sociedad burguesa y hacerlo con toda libertad, apoyándose en la cultura, esa gran prótesis. Esa cooptación de los intelectuales de izquierda –para decirlo de otra manera– le parece a Fumaroli un gran fracaso de Malraux pero bien pudo haber sido lo contrario: que la “revolución permanente” de los intelectuales, su excitación al denunciar al capitalismo, haya finalizado en una cadena perpetua a purgarse en el erario.

Mucho de lo que se dice en El Estado cultural es una pelea francesa de interés local. Pero leído desde otra óptica, a los ultraliberales anglosajones, por ejemplo, debió parecerles timorato el prudente liberalismo de Fumaroli, quien nunca propone la solución radical que acaso se desprenda de su desenmascaramiento: la abolición de la religión cultural, el abandono de la regencia estatal sobre los cultos y sus fantasías.

¿El Estado cultural tiene una lectura mexicana? Sí, desde luego. La religión cultural del Estado mexicano, debe decirse, es algo más vieja que el advenimiento de Malraux al ministerio y se debe a José Vasconcelos y a Jaime Torres Bodet. Además, Fumaroli debe ser una especie rara ante los ojos de algunos de nuestros lectores contemporáneos, una suerte de Gabriel Zaid en clave pro-universitaria. Y aunque la política cultural del Estado mexicano ha compartido la terminología francesa estudiada por Fumaroli, es bastante más modesta –en comparación con la de Francia– pero es en extremo dadivosa junto a la de otros países latinoamericanos. Quizá la polémica de Fumaroli con la nomenclatura mitterandista sea vista desde acá como una remota pelea de niños ricos. Quizá no.

Son los modernos, dice Fumaroli y ello nos lleva a Las abejas y las arañas, los que han buscado respaldarse en el siglo XVII, haciendo de esa época la inventora de “una modernidad de Estado”, basada en el mecenazgo. Estos modernos no lo son tanto si buscan tan lejos a sus antepasados pues “el verdadero moderno es el que no tiene ancestro ni precedente alguno. En verdad, es el único.” Francia, asegura el polemista, se acostumbró a cuadrarse ante la sola mención de la palabra modernidad y aún lo más descabellado y lo más vil ha sido aceptado siempre y cuando pase por moderno. La disputa por esa palabra ha enfrentado a las abejas (los Antiguos), que extraen de la naturaleza la miel que fabrican, contra las arañas (los Modernos), que tejen sus telas con sus excrementos, tal cual las retrató Jonathan Swift en su fábula. A partir de Baudelaire, que dio sentido al sustantivo modernidad, a las abejas les ha tocado sacar miel de sí mismas, concluye Marc Fumaroli.

(Publicado previamente en El Ángel de Reforma)

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Comentarios (4)

Mostrando 4 comentarios.

Moitié et moitié, precisément? Trop symétrique, trop mécanique, trop deterministe votre argument, Cheirif.

Rulfo escribió sus mejores obras antes de ser subvencionado, mientras se mantenia como vendedor de neumaticos. Rembrandt tenia su taller y se mantenia de la venta de sus pinturas. Cervantes no fue subvencionado. Shakespeare escribia para el teatro. Mozart componia por encargo.

Ahora bien, habria que acotar que un trabajo remunerado en una universidad le puede dar al escritor la independencia financiera y el acceso a recursos como bibliotecas, para su obra. El estado entonces se reduciria a apoyar indirectamente la actividades de dicha universidad.

La modernité, c’est le transitoire, le fugitif, le contingent, la moitié de l’art, dont l’autre moitié est l’éternel et l’immuable.

Aquí no haces una lectura atenta o muy profunda del postulado de Fumaroli, o bien, le das un sesgo político al tema, como sucede con todos los dueños de "convicciones" liberales o comunistas.

¿Qué hubiera sido de Octavio Paz sin la subvención de la Secretaría de Relaciones Exteriores? ¿O de Carlos Fuentes, incluso? He aquí la respuesta, en el caso del Nobel: habría tenido que salir a buscar dinero, a como diera lugar, en algún oficio o empleo anodino. Quien sabe; quizás no habría escrito nunca el Laberinto o Las Trampas de la Fe, obras que exigen mucha dedicación y tiempo.

Harto incompresible resulta también la solución propuesta (abolir la religión de la cultura) porque no hay rastro, desde la aparición de la escritura hace 3 mil años, de la existencia de un pueblo o sociedad organizada enteramente por la libre voluntad de sus gobernados, bajo sus manifestaciones lícitas. Ese "liberalismo" es tan utópico como el fin de la pobreza del marxismo. Igualmente, esa concepción del Estado cultural ni siquiera es del todo moderna ni arranca con Bismarck. Basta con una ojeada de historia universal: el Estado siempre mueve y ha movido a la sociedad.

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