El cráneo de Schiller

El cráneo de Schiller que Goethe custodió durante más de un año, entre 1826 y 1827, no era de Schiller según pudo comprobarse, gracias a la investigación de su ADN, la década pasada. Con esta anécdota, nada vana, concluye Goethe y Schiller. Historia de una amistad (Tusquets, 2011), la más reciente de las biografías que Rüdiger Safranski ha dedicado al genio alemán como género, recorrido a través del cual conocemos su versión de las vidas de Heidegger, Nietzsche y Schopenhauer. De hecho, Goethe y Schiller, se desprende, apéndice o correlato, de Schiller o la invención del idealismo alemán (2006), un libro anterior de Safranski, en el cual había dado muestras de su precisión como biógrafo del pensamiento.

En su sequedad, a veces sencillamente, monotonía, Safranski prefiere limitarse a los grises de la teoría y sólo se guarece bajo el árbol de la vida cuando en verdad amenaza tormenta. Por ello, de su crónica de la amistad entre Goethe y Schiller se desprende muy poco romanticismo (en el sentido peyorativo de la palabra, que era el usual a principios del siglo XIX) y mucha filosofía. Es decir, pocos biógrafos nos preparan tan bien como Safranski para leer filósofos, sí es que ese es el camino correcto. Así, Goethe y Schiller presenta menos a un par de almas gemelas (no lo fueron) que a dos sabios (uno joven, otro más viejo, uno rico, el otro pobre) alcanzando un grado de colaboración intelectual tan mutuamente provechoso que parece más propio de la ciencia contemporánea que de la literatura neoclásica.

Sabido es que la competencia y la desconfianza, algo de envidia también, de parte del joven autor de Los bandidos (1781), marcaron el comienzo de sus relaciones: “Este hombre, este Goethe, es un obstáculo en mi camino.” Al principio, los unió el acuerdo tácito de mantenerse lejos uno del otro hasta que Goethe consideró oportuna la proximidad de Schiller. La cosa cristalizó en el verano de 1794 y tuvo su hora clásica cuando éste llegó a Weimar, invitado por quien era su mayor pero no necesariamente su maestro.

Mozart, se dirá, influyó sobre Haydn pero habría que remontarse a los filósofos griegos para encontrar la convivencia diaria sostenida entre dos genios, quienes acabaron por ser amigos a secas: el joven Schiller, fatalmente enfermo del pecho, recibió atenciones y cuidados regulares, del viejo Goethe, quien pudo vencer, por amor a Schiller, la repulsión que le causaba la enfermedad. Soñaron, también, con casar a sus hijos.

Amistad idílica a la que no le faltaron los rayos y las centellas en el fondo: la Revolución Francesa, a la cual miran con ánimos distintos y una desconfianza común. Nombrado ciudadano honorario por la República sólo hasta 1798, merced a las turbulencias políticas, recibirá Schiller su acreditación como tal, firmada por revolucionarios hacía rato guillotinados: “En relación con el decreto de ciudadanía que le han enviado desde el reino de los muertos”, le comentó Goethe, “sólo puedo felicitarle por el hecho de que lo han encontrado a usted todavía entre los vivos.”

El influjo de Schiller sobre Goethe fue mayor que en sentido contrario: hay más Schiller, “el sentimental,” en el Fausto que de Goethe, “el ingenuo”, en Wallenstein (1798–1799), ese drama schilleriano acaso hoy ilegible. Y entre las siempre evasivas muestras de la grandeza goethiana está su disposición a ser moldeado durante la edad madura, no sólo por Schiller sino por el romanticismo, acaso el “hijo natural” procreado en Alemania por ambos. Safranski recuerda que a la amistad perfecta sólo la amenazaron los jóvenes románticos –los Schlegel y compañía– por los cuales Goethe sentía una pasión a ratos irresistible que Schiller, más burgués e intolerante que él en ciertas cosas, reprobaba.

Pocas cosas sobresaltaron más a Goethe y a Schiller, retirados en Weimar, esa provincianísima capital del mundo, que la visita, para las navidades de 1803, de Madame de Staël, a la cual Safranski se atreve a llamar gorda, franqueza que no se suelen tomar los biógrafos franceses. Ansiosa de escrutar el alma alemana, a cuya definición romántica en tanto contribuyó, la luminosa señora y su filosófico séquito abusaron de la hospitalidad de los weimarianos hasta marzo de 1804. “Después de la partida de nuestra amiga”, le escribió Schiller a Goethe, “me siento como si hubiese superado una gran enfermedad.” Igual de aliviada se sintió Madame de Staël al alejarse de los sabios germánicos, confesándole a su padre, aquel Necker antaño ministro de finanzas de Luis XVI, que en Weimar no había ninguna de las tres cosas con las cuales ella asociaba su felicidad: amor, París o poder.

El 11 de mayo de 1805 fue enterrado Schiller en el cementerio de Weimar. Goethe no asistió a la ceremonia, irrespetuoso con la muerte pero se retiró, doliente, a sus habitaciones de la casa de Frauenplan, sin dejarse ver durante días. El amor de viejo de Goethe por Schiller, atestigua Safranski (y el buen biógrafo testifica) tornóse maniático. Lo sobrevivió veintisiete años, durante los cuales, cultivó una idolatría por aquel que, dijo Goethe,  nada tocaba sin ennoblecerlo.

A manera de epílogo se nos cuenta en Goethe y Schiller. Historia de una amistad, que fue en 1826 cuando escombraron la parte del cementerio donde yacía Schiller, una suerte de fosa común para gente famosa aunque insolvente para pagarse una cripta a perpetuidad. No identificaron los restos de Schiller, confundidos con los de otras dignidades, pero al alcalde se le hizo fácil escoger un cráneo del montón –el más grande, dado el genio del poeta que lo había llevado puesto– y éste fue a dar al gabinete de curiosodades de Goethe. Pero fue urguido a devolverlo cuando el rey Luis de Baviera anunció su visita a Weimar para contemplar la reliquia.

Más tarde, Eckermann, editor póstumo de Goethe y su conocido confidente, tituló como “Meditación ante el cráneo de Schiller” un poema inédito en el cual, sin incurrir en esa poesía sepulcral que detestaba, Goethe (o su yo lírico) se sueñan dignos de poder sostener en las manos esa vasija secreta.

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Comentarios (1)

Mostrando 1 comentarios.

Vaya, recorde que Berzelius, el químico frances, se quedó con el cráneo de Descartes que encontró en aquel país escandinavo donde murió el autor de ese tan leído prólogo, las "Meditaciónes metafísicas".

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