Mi trato con los Ignacios Chávez

Diciembre 20, 2012 | Tags:

Hace una semana evoqué en esta columna al rector Ignacio Chávez (1897-1979) para citar algunos de sus argumentos sobre el complejo comercio entre universidades y política. Dos días después de aparecido ese comentario me apenó enterarme del tránsito de su hijo, el también cardiólogo Ignacio Chávez Rivera.

Mi trato con los Chávez se halla venturosamente precedido y propiciado por Celia, Celia Chávez, Celia Chávez de García Terrés, hija del primer Ignacio, hermana del segundo y tía del tercero.

Mi amistad con Celia tuvo un origen gracioso. Había puesto una preciosa librería en el sur de la ciudad a la que acudía con frecuencia, más a ver libros que a comprarlos, pues era yo bastante pobre. Me encontré ahí un libro formidable sobre Baudelaire, a quien yo leía vorazmente entonces, lleno de arte, fotografías y ensayos. Su precio, por desgracia, lo apartaba radicalmente de mis posibilidades.  

Un día estaba ahí con el libro, mirándolo a hurtadillas, como de costumbre, cuando se acercó Celia. Puso en mí sus hermosos ojos verdiazules y me dijo que si necesitaba el libro me lo llevara. Mascullé que no tenía dinero. Propuso que se lo pagara cuando pudiera, se negó a escuchar la descripción de mi vergüenza, me lo puso bajo el brazo y me despidió con una sonrisa, sin preguntar siquiera mi nombre.

Con esta sui generis noción de la mercadotecnia, la librería, me temo, no duró mucho tiempo. En cambio, nuestra amistad prosperó, fortalecida por el afecto a su esposo, don Jaime García Terrés, mi primer editor, a sus hijos Alonso, Jimena y Ruy, a nuestros muchos amigos mutuos.

En 1997 se conmemoró el centenario del natalicio del rector Chávez. Una de las formas de celebrarlo era publicando sus Obras completas bajo los sellos de la UNAM, de El Colegio Nacional y el Fondo de Cultura Económica. Celia le sugirió a los coordinadores de la conmemoración, los doctores Guillermo Soberón y Jaime Martuscelli, que se incluyera una selección de su epistolario y que los encargados de prepararla, en edición crítica, fuésemos Fabienne Bradu y yo. El quinto volumen de esas Obras completas es el resultado de esa labor.

El Dr. Chávez Rivera hizo trasladar el archivo de su padre a un local del Instituto Nacional de Cardiología, que dirigía entonces. Un par de veces a la semana, el Dr. Chávez Rivera acudía a ver cómo iba el trabajo. Discreto y caballeroso, resolvía dudas y aportaba consejo inteligente. Una tarde le mostramos algo que encontramos en una de las muchas cajas: una colección de viejo instrumental médico, un estetoscopio, manómetros, el martillito de reflejos, jeringas de metal... El Dr. Chávez Rivera miró los objetos con lágrimas en los ojos. Lo dejamos solo y, luego de un rato, lo vi de lejos colgarse del cuello el viejo estetoscopio.

A su padre, el rector Chávez, es al Chávez que mejor conocí y al único que no conocí nunca. Durante varios meses estuve en su intimidad por medio de sus miles de cartas, escritas durante su larga, productiva existencia; cartas apasionantes y variadas: la del paciente de lenguaje rústico que agradece su curación; la del científico que discute une teoría; la del intelectual que comenta los acontecimientos políticos y universitarios. Desde luego, el volumen contiene cartas enviadas y recibidas durante su rectorado (1961-1966) y, en especial, durante el conflicto que terminó con él, para vergüenza de México. Muchas de esas cartas –las del rector Chávez, José Gaos, Octavio Paz y tantos otros– conservan para mí una especial vigencia.

De la misma opinión será su nieto, el tercer Ignacio –Chávez de la Lama, hijo del Dr. Chávez Rivera–, que lleva años dedicando su tiempo libre a estudiar el rectorado de su abuelo, con quien platiqué del tema, y que recientemente ha publicado el resultado de su labor en un intrigante volumen: La madre de todas las “huelgas”: la UNAM en 1966 (Universidad de Nuevo León, 2011), con prólogo de Jorge Carpizo.

En fin. Formidable genealogía la de los Chávez. Me alegra haberlos tratado. Me alegra saber que, todavía, tengo mi deuda con Celia: la que contraje hace cuarenta años, cuando me fio aquel libro que nunca tendrá precio.

 

Se hace del conocimiento de proveedores, consumidores, atacantes, porras, porros, y del público y el clero en general, que su botica El minutario estará cerrada por inventario durante unos días. 

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Comentarios (8)

Mostrando 8 comentarios.

Al nieto del Dr. Chávez , Fernando , lo conocí en Fyl ;   estudiante de derecho , de vez en vez , se daba sus vueltas en la paradigmática escuela mother de todas las huelgas , o por lo menos dos : 86 y 99 , que parieron a los representantes del pueblo en 2012 ,  los cuarentones y cincuentones  incrustados en la falsa izquierda : Batres , Imaz , Inti , etc , que son los responsables que nuestra democracia se encuentre paralizada en el fango  ¿ por los siglos de los siglos ?

  1. 1°.- La reconocida historiadora y vulcanóloga Ninel Conde dejó de compartirnos sus descubrimientos.

    2°.- El gran estadista y estratega militar que “construyó un México seguro para vivir mejor” está teniendo problemas para impartir su cátedra formadora de líderes, en la Universidá de Jarvar.

    Así, la Ciencias y la Diplomacia de primer nivel cierran este 2012 consternados. ¿Cómo olvidar que debemos a la brillante investigadora Conde el descubrimiento de que los antiguos mayas provenían de... Mayami?


    Mientras tanto una vida es poco para añorar a ese gran mandatario que tanta tranquilidá aportó a este bienestructurado país. Lejos de malquerencias que no se sostienen, México entero debería promover su candidatura en pro del Nobel por la Paz. Su generosa y silenciosa labor, hace de él un ser humano extraordinario y es causa de orgullo, no sólo para el país, sino de la humanidá toda.

    Pero no os acongojéis, no todo es consternación: Las televisoras, preocupadas por seguir elevando nuestros rendimientos intelectuales y de 

    sano entretenimiento, ya preparan una batería de programas bajo el mismo formato que tan honrosamente nos distinguen en el mundo-universo entero.

    Mientras tanto, sigamos brindando por los que se van y llorando por los que regresan.

    Feliz navidá y próspero fin del mundo.


    PD.- Espero que para las fechas en que el Minutario reabra, ya me aigan dado asilo en esta embajada (omito decir cuál, pa que no me vaigan a atrapar las fuerzas vivas de mi país, en razón de los pinchemil graves latrocinios que he cometido)



¡¿Así así el comeback, sin ningún movimiento interno que justifique todo éste tiempo de ausencia?!!!

¿Y si llegaras a extrañar a la Lic. Conde y al ex-presidente Felipe? ¿Lo reconocerías sin diplomacia y lo firmarías ante notario? Y si no los llegas a extrañar, ¿qué hacemos?

En verdá os digo que cuando supe que el mundo se iba a acabar la sinceridá me avasalló. Así que, en su sentido más simple, dejé que fluyese todo lo que traía almacenado. O sea, ¿pa' qué un Notario si mi corazón ya habló públicamente?

PD.- Mi retorno es menos aterciopelado de lo que parece. Usté no se imagina lo que es vivir con la conciencia turbia. Sobre todo, sabiendo que los ángeles custodios andan tras de mí, según la Galleta de la Fortuna.

Ahora asiste uno a las librerías, y en su mayoría los libros están envueltos para no poder siquiera hojearlos. Hay detalles en que se ve un retroceso hacia la barbarie, incluso de aquellos que supuestamente son cultos y promotores de la cultura. Sin duda, hay encuentros que se deben a la fortuna, otros al destino, y otros, como el que aquí se nos relata, que parecen suscitados por la providencia.

Pues a mí un empleado de Gandhi (M.A. de Quevedo) me dijo que, si no había ejemplares abiertos, rompiera con toda confianza el celofán del libro que me interesara. Lo he hecho un par de veces y nadie me ha dicho nada. Aprovechemos pues mientras la Providencia no tipifique este acto como cosa delictuosa.

El retrato en modo fantástico de del doctor Ignacio Chávez es de Remedios Varo.

Así es, querido Pepe. Y así se llama el cuadro. Me temo que el crédito se cayó en el camino...

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