El país problema

Julio 7, 2011 | Tags:

Asumir el misterio de los mexicanos se parece mucho a averiguar las razones de un amor fallido: un ejercicio de la memoria que es al mismo tiempo masoquismo documentado. ¿En qué fallamos, por qué, es posible remediarlo? Acostumbrados a venerar el estatus de víctimas, nuestras explicaciones sobre por qué no tenemos el México que queremos terminan pareciendo confesiones de diván (o de cantina, a falta de una imagen aún más estereotípica). Y qué nos extraña: las canciones rancheras han sido un exitoso retrato sentimental en tanto nos hablan de que las cosas salieron, están saliendo o saldrán irremediablemente mal.

Mañana o pasado. El misterio de los mexicanos de Jorge G. Castañeda es la más reciente indagación al enigma de México en su vertiente práctica: aquella que gira en torno a nuestra accidentada transición hacia la modernidad. Una reflexión originalmente pensada para el público estadounidense, que sin embargo, funciona –en claridad y propuestas- para el lector nacional. Los detractores de Castañeda seguramente verán un reduccionismo chabacano de un tema con antecedentes tan prestigiosos como los de Samuel Ramos, Octavio Paz, Emilio Uranga y un largo etcétera. Yo, al menos, agradezco que un nuevo examen sobre México evite hablar una vez más sobre nuestro sentido de la muerte, o conciba el nacimiento del país como la violación de alguna diosa prehispánica. Un libro que repasa a los clásicos, pero atiende en mayor medida a las estadísticas, ilustra en cierta medida lo que hoy entendemos por “política contemporánea”, pero abre al mismo tiempo la oportunidad de que existan ideas concretas sobre las cuales discutir. Menos “altura literaria”, sí; pero también menos palabrería (absténganse de su lectura aquellos cazadores de neologismos y de vuelos poéticos innecesarios).

¿Por qué miramos con desconfianza a las organizaciones altruistas? ¿Por qué el gobierno exageró sus medidas ante la emergencia de la gripe AH1N1? ¿Qué tienen en común el apego campesino a la tierra con los fiascos de nuestra selección nacional de futbol? ¿Por qué la mayoría de la gente rechaza el uso de la fuerza pública? ¿Qué tanta soberanía se pierde al venderle una propiedad en la playa a un extranjero? A través de estas y otras preguntas, el autor identifica conductas colectivas que han mantenido al país en su estancamiento. Su tesis central sostiene que algunas de esas actitudes “mexicanas” son inoperantes en una realidad más diversa, global y distinta a la del régimen que sirvió para codificarlas. Y aunque la propuesta es bastante congruente, sigo sin entender esa necesidad por encontrar un “hilo conductor” que abarque todo tipo de manifestaciones nacionales: el deporte, la política exterior, el comercio informal, la imaginación colectiva que aún no ha renovado el símbolo de los cangrejos en una cubeta, el transporte urbano, la migración. Me parece que relacionar esas expresiones bajo un mismo motivo hace perder de vista factores específicos que las expliquen y les otorguen la debida complejidad.

Vayamos a un ejemplo. Castañeda atribuye al individualismo mexicano lo mismo el fracaso de las viviendas verticales que las dificultades para triunfar en competencias por equipos (al parecer, los únicos récords que baten los connacionales son los de preparar chiles en nogada cada vez más grandes y eso porque nadie más en el mundo está interesado en competir). Ese carácter, argumenta el autor, no puede ya compaginarse con el advenimiento de una enorme clase media, con un país urgido de empeños comunitarios. El nuevo contexto tendría que obligar a modificar las actitudes individualistas, anteponer los beneficios públicos a los personales, algo que no está sucediendo en el país. Lo llamativo en todo caso es que la palabra “individualismo” pueda ser enfocada desde cualquier ángulo y seguir pareciendo perniciosa: lo mismo la Iglesia que los altermundistas han demonizado lo que cada uno entiende por individualismo. Para Castañeda, el individualismo mexicano contempla tanto el “apego proverbial” de los campesinos a una parcela como la desconfianza clasemediera para formar y apoyar organizaciones no lucrativas; explica por igual la resistencia a modificar leyes que protejan intereses colectivos que el ascenso y caída del Subcomandante Marcos. No importa cuáles sean tus intereses, filosofía o ubicación en el espectro político, el individualismo es un buen villano para cualquier película.

Sin embargo, en su argumentación, Castañeda introduce un matiz importante con el que coincido: colectividad no es armonía. Del mismo modo que no es deseable una comunidad conformada por personas que solo velan por sí mismas tampoco lo es una práctica democrática que solo contemple la unidad y no las diferencias. Según el autor, en la medida en que sigamos identificando a la democracia con el triunfo de los acuerdos, pero no con la abierta manifestación de las discrepancias, el mexicano tenderá a sentirse frustrado con su sistema representativo (la razón es simple: siempre le adjudicará al sistema virtudes que no puede tener). En la línea reflexiva de Mañana o pasado, no llevar la fiesta en paz es la mejor manera de afianzar nuestra práctica democrática, pues en lugar de fingir que no existen las oposiciones, lo natural es llevarlas a la esfera pública. La actitud clásica de “Más vale un mal arreglo que un buen pleito” solo condena a la sociedad a disfrazar los auténticos intereses de sus grupos. En ello, me parece, acierta el ex canciller.

Ahora bien, ningún libro sobre México está completo si no toca el tema de la corrupción. Desde aquel “Se obedece pero no se cumple” que tanto ilustra al virreinato, el país vive el divorcio entre sus leyes escritas y la práctica cotidiana como si se tratara de un jolgorio interminable. Castañeda vincula la desconfianza que los mexicanos tienen hacia su gobierno con la conformación de un estado en donde existen mayores incentivos para incumplir la ley que para acatarla. Los ciudadanos repudian la corrupción, pero solo en las encuestas. La idea generalizada de que una legislación tiene que ser justa para obedecerse escuda las pequeñas o grandes transgresiones que a diario cometemos, amparados por una autoridad que tampoco toma sus leyes suficientemente en serio.

Para Castañeda solo el cumplimiento de la ley puede sacar a México de su parálisis. Como una suerte de experimento en tiempo real, el autor toma el ejemplo de los inmigrantes en Estados Unidos a fin de imaginar una comunidad de mexicanos en un escenario de legalidad. Su visión de los connacionales que se han visto obligados a modificar patrones tradicionales de conducta no deja de ser entusiasta. ¿El resultado? “Mexicanos del futuro que sí funcionan”: mejor organizados, con mujeres independientes y un amplio respeto a la ley. En pocas palabras: el país soñado... si no fuera porque se encuentra de aquel lado de la línea fronteriza.

Finalmente, ante la idea seductora de un México que solo entrega preguntas a quienes se acercan a observarlo me es difícil no pensar en Abel Quezada: “A falta de una cosa mejor, aquí vivimos de los problemas”, nos dice el dibujante en una serie de cartones publicada bajo el atinado título de “El país problema”. “¿De qué viven los editorialistas? –De los problemas. Y tal vez por eso los llaman con todo respeto y cariño ‘los grandes problemas nacionales’, como apapachándolos para que no se acaben”.

(Fuente de la imagen)

"Su tesis central sostiene que algunas de esas actitudes “mexicanas” son inoperantes en una realidad más diversa, global y distinta a la del régimen que sirvió para codificarlas."

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Comentarios (0)

Uno de los misterios folklórico-mexicanos es el "doctorado" que ostenta el señor Castañeda.

Pues ahora sí que atendiendo el texto, los mexicanos desconfiamos de todo, yo desconfío de Castañeda, hasta cuando dice buenos días.

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