El incendio de la Biblioteca de Alejandría

A aquellos que veneramos la acumulación organizada, la simple mención de la catástrofe nos causa un vértigo de parapente. En mi caso, no me lamento por la infinita tradición perdida, por los cientos de miles de ejemplares consumidos sin remedio en un instante; la sabiduría, la información privilegiada que allí dentro existiera no me desvela lo suficiente como para escribir estas líneas. Me preocupa más el tiempo invertido en la titánica empresa, los años dedicados a la investigación y al orden: cientos de horas de recogimiento revertidas por un golpe de suerte, por una confabulación romana, por un descuido imbécil.

Me deleito recreando en mi imaginación los intrincados criterios que repartían aquellos volúmenes en prolijos gabinetes de ensueño. Tengo pesadillas reiteradas, oclusivas, en las que mis dedos recorren el índice alfabético, descubriendo con el tacto las zonas perfectibles, los espacios aún dispuestos para la inclusión de un tema, de un género omitido en clasificaciones precedentes. Las archicitadas paradojas de Borges, sus fábulas de libros infinitos, palidecen frente a la pulsión de totalidad que alentaba y sostenía esa compleja estructura.

Pero no tiene sentido amarrarme al pasado. Los 65 gigas que ocupaban mi ipod se han ido para siempre en un brusco parpadeo. Quedan atrás las grabaciones sin respaldo de mis lecturas predilectas, los cientos de discos que, como un aplicado copista, fui vertiendo en la grafía de los bytes durante meses. Se perderá en el olvido aquel video que tomé del concierto de Architecture in Helsinki, las fotografías de una expedición a Iztapalapa, la voz de alguna ex novia dedicándome canciones de La Lupe. No pervive la tranquila convivencia de los héroes en cajones virtuales y perfectos: adiós a la discografía completa de los Talking Heads; al álbum de rarezas de los Mothers of Invention; a Jordi, Vanilla Ice y Ace of base, testimonios de una época remota y decadente.

Me queda solamente este ejercicio de plegarias, esta errancia sin sentido por las estaciones de radio, estos cuatro o cinco discos de los Beatles resistiendo a la desgracia, como antes, hace siglos, sucediera con las obras de Aristóteles.

–Daniel Saldaña París

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Comentarios (3)

Mostrando 3 comentarios.

A mi me ha pasado lo mismo. Un i-pod muerto. Y a mi hermano. Y a un amigo.
Y pienso: ¿Es casualidad que nuestros aparatos tengan vida tan corta cuando salen modelos nuevos, más nuevos, ultra-nuevos, cada día?
Nuestra cultura no está configurada para que las cosas permanezcan (mucho menos la música, o los libros, o las ideas), sino para que todo arda.
Al fin y al cabo, dicen, volveremos a comprar.

Muy bonito texto. Concuerdo con lo que sentiste (yo fui vìctima de una pèrdida similar hace poco). Gracias.

Por eso sigo comprando anacrónicos CD's. Los incendios son más o menos accidentales; incluso si son provocados, no obedecen a un plan de negocios global. ¿No es esta una buena metáfora de la sociedad de consumo moderna? Los objetos no se hacen para que duren, sino para que su pérdida nos obligue a consumir de nuevo; el problema es que hay pérdidas irreparables. Buen texto.

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