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Detalles de la entrada: Pacheco, Premio Cervantes

01 de Diciembre


Categorías: Literatura

Pacheco, Premio Cervantes

Ayer se anunció el ganador del Premio Cervantes, máximo galardón de las letras hispanas. En esta ocasión, la distinción fue para José Emilio Pacheco, que recientemente recibió el Premio Reina Sofía, otorgado también en España.

Desde la redacción de Letras Libres felicitamos sinceramente a José Emilio, amigo cercano de esta publicación y colaborador asiduo de nuestras páginas. Aquí, una selección de sus colaboraciones en Vuelta y Letras Libres.

A Pacheco le dedicamos recientemente un dossier, con ocasión de su 70 aniversario, que incluye una entrevista a cargo de Hernán Bravo Varela y algunas reescrituras de su célebre poema “Alta traición” hechas por autores jóvenes.

Además, Pura López Colomé publicó, en mayo de 2008, un ensayo largo sobre el autor de Tarde o temprano; en 2003, ofrecimos una carta de Octavio Paz a JEP y Sergio Pitol dedicó algunas líneas a esta figura emblemática de nuestras letras.

– La redacción

comentarios:

Comentario de: jorge del campo [Visitante]
Órale, cuates, no sean gachos. No digan lo que ya pusieron. Pos mejor váyanse preparando otro número especial dedicado al gran poeta José Emilio Pacheco. El maestro lo merece. Miren nomás que, después de Octavio Paz, es el segundo mexicano que recibe el Cervantes. Digo, no, hay que dedicarle un número con todas las de la ley, como manda la literatura.
Salud y viva Pacheco!!!
05 de Diciembre
Comentario de: César [Visitante]
Tal vez vaya a ser crucificado por lo que voy a escribir, pero no me voy a contener.

El Premio Cervantes que este año se le ha concedido a José Emilio Pacheco me resultó una verdadera sorpresa. Sin embargo, a diferencia de lo que todos pregonan en todas partes, la sorpresa no fue completamente grata.

Indudablemente en mi adolescencia leí varias de las obra prosísticas de José Emilio Pacheco (JEP, como gusta de firmar) y me gustaron mucho. De hecho algunas de sus nouvelles me parecen pequeñas obras maestras. Sin embargo su obra prosística es desigual y a decir verdad muy reducida. Ello no obsta para reconocer que ha creado instantes de gran belleza.

Otra cosa es su poesía. A decir verdad me parece que, como atinadamente anotó en su momento Octavio Paz, José Emilio Pacheco tiene un dominio de la retórica clasicista casi perfecto. Su poesía tiene mucho del epigrama latino y en general muestra la maestría de un literato que ha alcanzado una madurez temprana deslumbrante. Su poesía carece de cacofonías y de arrebatos retumbantes y ruidosos. Todo fluye con una elegancia y precisión asombrosos. La nostalgia, el sentimiento que es su marca de nacimiento y que recorre cada una de sus páginas (José Emilio Pacheco nació como escritor ya como un viejo), es un sentimiento pausado y meditado, un sentimiento ajeno a las estridencias y dado a la serenidad intelectual. No es extraño que la nostalgia sea, también, seña de un temperamento meditabundo e intelectual. Privilegio de etapas de la historia donde el ser humano tiene la posibilidad de reflexionar sobre el pasado, es ajena a todo furor de nacimiento y al dolor vívido de las postrimerías de la muerte, a la desesperación.

Pacheco tiene bellos poemas -mis favoritos, "Tacubaya 1949" y "Los juguetes" entre algun otro. Algunos epígramas también me parecen muy buenos (eso sí, su humor no es tan ácido ni de tan malos modos como el de los autores latinos ni como el de ese otro pergeñador de epigramas que es Lizalde; hasta en eso tiene dominio de su elegancia)-, sin embargo algo que se le puede reprochar es precisamente que siempre está muy consciente de sí. Su maestría no se convirtió en engolosinamiento, sino que -debo decirlo- convirtió su escritura en un vehículo de reflexión, si no es que en un pastiche a veces ingenioso, las más de las veces atorrante, de metaliteratura.

La comparación con los poetas latinos no es ociosa ni se queda en el estilo, aunque quizá sea mejor todavía comparar esta poesía con la producida durante el período alejandrino. Una poesía que ha perdido el furor hímnico de la Grecia arcaica y que se contenta con el ejercicio formal y con la reflexión aguda en formas perfectas. Poemas sin pasión.

José Emilio Pacheco, al hablar de Borges, veladamente señala el magisterio del genial argentino sobre todos los poetas posteriores. Por supuesto, él no sería sino uno más de ese interminable eslabón. Las señas de esta poesía son la metaliteratura, la conciencia de que no existe la novedad; una poesía marcada por el tiempo que se ha ido. Una poesía, la llama él, "postmoderna".

Por supuesto que querer comparar a Pacheco con Borges es injusto. Sin embargo señalo que, en cierto modo, es cierto que Borges "descubrió" que toda escritura es un reflejo de otra y que, al final, el rostro y las pasiones del poeta son poco importantes: no son sino figuras de otras voces distantes. Inclusive es posible encontrar en la reticencia de Borges a la poesía erótica y desbordante de pasiones ciertops nexos con la poesía de Pacheco. Aun así, los temas "violentos" y "cuasiépicos" que tanto fascinaban a Borges son muy ajenos a Pacheco.

Todo esto porque la poesía de Borges, a pesar de sus anatemas y preferencias, seguía siendo hasta cierto punto, y en sus mejores poemas, una poesía pasional. Ciertamente lo que nos maravilla de una poesía no es su maestría retórica ni la profundidad reflexiva del poeta, sino algo mucho más profundo y universal: su pasión, esa maravillosa insania. Su lado "racional" y "cuerdo" no nos interesa y acaba cansando. Amamos el desorden de los sentidos, la fuerza desbordada, el llanto y la risa explosiva. Y, lo siento, Pacheco es un escritor, no un gran poeta: es demasiado contenido, demasiado racional. Su poesía es una perfecta refrigeradora de la palabra. Claro, su gran pasión, la nostalgia, ha sido CREADA con maestría por infinitos poetas -Li-po, Basho, Borges, el último Aleixandre, el último Paz, Quasimodo, entre muchísimos otros que no podría mencionar ni siquiera de forma epidérmica-, sin embargo en Pacheco -como en el Borges más fallido y el que, curiosamente, más iba en contra de sus ideas poe´ticas- la nostalgia, la pasión, no es un fin en sí mismo, sino -mucho lo temo- un pretexto para una reflexión las más de las veces demasiado serena y poco vibrante. No apuesta nunca: es tan sensato como la razón y tan cobarde como ella. Su gusto por el discurso apocalíptico -un apocalipsis discreto: un silencio que va cubriendo la vida- también es fruto de una reflexión. Pareciera que toda aventura le está impedida de antemano, su sensatez le prohibe cualquier subida de tono. Los himnos le están vedados así como las elegías: los dioses le han dado la espalda y se contenta con negarlos y señalar el peor de los errores: el tiempo.

El tiempo, el tiempo: cuántos lamentos se han hecho en su nombre. Y sin embargo siempre pervivió la pasión, no la modesta máscara que se contenta con su relexión acerca del fin y unos cuantas anotaciones acerca de la máscara que todos somos.

Pacheco me parece un gran literato, pero un poeta muy menor. Un maestro que jamás se ha atrevido a ninguna aventura, un epígono cuya voz es ninguna parte y que al no atreverse a ser él mismo, pensando ser todos, ha terminado siendo ninguno. Y recibiendo honores al por mayor.
07 de Diciembre
Comentario de: César [Visitante]
Por cierto, Jorge del Campo. Pacheco y Paz (Paz sí me parece un gran poeta, con sus malas etapas, pero en fin, un grandioso poeta) no son los únicos mexicanos con el premio Cervantes. ¿Dónde dejaste a Carlos Fuentes y a Sergio Pitol?

Por otra parte, no entiendo ese frenesí nacionalista cada que un mexicano gana un premio. Digo, no hay nada en contra de los literatos mexicanos -muchos de ellos, quizá Pacheco incluido, con obras maravillosas-, pero de ahí a sentir que somos nuevos Niños héroes arrojándose del Castillos de Chapultepec hay mucha distancia.
07 de Diciembre

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