Por Anselmo Guiú, doctor en periodismo, exclusivo para El Minutario.
Pues sí, como puede verse a mis espaldas, dice aquí el reportero del New York Times Marc Lacey que “si se creara la categoría de país más obsesionado con los récords Guinness, lo ganaría México”. Nadie puede con nosotros.
Dice mi colega que en los últimos tiempos, México ha roto los siguientes récords:
1. Cantidad de personas que bailaron la canción “Thriller” de Michael Jackson y se agarraron los destos simultáneamente: 12,937, en México D.F.
2. Mayor cantidad de mariachis tocando “Cielito lindo”: 549, en Guadalajara.
3. Mayor número de modelos mostrando vestidos mientras caminaban por una pasarela: 81 modelos en una pasarela de 4,332 pies de largo.
4. La albóndiga más grande del mundo: 109 libras, en Cancún.
5. El pastel de queso más grande del mundo: 2 toneladas (sic), en México D.F.
6. Mayor cantidad de personas besándose al mismo tiempo en el día del amor o en la boca: 40 mil 231 personas, en México D.F.
7. Taco más grande del mundo: 1,654 libras y 46 metros de largo, en Mexicali.
8. Los pantalones más grandes del mundo: 18 metros de altura, en Almoloya (sic).
9. Mayor cantidad de piñatas reunidas: 504, en Hermosillo.
10. Torneo de futbol con más equipos del mundo: Copa Telmex, con 9000 equipos, nacional.
11. Familia más peluda del mundo: la familia de Larry y Danny Ramos Gómez, que padece hipertricosis congénita generalizada, por lo que sus integrantes están cubiertos de pelo en el 98 % de su cuerpo.
12. Persona que más tiempo ha pasado suspendida de unos ganchos clavados en la espalda: el artista del tatuaje Jorge Castro, 17 minutos, Culiacán.13. La torta más grande del mundo: 150 pies de largo, en México, D.F.
14. Cantidad de “toros bebés” (así dice) matados en una encerrona por un torero niño: 6 toros bebés matados por el niño Michelito. (La compañía Guinness se negó a registrar el récord, pues no acepta récords que impliquen matar o lastimar animales.)
Según el Sr. Lacey, el frenesí mexicano por romper récords “obedece a su deseo de lograr un estatus de clase mundial, y a la vez a la conciencia de que en muchos aspectos está aún lejos de conseguirlo.”
Seguiremos pendientes.

(Foto tomada del NYT. Guillermo Arias/AP)
El torero niño Michelito acercándole los destos a un toro-bebé, y mostrándole un viril puchero.
Te leeré mañana, aunque ya desde ahora sé que todo lo que digas, que es lo mismo de siempre, me importa un bledo.Los desafortuñados y sobre todo reiterados “comentarios” del señor Evenflo son, creo, buen indicio del alto valor que le concede a los bledos. Como buen mexicano, quizás intenta romper una marca: la de mayor número de intervenciones desprovistas de contenido relevante por post en El minutario. Aquí lo espero, para echarle porras: usted puede...
De récord
Julio Trujillo
Si la congregación de 23,000 ajedrecistas en el Zócalo para jugar unas simultáneas hubiera sido un hecho aislado, mi admiración no se hubiera convertido en perplejidad ante lo colosal. Qué potente nube de pensamiento abstracto se ha de haber formado ese día sobre nuestra plaza mayor; qué sutiles chilangos que dejaron pasar las horas concentrados en los ataques y defensas que se libran en el microcosmos del tablero (ese “severo ámbito en que se odian dos colores”, según escribió famosamente Borges). Pero ese pequeño y severo ámbito, ay, era sólo la excusa para conformar una cosota, un “macroevento”, y de paso romper algunos récords Guinness. Y así fue: ya podemos estar orgullosos de tener el récord de partidas jugadas a la vez e incluso el de mayor logotipo humano, pues los participantes formaron un gigantesco tablero que se podía ver muy bien desde un helicóptero. Y hay más: ese día, el ajedrecista Anatoli Karpov firmó tantos ejemplares de su biografía, que el pobre rompió otro récord con 1,851 libros firmados. Esto sucedió hace tres años, pero cuando se trata de romper récords no dejamos de ser noticia ni dos meses.
En The New York Times ya se dieron cuenta de nuestro macro-complejo. El lunes pasado, ese periódico publicó un reportaje titulado “¿Busca la albóndiga más grande del mundo? Vaya a México”, en donde se desmenuza, con apenas insinuada ironía, esa propensión de los mexicanos a aparecer en los titulares, si no por machos, sí por muchos. Les llamó poderosamente la atención que en la reciente coreografía pública de “Thriller”, la canción de Michael Jackson, se juntaran 13,000 personas a bailar en el Monumento a la Revolución. Tomemos en cuenta que la cifra más cercana a esos 13,000 fue de 700 personas en Barcelona, inocentes catalanes que ignoraban nuestra pulsión multitudinaria. El artículo, firmado por Mark Lacey, comienza así: “Si los Récords Guinness crean alguna vez la categoría de país más obsesionado con romper los récords Guinness, México seguramente será un contendiente”. La explicación oficial le tocó darla al Secretario de Turismo de la ciudad de México, Alejandro Rojas Díaz: “Esto nos posiciona como una gran ciudad en donde suceden grandes cosas”. En efecto, así nos posiciona: llevamos el adjetivo “gran” en los genes.
El artículo del Times comenta varios récords rotos este año en México (mayor congregación de mariachis –549–, pasarela más larga para un desfile de modelos –casi una milla–, albóndiga más grande –50 kilos–, pastel de queso más grande –2.5 metros de diámetro y 56 centímetros de altura) y los pone en un contexto que conocemos demasiado bien: el de la crisis económica, la violencia del narco y la influenza A/H1N1. Yo no tengo nada contra la idea de carcajearme ante la adversidad mientras construyo una hamburguesa descomunal, siempre y cuando también esté orgulloso de ser un buen productor de hamburguesas normalitas. Es en esa dirección en la que el articulista plantea el siguiente anticlímax: “México también rompió un récord de besos este año, cuando aproximadamente 40,000 personas juntaron sus labios en el Día de San Valentín, en el Zócalo de la ciudad de México. […] Unos meses después, el gobierno comenzó a disuadir a la gente de que se besara, por miedo a que se propagara la gripa porcina”. No establece una relación directa, pero deja que ambos datos descansen en el mismo párrafo… ¿Qué pandemia se habrá gestado el día en que casi 20,000 personas se encueraron ante la lente de Spencer Tunick? Obviamente ninguna, sólo se hizo patente, una vez más, nuestra vocación de enjambre, nuestro exhibicionismo en tropel que se transforma en postal, o en récord, o en premio (una gorra, un desayuno), o en el gusto por desaparecer, extáticos, entre la multitud. Sigmund Freud vinculó a la masa con el eros, y Elias Canetti escribió un libro para refutarlo, en el que vincula a la masa con el poder: en medio de ambos postulados caben veinte millones de chilangos.
A los habitantes de esta inabarcable megalópolis nos podría venir bien un baño de humildad. ¿No es un tic nuestro afirmar, sacando pecho, que vivimos en la ciudad más grande del mundo (hablo de toda la zona metropolitana)? Los 35 millones de habitantes del área urbana de Tokio tendrán algo que decir al respecto. Qué bueno que no ostentamos esa corona, aunque nos quedan los besos, la gran albóndiga y los fans de Michael Jackson, entre otras dudosas medallas. Estoy seguro que con los próximos festejos del bicentenario sabremos ser bombásticos y desmesurados y que armaremos unas mega-celebraciones. El libro Guinness nos espera.
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