El sábado pasado en Duisburgo, Alemania, 19 personas perdieron la vida y más de 500 resultaron heridas durante la celebración del último Love Parade de la historia. De los lesionados, 2 más habrían de engrosar la lista de los muertos días después. En total 13 mujeres y 8 hombres, entre 20 y 40 años, de los cuales 6 eran extranjeros, provenientes de Holanda, Australia, China, Italia y España.
La tragedia se desencadenó cuando frente a la entrada de la zona de la celebración (un túnel) se formó un congestionamiento debido al sobrecupo de visitantes. Algunas personas derribaron una valla de seguridad y trataron de acceder a la fiesta por una angosta escalera, aunque también puede ser que simplemente hayan tratado de escapar de la marabunta.
Aquí puede verse una imagen de los momentos anteriores a la tragedia:
La sociedad civil, más que preguntar, clama: ¿De quién fue la culpa?
Son seis los sospechosos. Hasta el momento ninguno confeso.
La comisión destinada a esclarecer el caso, definido como homicidio involuntario, calcula que le llevará semanas, si no meses, llegar a una conclusión.
He aquí una comparecencia ex tribunalis:
Los organizadores son los culpables.
Rainer Schaller, propietario de una exitosa cadena alemana de gimnasios, fue el organizador del evento. Las acusaciones son múltiples: haber contado con un cuerpo de seguridad demasiado exiguo y deficientemente calificado; haber programado un evento en el que se esperaba a más de un millón de visitantes en un área –según el permiso oficial– con cupo para 250 000 personas; realizarlo en un lugar con una única zona de acceso, a través de un túnel.
Las autoridades son las culpables.
Adolf Sauerland, primer alcalde de Duisburgo, fue quien, en contra de todas las críticas por parte de los cuerpos policíacos y de bomberos, aprobó el concepto de Schaller, con lo cual, automáticamente, se convertiría en cómplice presunto del primero.
La policía es la culpable.
Tal es la afirmación de Sauerland y Schaller. Debido a su error, se dejó pasar a la masa de technofans cuando el área ya estaba llena y el acceso de entrada a ella estaba cerrado. Por esa razón, aseguran, en la zona de acceso al túnel se formó un aglomeramiento incapaz de fluir, lo cual condujo a la tragedia.
El experto es el culpable.
Michael Schreckenberg, uno de los pioneros en la investigación del congestionamiento de masas, aprobó el proyecto. Después diría que la organización era óptima, pero que es imposible predecir lo que harían los individuos, sin contar con los niveles de alcohol, ni mucho menos de drogas.
La masa es la culpable.
Eva Herman, conocida periodista alemana, declaró, para indignación de todos, que la culpa es de quienes asistieron al evento, los borrachos, los drogados, los desenfrenados, los que pisotearon y asfixiaron a las víctimas.
El culpable fue el primero.
De acuerdo a la investigación del comportamiento de masas, el desencadente debió de ser la primera persona que convirtió una situación cerrada (donde la masa deja de fluir porque no hay salida) en un cuello de botella (donde se abre una esclusa demasiado estrecha, que le permite a la masa seguir fluyendo). Es decir, el primero que trepó por la escalera, saltándose la valla.
Lo único cierto es que las 21 víctimas de Duisburgo, que se suman a las casi 3,000 en lo que va del siglo (en estadios, peregrinaciones y discotecas), murieron bajo la presión, en el sentido físico, de una estampida humana. Fueron los de la primera fila.
Los de la segunda, algunos presas del pánico, otros oponiendo resistencia, fueron los que los asfixiaron y pisotearon, empujados por los de la tercera y cuarta fila, ignorantes de las consecuencias de su proceder. Aquí, los asesinos reales son inocentes, mientras que los inocentes son asesinos.
- Salomón Derreza

¿Tiene o no tiene que recibir Isabel Allende el Premio Nacional de Literatura? La pregunta ha tenido en vilo a la mayor parte del mundo cultural chileno estos últimos meses. La escritora más leída de la lengua ha recibido reconocimientos en el mundo entero menos en su país; un número infinito de parlamentarios y ex presidentes se han encargado de recordarnos esto y han firmado varias cartas de apoyo a su candidatura. Isabel Allende fomenta la lectura; Isabel Allende exporta el nombre de Chile; sería una mezquindad negarle el premio justo en el año en que el país celebra sus doscientos años de independencia. Para otros ese es justamente el pecado de Isabel Allende: escribir en una prosa olvidable sobre un Chile turístico y maniqueo que no recoge la complejidad de los conflictos, las voces, las ideas que circulan en el país. Más que querer dar prestigio al premio vistiéndolo de la fama de nuestra escritora más traducida, el premio debería –piensan estos– hacer visible la obra de autores menos conocidos y más difíciles, como Germán Marin o Diamela Eltit, pero que la crítica y los colegas llevan años reconociendo.
Subyace al fondo de ese debate chileno uno más universal. ¿Qué hace Arturo Pérez Reverte en la Real Academia de la Lengua? ¿Qué hace Roberto Ampuero enseñando escritura creativa en Iowa? ¿Por qué Parra no gana el príncipe de Asturias y Darío Fo ganó el Nobel? ¿Por qué el premio Planeta invariablemente premia el peor libro de buenos autores y por qué se sabe quién va a ser el ganador antes de que el jurado se reúna? ¿Quién y cómo administra el prestigio en nuestra lengua? ¿Cuánto deben influir las cifras de ventas en la administración de ese prestigio? ¿Es preferible que Harold Bloom establezca el canon o que lo haga, como de hecho sucede en Hispanoamérica, Willie Schavelzon?
Preguntas manoseadas que a mí me llevan a otras menos socorridas pero igualmente intrigantes: ¿Por qué los escritores de éxito buscan con desesperación el prestigio de los premios y los títulos honoris causa? ¿Hubiese sido posible candidatear a Corin Tellado al premio Cervantes con el mismo exito con que se candidatea a Isabel Allende? Isabel Allende no es Corin Tellado y es quizá lo más sospechoso que tiene. No puedo sentirme más lejos de los que creen en una literatura pura, tan pura que no hay ni que leerla para no mancharla. Amo la otra, la impura, la manoseada, la manoseable literatura que se lee en la micro. Es a ella a la que siento que hay que defender justamente de los profesores que en sus años sabáticos escriben best sellers. El que lee Corin Tellado sabe qué esta leyendo, y lo haga con culpa o sin ella, lo hace por el puro placer de una trama que espera y conoce de antemano. Para ese lector escribían Shakespeare y Dickens. La gran novela popular no subvierte las reglas del género sino que las revisita con genio. El genio de Simenon y Stephen King que sólo hacen mucho mejor, de una manera única, lo que una legión de escritores de portadas de colores chillones repiten con menos brillo.
Cuando el profesor Tolkien se puso a escribir sus novelas, Oxford perdió a un sagaz profesor de literatura medieval. Ganó un escritor de best seller que tuvo siempre la triste pretensión de querer ser algo más que eso (profeta, inventor de lengua, creador de un universo paralelo). El profesor hizo lo que los profesores saben hacer: construyó una Edad Media de laboratorio, que es también lo que hizo Umberto Eco en El nombre de la rosa. La semiótica en ese caso perdió menos que la novela popular, envenenada desde entonces de voluminosos mamotretos llenos de conspiraciones históricas, de mensajes secretos y personajes de cartón piedra. Novelas que no tienen ni de cerca la frescura de Ian Fleming, Boileau-Narjac, Jim Thompson o hasta Harold Robbins.
Mil veces el Cervantes de turno ha extraído del fondo de las novelas más baratas la substancia única que nadie vio antes, el acento vivo que la academia quería apagar. ¿Con qué podría Cervantes volver loco a un Quijote actual? ¿Con una secta que no existió del siglo XIII, con los símbolos masónicos de los billetes de un dólar? ¿No se explica la seriedad excesiva de nuestra literatura seria en la falta de una literatura popular viva de la cual alimentarse?
El realismo mágico, el feminismo, la novela de ideas, la metaliteratura, Venecia, las universidades, el medievo: no son los temas ni los géneros de la novela popular lo que alimenta las obras de nuestros best sellers, sino las preocupaciones y sueños de una clase media alta latinoamericana que en el fondo se cansó de no poder ser todo lo cursi que es. Isabel Allende, Marcela Serrano, Jorge Volpi, Juan Manuel De Prada o Luis Sepúlveda, un García Márquez, un Hemingway, un Bolaño, o un Vila Matas para millones, una parodia de la literatura más prestigiosa, una versión más digerible de ella, una manera de ahorrarle al lector la complejidad de la alta cultura sin sentirse del todo fuera de ella. En la confusión de género que nos proponen y ofrecen las agencias literarias y grandes editoriales pierden los dos lados, la literatura canónica que no encuentra carne fresca y popular con que alimentarse y la literatura popular que adopta las poses, las preocupaciones, las formalidades de la universidad, el ministerio, las ONGs. Orgía llena de reglas, la novela de best seller se ha convertido en una fiesta de dentistas, donde todo es muy serio, muy ecológico, muy higiénico, muy globalizado pero al mismo tiempo muy consciente siempre de los peligros de la globalización.
Lo peor de la literatura de Isabel Allende es justamente lo más premiable de ella, lo que la hace profundamente parecida a las más prestigiosas Ángeles Mastretta o Laura Restrepo. Premiarla a ella no es premiar la victoria del best seller, sino el imperio que ejerce sobre él lo políticamente correcto. Lo peor de la Isabel Allende no es la cursilería en que cae a veces su prosa sino su visión del mundo profundamente puritana y esperable que no se diferencia en nada de muchos de los más exquisitos miembros del club Anagrama o Tusquets. Lo terrible no es lo popular, lo terrible es lo común. El mal gusto no sólo es perdonable, sino incluso sano, atendible, necesario; lo que es finalmente imperdonable es la banalidad.
- Rafael Gumucio

(Imagen tomada de aquí)
Hace unos días me topé con un amigo que fue, en su tiempo, un notable futbolista profesional. De inmediato le pedí su opinión sobre el equipo de Aguirre. Para mi sorpresa, lo primero que hizo fue exculpar al técnico. A diferencia de 2002, me dijo, Aguirre tuvo que lidiar no con un responsable general del equipo —Alejandro Burillo, en aquel ya lejano Mundial oriental—, sino con varias cabezas que le exigían no sólo resultados deportivos sino devoción absoluta con los patrocinadores (en México nos encantan los excesos). Parece ser que, tal y como se ha sospechado, la agenda estaba mucho más llena de fechas de filmación que de horas de trabajo en la cancha. Pero ese no fue el único factor que contribuyó al mediocre desempeño del equipo en Sudáfrica. Me dicen que a Aguirre le sorprendió el calibre de arrogancia de muchos jugadores. Para colmo, a diferencia de otros, el talento real de los seleccionados mexicanos jamás estuvo a la altura de su pedantería. Así, con un equipo de divas manoseadas y sobreexplotadas comercialmente, el destino del equipo no podía ser otro.
Para nuestra suerte, el propio deporte nos ha ofrecido un ejemplo de un trayecto completamente opuesto con logros, naturalmente, muy distintos: la joven selección femenil. Los resultados que el equipo ha obtenido en el Mundial de su categoría no son obra de la casualidad. A diferencia de los equipos varoniles, las mujeres cargan con la indiferencia de los grandes intereses de la industria futbolera y, en parte, de la afición. Lo segundo es una pena; lo primero, una bendición. Sin los patrocinadores mordisqueándoles los tobillos y el relativo abandono de los directivos, los responsables de los equipos femeniles han trabajado en paz al menos durante una década. Esta selección sub 20 que tantas alegrías ha dado tiene un par de años jugando a lo mismo, con las mismas y con el mismo objetivo. ¿A alguien realmente le sorprende que hayan dado un Mundial notable?
Pero hay otra variable que debería convertirse, desde hoy, en una prioridad para la estructura deportiva mexicana. El hombre responsable del futbol femenil en México se llama Leonardo Cuéllar. Cuéllar, al que seguramente muchos habrán tachado de loco cuando decidió concentrarse en el futbol femenil, tiene años buscando talento en México y Estados Unidos. Con la paciencia de Job, el técnico y los suyos han peinado preparatorias y universidades que tienen programas de futbol para encontrar a las chicas con potencial. Hallaron una mina de oro. Veamos sólo un caso, el de Alina García-Méndez, la elegante defensa que metió un gol de antología para enviar a su equipo a la segunda ronda del Mundial. Alina es hija de un mexicano y una estadunidense. Desde chica jugó futbol escolar. Después se benefició del notable sistema de competencia deportiva del estado de Texas. Brilló con su preparatoria, de donde fue reclutada por la universidad de Stanford. Ahí, Alina es titular indiscutible: estudia para jugar y juega para estudiar. Al final se convertirá en una profesionista integral; quiere, creo, ser doctora. Insisto: ¿a alguien realmente le sorprende que haya dado un Mundial notable?
La lección para el futbol varonil es evidente: el respeto a un proyecto a largo plazo debe ir acompañado, de manera urgente, por un renovado sistema de incentivos y reclutamiento en preparatorias y universidades. No es casualidad que la estructura colegial estadunidense sea la que nutra a todos los deportes profesionales de aquel exitoso país. Cuando un Leonardo Cuéllar sea el responsable del equipo de varones (y su trabajo se le respete por años) y cuando las preparatorias nacionales produzcan racimos de jugadoras como Alina García-Méndez, los hombres mexicanos podrán soñar con la copa. No hay más.
Por cierto, un apunte crucial: ni mi amigo pudo explicarme la alineación de Adolfo Bautista contra Argentina.
- León Krauze

Este año de 2010, todos lo sabemos, tiene una doble significación: coinciden el bicentenario del inicio de la Guerra de Independencia y el centenario del comienzo de la Revolución. Pero en el ambiente flota una duda legítima: ¿debemos festejar, celebrar o únicamente conmemorar? Las tres son voces latinas. Festejar, la más pagana de las tres, es celebrar por todo lo alto, con vino y música, como hacían los romanos con sus Césares. Celebrar tiene en el origen una acepción religiosa, por ejemplo en la misa: es un acto más bien solemne y público de reverencia o veneración. En cambio, conmemorar supone una acción modesta, casi neutra: es el simple acto de recordación.
Hace exactamente cien años, Porfirio Díaz no tuvo necesidad de consultar el diccionario: sus partidarios conmemoraron, celebraron, festejaron, todo al mismo tiempo. México cumplía cien años, Porfirio ochenta, y en homenaje a ambas biografías entreveradas el régimen decidió echar la casa por la ventana invitando a embajadores y enviados plenipotenciarios de más de una veintena de países para dar cuenta del progreso, el orden y la paz alcanzados por un país que, durante la primera mitad del siglo XIX, había sido el penoso teatro de pronunciamientos, guerras y revoluciones. En septiembre de 1910, la ciudad capital y las de provincia fueron escenario ininterrumpido de discursos, develaciones, comidas, inauguraciones de obras públicas, desfiles, veladas, conferencias, conciertos, congresos, concursos. Nadie faltó a la cita: España devolvió las prendas de Morelos; China y el Imperio Turco Otomano regalaron relojes que milagrosamente se preservan; Alemania develó una estatua de Humboldt, y el enviado de Estados Unidos celebró en Díaz al "héroe de la Paz". Se vivía la Belle Époque. Fue la apoteosis.
Sabemos lo que pasó poco después. Los fuegos de artificio de las Fiestas del Centenario dieron paso a los fuegos de metralla de la Revolución Mexicana, fuegos que no se apagaron definitivamente sino hasta veinte años más tarde. Ha transcurrido un siglo. Nuestro tiempo tiene algunos aspectos positivos pero nadie se atrevería a calificarlo como una Belle Époque. Y es tal el cúmulo de problemas antiguos y nuevos (la pobreza, la desigualdad, la criminalidad, el tráfico de drogas, el deterioro ambiental) que celebrar o festejar se antoja casi inmoral. En su fatalismo, algunos en México han esperado que en 2010 ocurra -como cada cien años- una nueva revolución. Seguramente no ocurrirá. La historia no obedece a ningún libreto.
Pero el hecho es claro: no hay apoteosis posible en 2010. ¿Debemos lamentarlo? Por el contrario. Hemos perdido la unanimidad pero hemos ganado la pluralidad, y la pluralidad es más propia de la democracia. Por eso no habrá un solo Bicentenario: habrá muchos Bicentenarios.
En el marco de esa pluralidad, el Gobierno Federal tiene la enorme responsabilidad de encontrar (¡a estas alturas!) el perfil y el tono adecuados para las fiestas que organice. La comunicación hasta ahora ha sido desastrosa. Si bien se han tomado iniciativas meritorias que la crítica interesada nunca reconocerá (varias exposiciones, programas audiovisuales, reparto masivo de libros, digitalización de obras importantes, acopio de "historias de familia", etc.), aun éstas se han comunicado muy mal. Y al mismo tiempo se ha incurrido en torpezas, fruto de la impreparación y la improvisación. Un error que me parece evidente es el contenido general de varios instrumentos de divulgación histórica (cursos, cápsulas, carteles, etc...). Confunden la biografía con el culto trillado, sentimental y anecdótico de "los héroes". No concuerdan siquiera con los libros de texto actuales. Y tampoco concuerdan con el sentido del lema que invita a conmemorar lo construido en dos siglos, no sólo lo acontecido en dos fechas.
Desde 2007 sugerí que la conmemoración se dividiera en dos: obras perdurables en torno a la Independencia, discusiones abiertas y plurales en torno a la Revolución. "Discutamos México" ha logrado lo segundo. Pero no veo (y creo que el público tampoco ve) dónde está la obra que va a quedar para las generaciones. Es necesario que el gobierno explique, sobre todo en la radio y la televisión, lo que se ha hecho, lo que se hará y dejará de hacer. Y abrirse a la crítica. Exactamente lo mismo cabe pedirle al Gobierno del D.F., a los gobiernos de los estados y a las instituciones académicas.
Más allá de las obras y las discusiones (que deberían ser lo central), persiste la duda: ¿festejar, celebrar, conmemorar? Yo me inclino por el justo medio: celebrar, sí, pero con medida. Los carros alegóricos son una tradición, serán muy vistosos y aplaudidos. Y varios espectáculos que han probado su eficacia merecen también formar parte de los festejos del 15 y 16. Pero sería un error tirar la casa por la ventana en montajes muy costosos que durarán dos días, más aún si tienen como escenario único la capital.
Con esas salvedades, las cosas, a fin de cuentas, pueden salir razonablemente bien. A pesar del desánimo nacional, tendremos una oferta plural de visiones de la historia, guardaremos alguna obra perdurable, daremos una vez más el Grito, veremos el desfile y por un momento fugaz sabremos lo que significa ese valor tan escaso y tan preciado en estos tiempos: la fraternidad.
- Enrique Krauze

Varias cajas de seguridad en las que supuestamente se encuentran escritos de Kafka están atrapadas en medio de un proceso legal aparentemente interminable. Tanto que los medios han insistido en que los manuscritos han entrado en una situación kafkiana.
El gran maestro y campeón mundial de ajedrez Vishwanathan Anand concedió una entrevista a la revista Forbes en su edición para la India.
Con el regreso de la serie Mad Men a las pantallas de televisión se ha renovado el interés por escarbar entre los productos culturales de los años cincuenta. En esta ocasión, Slate rescata los ranchos para divorciadas.
En el blog del divulgador de la ciencia, Jonah Lehrer, un comentario sobre el LSD.
En Revista Ñ publican una entrevista a Edgar Morin. También en el sitio, un breve recuerdo de Manuel Puig
A propósito del legendario Tour de France, cuatro ciclistas se propusieron recorrer una de las etapas que se corrían hace cien años y que se dejó de correr por considerarse demasiado demandante. Filmaron este video que documenta el acontecimiento.
Una reseña sobre un libro que analiza el movimiento pro derechos de los animales. Y, después del Pulpo Paul, un necesario artículo sobre los cefalópodos en Seed Magazine.
- La redacción
