Balón al árbitro:
Esto, caro güey, se acaba. Pero, pasado ya el final de la final, ¿podrías, tú que todo lo sabes, desvelarme el misterio que me ha acosado durante un mes entero? Necesito saber qué es lo que hay en el techo de los estadios del Mundial: por qué nueve de cada diez estrellas, cuando hacen un gol, cuando les hacen un gol, cuando imaginan que podrían hacer un gol, cuando piensan que podrían sufrirlo, cuando recuerdan a su prima Sisebuta, miran hacia arriba. Hay algo que la televisión no muestra, e importa descubrirlo. ¿Ya se lo habrán llevado? ¿Estará oculto en gélida bóveda helveta? ¿Habrá quedado planeando por ahí, cual nube boer? Alguna vez sabremos, y seremos otros.
Todo nos une, mi estimado. Compartimos afición, ocupación, generación, un continente incontinente, un padre español, una madre psicoanalista, una mujer Margarita, un hijo Juan, engaños, desengaños, la busca interminable de una frase, y hasta recuerdo una vez, en el aeropuerto de Bogotá, cuando me dio un ataque de risa porque ví que llevábamos, en nuestras maletas respectivas, la misma etiqueta de plástico que nos habían dado en un hotel de Cartagena varios años antes. Todo nos une, salvo que a mí me gustó mucho ver jugar a este equipo de España.
Es cierto que no tiene estrellas, y que Iniesta –que es todo lo contrario de una– se ha convertido en su estrella accidental, su enana blanca, porque sólo hace un gol cuando realmente no queda más remedio. Es cierto que tiene una defensa invicta y sin embargo su figura siempre es el arquero. Es cierto que ha salido campeón con una sucesión de 1 a 0 que el Getafe firmaría. Es cierto que gana todos por puntos y ni uno por nocáut, pero es que si además de jugar lo que juega metiera más goles sería un equipo perfecto –sería el Barcelona. Y ya queda dicho que en el imperio del fútbol de mercado ninguna selección puede ser mejor que tres o cuatro empresas futbolísticas ítalobritohispanogermanas.
Así que me quedé contento de que haya ganado un equipo de fútbol –una expresión banalizada donde la palabra equipo y la palabra fútbol no suelen significar gran cosa. Este torneo se recordará como el Mundial del Pulpo Paul: un animal que, a primera vista, está mejor dotado que nadie para jugar al fútbol, pero pásale una pelota y ya me cuentas. Así, este campeonato tan especializado en parecer. Pero se terminó, y es el momento en que los comentaristas descollan o incluso descuellan en estirar el chicle ya muy mascado con rankings y ratings y raftings por las aguas turbulentas de la clasificación –que, pasado ya Jorge Luis Barthes, deberían tomarse con más sorna. Yo voy a contribuir con una sola muestra que sirva de botón: lo he pensado mucho, y he llegado a la conclusión de que la mejor jugada del Mundial fue el penal picado por el venerable abuelo Abreu.
Era el momento decisivo: el último tiro de una serie, el que podía definirla y darle al Uruguay su mejor posición en medio siglo. Cualquiera hubiera hecho la ortodoxa: fuerte, media altura, si posible esquinado –y, de últimas, si el arquero se la para nadie le echaría culpas graves, mala leche. En cambio picarla es puro despilfarro: si sale bien es un gran chiste, carcajada del Guasón; si sale mal es la crucifixión sin tercer día, el fin sin revancha posible. Abreu se mandó porque tenía ganas de joder, de ser el que se jugó la vida a un cuatro de copas y ganó, de romper con la lógica de la producción, de cagarse en la tapa del piano. Algo así, supongo, es el arte.
Me imagino cómo estarán los españoles. Los envidio alguito, pero admiro a unos pocos: la prorróga del partido de ayer fue lo más visto en la historia de la televisión española, con 90,3 % de cuota de pantalla, más de 16 millones de personas. Lo cual significa que, pese a todo, mientras tanto, el 9,7 % de los televidentes miraban otra cosa: quedan esperanzas.
Estos días recordé con frecuencia el final –argentino– del Mundial 2006. Alemania acababa de acertar el último penal; en casa, frente al televisor, siete u ocho nos mirábamos cariacontecidos, y mi hijo se levantó sin sombra de tristeza y dijo bah, yo soy de Boca. El Mundial es una amante, una locura de verano, una de esas historias que te hacen pensar que si la vida fuera así sería maravillosa y que ojalá no sea. Consigue que la salvajería feliz no dure noventa minutos sino treinta días; no es poco, y es casi demasiado. Uno de los grandes méritos del Mundial es que, a diferencia de casi todo lo demás, acaba cuando debe.
Así que será hasta la próxima. Fue un gusto –realmente un gusto– esperar y leer tus cartas, tratar de contestarte con las mías. Para ser feliz sólo me faltó encontrar el modo de calzar aquella frase de Jean-Luc Godard –¿no debería escribirse Godart?– que me crucé cuando salía de casa y me atacaba todo el tiempo. Ahora, ya sin aliento, la voy a incluir à la Godard, sin más excusas. ¿Recuerdas cuando dijo que “una película debería tener un principio, un medio y un final, aunque no necesariamente en ese orden”? ¿No te da, a veces, caro güey, un restito de envidia aquella época en que escribir era romper con todo, y el fútbol no importaba un jopo?
- Martín Caparrós

Pase a Caparrós:
Tienes toda la razón: el Uruguay-Alemania fue lo que yo anhelaba, un partido con volteretas y jugadas a la altura de mi nerviosismo. Una emoción sin tregua. La última jugada fue un tiro de Forlán al travesaño, que podría haber significado el empate. El 3-2 suele ser el marcador ideal de los Mundiales. Aunque ganó Alemania, le concedo especial mérito a Uruguay, que protagonizó otros dos juegos épicos, contra Ghana y contra Holanda.
Por desgracia, el portero Muslera escupió una pelota en el primer gol de Alemania y salió en falso en el segundo. Es excelente, pero ofreció excesivas facilidades a la industria alemana.
Joachim Löw no alineó a Klose, Podolski, Neuer y Lahm. Los más jóvenes de los más jóvenes estaban en el campo. Alemania tiene baterías para el próximo Mundial.
¿Y qué decir de la final? Pocas veces se ha visto un juego más desaliñado. Aquello fue la batalla de Flandes. Para impartir justicia en ese campo de cuchilleros se necesitaban los trabajos combinados de Amnistía Internacional y Human Rights Watch.
España tenía el compromiso histórico de demostrar que ha asimilado la lección de Cruyff mejor que Holanda y Holanda debía confirmar su jerarquía de llamar por tercera vez a la puerta de la gloria. Nada de eso sucedió. Si dejabas de ver un minuto el partido, sólo te perdías de una patada.
Una vez más España triunfó por la mínima diferencia, demostrando que prepara las jugadas como el Barcelona, pero las resuelve como el Getafe. Eso le bastó para ser campeón. Sin gran lucimiento en los campos africanos, mereció el título. Cada uno de sus triunfos fue tan inobjetable como poco brillante.
Y, pese a todo, resulta imposible no emocionarse con el inmenso Iker Casillas levantando una copa que merece como nadie. El capitán de España es el jugador más efectivo de las ligas europeas, el que más puntos ha dado a su equipo (si sus salvadas se computan como goles enemigos). Y ahí están los barcelonistas, egresados de la mejor escuela del futbol mundial. Iniesta anotó un gol mágico, como el que le metió al Chelsea en el minuto 90 para pasar a la final de la Champions en 2009.
Esa extraordinaria generación de futbolistas nos ha llenado de alegría en otros juegos y era digna de triunfar. Es una lástima que su alegría provenga de un partido horrible, pero no siempre la emoción está a la altura de la realidad.
Aunque insistió en fracturar a más de un contrario, Holanda tuvo dos gestos de nobleza en el partido. Después de una falta, los holandeses trataron de devolverle la pelota a España, el Jabulani dio un salto de los suyos y Casillas tuvo que despejar a córner. Van Persie no cobró la falta, sino que le devolvió la pelota a quien le correspondía. Después de la derrota, los holandeses tuvieron otro gesto: hacer un pasillo de honor para los triunfadores. Los piratas tienen sentido del honor.
Con estas líneas termino mi correspondencia. Este Mundial falló en la cancha y triunfó en las tribunas. Fue más grande en la expectación que en los hechos, prueba empírica de que el juego sucede dos veces, en la mente y en el césped. Esta vez la imaginación superó al marcador.
Lo mejor, para mí, fue saber que el juego se comparte. Cada lance fue un motivo de conversación con el amigo que recorrió África, cayó enfermo de malaria y regresó a la Argentina donde los resultados nunca modificarán la estatura mítica de Maradona.
¿Recuerdas la película de Alain Taner, El retorno de África? Un par de suizos que desean ir lejos se encierran a planear un viaje al continente del origen. Se compenetran tanto con el tema que al salir de su cuarto sienten que ya fueron a África. Algo similar le sucedió a este sedentario; en buena medida, por que tú viajaste por mí.
Que la vida siga y el Mundial regrese: nos vemos en Brasil.
- Juan Villoro

Cortada a Villoro:
Hoy, aquí, caro güey, fue un día curioso: muchos deseábamos que sucediera algo que después, si sucedía, lamentaríamos una pizca. Las relaciones familiares son confusas: todos queremos que el primo Alfredo apruebe ese último examen; a todos nos duele que él sí sea doctor. Los argentinos queríamos, por supuesto, que ganara Uruguay.
Tú lo pediste ayer y los dioses del fútbol, de puro aburridos, decidieron complacerte: “un 3 a 2 con empate de calambre y voltereta final”. Aquí calambres se presumían bastantes, y la voltereta final fue ese último tiro de Forlán en el travesaño –que le pidió a Uruguay lo que Uruguay le quedaba debiendo desde Ghana. El partido, es cierto, fue lluvioso. Tenìa que serlo: ni Alemania ni Uruguay juegan al fútbol. Alemania lo trabaja, Uruguay lo lucha. La paga de hoy, parece, no estaba a la altura de la Siemens, así que der Arbeiter se tomaron el sábado. Para los charrúas, en cambio, ese tercer puesto que todos miran con desdén era más premio que el cuarto y lo intentaron. Era curioso ver ese choque de –tan distintos– poderes: unos que se desgañitaban para conseguir algo que los otros casi no querían pero terminaron consiguiendo porque los uruguayos le debían a su melancolía constitutiva un arquero mariposa y un pelotazo en pleno palo, el mito de la derrota con esfuerzo.
Uruguay se llevó, de todos modos, el mejor puesto sudamericano. Que consiguiera salir cuarto del mundo ganando tres partidos –México, Sudáfrica, Corea–, empatando dos –Francia y Ghana– y perdiendo los dos serios es otra muestra de que nada es absoluto –y menos un Mundial. Igual, más allá de pavadas, te confieso que grité sus goles, y que me gusta mucho que vuelvan al ruedo: son un gran valor, un clásico de lo que cierta derecha llama fútbol de derecha.
–La filosofía del fútbol es un invento argentino.
Me dijo, hace años, el español Manuel Vázquez Montalbán, cronista enorme, cuyo nombre tú tienes, si no recuerdo mal, grabado en algún premio. Y después descubrí que lo había escrito en un artículo donde citaba a Valdano, Menotti, Cappa, Galeano, y decía que “estos teóricos han intentado incluso definir lo que es un fútbol de izquierda y un fútbol de derechas. Si les creemos, esta distinción existe y es bien bonita. Así, Jorge Valdano afirma que ‘el fútbol creativo es de izquierdas, mientras que el fútbol de pura fuerza, marrullero y brutal es de derechas’”. Según esa definición perfectamente dandy, el fútbol uruguayo es la quintaesencia del fascio pelotero. O, dicho de otro modo: en el fútbol de mercado global pueden practicar el fútbol de izquierdas según Jorge Valdano los que tienen –como él– dinero suficiente para comprar los jugadores más brishosos, y están condenado al de derechas los que deben yugarla con lo que hay. A los países les pasaría lo mismo: pueden jugar de izquierdas los Brasiles o Argentinas o Españas que producen virtuosos, y los demás a marchar sobre Roma con las camisas negras. Una vez más, los ricos son de izquierda, los pobres de derecha –como sucede, para nuestra desgracia y la de ellos, demasiado.
Nos estamos yendo. Mañana a esta hora todo se habrá terminado una vez más. Una de las cosas que no me gustan del fútbol es que, en su mundo, las incertidumbres duran demasiado poco. Cuentan que a Chou Enlai, jerarca comunista y chino, le preguntaron en 1965 qué opinaba de la revolución francesa de 1789.
–Todavía es muy pronto para saber.
Dicen que dijo.
- Martín Caparrós

Pase a Caparrós:
¡Con tantas oportunidades que tienes de enfermarte en nuestro tercer mundo buscaste la malaria más lejana! Eso es cosmopolitismo. Celebro que ya estés en pie de guerra, rijoso como de costumbre y admirando a Del Bosque, entrenador antiglamour, al que vi jugar con Real Madrid en el Santiago Bernabéu, imagínate nomás. El tiempo corre más que los coreanos y el hombre que hoy nos parece un venerable bebedor de orujo, afecto al “yoga español” (puro, siesta y pañuelo con Heno de Pravia untado en la nuca), fue para mí un atleta con pinta de mosquetero.
Florentino Pérez lo despidió del Real Madrid porque desentonaba con los Galácticos de gel en el pelo. Hoy, el hombre sensato tiene su venganza, pero como además es un hombre bueno, la vive como un triunfo del trabajo.
Ayer asistí al reestreno de Egmont, obra de Goethe que traduje para la Compañía Nacional de Teatro. La trama se ocupa de la insurrección de los Países Bajos ante el yugo imperial de Felipe II. Se montó para conmemorar el bicentenario de nuestra Independencia, pero en realidad anticipó la final entre Holanda y España. En la función de anoche, los diálogos se cargaron de una tensión de vestidor: el Duque de Alba hablaba como Del Bosque y Guillermo de Orange como Van Marwik. Nuestro común amigo Ricardo Cayuela considera que los rencores duran más de lo previsto y está seguro de que los holandeses tratarán de vengarse de lo pasó en el siglo XVI. Cuando canten su himno, “Het Wilhelm”, no llegarán a la décima estrofa que habla de la villanía española y la violaciones cometidas en nombre de Felipe II (quien tasó la cabeza de Guillermo de Orange en 25 mil coronas), pero el color de su camiseta alude a esa gesta. La final será inédita en el césped, pero no en el campo de batalla.
Otra curiosidad histórica es que el apartheid fue un invento de los afrikaners, descendientes de holandeses. De rebote, el Mundial del arco iris ha traído alegría a la población blanca de Sudáfrica, nostálgica de las alambradas de la segregación. Esta amarga paradoja no tiene que ver con la política de los Países Bajos sino con las carambolas de la Historia, esa indecisa señora.
Pero la influencia más profunda no está en el público sino en el corazón del adversario. España es, en lo fundamental, el Barcelona, cuya escuela de futbol proviene del Dream Team de Johann Cruyff. Ningún otro equipo le debe tanto a la Casa de Orange. Dos de los contendientes del domingo (Van Bronkhorst y Van Brommel) jugaron en el Barça (por no hablar de Koeman –que decidió la final de la Champions en Wembley-, Neeskens, Cocu, Kluivert, De Boer y el propio Cruyff). Tanto la Masía, principal vivero del futbol mundial, como el Barça de Guardiola participan de las rotaciones en medio campo y la técnica de jugar al “tercer pase” que perfeccionó el maestro Rinus Michels. En cualquier potrero (y en algún blog) es posible tirar paredes. Esta jugada cambia con la devolución, cuando el tercero cobra un rumbo inesperado. El invento sólo podía surgir de un país obsesionado con ganarle terreno al mar. Así juega España.
El equipo de Del Bosque no me aburre (¡no es el Estudiantes de la Plata de Oswaldo Zubeldía!): me aburrió contra Alemania y no ha dado partidazos en el Mundial. Esto también depende de sus rivales: se necesitan dos para bailar como argentino.
No hemos visto un 3-2 con empate de calambre y voltereta final. España se apodera del balón como si cada toque diera un descuento en El Corte Inglés, pero ha carecido de locura goleadora. Espero que el domingo estrene épica.
Sudáfrica 2010 fue mejor en las tribunas que en las canchas. Vimos un Mundial de capitulaciones. Al saberse perdidos, casi todos los equipos se desmayaron en brazos de sus rivales, con resignada técnica de Dama de las Camelias. No pensaban en igualar sino en irse al vestidor a tomar las sales. Ghana, Uruguay y Estados Unidos fueron las excepciones que lucharon hasta el fin.
Hay ciclos de bostezos en el futbol. Para mí, Italia '90 fue el sótano del tedio. Estados Unidos '94 y Corea y Japón '02 tampoco fueron la gran cosa. Sudáfrica anda por ahí.
¿Recuerdas los partidazos de España '82: Italia-Argentina, Italia-Brasil, Italia-Alemania, Alemania-Francia? Nada semejante sucedió en la estepa africana. A este Mundial le faltó un guionista. No es casual que su mejor intérprete haya sido un pulpo alemán.
Pero no hay que quejarse demasiado porque el aburrimiento es parte esencial del futbol. Sólo quien ha visto pésimos partidos entiende la importancia del taconazo mágico que Xavi Hernández le dio a Villa para el gol contra Portugal.
Nos faltaron milagros. Eso nos autoriza a seguirlos esperando.
- Juan Villoro

Rabona a Villoro:
Sigo internado, caro güey, pero mucho mejor. Mi Margarita dice que tanto la voy de exótico que no puedo conseguirme una úlcera o un orzuelo o una viruela boba, como todo el mundo, y tengo que aparecerme con malaria–y ni siquiera me entiende cuando le explico que todo es culpa tuya. Así que ahora me siento como esa paciente de Doctor House –no sabes lo raro que fue ver, anoche, aquí, un episodio– que, doliente, consultaba a los lectores de su blog sobre el curso de su tratamiento: una auténtica enferma. Pero es cierto que este torneo nos ha dejado de hospital. Sería fácil decir que es un Mundial enfermo o enfermante; digamos lo que digamos, ha sido uno bastante pobretón.
En mi semidelirio, leía a Desmond Morris: “Existen 193 especies vivas de monos y simios. Entre ellas, 192 están cubiertas de pelo. La excepción es un simio desnudo que se llama a sí mismo Homo sapiens. (...) Está orgulloso de tener el mayor cerebro entre los primates, pero trata de esconder el hecho de que tiene también el mayor pene, prefiriendo acordar este honor, falsamente, al poderoso gorila”, dice, en el principio de El Mono Desnudo. Me recordó a aquella jirafa de Buffon, llena de motas y sin una palabra para el cuello. Siempre pensé que lo que me interesaba era buscar lo obvio que no veo, el cuello de la jirafa de Buffon; ahora veo que debería ocuparme de los penes. Y creo que en este Mundial el pene jirafa estuvo claro: se ha jugado horrible.
Lo que pasa es que el Mundial es una rara avis o bicho raro o perro verde en el mundo del fútbol. Lo verdaderamente extraordinario es que dice escapar de la razón económica –hegemónica y condenada– para simular que se inscribe en la razón nacional –derrotada y presentable–. Durante un mes, es el deporte como debería ser, como supuestamente era en los famosos buenos viejos tiempos: no porque te compren y te recontracompren; porque la patria lo demanda. Es el negocio de simular que el negocio no importa: lo sabe cualquier mercachifle del mercado de Zinder: mon ami, je te fais bon prix pour vous mon ami.
El Mundial es una rara pausa democrática, igualitaria, en un deporte tan clasista. Cada muerte de 6,27 obispos, gracias al breve imperio de la razón nacional, las estrellas de los equipos tienen que compartir la camiseta y los fideos con segundones que, en sus clubes, no servirían ni para alcanzarles la pelota. La fórmula, que funciona tan bien para el gran negocio, no termina de producir buen fútbol. Los Drogbas, Etóos, Stankovics, Appiahs, Cristianos y otros moros están acostumbrados a socios más acordes; en sus selecciones se desesperan y desesperan a sus compañeros, y terminan reproduciendo dentro del equipo la división de clases que, gracias a la patria, se suponía suspendida por un mes. Y, sobre todo, terminan sin armar equipos. Se convierten en el paradigma del fútbol Nike –que no está pensado para hacer equipos sino comerciales de tevé–, basado en el relumbrón de una dizque estrellita y con eso, se ha visto en estos días, no vamos a ninguna parte.
España no tiene ese problema: es uno de los pocos países compradores, uno de los pocos cuyos seleccionados se arman con jugadores que juegan en sus –dos– equipos. Todos de clase alta y ninguno con la idea de que es más: así, arman un conjunto, co-laboran, juegan como si jugaran. A los dos, parece, mi querido, nos duele España –de maneras distintas. A ti te mata de tedio, a mí de envidia. Es cierto que no hacen goles –te decía, quieren tanto a la pelota que les da pena soltarla hacia el arco–; es cierto que el partido de ayer fue, durante mucho rato, perfectito, que es el contrario exacto de perfecto. Pero, aún así, qué placer ver esa avidez por la pelota, y ese cariño: no hay mayor forma de adoración por un objeto que la tacañería más extrema. Es lo que, en otros estadios, solemos denominar pasión. España la quiere toda y no la presta.
Decíamos que Brasil había perdido como perdió porque se apartó de su esencia y jugó ese fútbol neorrealista, tan italiano; creo que no dijimos que la Argentina perdió como perdió porque persistió en su esencia: la de considerar que “estamos condenados al éxito” y Dios es Argentino y somo tan bueno que no necesitamo laburá. España, que ahora parece tan esencial en esa fijación por la pelota, lo es porque hace unos años dejó de ser “la Furia”, traicionó con éxito su esencia: hizo una –mínima– revolución, que no es una revuelta.
Dos incampeones se enfrentan el domingo. Dos equipos cuya tradición más fuerte es no saber ganar. Los holandeses ya perdieron dos finales del mundo, y van a desnudar una vez más la generosidad del refranero: ¿no habrá dos sin tres o la tercera será la vencida? Encabezados por dos fracasados de esa gran fábrica de fracasos que es el Real Madrid, tratarán de quedarse con el que dice que no hay peor astilla que la del mismo palo.
Yo quiero que gane España. No sólo porque uso su pasaporte; además, me calienta Del Bosque. Ya estamos en la edad en que hay buscar con más cuidado, caro güey, y esa especie de subgerente de banco a punto del retiro, casposo, carrasposo, jugador de mus y bebedor de orujo –en un mundo de Capellos, Löws, Mourinhos, Maradonas– me da catorce vueltas. Ojalá, entonces, que él pueda dar al menos una.
- Martín Caparrós

Un intercambio diario entre dos de las firmas más reconocidas de Hispanoamérica: Martín Caparrós y Juan Villoro siguen el Mundial.
