Tiempo de compensación

12 de Julio


Categorías: Final

Personas normales

Vi la final en un lugar inesperado. Había pasado el fin de semana en Burgos, en casa de los padres de mi novia, y habíamos decidido tomar el autobús de vuelta a Madrid a las 16:30 para que yo tuviera tiempo de sobra para ver el partido. El viaje normalmente dura dos horas y media, pero esta vez fueron cuatro; al parecer todos los madrileños que pasaban el fin de semana fuera habían pensado como yo. Llegamos, pues, a las 20:30, la hora en que empezaba el partido, a la estación de Avenida de América; Marta cogió el metro para irse a su casa –detesta, o detestaba, el fútbol– y yo salí a buscar un taxi que me llevara a casa de Toño Angulo, donde debía ver el encuentro. Deambulé durante veinte minutos y no encontré un taxi: las calles estaban asombrosamente vacías y a 37 grados. Al final, desesperado, me metí en un bar en el que vi que daban el partido. Entré, me senté a una mesa de plástico y pedí una cerveza mientras veía cómo De Jong le daba una patada de karate a Xabi Alonso. Mientras el juego seguía interrumpido por el dolor de Alonso, miré por primera vez a mi alrededor. Estaba en España. No quiero decir que no esté cada día en España, pero la parte de ésta en la que vivo es increíblemente afortunada. Sí, periodistas, editores, escritores, hasta mis padres jubilados, se han visto golpeados por la crisis, pero no arruinados. Y ahí estaba yo ahora, a pocos metros de la sede nacional del sindicato UGT y rodeado de hombres y mujeres que tienen una vida mucho, mucho más dura que la mía: treintañeros rapados y tatuados con camisetas de la selección, camareros tripudos con lamparones en el chaleco y cigarrillo colgado en la boca, viejos con pantalones de mezclilla y guayaberas infinitamente aburridos. Algunos me miraron con rareza: estaba sentado solo en un momento en el que ningún español estaba sólo, y vestía muy distinto de ellos. Cuando al cabo de un rato llegó el descanso, un tipo enorme de mi edad y mirada bovina me miró retándome y me dijo: “Este árbitro es un hijo de puta”. Yo, algo amedrentado, le respondí: “Joder, si es un hijo de puta”, con mi habitual y por alguna razón imprudentemente aumentado acento catalán.

El partido siguió. Yo cada vez estaba más nervioso y la gente a mi alrededor gritaba más fuerte, con más agresividad. Seguí bebiendo cerveza y en el minuto 85 pedí una sepia a la plancha –llegó cartilaginosa como la oreja de un gato, cubierta de aceite quemado– porque noté que estaba algo borracho y quedaban al menos treinta minutos de prórroga. Fumé, consulté Twitter en el teléfono como si los comentarios de los sofisticados tuiteros pudieran tranquilizarme y alejarme de los berridos desesperados de los treintañeros y la mirada cristalina de los viejos.

Y al cabo de mucho tiempo marcó Iniesta. Y yo me convertí en un energúmeno. Me puse de pie, alcé los puños, dije “sí” entre los dientes apretados, me bebí de un trago la mucha cerveza que me quedaba. El hombretón que antes me había contemplado con desdén estaba llorando y se había envuelto en una bandera de España. Me miró. Le miré. Dio un paso hacia mí con los brazos extendidos. Nos abrazamos y nos golpeamos en la espalda gimoteando “joder” repetidamente. Él era mucho más fuerte que yo y sentí que desaparecía entre sus bíceps. Casi me disloca un omóplato.

Volví a mi silla algo avergonzado y pagué la cuenta. Quedaban algunos minutos de partido, pero no quería quedarme atrapado allí si ganábamos y todo el mundo se ponía a pedir más bebidas y el camarero, que ya tenía la mirada alucinada y bebía tinto de verano, me ignoraba. Tampoco estaba seguro de querer ver los penaltis si llegaban. Algunos clientes del local se pusieron a hinchar y llenar de agua una minúscula piscina a la puerta del bar y se estaban desnudando para echarse en ella cuando el partido terminara. Los demás les hacían fotos con el móvil.

El partido acabó y salí corriendo. Habíamos ganado y yo estaba contento y borracho y sudado y no pintaba nada allí porque nadie me conocía y no me iba a bañar en una piscina de plástico entre tipos musculosos con tatuajes en la nuca y novias en chándal rosa y pendientes y piercings dorados. Milagrosamente encontré un taxi: el conductor me dijo que había visto el partido y salía ahora a trabajar porque preveía que sería una noche lucrativa. Llegué a casa, me duché y llamé a Marta:

–Hemos ganado.
–Lo sé. Lo he oído por la radio.
–¿Tú?
–Sí. Ha sido hasta emocionante.
–Pero tú odias el fútbol.
–Me he dado cuenta de que no odio el fútbol. Odio a Cristiano Ronaldo, a Beckham y a ese brasileño que es un chiflado evangelista...
–Kaká.
–Ese. Pero, ¿cómo voy a odiar a Iniesta o a Puyol con lo feos y simpáticos que son? Parecen tíos normales.
–Para normales, los tíos con los que he visto el fútbol. No he encontrado taxi para ir a casa de Toño y me he metido en un bar cutre. He sufrido mucho, pero he disfrutado. La gente estaba histérica.
–Esa gente es como Villa si, en lugar de ser futbolista, estuviera en el paro y viera el fútbol en un bar barato de Avenida de América.
–Exactamente eso.
–Creo que por eso me cae bien la selección.
–Idealizas al proletariado.
–Puede ser. ¿Qué decías esta tarde en el autobús sobre el fútbol y el PIB?
–Decía que el triunfo de la selección puede significar un aumento del PIB de dos décimas.
–¿Y eso sirve para generar puestos de trabajo?
–No, ni mucho menos.
–Espero que esa gente de tu bar en Avenida de América coja hoy una magnífica borrachera.
–Lo harán. Y también Villa.
–Son lo mismo. Con dinero o sin dinero.
–No, no tienen nada que ver.
–Sí. Y tú idealizas a los ricos.

–Ramón González Férriz

09 de Julio


Categorías: Semifinales

Las odiosas cornetas de los pitonisos

Cuando uno se mira al espejo y descubre que tiene boca de vuvuzela, ha llegado el momento de alarmarse. Como el Mundial de futbol es más que nada un esfuerzo gigantesco para que los seres humanos tengamos algo de qué conversar, la boca fácilmente adopta esa forma cónica tan estridente gracias a la cual nuestras opiniones son poco más que un zumbido molesto. No importa si lo que externamos es un lugar común nauseabundo o una idea genial sobre la decadencia del esquema 4-4-2, después de varias semanas de empacho futbolístico casi todas las bocas tienen algo de trompeta terca.

Uno saluda al vecino y, ¡tuuúuuú!, vuvuzela; enciende la televisión, ¡vuvuzela!; opta por abrir el periódico, ¡vuvuzela!; entabla plática con una bella muchacha, ¡vuvuzela!, se refugia debajo de la cama, ¡vuvuzela! Que si el arbitraje es demasiado humano; que si el Dios del futbol no lo era tanto y al darse cuenta lloró; que si el talento es una superstición de la nostalgia… ¡Vuvuzela, vuvuzela, vuvuzela! El mes del Mundial se ha convertido en un coro desarticulado en el que cada quien quiere hacer sonar su corneta lo más fuerte que pueda.

Sobra decir que la maldición de la vuvuzela es la otra cara de su encanto: nos hace creer que lo de menos es escuchar, que todo está en la constancia y necedad de nuestro soplido. En el reino de la opinionitis esto significa más apreciaciones vertidas por segundo, más alineaciones alternativas proferidas sin desmayo, más insultos lapidarios a Aguirre sin la menor consideración hacia los demás (hasta ahora, el único que ha mostrado consideración por el propio Aguirre es Juan Villoro). El gusto por aturdir los oídos es un gusto que crece a medida que los otros se han contagiado, y que ya en plena orgía de decibeles no se arredra ni con la eliminación de la Selección Nacional. ¿Habrá un suceso sobre la superficie del planeta más comentado que el paradón in extremis del delantero uruguayo Luis Suárez? ¿En el espacio radioeléctrico de toda la Vía Láctea habrá una secuencia de imágenes más retransmitida que la comparación entre el gol fantasma de Inglaterra en el 66 y el que ahora no le convalidaron frente Alemania?

Quizás el pitido de vuvuzela más insoportable es el que se impone hacia el final del campeonato, cuando cualquier hijo de vecino se atreve a decir: “Ya ves, te lo dije, Holanda y España iban a estar en la final”. Son las cornetas ufanas de los agoreros que tenían diecisiete cartas diferentes bajo la manga, el vu-vu-vuuuuú patético del que ya sabía todo desde el principio. El pulpo Paul, tan elegante y silencioso a la hora de no equivocarse en sus predicciones, es la tosca mascota de un aprendiz de brujo comparado con estos visionarios empuñando su corneta. “Te lo dije”, truena por aquí; “Era mi final soñada”, se oye por allá, “No podían llegar otros equipos”, estornudan acullá. ¡Qué fiebre de pitonisos con adminículo amplificador!

Nunca pensé que llegaría el día de decirlo, pero muero porque el Mundial se termine. Que se apaguen los últimos pitidos de sabelotodo tras el estreno del nuevo campeón —¡te lo dije-te lo dije-te lo dije!— y poco a poco comiencen a quedarse sin aliento las cornetas, a empolvarse lánguidas y cabizbajas frente el panorama descorazonador del Necaxa-Gallos Blancos que se avecina en la liga local. Desde luego yo mismo quiero cerrar ya el pico, prenderle fuego a mi falsa vuvuzela sudafricana.

Esto no es un texto, esto también es una odiosa vuvuzela.

- Luigi Amara


Categorías: Final

Y yo me lo voy a perder

Preámbulo

La historia empieza hace cuatro meses. Mi querida novia me saluda por el chat de Gmail y me dice que salen a la venta las entradas para el concierto de Norah Jones en Bilbao, único concierto en España, y qué me parece si vamos. Yo, que estaba hundido en una traducción que se había revelado más complicada de lo esperado, dije que sí, por supuesto. Y compramos las entradas. Y los billetes de avión. E hicimos la reserva de hotel. Y la reserva en el Guggenheim Bilbao para ver las prometedoras exposiciones dedicadas a Henry Rousseau y Anish Kapoor. Y unas semanas después me puse a buscar un buen restaurante donde cenar la noche del sábado. Hasta ahí todo bien.

Y así, mi novia y yo éramos felices pensando en nuestra lejana escapada de julio al País Vasco. Hasta que un día, poco después de empezado el Mundial, mientras caminábamos conversando acerca de nuestra ahora cercana escapada, mi novia pregunta, sin maldad alguna (o eso quiero creer), ¿cuándo es la final del Mundial? El 11 de julio, respondo yo. Y su cara, instantes antes que sus labios, me decía sin espacio para la duda que habíamos cometido un inmenso error.

Alemania

España ganó otra vez por la mínima, sufriendo, como viene acostumbrando en este Mundial. Pero en esta ocasión hubo una diferencia, una sutil y a la vez enorme diferencia. España, por primera vez en lo que va del torneo, desplegó las alas y dominó el partido de cabo a rabo. Decíamos días atrás que esta semifinal se jugaría en el mediocampo y que el partido prometía ser el mejor del campeonato. Y así fue, con un par de precisiones: el partido se jugó en el mediocampo alemán, con Xavi, Xabi Alonso, Busquets e Iniesta llevando la pelota cosida a los botines y los alemanes mirando impávidos, sin siquiera perseguir el balón (lo cual, todo sea dicho, habla de la prudencia germana: hacer lo contrario hubiera sido un suicidio); y fue el mejor partido… de España.

No se sabe bien qué bicho picó al conjunto alemán. Porque yo me niego a atribuir el desconcierto que vivió el equipo de Löw a la ausencia de Müller. Por muy bueno que sea, Müller no es Messi, por ejemplo, y aún así el Barcelona ha hecho partidos memorables sin la estrella argentina. El maestro Villoro, en la puerta de al lado, lo atribuye a una epidemia de Gripe Azteca, que México contagió a Argentina, y los de Maradona a Özil, Schweinsteiger y compañía. Puede ser, es una opción, y hay evidencias médicas que respaldan el diagnóstico. Aunque a mi me encantaría poder sentarme a conversar con Joachim Löw con una cerveza delante para preguntarle si regalarle el mediocampo a España para esperarlos más atrás y jugar a la contra fue una decisión suya o una situación dada que luego fue incapaz de enmendar.

Del Bosque, por su parte, realizó el cambio que todo el mundo venía pidiéndole. Yo pensaba que no iba a hacerlo de arranque (como ya hemos hablado, creo comprender las razones por las que ha esperado tanto a Torres), pero, sin duda, junto a la jugada de estrategia que propició el gol de Tiburón Puyol (cortesía de Pep Guardiola y el Barcelona F.C.), la presencia de Pedrito en el once titular fue el gran acierto táctico de Del Bosque. Esta tarde veía a Pedro (o Don Pedro I de España, como lo llaman algunos comentaristas españoles) en una entrevista televisiva. Pedro rehuía a la cámara, miraba para cualquier parte, con los hombros encogidos, casi escondido, mascullando con su inconfundible acento canario, con esa risa nerviosa que tan lejos está de ocultar su timidez. Es increíble cómo ese chico, que hace dos años jugaban en tercera división, se convierte en otra persona cuando salta al campo. A esta altura del partido, después de las dos temporadas que ha hecho en el Barça (después de esto y todo esto), a nadie puede extrañar ya su descaro, pero aún así, verlo el miércoles regateando (incluso en exceso en una ocasión) y apilando defensores alemanes a su paso, supuso una de las mayores y más agradables sorpresas –y confirmaciones– del Mundial. Por si alguien tiene alguna duda:

España ganó y encandiló. Aunque continúa su preocupante falta de puntería. Resulta extraño que el equipo que logró dominar (ganar no es lo mismo que dominar, aunque pueden estar relacionados) a la hasta ahora selección más sólida del torneo, el único de los favoritos (no creo que Holanda entrara en esa categoría antes del inicio del campeonato, mal que le pese a mi compañero León Krauze) que ha recorrido el arduo camino a la final, salga a 1.17 goles por partido (siete en seis partidos). Pero, para citar a un holandés ilustre, “Fútbol es fútbol”. Ese mismo holandés –al que, como bien explica Villoro en el link antes mencionado, España le debe tanto– también dijo lo siguiente: “Es todo muy sencillo: si marcas uno más que tu oponente, ganas”. Y así es.

Holanda

Y ahora llega Holanda. La naranja mecánica, que en esta ocasión y en manos de Sneijder, ha parecido más un destornillador. Un instrumento sencillo que, sin demasiada pompa, cumple con su labor. Esta Holanda, ya lo he dicho por aquí, no es santo de mi devoción. Ha ganado todos sus partidos, pero no ha ofrecido un espectáculo que entusiasme a nadie más –creo– que a los propios holandeses. Resulta edificante, eso sí, más aún siendo hincha culé, ver cómo dos descartados por Valdano y Florentino Pérez han ascendido a la cima del fútbol este año. En sus clubes y en la selección. Pero poco más.

El domingo se verá qué tiene la Holanda de Bert Van Marwijk que ofrecer ante España. Bueno, lo verán ustedes. Yo, sentado en mi butaca del Palacio Euskalduna de Bilbao, tendré que contentarme con la radio del iPod y las actualizaciones en la Blackberry. Si algún alma caritativa retransmite el partido en Facebook o en los comments de este post, no sabe cuánto se lo agradeceré.

- Diego Salazar

08 de Julio


Categorías: Semifinales

El perfil bajo, sinónimo de talento

Un partido en el que la primera falta se comete a los 27 minutos no es un partido común en ningún caso, y menos si es una semifinal. El árbitro húngaro no sacó una sola tarjeta. ¿De verdad es tan difícil dejar en paz al juez y dedicarse a jugar futbol? Tampoco es común que los que mejor jugaron sean los que llegaron a la final.

Muchos pensamos que las virtudes de Vicente del Bosque eran sólo referentes a la calidad humana, esas que le permitían manejar un vestidor lleno de estrellas sin que éstas se enfrascaran en la lucha de egos. Ese bajo perfil del entrenador español le ha vedado, ante la egregia comunidad de merolicos que narramos este deporte como si fuéramos ciegos, el reconocimiento a su capacidad técnica.

Además de tener la media cancha más talentosa del mundo, ayer Del Bosque hizo un cambio desde el inicio que favoreció que España se apoderara del juego. La inclusión de Pedro para entretener y atacar a Boateng cargó el partido del lado español. Lo mismo había hecho cuando sacó a Torres por Llorente contra Portugal, lo que favoreció que se alargara el juego, se jugara en las áreas, principalmente la portuguesa, y cayera el gol de Villa.

Mientras tanto, el martes, el entrenador holandés Bert Van Marwjik –que sólo había trabajado en la liga holandesa, salvo una experiencia con el Borussia Dortmund–, un entrenador desconocido, no como los demás entrenadores, estrellas de la banca en los que la cámara se entretiene tanto como en los jugadores, sacó a su medio de contención De Zeeuw para meter a Van der Vaart, que se apoderó de la media cancha y liberó a Robben; conclusión: 2 goles.

A la final llegaron dos entrenadores de bajo perfil, pero cuyos méritos no han sido destacados como se debe. En ningún momento han entendido que no son más importantes que sus jugadores, que no tienen que motivar a todo un país con la representación de la independencia a la espalda; se han dedicado a trabajar y crear un estilo establecido (el despliegue de seis jugadores holandeses a la hora de atacar impresiona, casi tanto como el afán español por apoderarse del balón), hacen los cambios cuando se debe y como se debe y no les gana la desesperación.

No debemos olvidar que estos equipos son los únicos del mundo que ganaron todos sus partidos de calificación, y salvo el accidente que España tuvo con Suiza, ganaron el resto de los partidos. Esta final, extrañamente, resulta ser justa, lo que no había sucedido en mundiales pasados.

Como hemos advertido, en Sudáfrica se impuso un sistema táctico, el 4-2-3-1, que predispone a otra dosis de creatividad y a una ocupación de los espacios mucho más plástica y más agresiva que ese 4-4-2 rígido con el que hasta aquí se podía avanzar sin jugar porque se confiaba en neutralizar al contrario, y en el talento individual que, en este mundial, no ha sido suficiente.

- Carlos Azar

07 de Julio


Categorías: Semifinales

...y será España

Y ha sido contra España y, entonces, hablamos de fantasmas, de exorcismos, de estigmas, por razones obvias: Holanda es célebre por estar cerca y no consumar; por dos finales perdidas; por tantas series de penales frustradas; por ese poste que dijo “no serás campeón” al minuto 89 de la final de 1978; por una frase de Leo Beenhakker que era implacable destino: “Holanda no viene a ganar, viene a jugar bien. Como un boxeador que es muy bueno pero no sabe noquear”.

Y España también vivió décadas atorado en excusas y desastres: la falla de Julio Salinas contra Italia en 1994; la primera ronda no superada en 1998; el árbitro asaltante contra Corea en el 2002: ilusiones, muchísimas; efectividad, poca, hasta que llegó esta generación.

Nos divertiremos el domingo: en el primer Mundial africano, habrá nuevo campeón del mundo; habrá quien exorcice tanto demonio...

- Alberto Lati

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Todas las jugadas, todas las opiniones. Un grupo de escritores, poetas, comunicadores, todos aficionados al futbol, escudriñan y analizan los sucesos mundialistas.


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