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		<title>La jaula abierta. El blog de Roger Bartra</title>
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					<title>En el bicentenario: un f&#233;mur de elefante mexicano </title>
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					<pubDate>Thu, 02 Sep 2010 00:02:29 +0000</pubDate>
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Jonathan Hern&#225;ndez y Pablo Sigg, F&#233;mur de elefante mexicano. Expuesto en la Galer&#237;a Kurimanzutto, 28 de septiembre al 30 de octubre, 2010

Jonathan Hern&#225;ndez y Pablo Sigg nos proponen un interesante juego a partir de la obra de Marcel Broodthaers de 1965, formada por dos f&#233;mures humanos pintados con los colores de las banderas belga y francesa. El artista fusion&#243; la nacionalidad con la estructura de un ser humano.

El f&#233;mur de un &#8220;elefante mexicano&#8221; nos enfrenta a un problema intrigante: &#191;puede existir un elefante mexicano? Obviamente, es una contradicci&#243;n, pues solamente hay elefantes africanos y asi&#225;ticos. As&#237; que este f&#233;mur, si proviene de un elefante cautivo en M&#233;xico, es de un animal extranjero o, si acaso, criollo. Pero como a los elefantes no les expiden pasaporte ni les otorgan la nacionalidad, los dos artistas decidieron pintar su f&#233;mur con los colores de la bandera nacional. De esta manera tenemos una identidad femoral paquid&#233;rmica y patri&#243;tica tan falsa como la famosa pipa de Magritte que, como sabemos, no es una pipa. Podemos comprobar que los huesos no s&#243;lo son buenos para roer: tambi&#233;n son buenos para pensar. &#191;Hay una identidad mexicana? &#191;Hay un arte mexicano? &#191;Hay una filosof&#237;a mexicana? &#191;O s&#243;lo hay, en realidad, representaciones? Acaso &#250;nicamente hay personas (artistas y fil&#243;sofos) que viven en M&#233;xico, algunas de las cuales inventan identidades para criticarlas, para rendirles culto o para encontrar un buen hueso. Otras personas pintan f&#233;mures de elefante&#8230;


Marcel Broodthaers, F&#233;mur d&#8217;homme belge, 1964-65 y F&#233;mur de la femme fran&#231;aise, 1965
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					<content:encoded><![CDATA[<div class="image_block"><img src="http://www.letraslibres.com/blog/blogs/media/blogs/redaccion/Femurbicentenario.jpg" alt="" title="" width="430" height="257" /></div>
<p align="right"><font size="-2">Jonathan Hern&#225;ndez y Pablo Sigg, <em>F&#233;mur de elefante mexicano</em>. Expuesto en la Galer&#237;a Kurimanzutto, 28 de septiembre al 30 de octubre, 2010</font></p>

<p>Jonathan Hern&#225;ndez y Pablo Sigg nos proponen un interesante juego a partir de la obra de Marcel Broodthaers de 1965, formada por dos f&#233;mures humanos pintados con los colores de las banderas belga y francesa. El artista fusion&#243; la nacionalidad con la estructura de un ser humano.</p>

<p>El f&#233;mur de un &#8220;elefante mexicano&#8221; nos enfrenta a un problema intrigante: &#191;puede existir un elefante mexicano? Obviamente, es una contradicci&#243;n, pues solamente hay elefantes africanos y asi&#225;ticos. As&#237; que este f&#233;mur, si proviene de un elefante cautivo en M&#233;xico, es de un animal extranjero o, si acaso, criollo. Pero como a los elefantes no les expiden pasaporte ni les otorgan la nacionalidad, los dos artistas decidieron pintar su f&#233;mur con los colores de la bandera nacional. De esta manera tenemos una identidad femoral paquid&#233;rmica y patri&#243;tica tan falsa como la famosa pipa de Magritte que, como sabemos, no es una pipa. Podemos comprobar que los huesos no s&#243;lo son buenos para roer: tambi&#233;n son buenos para pensar. &#191;Hay una identidad mexicana? &#191;Hay un arte mexicano? &#191;Hay una filosof&#237;a mexicana? &#191;O s&#243;lo hay, en realidad, representaciones? Acaso &#250;nicamente hay personas (artistas y fil&#243;sofos) que viven en M&#233;xico, algunas de las cuales inventan identidades para criticarlas, para rendirles culto o para encontrar un buen hueso. Otras personas pintan f&#233;mures de elefante&#8230;</p>

<div class="image_block"><img src="http://www.letraslibres.com/blog/blogs/media/blogs/redaccion/Femurbicentenario2.jpg" alt="" title="" width="306" height="240" /></div>
<p align="right"><font size="-2">Marcel Broodthaers, <em>F&#233;mur d&#8217;homme belge</em>, 1964-65 y <em>F&#233;mur de la femme fran&#231;aise</em>, 1965</font></p>
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					<title>La invenci&#243;n de lo cotidiano</title>
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					<pubDate>Mon, 23 Aug 2010 19:10:55 +0000</pubDate>
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Rufino Tamayo, Reloj y tel&#233;fono, 1925

1. Rutinas
En los pliegues de la vida cotidiana se ocultan alternativas an&#243;nimas y banalidades infinitas. El tiempo vac&#237;o y la comunicaci&#243;n muda del &#243;leo de Rufino Tamayo expresan una vanitas moderna que se cuela por los poros de la rutina diaria. Las vanidades de la vida aparecen rotas un d&#237;a cualquiera, por ejemplo el 12 de abril de 1924 en la ciudad de M&#233;xico, cuando los pintores estridentistas inauguraron una exposici&#243;n en el Caf&#233; de Nadie, el lugar que se hab&#237;an apropiado para sus tertulias cotidianas. El pintor Ram&#243;n Alva de la Canal quiso darle sentido en su &#243;leo a esos estridentistas que no quer&#237;an nada pero ambicionaban todo. 

Lo cotidiano alberga una heterog&#233;nea variedad de rutinas religiosas, laborales o educativas. Es el reino de lo repetitivo, del lugar com&#250;n, del acontecimiento ordinario o familiar. En la carta que el poeta Mayakovsky dej&#243; antes de suicidarse, el 12 de abril de 1930, explic&#243; que la historia se hab&#237;a terminado y que ahora &#8220;la barca del amor se ha estrellado contra la vida cotidiana&#8221;. La heroica excepcionalidad er&#243;tica de la poes&#237;a se topaba con el duro granito del eterno retorno de lo mismo. En ese suelo rocoso se anclan las estructuras institucionales del poder, de la trascendencia y de las vanidades. Los esp&#237;ritus rebeldes y tr&#225;gicos que han querido &#8220;cambiar la vida&#8221; han descubierto con frecuencia que nada se modifica sin conmover antes las estructuras de la comedia cotidiana. 

Pero en el lugar mismo donde el poder hunde sus ra&#237;ces podemos hallar tambi&#233;n lo que Henri Lefebvre llam&#243; &#8220;la humilde raz&#243;n de lo cotidiano&#8221;. Esta raz&#243;n es una fuente de resistencia contra la trivialidad de una existencia ahogada por un anodino fluir de los sentidos.



Ram&#243;n Alva de la Canal, El caf&#233; de Nadie, ca. 1930.

2. Paisajes
&#191;C&#243;mo escapar de la vida petrificada, de la circularidad de la existencia diaria, del encierro an&#243;nimo? Desde el siglo XVI pintores como Albrecht Altdorfer inventaron el paisaje, un espacio que en los cuadros desplazaba o minimizaba las figuras humanas y abr&#237;a una puerta de salida. Por supuesto, ahora lo sabemos, el paisaje fue un simulacro de hu&#237;da, una apariencia de fuga hacia el mundo externo. Pero fue una hu&#237;da hacia adentro, hacia un panorama interior inalcanzado por las rutinas cotidianas. Alba de la Canal salta del asfixiante cubismo del caf&#233; de Nadie a los cerros de Guerrero. Jos&#233; Mar&#237;a Velasco y el Doctor Atl escapan hacia los amplios y espectaculares espacios naturales. Las figuras humanas desaparecen, se vuelven intrascendentes o aparecen muertas, colgadas de los &#225;rboles en los campos &#225;ridos que pinta Francisco Goitia.


Francisco Goitia, Paisaje de Zacatecas con ahorcados, circa 1914

El artista habla de la naturaleza para inventar un mundo de texturas nativas v&#237;rgenes y ex&#243;ticas. Es necesario un teatro vegetal y mineral para enmarcar el drama de unos seres que carecen de nicho natural y que viven dislocados. Es necesario crear artificiosamente un espacio natural para sentirse parte del mundo. Pero es un efecto pl&#225;stico, un doblez astuto del espacio que permite que los hombres, por un momento, se sientan integrados a la naturaleza.

La escapatoria aparece all&#237; donde la civilizaci&#243;n ordena artificialmente a la naturaleza. Los &#225;rboles obedientes, erguidos como formando un ej&#233;rcito de madera que desciende de la monta&#241;a o solitarios como centinelas, dejan vibraciones en el aire y nos revelan la presencia del drama. Cuando el artista encarna en la naturaleza su cotidianeidad se borra y su figura se confunde con las aguas, las ra&#237;ces y la tierra. 


La naturaleza parece invadir los espacios del hogar, los jardines son peque&#241;os agujeros en la textura vida cotidiana que nos conectan con un m&#225;s all&#225; liberador, las ventanas son una esperanza de que otra vida es posible, las calles se vac&#237;an de las habituales muchedumbres.

Por supuesto, todo ello es una ilusi&#243;n. No hay escapatoria. El paisaje es una representaci&#243;n de nuestro claustro mental. Los volcanes, los desiertos y los bosques crecen dentro de nosotros. Tenemos la impresi&#243;n de que nos comunicamos con el cosmos. Los paisajes parecen lugares tranquilos y calmados, pero en realidad est&#225;n repletos de signos y se&#241;ales inquietantes que debemos descifrar. La ladera de la monta&#241;a parece torturada por el tiempo, la barranca simula una herida. La vegetaci&#243;n es amenazadora.

Y de repente una tela de Tamayo nos recuerda que en plena naturaleza nos asalta el terror c&#243;smico. Es el terror que, como cre&#237;an los fil&#243;sofos rom&#225;nticos, inspiran los paisajes sublimes. La naturaleza es aterradora porque sus leyes son totalmente ajenas a la moralidad humana, a las costumbres que nos atan a la existencia cotidiana. Ya lo hab&#237;a advertido Voltaire en el poema que escribi&#243; despu&#233;s del gran terremoto de 1755 que devast&#243; Lisboa:

Elementos, animales, humanos, todo est&#225; en guerra.
Hay que confesarlo, el MAL est&#225; sobre la tierra.



Rufino Tamayo, Terror c&#243;smico, 1954


3. Identidades
Ni la naturaleza ni los dioses nos salvan del terror, de la inmersi&#243;n profunda en la disolvencia de las costumbres y los valores morales. Es el mensaje pesimista de Voltaire. Pero hay otros caminos, otras huidas. Podemos refugiarnos en las identidades. Los pintores, como los pol&#237;ticos, han inventado toda clase de identidades colectivas: ind&#237;genas, antiguas, campesinas, obreras, culinarias, regionales, nacionales, er&#243;ticas. Y, desde luego, tenemos el ancho mundo de los retratos individuales, desde las im&#225;genes autobiogr&#225;ficas, hasta las fotograf&#237;as de identidad y los retratos de personas definidas o de &#8220;tipos&#8221; representativos de grupos, &#233;tnias, edades o profesiones. La carga identitaria se encuentra tanto en la Coatlicue (Feliciano Pe&#241;a) como en el aroma kitsch de la fundaci&#243;n de M&#233;xico (Jos&#233; Mar&#237;a Jara).


Feliciano Pe&#241;a, Coatlicue, 1948

En cierto modo se trata de una reinscripci&#243;n en la vida cotidiana, pero acompa&#241;ada de un salvoconducto que garantiza el perfil nuestras identidades frente al delirio an&#243;nimo de las rutinas cotidianas. De hecho, en El caf&#233; de Nadie pintado por Alva de la Canal est&#225;n inscritas en letras las identidades de algunos de los escritores retratados.

Las identidades encapsulan el flujo de la vida y anquilosan las experiencias. Encadenan la existencia a esencias inmutables e inflexibles. La identidad de un h&#233;roe o de un pueblo queda cristalizada en un arquetipo muerto. Encerrada en la vitrina de un museo con las luces apagadas. Hemos escapado de la banalidad cotidiana y de la disoluci&#243;n de la civilidad en el paisaje para quedar encerrados en la jaula de las identidades.


Jos&#233; Mar&#237;a Jara, Fundaci&#243;n de la ciudad de M&#233;xico, 1889

4. Juegos
Los artistas han buscado muy diversas salidas de este encierro. Una de ellas es la introducci&#243;n del juego y del azar, tan bien explorados en m&#250;sica por John Cage con sus pianos preparados. Los populares juegos de azar que dibuj&#243; Jos&#233; Guadalupe Posada son un buen ejemplo. Desde luego, la representaci&#243;n realista, abstracta o simb&#243;lica de la protesta es otra alternativa, sea que refleje la lucha zapatista  o que se represente el beso del huevo (Gabriel Orozco): desde la lucha popular que derrama r&#237;os de sangre hasta el combate metaf&#237;sico contra lo absurdo, el arte explora todas las aristas de la resistencia.


Jos&#233; Guadalupe Posada, Juego de la oca, circa 1900

Se ha dicho que por ello en el seno del arte moderno surge un impulso destructivo. Un historiador tan sensible como Jacques Barzun no ha dudado en calificar como un proceso de decadencia el desarrollo cultural que desemboca, entre otras cosas, en el arte moderno, y no porque los artistas carezcan de talento, de energ&#237;a o de sensibilidad moral. Hay un descenso, dice Barzun, porque hay una p&#233;rdida de posibilidades, pues tanto las formas de vida como del arte parecen agotadas, hay repetici&#243;n y frustraci&#243;n, se extiende el aburrimiento y el cansancio. Todas las negaciones y rechazos del pasado cl&#225;sico, renacentista o rom&#225;ntico y del presente gris, industrial y burgu&#233;s son animados por un impulso que, en alg&#250;n momento, llega a proponer la destrucci&#243;n de la idea misma de arte al insertarlo de manera indistinta en la vida cotidiana.


Gabriel Orozco, Kiss of the Egg, 1998

Otro historiador coincide en esta interpretaci&#243;n pesimista del arte actual. Eric Hobsbawm considera que las artes visuales han experimentado un fracaso hist&#243;rico en el siglo XX. M&#225;s que ninguna otra forma de creaci&#243;n art&#237;stica, las artes visuales han sufrido las consecuencias de su obsolescencia tecnol&#243;gica. Hobsbawm critica la actitud de quienes quisieron destruir los lenguajes cl&#225;sicos para lanzarse audazmente a un abismo donde les esperaba la incomunicaci&#243;n, ya sea por manipular lenguajes supuestamente primigenios ya olvidados y reprimidos, o bien por expresarse mediante formas que la gente no entend&#237;a, pues estaban selladas bajo la l&#225;pida de un futuro muerto. Acaso a esta condici&#243;n inquietante se refiere Giorgio Agamben cuando dice que el artista moderno ve ofuscada su relaci&#243;n con el mundo real, pues vive un desgarro que aniquila sus contenidos: el artista, dice, se ha convertido en un hombre sin contenido.

&#191;Se trata de una rebeli&#243;n fracasada? Alguna vez el cineasta Werner Herzog dijo, brutalmente, que el arte contempor&#225;neo es un naufragio. Por supuesto, el arte moderno no viaja en un barco que sigue una ruta hacia alg&#250;n puerto. La extraordinaria diversidad de expresiones pl&#225;sticas impide pensar en ellas como v&#237;ctimas del naufragio del buque que las lleva. No hay buque, no hay ruta, no hay puerto. Y, por ello, no puede haber naufragio. A&#250;n as&#237;, nos podemos preguntar &#8211;como hace Hobsbawm&#8211; si las vanguardias hallaron nuevas maneras de mirar el mundo, para sustituir a las viejas. Su respuesta es contundente: el siglo XX experiment&#243; una profunda revoluci&#243;n en el modo de mirar y aprehender el mundo, pero las artes visuales (la pintura y la escultura) no fueron parte de este gran cambio. La pregunta que hay que agregar es la siguiente: &#191;el rechazo a la disciplina y la rebeld&#237;a han contribuido a este supuesto fracaso? En la medida en que hay una renuncia al principio de representaci&#243;n, es muy posible que ello provoque un importante grado de aislamiento e incomunicaci&#243;n del arte moderno. Por otro lado, es cierto que estas nuevas expresiones han realizado una exhaustiva exploraci&#243;n, nunca antes realizada con tal amplitud, de recursos visuales para expresar sentimientos o estados espirituales.

La preferencia por recursos no tradicionales ha estimulado la capacidad de percibir emociones est&#233;ticas generadas por objetos, texturas y colores en los espacios no art&#237;sticos que nos rodean y con los que convivimos. Por ejemplo, el cubismo, adem&#225;s de ofrecer una mirada pluridimensional en un solo plano, m&#225;s que plasmar en forma simult&#225;nea puntos de vista diversos, nos ense&#241;&#243; a descifrar, en las l&#237;neas rectas y las figuras geom&#233;tricas de que nos rodea la tecnolog&#237;a industrial, ingredientes que despiertan nuestra sensibilidad y nos dicen cosas que necesitamos saber. De alguna manera, el arte de vanguardia, adem&#225;s de romper las barreras entre vida cotidiana y expresi&#243;n est&#233;tica, nos permiti&#243; reconocer formas visuales animadas en el contorno urbano e industrial: en el detritus y la basura tanto como en las superficies nuevas de los &#250;ltimos modelos de artefactos &#250;tiles. De igual manera, una especie de puesta en escena de se&#241;ales visuales del contorno moderno ayuda a la gente a entender, soportar e incluso criticar o rechazar la sublime irracionalidad del mundo que nos rodea. A su vez, en un curioso proceso de retroalimentaci&#243;n, la rebeld&#237;a art&#237;stica ha influido enormemente en el dise&#241;o industrial, la publicidad y la arquitectura, una de las dimensiones en que sin duda no han fracasado. Hay que reconocer que en muchos casos todas estas aportaciones han significado el sacrificio de las obras mismas, que no sobreviven, en beneficio de la cultura de su &#233;poca. Pero el sacrificio y la autoaniquilaci&#243;n no son forzosamente un fracaso o un naufragio. Se han hundido en el mar de la vida cotidiana.

[Este texto fue preparado para el cat&#225;logo de la exposici&#243;n La invenci&#243;n de lo cotidiano, Museo Nacional de Arte y Fundaci&#243;n Jumex, 2009, curada por Fr&#233;deric Bonnet e inspirada en el libro del mismo t&#237;tulo de Michel de Certeau. Se presenta aqu&#237; ligeramente resumido.]


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					<content:encoded><![CDATA[<div class="image_block"><img src="http://www.letraslibres.com/blog/blogs/media/blogs/redaccion/invencioncotidiano1.jpg" alt="" title="" width="247" height="262" /></div>
<p align="right"><font size="-2">Rufino Tamayo, <em>Reloj y tel&#233;fono</em>, 1925</font></p>

<p><strong>1. Rutinas</strong><br />
En los pliegues de la vida cotidiana se ocultan alternativas an&#243;nimas y banalidades infinitas. El tiempo vac&#237;o y la comunicaci&#243;n muda del &#243;leo de Rufino Tamayo expresan una <em>vanitas</em> moderna que se cuela por los poros de la rutina diaria. Las vanidades de la vida aparecen rotas un d&#237;a cualquiera, por ejemplo el 12 de abril de 1924 en la ciudad de M&#233;xico, cuando los pintores estridentistas inauguraron una exposici&#243;n en el Caf&#233; de Nadie, el lugar que se hab&#237;an apropiado para sus tertulias cotidianas. El pintor Ram&#243;n Alva de la Canal quiso darle sentido en su &#243;leo a esos estridentistas que no quer&#237;an nada pero ambicionaban todo. </p>

<p>Lo cotidiano alberga una heterog&#233;nea variedad de rutinas religiosas, laborales o educativas. Es el reino de lo repetitivo, del lugar com&#250;n, del acontecimiento ordinario o familiar. En la carta que el poeta Mayakovsky dej&#243; antes de suicidarse, el 12 de abril de 1930, explic&#243; que la historia se hab&#237;a terminado y que ahora &#8220;la barca del amor se ha estrellado contra la vida cotidiana&#8221;. La heroica excepcionalidad er&#243;tica de la poes&#237;a se topaba con el duro granito del eterno retorno de lo mismo. En ese suelo rocoso se anclan las estructuras institucionales del poder, de la trascendencia y de las vanidades. Los esp&#237;ritus rebeldes y tr&#225;gicos que han querido &#8220;cambiar la vida&#8221; han descubierto con frecuencia que nada se modifica sin conmover antes las estructuras de la comedia cotidiana. </p>

<p>Pero en el lugar mismo donde el poder hunde sus ra&#237;ces podemos hallar tambi&#233;n lo que Henri Lefebvre llam&#243; &#8220;la humilde raz&#243;n de lo cotidiano&#8221;. Esta raz&#243;n es una fuente de resistencia contra la trivialidad de una existencia ahogada por un anodino fluir de los sentidos.</p>


<div class="image_block"><img src="http://www.letraslibres.com/blog/blogs/media/blogs/redaccion/invencioncotidiano2.jpg" alt="" title="" width="224" height="258" /></div>
<p align="right"><font size="-2">Ram&#243;n Alva de la Canal, <em>El caf&#233; de Nadie</em>, ca. 1930.</font></p>

<p><strong>2. Paisajes</strong><br />
&#191;C&#243;mo escapar de la vida petrificada, de la circularidad de la existencia diaria, del encierro an&#243;nimo? Desde el siglo XVI pintores como Albrecht Altdorfer inventaron el paisaje, un espacio que en los cuadros desplazaba o minimizaba las figuras humanas y abr&#237;a una puerta de salida. Por supuesto, ahora lo sabemos, el paisaje fue un simulacro de hu&#237;da, una apariencia de fuga hacia el mundo externo. Pero fue una hu&#237;da hacia adentro, hacia un panorama interior inalcanzado por las rutinas cotidianas. Alba de la Canal salta del asfixiante cubismo del <em>caf&#233; de Nadie</em> a los cerros de Guerrero. Jos&#233; Mar&#237;a Velasco y el Doctor Atl escapan hacia los amplios y espectaculares espacios naturales. Las figuras humanas desaparecen, se vuelven intrascendentes o aparecen muertas, colgadas de los &#225;rboles en los campos &#225;ridos que pinta Francisco Goitia.</p>

<div class="image_block"><img src="http://www.letraslibres.com/blog/blogs/media/blogs/redaccion/invencioncotidiano3.jpg" alt="" title="" width="267" height="230" /></div>
<p align="right"><font size="-2">Francisco Goitia, <em>Paisaje de Zacatecas con ahorcados</em>, circa 1914</font></p>

<p>El artista habla de la naturaleza para inventar un mundo de texturas nativas v&#237;rgenes y ex&#243;ticas. Es necesario un teatro vegetal y mineral para enmarcar el drama de unos seres que carecen de nicho natural y que viven dislocados. Es necesario crear artificiosamente un espacio natural para sentirse parte del mundo. Pero es un efecto pl&#225;stico, un doblez astuto del espacio que permite que los hombres, por un momento, se sientan integrados a la naturaleza.</p>

<p>La escapatoria aparece all&#237; donde la civilizaci&#243;n ordena artificialmente a la naturaleza. Los &#225;rboles obedientes, erguidos como formando un ej&#233;rcito de madera que desciende de la monta&#241;a o solitarios como centinelas, dejan vibraciones en el aire y nos revelan la presencia del drama. Cuando el artista encarna en la naturaleza su cotidianeidad se borra y su figura se confunde con las aguas, las ra&#237;ces y la tierra. </p>


<p>La naturaleza parece invadir los espacios del hogar, los jardines son peque&#241;os agujeros en la textura vida cotidiana que nos conectan con un m&#225;s all&#225; liberador, las ventanas son una esperanza de que otra vida es posible, las calles se vac&#237;an de las habituales muchedumbres.</p>

<p>Por supuesto, todo ello es una ilusi&#243;n. No hay escapatoria. El paisaje es una representaci&#243;n de nuestro claustro mental. Los volcanes, los desiertos y los bosques crecen dentro de nosotros. Tenemos la impresi&#243;n de que nos comunicamos con el cosmos. Los paisajes parecen lugares tranquilos y calmados, pero en realidad est&#225;n repletos de signos y se&#241;ales inquietantes que debemos descifrar. La ladera de la monta&#241;a parece torturada por el tiempo, la barranca simula una herida. La vegetaci&#243;n es amenazadora.</p>

<p>Y de repente una tela de Tamayo nos recuerda que en plena naturaleza nos asalta el terror c&#243;smico. Es el terror que, como cre&#237;an los fil&#243;sofos rom&#225;nticos, inspiran los paisajes sublimes. La naturaleza es aterradora porque sus leyes son totalmente ajenas a la moralidad humana, a las costumbres que nos atan a la existencia cotidiana. Ya lo hab&#237;a advertido Voltaire en el poema que escribi&#243; despu&#233;s del gran terremoto de 1755 que devast&#243; Lisboa:</p>

<blockquote><p>Elementos, animales, humanos, todo est&#225; en guerra.<br />
Hay que confesarlo, el MAL est&#225; sobre la tierra.</p></blockquote>


<div class="image_block"><img src="http://www.letraslibres.com/blog/blogs/media/blogs/redaccion/invencioncotidiano4.jpg" alt="" title="" width="189" height="274" /></div>
<p align="right"><font size="-2">Rufino Tamayo, <em>Terror c&#243;smico</em>, 1954</font></p>


<p><strong>3. Identidades</strong><br />
Ni la naturaleza ni los dioses nos salvan del terror, de la inmersi&#243;n profunda en la disolvencia de las costumbres y los valores morales. Es el mensaje pesimista de Voltaire. Pero hay otros caminos, otras huidas. Podemos refugiarnos en las identidades. Los pintores, como los pol&#237;ticos, han inventado toda clase de identidades colectivas: ind&#237;genas, antiguas, campesinas, obreras, culinarias, regionales, nacionales, er&#243;ticas. Y, desde luego, tenemos el ancho mundo de los retratos individuales, desde las im&#225;genes autobiogr&#225;ficas, hasta las fotograf&#237;as de identidad y los retratos de personas definidas o de &#8220;tipos&#8221; representativos de grupos, &#233;tnias, edades o profesiones. La carga identitaria se encuentra tanto en la Coatlicue (Feliciano Pe&#241;a) como en el aroma kitsch de la fundaci&#243;n de M&#233;xico (Jos&#233; Mar&#237;a Jara).</p>

<div class="image_block"><img src="http://www.letraslibres.com/blog/blogs/media/blogs/redaccion/invencioncotidiano5.jpg" alt="" title="" width="191" height="246" /></div>
<p align="right"><font size="-2">Feliciano Pe&#241;a, <em>Coatlicue</em>, 1948</font></p>

<p>En cierto modo se trata de una reinscripci&#243;n en la vida cotidiana, pero acompa&#241;ada de un salvoconducto que garantiza el perfil nuestras identidades frente al delirio an&#243;nimo de las rutinas cotidianas. De hecho, en <em>El caf&#233; de Nadie</em> pintado por Alva de la Canal est&#225;n inscritas en letras las identidades de algunos de los escritores retratados.</p>

<p>Las identidades encapsulan el flujo de la vida y anquilosan las experiencias. Encadenan la existencia a esencias inmutables e inflexibles. La identidad de un h&#233;roe o de un pueblo queda cristalizada en un arquetipo muerto. Encerrada en la vitrina de un museo con las luces apagadas. Hemos escapado de la banalidad cotidiana y de la disoluci&#243;n de la civilidad en el paisaje para quedar encerrados en la jaula de las identidades.</p>

<div class="image_block"><img src="http://www.letraslibres.com/blog/blogs/media/blogs/redaccion/invencioncotidiano6.jpg" alt="" title="" width="310" height="222" /></div>
<p align="right"><font size="-2">Jos&#233; Mar&#237;a Jara, <em>Fundaci&#243;n de la ciudad de M&#233;xico</em>, 1889</font></p>

<p><strong>4. Juegos</strong><br />
Los artistas han buscado muy diversas salidas de este encierro. Una de ellas es la introducci&#243;n del juego y del azar, tan bien explorados en m&#250;sica por John Cage con sus pianos preparados. Los populares juegos de azar que dibuj&#243; Jos&#233; Guadalupe Posada son un buen ejemplo. Desde luego, la representaci&#243;n realista, abstracta o simb&#243;lica de la protesta es otra alternativa, sea que refleje la lucha zapatista  o que se represente el beso del huevo (Gabriel Orozco): desde la lucha popular que derrama r&#237;os de sangre hasta el combate metaf&#237;sico contra lo absurdo, el arte explora todas las aristas de la resistencia.</p>

<div class="image_block"><img src="http://www.letraslibres.com/blog/blogs/media/blogs/redaccion/invencioncotidiano7.jpg" alt="" title="" width="366" height="277" /></div>
<p align="right"><font size="-2">Jos&#233; Guadalupe Posada, <em>Juego de la oca</em>, circa 1900</font></p>

<p>Se ha dicho que por ello en el seno del arte moderno surge un impulso destructivo. Un historiador tan sensible como Jacques Barzun no ha dudado en calificar como un proceso de decadencia el desarrollo cultural que desemboca, entre otras cosas, en el arte moderno, y no porque los artistas carezcan de talento, de energ&#237;a o de sensibilidad moral. Hay un descenso, dice Barzun, porque hay una p&#233;rdida de posibilidades, pues tanto las formas de vida como del arte parecen agotadas, hay repetici&#243;n y frustraci&#243;n, se extiende el aburrimiento y el cansancio. Todas las negaciones y rechazos del pasado cl&#225;sico, renacentista o rom&#225;ntico y del presente gris, industrial y burgu&#233;s son animados por un impulso que, en alg&#250;n momento, llega a proponer la destrucci&#243;n de la idea misma de arte al insertarlo de manera indistinta en la vida cotidiana.</p>

<div class="image_block"><img src="http://www.letraslibres.com/blog/blogs/media/blogs/redaccion/invencioncotidiano8.jpg" alt="" title="" width="194" height="242" /></div>
<p align="right"><font size="-2">Gabriel Orozco, <em>Kiss of the Egg</em>, 1998</font></p>

<p>Otro historiador coincide en esta interpretaci&#243;n pesimista del arte actual. Eric Hobsbawm considera que las artes visuales han experimentado un fracaso hist&#243;rico en el siglo XX. M&#225;s que ninguna otra forma de creaci&#243;n art&#237;stica, las artes visuales han sufrido las consecuencias de su obsolescencia tecnol&#243;gica. Hobsbawm critica la actitud de quienes quisieron destruir los lenguajes cl&#225;sicos para lanzarse audazmente a un abismo donde les esperaba la incomunicaci&#243;n, ya sea por manipular lenguajes supuestamente primigenios ya olvidados y reprimidos, o bien por expresarse mediante formas que la gente no entend&#237;a, pues estaban selladas bajo la l&#225;pida de un futuro muerto. Acaso a esta condici&#243;n inquietante se refiere Giorgio Agamben cuando dice que el artista moderno ve ofuscada su relaci&#243;n con el mundo real, pues vive un desgarro que aniquila sus contenidos: el artista, dice, se ha convertido en un hombre sin contenido.</p>

<p>&#191;Se trata de una rebeli&#243;n fracasada? Alguna vez el cineasta Werner Herzog dijo, brutalmente, que el arte contempor&#225;neo es un naufragio. Por supuesto, el arte moderno no viaja en un barco que sigue una ruta hacia alg&#250;n puerto. La extraordinaria diversidad de expresiones pl&#225;sticas impide pensar en ellas como v&#237;ctimas del naufragio del buque que las lleva. No hay buque, no hay ruta, no hay puerto. Y, por ello, no puede haber naufragio. A&#250;n as&#237;, nos podemos preguntar &#8211;como hace Hobsbawm&#8211; si las vanguardias hallaron nuevas maneras de mirar el mundo, para sustituir a las viejas. Su respuesta es contundente: el siglo XX experiment&#243; una profunda revoluci&#243;n en el modo de mirar y aprehender el mundo, pero las artes visuales (la pintura y la escultura) no fueron parte de este gran cambio. La pregunta que hay que agregar es la siguiente: &#191;el rechazo a la disciplina y la rebeld&#237;a han contribuido a este supuesto fracaso? En la medida en que hay una renuncia al principio de representaci&#243;n, es muy posible que ello provoque un importante grado de aislamiento e incomunicaci&#243;n del arte moderno. Por otro lado, es cierto que estas nuevas expresiones han realizado una exhaustiva exploraci&#243;n, nunca antes realizada con tal amplitud, de recursos visuales para expresar sentimientos o estados espirituales.</p>

<p>La preferencia por recursos no tradicionales ha estimulado la capacidad de percibir emociones est&#233;ticas generadas por objetos, texturas y colores en los espacios no art&#237;sticos que nos rodean y con los que convivimos. Por ejemplo, el cubismo, adem&#225;s de ofrecer una mirada pluridimensional en un solo plano, m&#225;s que plasmar en forma simult&#225;nea puntos de vista diversos, nos ense&#241;&#243; a descifrar, en las l&#237;neas rectas y las figuras geom&#233;tricas de que nos rodea la tecnolog&#237;a industrial, ingredientes que despiertan nuestra sensibilidad y nos dicen cosas que necesitamos saber. De alguna manera, el arte de vanguardia, adem&#225;s de romper las barreras entre vida cotidiana y expresi&#243;n est&#233;tica, nos permiti&#243; reconocer formas visuales animadas en el contorno urbano e industrial: en el detritus y la basura tanto como en las superficies nuevas de los &#250;ltimos modelos de artefactos &#250;tiles. De igual manera, una especie de puesta en escena de se&#241;ales visuales del contorno moderno ayuda a la gente a entender, soportar e incluso criticar o rechazar la sublime irracionalidad del mundo que nos rodea. A su vez, en un curioso proceso de retroalimentaci&#243;n, la rebeld&#237;a art&#237;stica ha influido enormemente en el dise&#241;o industrial, la publicidad y la arquitectura, una de las dimensiones en que sin duda no han fracasado. Hay que reconocer que en muchos casos todas estas aportaciones han significado el sacrificio de las obras mismas, que no sobreviven, en beneficio de la cultura de su &#233;poca. Pero el sacrificio y la autoaniquilaci&#243;n no son forzosamente un fracaso o un naufragio. Se han hundido en el mar de la vida cotidiana.</p>

<p><em>[Este texto fue preparado para el cat&#225;logo de la exposici&#243;n </em>La invenci&#243;n de lo cotidiano<em>, Museo Nacional de Arte y Fundaci&#243;n Jumex, 2009, curada por Fr&#233;deric Bonnet e inspirada en el libro del mismo t&#237;tulo de Michel de Certeau. Se presenta aqu&#237; ligeramente resumido.]</em></p>


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					<title>Los vinos y los vientos de Mar&#237;a la Parda</title>
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					<pubDate>Tue, 10 Aug 2010 16:04:14 +0000</pubDate>
										<category domain="main">Entradas</category>					<guid isPermaLink="false">2317@http://www.letraslibres.com/blog/blogs/</guid>
					<description>
Franz Hals, Malle Babbe, c. 1630

El gran escritor portugu&#233;s Gil Vicente escribi&#243; un poema bufo,  el Lamento de Mar&#237;a la Parda, que circul&#243; en las primeras d&#233;cadas del siglo XVI. Gil Vicente, adem&#225;s de dramaturgo (escribi&#243; piezas tanto en portugu&#233;s como en castellano) fue un poeta que con gracia extraordinaria recuper&#243; la m&#250;sica y los gustos populares en una admirable combinaci&#243;n de lirismo y esp&#237;ritu c&#243;mico. Hay una excelente versi&#243;n al espa&#241;ol del Lamento preparada por Adolfo Casta&#241;&#243;n (edici&#243;n bilig&#252;e, Aldus, M&#233;xico, 2000). El Lamento es la historia desgraciada y el testamento de una vieja borracha que deambula por las calles de Lisboa en busca de vino.

Durante la Edad Media y el Renacimiento se sol&#237;a establecer una relaci&#243;n entre el vino y las funciones pneum&#225;ticas del cuerpo humano. Esta idea tiene su origen en las famosas interpretaciones aristot&#233;licas, establecidas en los Problemata, seg&#250;n las cuales el vino ocasiona diversas transformaciones en los individuos: a unos los vuelve conversadores, a otros los entristece, otros m&#225;s se vuelven locos y violentos, a algunos los debilita y los embrutece. Se trata, seg&#250;n el texto aristot&#233;lico, de estados excepcionales y transitorios, provocados por el hecho de que el jugo de la uva (lo mismo que el humor negro) contiene viento. &#8220;El vino es ventoso &#8211;se dice en los Problemata&#8211; por su acci&#243;n... La espuma del vino prueba su naturaleza ventosa: el aceite, a&#250;n cuando est&#225; caliente, no produce espuma, en tanto que el vino produce mucha &#8211;el vino tinto m&#225;s que el vino blanco, porque tiene m&#225;s calor y m&#225;s cuerpo&#8221;.

Esta tradici&#243;n sin duda se refleja en los versos de Gil Vicente, cuando dice por boca de Mar&#237;a la Parda, que halla cerradas las tabernas:

Calle de la Amargura
&#191;cu&#225;ndo te naci&#243; esta
pasi&#243;n por las cerraduras?
Cuando voy por ti, calle m&#237;a,
todos los pedos que dejo
son suspiros de saudade
y esa ventosidad
sopl&#243; en mi nacimiento

Mar&#237;a la Parda es un ser triste que recorre las calles de Lisboa en busca de vino. Sufre de la famosa saudade, la forma portuguesa de la melancol&#237;a. En esto tambi&#233;n se adapta a la tradici&#243;n aristot&#233;lica, que establec&#237;a un estricto paralelismo entre el humor negro y el jugo fermentado de la uva. Adem&#225;s, la actividad pneum&#225;tica provocada por el vino incita al amor, al igual que la presencia de humor negro, &#8220;pues el acto sexual pone en acci&#243;n al viento; basta considerar al pene y la forma en que act&#250;a: es peque&#241;o, pero crece con rapidez porque se hincha bajo el efecto del viento&#8221;. Y se explica as&#237;: &#8220;eso ocurre porque el viento recorre los canales por donde m&#225;s tarde pasar&#225; el l&#237;quido. La expulsi&#243;n de esperma, durante el acto sexual y la eyaculaci&#243;n, se debe a la presi&#243;n del viento... De all&#237; que el vino tinto vuelva a la gente ventosa, como los melanc&#243;licos&#8221;.  Mar&#237;a la Parda, en sus tiempos de gloria, era una mujer que gozaba la vida y el amor, pero ahora a&#241;ora las &#233;pocas en que se prometi&#243; desnuda a su amigo,&#8220;cuando tuve un apostema &#8211;dice&#8211;  aqu&#237; en el labio de abajo&#8221;, para despu&#233;s pedir  que le echen agua bendita all&#237; donde radica su deseo y se va la herramienta. No queda claro d&#243;nde cae el agua bendita...

Quiero se&#241;alar tambi&#233;n que la tradici&#243;n sobre el car&#225;cter ventoso del vino se a&#250;na, en este poema, a dos expresiones culturales muy importantes durante la Edad Media. Me refiero a la cultura de la queja y a la cultura tabernaria. Gil Vicente cruza aqu&#237; ambas culturas, para darnos una versi&#243;n picaresca. Son conocidos los poemas y las canciones que se lamentaban de las malas condiciones en que viv&#237;a la gente y de las miserias de la vida. El Klag germ&#225;nico y la Complainte francesa tienen muchas expresiones a lo largo de los siglos, para expresar lamentos de toda &#237;ndole: los pobres que eran despojados, los amantes traicionados, la corrupci&#243;n del mundo, la brevedad de la vida, la injusticia rampante o las malas costumbres. Con frecuencia las lamentaciones tomaban como sujeto, parad&#243;jicamente, a un ser del que no se supon&#237;a que pod&#237;a emanar una cr&#237;tica moral o social. Es el caso en que el quejoso era un lobo, un hombre salvaje o un villano. Es el caso del poema de Gil Vicente, donde una borracha miserable encarna la cr&#237;tica contra los especuladores, los mercaderes y los usureros, y en general contra la corrupci&#243;n reinante en Lisboa. Al mismo tiempo, Mar&#237;a la Parda representa la celebraci&#243;n de la taberna, la ebriedad colectiva, la fiesta callejera y el amor libertino. Por eso exclama:

&#161;Por los pezones de mis pechos!
En el barrio del Esp&#237;ritu Santo
estaba el nido al que yo volaba:
un claro vino rosado
&#161;Oh mi bien rosado amor
qui&#233;n pudiera dar un grito!

Tambi&#233;n podemos encontrar en el Lamento de Mar&#237;a la Parda la presencia del ritual religioso, tanto cristiano como pagano. La exaltaci&#243;n de la taberna hunde sus ra&#237;ces en las antigua ceremonias paganas que estimulaban la borrachera ritual para celebrar a Dionisos o a Baco. En la tradici&#243;n cristiana es conocida la estrecha relaci&#243;n entre el vino y la sangre de Cristo. Se trata de expresiones de un ritual de pasaje, de una fiesta o un &#225;gape que marca la transici&#243;n o la transgresi&#243;n, que abre paso a una nueva condici&#243;n, sea un relajamiento de las normas y los h&#225;bitos o bien el cruce de un umbral hacia la bienaventuranza. El contrapunteo entre el ritual pagano y el cristiano se hace evidente en estos versos:

Oh bebedores hermanos
&#191;de qu&#233; nos sirve ser cristianos
cuando Dios se lleva el vino?
A&#241;o triste tan mezquino
&#191;por qu&#233; nos quieres paganos?

En el Lamento de Mar&#237;a la Parda la connotaci&#243;n de un pasaje ritual se observa especialmente en la formulaci&#243;n del testamento, en donde se expresan en forma burlesca las disposiciones para el tr&#225;nsito a una nueva vida. All&#237; celebra a los curas borrachos, a las mujeres tomadoras y a las hu&#233;rfanas casaderas, pero condena a los que hacen malos vinos y a los frailes que ofrecen misas secas. En el testamento Mar&#237;a hace referencia al viaje del alma, que encomienda a No&#233;, santo patr&#243;n de los borrachos, y expresa el deseo de que su cuerpo tenga por ata&#250;d una barrica. Su alma va hacia el cielo, pero no deja la sed en la tierra: se la lleva consigo. Quiere decir que su cuerpo, empapado durante tantos a&#241;os en vino, ha contaminado a su alma, que sufrir&#225; una sed milenaria, hasta el d&#237;a en que la resurrecci&#243;n de los cuerpos le devuelva los jugos fermentados que necesita.

Es interesante aqu&#237; se&#241;alar que los vientos generados por el vino eran considerados, por los te&#243;logos y los fil&#243;sofos naturales del Renacimiento, como un elemento fundamental para comprender el misterio de la relaci&#243;n entre el alma y el cuerpo. Esas ventosidades eran nada menos que el famoso pneuma, esa sustancia sutil&#237;sima que recorr&#237;a el cuerpo y era capaz de traducir las sensaciones corporales a un lenguaje comprensible para el alma. El problema radicaba en entender c&#243;mo el cuerpo, que es materia corruptible, pod&#237;a enviar se&#241;ales al alma. S&#243;lo una sustancia tan sutil como el pneuma, ese viento interior del cuerpo, pod&#237;a generar un lenguaje capaz de ser comprendido por el alma: ese lenguaje era la fantas&#237;a. As&#237; que los efectos del vino ten&#237;an consecuencias enormes, incluso c&#243;smicas, pues afectaban precisamente los mecanismos de traducci&#243;n y el lenguaje con que el cuerpo y el alma se comunicaban.

Terminar&#233; este juego dando un salto a otra &#233;poca. El problema de los vientos corporales y de la actividad pneum&#225;tica que permite que materia y esp&#237;ritu entren en comunicaci&#243;n, como sabemos, atorment&#243; durante siglos a los pensadores. Todav&#237;a en el siglo XVIII Kant se romp&#237;a la cabeza tratando de resolver el problema que tanto hab&#237;a ocupado a Descartes, y que Mar&#237;a la Parda resolvi&#243; con tanta sencillez. Mar&#237;a establece en su testamento que el d&#237;a de su entierro los sacerdotes que asistan deber&#225;n &#8220;tener tanto aliento / como yo para beber&#8221;, pues s&#243;lo estando borrachos, se infiere, podr&#225;n insuflar sus almas de fuerza suficiente para vivir. El vino auspiciaba una intensa acci&#243;n pneum&#225;tica en el organismo, lo que permit&#237;a que la fantas&#237;a fuese impulsada por los vientos som&#225;ticos y llegase a la sede del alma. &#191;Qu&#233; m&#225;s pod&#237;a esperar un poeta?

Por supuesto que estas secreciones ventosas y pneum&#225;ticas pod&#237;an tener efectos terriblemente negativos. Swift se aprovech&#243; de la antigua met&#225;fora aristot&#233;lica y teol&#243;gica para burlarse de los poetas que aspiraban a expresiones sublimes. Dice Swift que ser&#237;a injusto y cruel prohibir las formas no sublimes de escribir, ya que en realidad la poes&#237;a es una secreci&#243;n, natural o m&#243;rbida, del cerebro, cuyo flujo no es conveniente detener. Toda criatura adulta ha tenido alguna evacuaci&#243;n po&#233;tica que ha contribuido a su salud. &#8220;He conocido a un hombre &#8211;dice Swift&#8211; que pas&#243; varios d&#237;as pensativo, melanc&#243;lico y delirante, y que de golpe se volvi&#243; maravillosamente tranquilo, ligero y alegre, despu&#233;s de una descarga del humor corrupto bajo forma de metros excedentes y purulentos&#8221;. &#191;Habr&#225; sentido lo mismo Gil Vicente cuando descarg&#243; el Lamento de Mar&#237;a la Parda? En todo caso, se burla de una taca&#241;a, Falula, que no quiere fiarle a Mar&#237;a un par de jarritas de vino, diciendo:

Dice Nabucodonosor
en el Sadrac y el Misrac
&#8220;Quien se vaya echar un pedo
que lo pare en el trasero&#8221;
Y dice m&#225;s &#8220;El que mucho pide
hermanita mucho hiede&#8221;

Kant continu&#243; la iron&#237;a de Swift en sus reflexiones sobre las posibilidades de que los hombres estableciesen contacto directo con los esp&#237;ritus. Kant sugiere que los fan&#225;ticos visionarios, adeptos del reino de los esp&#237;ritus &#8211;que en otras &#233;pocas eran quemados&#8211; ahora podr&#237;an simplemente ser purgados, y que  no era necesario recurrir a la metaf&#237;sica para comprender los enga&#241;os de los profetas, como Swedenborg, sino mejor acudir a los versos de Samuel Butler, el gran poeta c&#243;mico ingl&#233;s, quien explic&#243; c&#243;mo las leyes pneum&#225;ticas de los aires corporales permit&#237;an entender que, seg&#250;n lo cita del solemne Kant, &#8220;cuando un viento hipocondr&#237;aco se desencadena en los intestinos, todo depende de la direcci&#243;n que tome: si va hacia abajo, resulta un pedo y si va hacia arriba es una aparici&#243;n o una inspiraci&#243;n santa&#8221;.

As&#237;, el gran problema de los soplos divinos y de la inspiraci&#243;n po&#233;tica pod&#237;an resolverse en el &#225;mbito de la anatom&#237;a de las rutas internas y, sobre todo, con la ayuda de las leyes mec&#225;nicas que determinan la trayectoria y la posici&#243;n de los &#243;rganos y los ductos que orientan los soplos alcoh&#243;licos. Bien lo sab&#237;a Mar&#237;a la Parda, como todos los desheredados, que con sus posturas retadoras quieren que los vientos soplen en otras direcciones. Pero esta actitud corporal se la proh&#237;be la ro&#241;osa se&#241;ora Vizca&#237;na, cuando la rechaza:

Yo no doy el vino fiado
Ve con Dios mi buena amiga
&#191;Quieres que te lo diga?
Ni una camisa tienes
Dizque &#233;sta no es hora
de poner el culo al aire
Des&#225;ngrate: Parda Mar&#237;a
hora es esta del ayuno

</description>
					<content:encoded><![CDATA[<div class="image_block"><img src="http://www.letraslibres.com/blog/blogs/media/blogs/redaccion/marialaparda.jpg" alt="" title="" width="263" height="313" /></div>
<p align="right"><font size="-3">Franz Hals, Malle Babbe, c. 1630</font></p>

<p>El gran escritor portugu&#233;s Gil Vicente escribi&#243; un poema bufo,  el <em>Lamento de Mar&#237;a la Parda</em>, que circul&#243; en las primeras d&#233;cadas del siglo XVI. Gil Vicente, adem&#225;s de dramaturgo (escribi&#243; piezas tanto en portugu&#233;s como en castellano) fue un poeta que con gracia extraordinaria recuper&#243; la m&#250;sica y los gustos populares en una admirable combinaci&#243;n de lirismo y esp&#237;ritu c&#243;mico. Hay una excelente versi&#243;n al espa&#241;ol del <em>Lamento</em> preparada por Adolfo Casta&#241;&#243;n (edici&#243;n bilig&#252;e, Aldus, M&#233;xico, 2000). El <em>Lamento</em> es la historia desgraciada y el testamento de una vieja borracha que deambula por las calles de Lisboa en busca de vino.</p>

<p>Durante la Edad Media y el Renacimiento se sol&#237;a establecer una relaci&#243;n entre el vino y las funciones pneum&#225;ticas del cuerpo humano. Esta idea tiene su origen en las famosas interpretaciones aristot&#233;licas, establecidas en los <em>Problemata</em>, seg&#250;n las cuales el vino ocasiona diversas transformaciones en los individuos: a unos los vuelve conversadores, a otros los entristece, otros m&#225;s se vuelven locos y violentos, a algunos los debilita y los embrutece. Se trata, seg&#250;n el texto aristot&#233;lico, de estados excepcionales y transitorios, provocados por el hecho de que el jugo de la uva (lo mismo que el humor negro) contiene viento. &#8220;El vino es ventoso &#8211;se dice en los <em>Problemata</em>&#8211; por su acci&#243;n... La espuma del vino prueba su naturaleza ventosa: el aceite, a&#250;n cuando est&#225; caliente, no produce espuma, en tanto que el vino produce mucha &#8211;el vino tinto m&#225;s que el vino blanco, porque tiene m&#225;s calor y m&#225;s cuerpo&#8221;.</p>

<p>Esta tradici&#243;n sin duda se refleja en los versos de Gil Vicente, cuando dice por boca de Mar&#237;a la Parda, que halla cerradas las tabernas:</p>

<blockquote><p>Calle de la Amargura<br />
&#191;cu&#225;ndo te naci&#243; esta<br />
pasi&#243;n por las cerraduras?<br />
Cuando voy por ti, calle m&#237;a,<br />
todos los pedos que dejo<br />
son suspiros de <em>saudade</em><br />
y esa ventosidad<br />
sopl&#243; en mi nacimiento</p></blockquote>

<p>Mar&#237;a la Parda es un ser triste que recorre las calles de Lisboa en busca de vino. Sufre de la famosa <em>saudade</em>, la forma portuguesa de la melancol&#237;a. En esto tambi&#233;n se adapta a la tradici&#243;n aristot&#233;lica, que establec&#237;a un estricto paralelismo entre el humor negro y el jugo fermentado de la uva. Adem&#225;s, la actividad pneum&#225;tica provocada por el vino incita al amor, al igual que la presencia de humor negro, &#8220;pues el acto sexual pone en acci&#243;n al viento; basta considerar al pene y la forma en que act&#250;a: es peque&#241;o, pero crece con rapidez porque se hincha bajo el efecto del viento&#8221;. Y se explica as&#237;: &#8220;eso ocurre porque el viento recorre los canales por donde m&#225;s tarde pasar&#225; el l&#237;quido. La expulsi&#243;n de esperma, durante el acto sexual y la eyaculaci&#243;n, se debe a la presi&#243;n del viento... De all&#237; que el vino tinto vuelva a la gente ventosa, como los melanc&#243;licos&#8221;.  Mar&#237;a la Parda, en sus tiempos de gloria, era una mujer que gozaba la vida y el amor, pero ahora a&#241;ora las &#233;pocas en que se prometi&#243; desnuda a su amigo,&#8220;cuando tuve un apostema &#8211;dice&#8211;  aqu&#237; en el labio de abajo&#8221;, para despu&#233;s pedir  que le echen agua bendita all&#237; donde radica su deseo y se va la herramienta. No queda claro d&#243;nde cae el agua bendita...</p>

<p>Quiero se&#241;alar tambi&#233;n que la tradici&#243;n sobre el car&#225;cter ventoso del vino se a&#250;na, en este poema, a dos expresiones culturales muy importantes durante la Edad Media. Me refiero a la cultura de la queja y a la cultura tabernaria. Gil Vicente cruza aqu&#237; ambas culturas, para darnos una versi&#243;n picaresca. Son conocidos los poemas y las canciones que se lamentaban de las malas condiciones en que viv&#237;a la gente y de las miserias de la vida. El <em>Klag</em> germ&#225;nico y la <em>Complainte</em> francesa tienen muchas expresiones a lo largo de los siglos, para expresar lamentos de toda &#237;ndole: los pobres que eran despojados, los amantes traicionados, la corrupci&#243;n del mundo, la brevedad de la vida, la injusticia rampante o las malas costumbres. Con frecuencia las lamentaciones tomaban como sujeto, parad&#243;jicamente, a un ser del que no se supon&#237;a que pod&#237;a emanar una cr&#237;tica moral o social. Es el caso en que el quejoso era un lobo, un hombre salvaje o un villano. Es el caso del poema de Gil Vicente, donde una borracha miserable encarna la cr&#237;tica contra los especuladores, los mercaderes y los usureros, y en general contra la corrupci&#243;n reinante en Lisboa. Al mismo tiempo, Mar&#237;a la Parda representa la celebraci&#243;n de la taberna, la ebriedad colectiva, la fiesta callejera y el amor libertino. Por eso exclama:</p>

<blockquote><p>&#161;Por los pezones de mis pechos!<br />
En el barrio del Esp&#237;ritu Santo<br />
estaba el nido al que yo volaba:<br />
un claro vino rosado<br />
&#161;Oh mi bien rosado amor<br />
qui&#233;n pudiera dar un grito!</p></blockquote>

<p>Tambi&#233;n podemos encontrar en el <em>Lamento de Mar&#237;a la Parda</em> la presencia del ritual religioso, tanto cristiano como pagano. La exaltaci&#243;n de la taberna hunde sus ra&#237;ces en las antigua ceremonias paganas que estimulaban la borrachera ritual para celebrar a Dionisos o a Baco. En la tradici&#243;n cristiana es conocida la estrecha relaci&#243;n entre el vino y la sangre de Cristo. Se trata de expresiones de un ritual de pasaje, de una fiesta o un &#225;gape que marca la transici&#243;n o la transgresi&#243;n, que abre paso a una nueva condici&#243;n, sea un relajamiento de las normas y los h&#225;bitos o bien el cruce de un umbral hacia la bienaventuranza. El contrapunteo entre el ritual pagano y el cristiano se hace evidente en estos versos:</p>

<blockquote><p>Oh bebedores hermanos<br />
&#191;de qu&#233; nos sirve ser cristianos<br />
cuando Dios se lleva el vino?<br />
A&#241;o triste tan mezquino<br />
&#191;por qu&#233; nos quieres paganos?</p></blockquote>

<p>En el <em>Lamento de Mar&#237;a la Parda</em> la connotaci&#243;n de un pasaje ritual se observa especialmente en la formulaci&#243;n del testamento, en donde se expresan en forma burlesca las disposiciones para el tr&#225;nsito a una nueva vida. All&#237; celebra a los curas borrachos, a las mujeres tomadoras y a las hu&#233;rfanas casaderas, pero condena a los que hacen malos vinos y a los frailes que ofrecen misas secas. En el testamento Mar&#237;a hace referencia al viaje del alma, que encomienda a No&#233;, santo patr&#243;n de los borrachos, y expresa el deseo de que su cuerpo tenga por ata&#250;d una barrica. Su alma va hacia el cielo, pero no deja la sed en la tierra: se la lleva consigo. Quiere decir que su cuerpo, empapado durante tantos a&#241;os en vino, ha contaminado a su alma, que sufrir&#225; una sed milenaria, hasta el d&#237;a en que la resurrecci&#243;n de los cuerpos le devuelva los jugos fermentados que necesita.</p>

<p>Es interesante aqu&#237; se&#241;alar que los vientos generados por el vino eran considerados, por los te&#243;logos y los fil&#243;sofos naturales del Renacimiento, como un elemento fundamental para comprender el misterio de la relaci&#243;n entre el alma y el cuerpo. Esas ventosidades eran nada menos que el famoso <em>pneuma</em>, esa sustancia sutil&#237;sima que recorr&#237;a el cuerpo y era capaz de traducir las sensaciones corporales a un lenguaje comprensible para el alma. El problema radicaba en entender c&#243;mo el cuerpo, que es materia corruptible, pod&#237;a enviar se&#241;ales al alma. S&#243;lo una sustancia tan sutil como el <em>pneuma</em>, ese viento interior del cuerpo, pod&#237;a generar un lenguaje capaz de ser comprendido por el alma: ese lenguaje era la fantas&#237;a. As&#237; que los efectos del vino ten&#237;an consecuencias enormes, incluso c&#243;smicas, pues afectaban precisamente los mecanismos de traducci&#243;n y el lenguaje con que el cuerpo y el alma se comunicaban.</p>

<p>Terminar&#233; este juego dando un salto a otra &#233;poca. El problema de los vientos corporales y de la actividad pneum&#225;tica que permite que materia y esp&#237;ritu entren en comunicaci&#243;n, como sabemos, atorment&#243; durante siglos a los pensadores. Todav&#237;a en el siglo XVIII Kant se romp&#237;a la cabeza tratando de resolver el problema que tanto hab&#237;a ocupado a Descartes, y que Mar&#237;a la Parda resolvi&#243; con tanta sencillez. Mar&#237;a establece en su testamento que el d&#237;a de su entierro los sacerdotes que asistan deber&#225;n &#8220;tener tanto aliento / como yo para beber&#8221;, pues s&#243;lo estando borrachos, se infiere, podr&#225;n insuflar sus almas de fuerza suficiente para vivir. El vino auspiciaba una intensa acci&#243;n pneum&#225;tica en el organismo, lo que permit&#237;a que la fantas&#237;a fuese impulsada por los vientos som&#225;ticos y llegase a la sede del alma. &#191;Qu&#233; m&#225;s pod&#237;a esperar un poeta?</p>

<p>Por supuesto que estas secreciones ventosas y pneum&#225;ticas pod&#237;an tener efectos terriblemente negativos. Swift se aprovech&#243; de la antigua met&#225;fora aristot&#233;lica y teol&#243;gica para burlarse de los poetas que aspiraban a expresiones sublimes. Dice Swift que ser&#237;a injusto y cruel prohibir las formas no sublimes de escribir, ya que en realidad la poes&#237;a es una secreci&#243;n, natural o m&#243;rbida, del cerebro, cuyo flujo no es conveniente detener. Toda criatura adulta ha tenido alguna evacuaci&#243;n po&#233;tica que ha contribuido a su salud. &#8220;He conocido a un hombre &#8211;dice Swift&#8211; que pas&#243; varios d&#237;as pensativo, melanc&#243;lico y delirante, y que de golpe se volvi&#243; maravillosamente tranquilo, ligero y alegre, despu&#233;s de una descarga del humor corrupto bajo forma de metros excedentes y purulentos&#8221;. &#191;Habr&#225; sentido lo mismo Gil Vicente cuando descarg&#243; el <em>Lamento de Mar&#237;a la Parda</em>? En todo caso, se burla de una taca&#241;a, Falula, que no quiere fiarle a Mar&#237;a un par de jarritas de vino, diciendo:</p>

<blockquote><p>Dice Nabucodonosor<br />
en el Sadrac y el Misrac<br />
&#8220;Quien se vaya echar un pedo<br />
que lo pare en el trasero&#8221;<br />
Y dice m&#225;s &#8220;El que mucho pide<br />
hermanita mucho hiede&#8221;</p></blockquote>

<p>Kant continu&#243; la iron&#237;a de Swift en sus reflexiones sobre las posibilidades de que los hombres estableciesen contacto directo con los esp&#237;ritus. Kant sugiere que los fan&#225;ticos visionarios, adeptos del reino de los esp&#237;ritus &#8211;que en otras &#233;pocas eran quemados&#8211; ahora podr&#237;an simplemente ser purgados, y que  no era necesario recurrir a la metaf&#237;sica para comprender los enga&#241;os de los profetas, como Swedenborg, sino mejor acudir a los versos de Samuel Butler, el gran poeta c&#243;mico ingl&#233;s, quien explic&#243; c&#243;mo las leyes pneum&#225;ticas de los aires corporales permit&#237;an entender que, seg&#250;n lo cita del solemne Kant, &#8220;cuando un viento hipocondr&#237;aco se desencadena en los intestinos, todo depende de la direcci&#243;n que tome: si va hacia abajo, resulta un pedo y si va hacia arriba es una aparici&#243;n o una inspiraci&#243;n santa&#8221;.</p>

<p>As&#237;, el gran problema de los soplos divinos y de la inspiraci&#243;n po&#233;tica pod&#237;an resolverse en el &#225;mbito de la anatom&#237;a de las rutas internas y, sobre todo, con la ayuda de las leyes mec&#225;nicas que determinan la trayectoria y la posici&#243;n de los &#243;rganos y los ductos que orientan los soplos alcoh&#243;licos. Bien lo sab&#237;a Mar&#237;a la Parda, como todos los desheredados, que con sus posturas retadoras quieren que los vientos soplen en otras direcciones. Pero esta actitud corporal se la proh&#237;be la ro&#241;osa se&#241;ora Vizca&#237;na, cuando la rechaza:</p>

<blockquote><p>Yo no doy el vino fiado<br />
Ve con Dios mi buena amiga<br />
&#191;Quieres que te lo diga?<br />
Ni una camisa tienes<br />
Dizque &#233;sta no es hora<br />
de poner el culo al aire<br />
Des&#225;ngrate: Parda Mar&#237;a<br />
hora es esta del ayuno</p></blockquote>

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					<title>Luis Villoro piensa en Mexico</title>
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					<pubDate>Wed, 23 Jun 2010 15:12:40 +0000</pubDate>
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En 1995 el fil&#243;sofo Luis Villoro public&#243; un inquietante libro que vale la pena rescatar y leer si queremos entender el papel de los intelectuales: En M&#233;xico entre libros: Pensadores del siglo XX (FCE). En medio del fragor que nos inunda, las ideas de Luis Villoro nos reaniman y nos recuerdan que en M&#233;xico no s&#243;lo es posible creer, saber y conocer -como reza el t&#237;tulo de su libro de &#233;tica, publicado en 1982-, sino que adem&#225;s es posible pensar. Quiero decir que el pensamiento de Villoro nos conduce a una cr&#237;tica de las creencias anquilosadas, de las sabidur&#237;as marchitas y de los conocimientos automatizados, que en M&#233;xico escenifican una estruendosa crisis moral. Villoro, en su libro, no se deja ensordecer y nos lleva con sigilo por los senderos de un pensamiento que utiliza su fuerza &#233;tica para comprender y descifrar los estertores de una cultura nacional que llegaba al fin de su siglo. Y que llegaba al final sin haber conocido la democracia pol&#237;tica, que nunca fue invitada a la alcoba de nuestra historia moderna. 

El vuelo de Villoro es amable y sereno, pero no por ello deja de ver las amarguras que corroen a la cultura mexicana. Con gran admiraci&#243;n observa el pensamiento de Emilio Uranga, que se consumi&#243; en la llamarada de su propia inteligencia. Es condescendiente con el fil&#243;sofo Antonio Caso, que encerr&#243; a Husserl y a la fenomenolog&#237;a en la c&#225;rcel de una mala lectura. Observa intrigado la cirug&#237;a indigenista de Manuel Gamio, quien quiso practicar una ces&#225;rea en la naci&#243;n, aunque el resultado fue un aborto. Ante la plancha del Villoro anatomista hacen cola para una disecci&#243;n los historiadores sin disc&#237;pulos, como Jos&#233; Gaos y Justino Fern&#225;ndez; los n&#225;ufragos del socialismo, como Adolfo S&#225;nchez V&#225;zquez y el que esto escribe; un pri&#237;sta como Enrique Gonz&#225;lez Pedrero, que escarba con angustia el basurero de la historia mexicana; un fil&#243;sofo, Alejandro Rossi, que en un descuido se refugi&#243; en la literatura, y otro, Le&#243;n Oliv&#233;, que se fue a vivir como esenio a una comunidad epist&#233;mica del desierto. A otros, pienso en Leopoldo Zea, Octavio Paz y Antonio Alatorre, el vendaval de la historia universal les derrib&#243; el castillo de una filosof&#237;a aut&#243;ctona o les maltrat&#243; el logogrifo barroco en el que buscaban refugio.

Por supuesto, estoy exagerando. Pero lo hago para poder ir m&#225;s directamente al grano, a riesgo de ser injusto tanto con las sutilezas de Villoro como con los autores que trata en su libro, pues la imagen que nos deja de la cultura mexicana no s&#243;lo contiene amarguras y estertores. Pero me parece interesante amplificar ciertas tensiones con el fin de reflexionar sobre las formas en que la cultura mexicana se enlazaba con la crisis de nuestro Estado nacional, atenazado por los dolores del parto de una democracia que se resist&#237;a a ver la luz. En esta relaci&#243;n entre la cultura y la pol&#237;tica hay un aspecto que es importante destacar: los actores de esta relaci&#243;n, los intelectuales, sufren una tensi&#243;n existencial y moral que tiende a aumentar en momentos de transici&#243;n y crisis.

La sociedad moderna tiende a profesionalizar al intelectual, a convertirlo en un sacerdote a sueldo del Estado o en un pastor de las almas descarriadas; con ello contribuye, parad&#243;jicamente, a su desintelectualizaci&#243;n, lo cual, como es comprensible, aumenta su angustia. Y esta angustia se acrecienta a&#250;n m&#225;s cuando el poder pol&#237;tico instituido modifica el sentido de los tres verbos que mencion&#233; al comienzo -creer, saber, conocer-, para canalizar la acci&#243;n intelectual hacia territorios de m&#225;s f&#225;cil manipulaci&#243;n. El creer se convierte en un profesar; saber se revela como un acumular; conocer acaba siendo un anotar. Al poder pol&#237;tico le incomoda tratar con intelectuales pensantes, gente inquieta e inestable, que siempre est&#225; ensayando o probando. Es mejor y m&#225;s seguro tratar con profesionales establecidos, con sabedores profesorales y con notarios competentes; es decir, con gente confiable que profesa y no cree, que archiva y no sabe, que anota y no comprende.

El pensamiento brillante de Luis Villoro nos ha ense&#241;ado desde hace decenios a sortear estos peligrosos escollos. En este sentido, Villoro nos ha ense&#241;ado a navegar por las aguas turbulentas de la cultura mexicana como nadie lo hab&#237;a hecho antes con su gran destreza y perspicacia. No quiero de ninguna manera despreciar los espacios religiosos y acad&#233;micos profesionales y profesorales; quiero, eso s&#237;, se&#241;alar que se trata de territorios en los que se manifiesta la angustia cultural de una forma acentuada, porque all&#237; se entrecruzan permanentemente los flujos del poder con los de la inteligencia.

Debido a que pertenecemos a este espacio, me parece fruct&#237;fero -aunque irritante- abordarlo cr&#237;ticamente desde una perspectiva ir&#243;nica. As&#237; pues, me parece pertinente traer aqu&#237; una reflexi&#243;n de Kierkegaard, cuyo pensamiento es uno de los c&#243;digos existenciales ocultos mediante el cual personas de mi generaci&#243;n se pueden comunicar con Luis Villoro, que pertenece a la generaci&#243;n anterior. Kierkegaard sinti&#243; agudamente la atracci&#243;n del espacio profesional teol&#243;gico, que fue el medio en el que creci&#243; como estudiante. Pero rechaz&#243; tanto la profesi&#243;n pastoral como la acad&#233;mica, motivo por el cual siempre le incomodaron los pastores y los profesores. En una obvia par&#225;frasis de Montaigne y del evangelio seg&#250;n san Mateo, Kierkegaard dijo que los can&#237;bales entrar&#237;an al reino de los cielos antes que los pastores y los profesores; en otra parte de su Diario asegur&#243; que, si no existiera el infierno, ser&#237;a preciso crear uno especial para los docentes. Estoy tentado a pensar que el infierno mexicano fue creado para castigar a los intelectuales.

Demos un vistazo a este infierno, a trav&#233;s de las p&#225;ginas del libro de Villoro. Villoro dice que Antonio Caso se mov&#237;a en los limites estrechos de graves deficiencias de informaci&#243;n debido "al aislamiento del medio mexicano de la &#233;poca respecto de todo pensamiento que no pasar&#225; por Par&#237;s o por Madrid" (p. 41). Ese es nuestro infierno: el del atraso, el subdesarrollo, la dependencia y la falta de autonom&#237;a. De all&#237; que surgiesen fuerzas culturales que tratasen de impulsar una acumulaci&#243;n intelectual propia, que sustituyese las importaciones, protegida por un mercado ideol&#243;gico interno acotado por los gobiernos emanados de la revoluci&#243;n mexicana. En otro extremo, surgieron expresiones que aseguraban que M&#233;xico albergaba desde tiempos ancestrales riquezas y recursos espirituales inagotables que era preciso rescatar, refinar y exportar a las metr&#243;polis para demostrar que treinta siglos de historia no hab&#237;an pasado en vano. Todav&#237;a hoy encontramos restos de estas corrientes economicistas y fundamentalistas, que al menos en un punto confluyen: en su profesi&#243;n de fe esencialista. La tragedia del indigenismo de Gamio radica precisamente en la contradicci&#243;n que se esconde en el credo esencialista: la cultura india, alimento esencial, deb&#237;a ser devorada y digerida por la modernidad. Como dice Villoro, intentaba "contribuir a la liberaci&#243;n del otro interviniendo en su libertad" (p. 75). Si hay una esencia cultural propia, &#250;nica y espec&#237;ficamente mexicana, la relaci&#243;n de los intelectuales con esa mina es inevitablemente la del explotador de riquezas naturales. Y la discusi&#243;n se centra en los procedimientos para extraer, procesar y distribuir la riqueza esencial, que puede ser considerada como una recurso natural renovable o no renovable. Estas ideas adoptaron la expresi&#243;n tecnocr&#225;tica que qued&#243; plasmada en los muy discutidos libros de texto de historia oficial que edit&#243; el gobierno salinista. All&#237; los mestizos fueron convertidos en s&#237;mbolos de esa sustancia esencial que es, supuestamente, la identidad nacional. Este mito nacionalista -racista y excluyente- ha ocultado la gran diversidad &#233;tnica de M&#233;xico. El libro oficial de historia de M&#233;xico al que me refiero termina con una exaltaci&#243;n nacionalista digna de la modernidad decimon&#243;nica que todav&#237;a nos oprime: "La historia humana est&#225; llena de naciones desintegradas y de pueblos que no tuvieron la fortuna de volverse naciones" (Mi libro de Historia de M&#233;xico, Cuarto grado, Secretar&#237;a de Educaci&#243;n P&#250;blica, primera edici&#243;n, 1992, p. 78). As&#237;, los ni&#241;os pueden comprender que M&#233;xico se escap&#243;, gracias a no se sabe qu&#233; hados ben&#233;volos, de caer en el basurero de los pueblos desdichados carentes de personalidad y riqueza hist&#243;rica. &#191;No es esta una desastrosa invitaci&#243;n para que los ni&#241;os mexicanos sigan extrayendo de las insondables minas de la identidad los recursos m&#237;ticos que los har&#225;n soportar la miseria con dignidad?

Luis Villoro nos ense&#241;a a no caer en estas trampas y a escapar del infernal c&#237;rculo hermen&#233;utico. Pero no nos invita a olvidarnos de nuestros problemas hist&#243;ricos y sociales para preservar la "pureza" de la labor filos&#243;fica e intelectual (p. 115). Por el contrario, nos llama a ser conscientes de nuestro tiempo, a gozar y sufrir una existencia pre&#241;ada de intencionalidad. Le interesa especialmente la relaci&#243;n del intelectual con la historia de M&#233;xico; destaca el descubrimiento que hace Octavio Paz de la "figura del mundo" en la que vivi&#243; encerrada Sor Juana In&#233;s de la Cruz; cuando ella intenta saltar sobre su configuraci&#243;n del mundo, dice Villoro, sucumbe y "su fracaso es signo de un orden social sin porvenir, sin salida" (p. 145). En otro contexto totalmente diferente, un personaje como L&#243;pez de Santa Anna, visto a trav&#233;s de la brillante disecci&#243;n que de &#233;l hace Enrique Gonz&#225;lez Pedrero, se encuentra atrapado en su mundo; pero ese mundo, nos dice Villoro, es una mascarada, una farsa en la que el actor m&#225;s osado es el farsante mayor (p. 189). 

Estas reflexiones de Villoro nos llevan a un problema angustioso: &#191;si penetramos en las configuraciones hist&#243;ricas no quedaremos atrapados tambi&#233;n en el infierno que quiso para nosotros Kierkegaard?  Yo creo saber que Luis Villoro conoce bien este peligro. Y sin embargo nos invita a acompa&#241;arlo, a pensar en M&#233;xico, a viajar por su historia y a buscar en nuestro oscuro infierno presente alguna luz que nos gu&#237;e en nuestra escapatoria. Es importante seguirlo en su viaje, pues como dijo Kierkegaard, "siempre es necesaria una luz para distinguir otra luz".
</description>
					<content:encoded><![CDATA[<div class="image_block"><img src="http://www.letraslibres.com/blog/blogs/media/blogs/redaccion/luisvilloro.jpg" alt="" title="" width="292" height="268" /></div>


<p>En 1995 el fil&#243;sofo Luis Villoro public&#243; un inquietante libro que vale la pena rescatar y leer si queremos entender el papel de los intelectuales: <em>En M&#233;xico entre libros: Pensadores del siglo XX</em> (FCE). En medio del fragor que nos inunda, las ideas de Luis Villoro nos reaniman y nos recuerdan que en M&#233;xico no s&#243;lo es posible <em>creer, saber y conocer</em> -como reza el t&#237;tulo de su libro de &#233;tica, publicado en 1982-, sino que adem&#225;s es posible <em>pensar</em>. Quiero decir que el pensamiento de Villoro nos conduce a una cr&#237;tica de las creencias anquilosadas, de las sabidur&#237;as marchitas y de los conocimientos automatizados, que en M&#233;xico escenifican una estruendosa crisis moral. Villoro, en su libro, no se deja ensordecer y nos lleva con sigilo por los senderos de un pensamiento que utiliza su fuerza &#233;tica para comprender y descifrar los estertores de una cultura nacional que llegaba al fin de su siglo. Y que llegaba al final sin haber conocido la democracia pol&#237;tica, que nunca fue invitada a la alcoba de nuestra historia moderna. </p>

<p>El vuelo de Villoro es amable y sereno, pero no por ello deja de ver las amarguras que corroen a la cultura mexicana. Con gran admiraci&#243;n observa el pensamiento de Emilio Uranga, que se consumi&#243; en la llamarada de su propia inteligencia. Es condescendiente con el fil&#243;sofo Antonio Caso, que encerr&#243; a Husserl y a la fenomenolog&#237;a en la c&#225;rcel de una mala lectura. Observa intrigado la cirug&#237;a indigenista de Manuel Gamio, quien quiso practicar una ces&#225;rea en la naci&#243;n, aunque el resultado fue un aborto. Ante la plancha del Villoro anatomista hacen cola para una disecci&#243;n los historiadores sin disc&#237;pulos, como Jos&#233; Gaos y Justino Fern&#225;ndez; los n&#225;ufragos del socialismo, como Adolfo S&#225;nchez V&#225;zquez y el que esto escribe; un pri&#237;sta como Enrique Gonz&#225;lez Pedrero, que escarba con angustia el basurero de la historia mexicana; un fil&#243;sofo, Alejandro Rossi, que en un descuido se refugi&#243; en la literatura, y otro, Le&#243;n Oliv&#233;, que se fue a vivir como esenio a una comunidad epist&#233;mica del desierto. A otros, pienso en Leopoldo Zea, Octavio Paz y Antonio Alatorre, el vendaval de la historia universal les derrib&#243; el castillo de una filosof&#237;a aut&#243;ctona o les maltrat&#243; el logogrifo barroco en el que buscaban refugio.</p>

<p>Por supuesto, estoy exagerando. Pero lo hago para poder ir m&#225;s directamente al grano, a riesgo de ser injusto tanto con las sutilezas de Villoro como con los autores que trata en su libro, pues la imagen que nos deja de la cultura mexicana no s&#243;lo contiene amarguras y estertores. Pero me parece interesante amplificar ciertas tensiones con el fin de reflexionar sobre las formas en que la cultura mexicana se enlazaba con la crisis de nuestro Estado nacional, atenazado por los dolores del parto de una democracia que se resist&#237;a a ver la luz. En esta relaci&#243;n entre la cultura y la pol&#237;tica hay un aspecto que es importante destacar: los actores de esta relaci&#243;n, los intelectuales, sufren una tensi&#243;n existencial y moral que tiende a aumentar en momentos de transici&#243;n y crisis.</p>

<p>La sociedad moderna tiende a profesionalizar al intelectual, a convertirlo en un sacerdote a sueldo del Estado o en un pastor de las almas descarriadas; con ello contribuye, parad&#243;jicamente, a su desintelectualizaci&#243;n, lo cual, como es comprensible, aumenta su angustia. Y esta angustia se acrecienta a&#250;n m&#225;s cuando el poder pol&#237;tico instituido modifica el sentido de los tres verbos que mencion&#233; al comienzo -creer, saber, conocer-, para canalizar la acci&#243;n intelectual hacia territorios de m&#225;s f&#225;cil manipulaci&#243;n. El creer se convierte en un <em>profesar</em>; saber se revela como un <em>acumular</em>; conocer acaba siendo un <em>anotar</em>. Al poder pol&#237;tico le incomoda tratar con intelectuales pensantes, gente inquieta e inestable, que siempre est&#225; ensayando o probando. Es mejor y m&#225;s seguro tratar con profesionales establecidos, con sabedores profesorales y con notarios competentes; es decir, con gente confiable que profesa y no cree, que archiva y no sabe, que anota y no comprende.</p>

<p>El pensamiento brillante de Luis Villoro nos ha ense&#241;ado desde hace decenios a sortear estos peligrosos escollos. En este sentido, Villoro nos ha ense&#241;ado a navegar por las aguas turbulentas de la cultura mexicana como nadie lo hab&#237;a hecho antes con su gran destreza y perspicacia. No quiero de ninguna manera despreciar los espacios religiosos y acad&#233;micos profesionales y profesorales; quiero, eso s&#237;, se&#241;alar que se trata de territorios en los que se manifiesta la angustia cultural de una forma acentuada, porque all&#237; se entrecruzan permanentemente los flujos del poder con los de la inteligencia.</p>

<p>Debido a que pertenecemos a este espacio, me parece fruct&#237;fero -aunque irritante- abordarlo cr&#237;ticamente desde una perspectiva ir&#243;nica. As&#237; pues, me parece pertinente traer aqu&#237; una reflexi&#243;n de Kierkegaard, cuyo pensamiento es uno de los c&#243;digos existenciales ocultos mediante el cual personas de mi generaci&#243;n se pueden comunicar con Luis Villoro, que pertenece a la generaci&#243;n anterior. Kierkegaard sinti&#243; agudamente la atracci&#243;n del espacio profesional teol&#243;gico, que fue el medio en el que creci&#243; como estudiante. Pero rechaz&#243; tanto la profesi&#243;n pastoral como la acad&#233;mica, motivo por el cual siempre le incomodaron los pastores y los profesores. En una obvia par&#225;frasis de Montaigne y del evangelio seg&#250;n san Mateo, Kierkegaard dijo que los can&#237;bales entrar&#237;an al reino de los cielos antes que los pastores y los profesores; en otra parte de su <em>Diario</em> asegur&#243; que, si no existiera el infierno, ser&#237;a preciso crear uno especial para los docentes. Estoy tentado a pensar que el infierno mexicano fue creado para castigar a los intelectuales.</p>

<p>Demos un vistazo a este infierno, a trav&#233;s de las p&#225;ginas del libro de Villoro. Villoro dice que Antonio Caso se mov&#237;a en los limites estrechos de graves deficiencias de informaci&#243;n debido "al aislamiento del medio mexicano de la &#233;poca respecto de todo pensamiento que no pasar&#225; por Par&#237;s o por Madrid" (p. 41). Ese es nuestro infierno: el del atraso, el subdesarrollo, la dependencia y la falta de autonom&#237;a. De all&#237; que surgiesen fuerzas culturales que tratasen de impulsar una acumulaci&#243;n intelectual propia, que sustituyese las importaciones, protegida por un mercado ideol&#243;gico interno acotado por los gobiernos emanados de la revoluci&#243;n mexicana. En otro extremo, surgieron expresiones que aseguraban que M&#233;xico albergaba desde tiempos ancestrales riquezas y recursos espirituales inagotables que era preciso rescatar, refinar y exportar a las metr&#243;polis para demostrar que treinta siglos de historia no hab&#237;an pasado en vano. Todav&#237;a hoy encontramos restos de estas corrientes economicistas y fundamentalistas, que al menos en un punto confluyen: en su profesi&#243;n de fe esencialista. La tragedia del indigenismo de Gamio radica precisamente en la contradicci&#243;n que se esconde en el credo esencialista: la cultura india, alimento esencial, deb&#237;a ser devorada y digerida por la modernidad. Como dice Villoro, intentaba "contribuir a la liberaci&#243;n del otro interviniendo en su libertad" (p. 75). Si hay una esencia cultural propia, &#250;nica y espec&#237;ficamente mexicana, la relaci&#243;n de los intelectuales con esa mina es inevitablemente la del explotador de riquezas naturales. Y la discusi&#243;n se centra en los procedimientos para extraer, procesar y distribuir la riqueza esencial, que puede ser considerada como una recurso natural renovable o no renovable. Estas ideas adoptaron la expresi&#243;n tecnocr&#225;tica que qued&#243; plasmada en los muy discutidos libros de texto de historia oficial que edit&#243; el gobierno salinista. All&#237; los mestizos fueron convertidos en s&#237;mbolos de esa sustancia esencial que es, supuestamente, la identidad nacional. Este mito nacionalista -racista y excluyente- ha ocultado la gran diversidad &#233;tnica de M&#233;xico. El libro oficial de historia de M&#233;xico al que me refiero termina con una exaltaci&#243;n nacionalista digna de la modernidad decimon&#243;nica que todav&#237;a nos oprime: "La historia humana est&#225; llena de naciones desintegradas y de pueblos que no tuvieron la fortuna de volverse naciones" (<em>Mi libro de Historia de M&#233;xico</em>, Cuarto grado, Secretar&#237;a de Educaci&#243;n P&#250;blica, primera edici&#243;n, 1992, p. 78). As&#237;, los ni&#241;os pueden comprender que M&#233;xico se escap&#243;, gracias a no se sabe qu&#233; hados ben&#233;volos, de caer en el basurero de los pueblos desdichados carentes de personalidad y riqueza hist&#243;rica. &#191;No es esta una desastrosa invitaci&#243;n para que los ni&#241;os mexicanos sigan extrayendo de las insondables minas de la identidad los recursos m&#237;ticos que los har&#225;n soportar la miseria con dignidad?</p>

<p>Luis Villoro nos ense&#241;a a no caer en estas trampas y a escapar del infernal c&#237;rculo hermen&#233;utico. Pero no nos invita a olvidarnos de nuestros problemas hist&#243;ricos y sociales para preservar la "pureza" de la labor filos&#243;fica e intelectual (p. 115). Por el contrario, nos llama a ser conscientes de nuestro tiempo, a gozar y sufrir una existencia pre&#241;ada de intencionalidad. Le interesa especialmente la relaci&#243;n del intelectual con la historia de M&#233;xico; destaca el descubrimiento que hace Octavio Paz de la "figura del mundo" en la que vivi&#243; encerrada Sor Juana In&#233;s de la Cruz; cuando ella intenta saltar sobre su configuraci&#243;n del mundo, dice Villoro, sucumbe y "su fracaso es signo de un orden social sin porvenir, sin salida" (p. 145). En otro contexto totalmente diferente, un personaje como L&#243;pez de Santa Anna, visto a trav&#233;s de la brillante disecci&#243;n que de &#233;l hace Enrique Gonz&#225;lez Pedrero, se encuentra atrapado en su mundo; pero ese mundo, nos dice Villoro, es una mascarada, una farsa en la que el actor m&#225;s osado es el farsante mayor (p. 189). </p>

<p>Estas reflexiones de Villoro nos llevan a un problema angustioso: &#191;si penetramos en las configuraciones hist&#243;ricas no quedaremos atrapados tambi&#233;n en el infierno que quiso para nosotros Kierkegaard?  Yo creo saber que Luis Villoro conoce bien este peligro. Y sin embargo nos invita a acompa&#241;arlo, a pensar en M&#233;xico, a viajar por su historia y a buscar en nuestro oscuro infierno presente alguna luz que nos gu&#237;e en nuestra escapatoria. Es importante seguirlo en su viaje, pues como dijo Kierkegaard, "siempre es necesaria una luz para distinguir otra luz".</p>
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					<title>Bol&#237;var Echeverr&#237;a: una existencia en ruptura</title>
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					<pubDate>Mon, 07 Jun 2010 15:54:11 +0000</pubDate>
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El d&#237;a 5 de junio de 2010 muri&#243; uno de los m&#225;s creativos e imaginativos fil&#243;sofos latinoamericanos: Bol&#237;var Echeverr&#237;a. Su obra es amplia y admirable, desde El discurso cr&#237;tico de Marx (1986) hasta La modernidad de lo barroco (1999). Fue uno de los pensadores que con mayor agudeza practic&#243; una disecci&#243;n de la modernidad. Su libro de 1995, Las ilusiones de la modernidad, es un ejemplo de ello. En el a&#241;o de 2001 public&#243; un libro que como antrop&#243;logo me llam&#243; poderosamente la atenci&#243;n: Definici&#243;n de la cultura. Como un homenaje a mi admirado amigo Bol&#237;var Echeverr&#237;a, quiero hacer aqu&#237; algunos comentarios al respecto. 

   Desde el interior de los grandes sistemas filos&#243;ficos muchas de las dimensiones de la cultura aparecen como irracionales, innecesarias y disfuncionales. Bol&#237;var Echeverr&#237;a, con gran sensibilidad, recoge precisamente esa dimensi&#243;n incongruente y m&#225;gica para proyectarla, a la manera de Koestler, como un fantasma dentro de la m&#225;quina marxista. El resultado es extraordinariamente estimulante y ha cristalizado felizmente en la metamorfosis de unas lecciones de filosof&#237;a impartidas hace treinta a&#241;os en el libro titulado Definici&#243;n de la cultura, que confirma a Bol&#237;var Echeverr&#237;a como uno de los mejores y m&#225;s originales ensayistas de Am&#233;rica Latina.

   Quiero comentar &#250;nicamente la reflexi&#243;n de Bol&#237;var Echeverr&#237;a que se aplica a las expresiones mitol&#243;gicas de la cultura, cuyo estudio fue visto, al decir de Marcel Detienne, como una &#8220;ciencia de lo escandaloso&#8221;, como la investigaci&#243;n de las formas del pensar extravagante, obsceno, grotesco y repugnante de los pueblos paganos o salvajes. Esta manera de abordar el tema recurre a la a&#241;eja disputa alemana entre los defensores de la cultura, entendida como los aspectos creativos de la actividad humana, y los abogados de la civilizaci&#243;n, que define la acci&#243;n utilitaria de los hombres en sus tareas de sobrevivencia econ&#243;mica. Esta dicotom&#237;a opone, en cierta forma, las interpretaciones dionis&#237;acas de las apol&#237;neas, en la terminolog&#237;a de Nietzsche. Quiero recordar aqu&#237; la manera en que esta oposici&#243;n encarn&#243; en las ideas del psiquiatra anarquista Otto Gross, quien expuso en su primer libro, Las funciones secundarias del cerebro (1902), una significativa teor&#237;a sobre la existencia de dos tipos mentales opuestos. El primer tipo corresponde a gente con una conciencia vasta pero superficial, &#225;gil para entender los hechos y para aprovecharlos en el corto plazo, sumida en una vida emocional primitiva y trivial, carente de la riqueza de una imaginaci&#243;n er&#243;tica ligada a los poderes est&#233;ticos y &#233;ticos superiores. El segundo tipo, caracterizado por una profunda vida emocional, es lento en el entendimiento y uso de los hechos, se orienta hacia la abstracci&#243;n simb&#243;lica y la armon&#237;a de la experiencia, se aleja de la acci&#243;n social eficiente para inclinarse hacia la est&#233;tica y las actitudes visionarias e idealistas. Seg&#250;n Gross, en estos tipos cristaliza la oposici&#243;n entre el hombre de negocios y el de ideas, el hombre de la civilizaci&#243;n y el de la cultura, el personaje realista en la batalla y el solitario creador de im&#225;genes. El primero es caracter&#237;stico de las &#233;pocas tormentosas en que los imperios se establecen; el segundo tipo es un producto de la alta cultura que se desarrolla a partir de los imperios. Esta dualidad era un lugar com&#250;n que podemos reconocer en diversas expresiones intelectuales de fines del siglo XIX y principios del siglo XX, tanto en su forma psicol&#243;gica, como en sus variantes sociales y culturales.

   Ecos de esta contraposici&#243;n se pueden hallar en el enfrentamiento, citado por Bol&#237;var Echeverr&#237;a, entre el existencialismo de Sartre y el estructuralismo de L&#233;vi-Strauss. Este &#250;ltimo intent&#243; encontrar orden y coherencia en el mundo aparentemente indescifrable y escandaloso de los mitos y de las costumbres, para comprender su l&#243;gica. Sartre defendi&#243; la importancia de la libertad humana, un principio que trasciende la estructura. La discusi&#243;n de Bol&#237;var Echeverr&#237;a, en buena medida, se ubica entre estos dos t&#233;rminos. Por momentos se acerca m&#225;s a una interpretaci&#243;n estructuralista, como cuando define la cultura de la siguiente manera: &#8220;La cultura es el momento autocr&#237;tico de la reproducci&#243;n que un ser humano determinado, en una circunstancia hist&#243;rica determinada, hace de su singularidad concreta; es el momento dial&#233;ctico del cultivo de la identidad&#8221;. Este cultivo cr&#237;tico de la identidad es una actividad cultural que, aunque es peligrosa y pone en riesgo la coherencia (de all&#237; su car&#225;cter creativo) constituye al mismo tiempo la reproducci&#243;n de la &#8220;mismidad&#8221;, como dice Bol&#237;var Echeverr&#237;a. Me fascina ver que esta pr&#225;ctica cr&#237;tica es considerada como una peculiar &#8220;saudade&#8221; &#8211;yo hablar&#237;a de melancol&#237;a&#8211; dirigida hacia el Otro, hacia la otredad. Esta saudade es una especie de locura erigida en expresi&#243;n cultural de la identidad.

   El libro de Bol&#237;var Echeverr&#237;a es un intento extraordinariamente creativo y original de utilizar la tradici&#243;n marxista, acorazada con la semi&#243;tica moderna y reforzada con las afiladas armas del estructuralismo antropol&#243;gico, para descodificar y entender ese inquietante espacio inmaterial que Kant llam&#243; el mundus intelligibilis, y que es el mundo de la cultura. Para ello no duda en acudir a la ayuda de la teolog&#237;a o de la filosof&#237;a existencial, pero aqu&#237; los esp&#237;ritus de Walter Benjamin, de Sartre o de Georges Bataille cumplen la funci&#243;n de fantasmas que se ocultan tras las bambalinas de la gran &#243;pera de la identidad semi&#243;tica. Estos fantasmas han ayudado a Bol&#237;var Echeverr&#237;a en su fascinante presentaci&#243;n de las relaciones entre &#8211;por un lado&#8211; el juego, la fiesta y el arte y &#8211;por otro lado&#8211; los discursos cient&#237;fico, m&#237;tico y po&#233;tico. Aqu&#237; estamos ubicados exactamente en ese lindero peligroso que confronta el mundo de las misteriosas incoherencias innecesarias con el espacio de los discursos que hist&#243;ricamente organizan cient&#237;ficamente los juegos, que codifican m&#237;ticamente los rituales festivos o que establecen una po&#233;tica de la experiencia est&#233;tica. El lindero se vuelve m&#225;s dif&#237;cil de comprender al considerar la dimensi&#243;n hist&#243;rica, que nos muestra una inexplicable continuidad estructural de los mitos, los rituales y los c&#225;nones. A mi juicio aqu&#237; la tradici&#243;n estructuralista y ling&#252;&#237;stica no resuelve el problema.

   Hoy podemos reconocer los l&#237;mites de estas interpretaciones. Desde que fueron impartidas las lecciones de Bol&#237;var Echeverr&#237;a las artes semi&#243;ticas y funcionalistas se han erosionado y han sufrido el embate de un renacimiento del evolucionismo, que se ha aunado a las cr&#237;ticas rom&#225;nticas y existencialistas, con el agregado de las armas que proporciona, entre otras ciencias, la neurofisiolog&#237;a. Mezcla extra&#241;a, dir&#225;n algunos, que marca los tiempos postmodernos que vivimos.

    Bol&#237;var Echeverr&#237;a entiende que la cultura adopta las formas de una &#8220;existencia en ruptura&#8221;. Yo dir&#237;a que, en ocasiones, las rupturas se manifiestan como las t&#237;picas mutaciones azarosas sin las cuales no es posible comprender el proceso evolutivo. Sus efectos son a veces desgarradores, y el proceso cultural autocr&#237;tico, adem&#225;s de creativo, se puede convertir en un ritual antropof&#225;gico. Esto ocurre con alguna frecuencia en las manifestaciones culturales de esa dimensi&#243;n que recorre todas las l&#237;neas del libro de Bol&#237;var Echeverr&#237;a, aunque creo que nunca es nombrada. Me refiero a la cultura socialista que ilustr&#243;, pero tambi&#233;n obnubil&#243;, a nuestra generaci&#243;n. De hecho, creo que el gran auge del ensayismo en M&#233;xico (y posiblemente en toda Am&#233;rica Latina) durante el siglo XX, y especialmente durante la segunda mitad de este siglo, se debe a las tensiones y a la disciplina mental que el pensamiento socialista introdujo en nuestra cultura, y que nos oblig&#243; a una &#8220;existencia en ruptura&#8221;. Los ensayos de Bol&#237;var Echeverr&#237;a son frutos muy admirables de esta existencia en zozobra.
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					<content:encoded><![CDATA[<div class="image_block"><img src="http://www.letraslibres.com/blog/blogs/media/blogs/redaccion/bolivarecheverria.jpg" alt="" title="" width="209" height="260" /></div>


<p>El d&#237;a 5 de junio de 2010 muri&#243; uno de los m&#225;s creativos e imaginativos fil&#243;sofos latinoamericanos: Bol&#237;var Echeverr&#237;a. Su obra es amplia y admirable, desde <em>El discurso cr&#237;tico de Marx </em>(1986) hasta <em>La modernidad de lo barroco </em>(1999). Fue uno de los pensadores que con mayor agudeza practic&#243; una disecci&#243;n de la modernidad. Su libro de 1995, <em>Las ilusiones de la modernidad</em>, es un ejemplo de ello. En el a&#241;o de 2001 public&#243; un libro que como antrop&#243;logo me llam&#243; poderosamente la atenci&#243;n: <em>Definici&#243;n de la cultura</em>. Como un homenaje a mi admirado amigo Bol&#237;var Echeverr&#237;a, quiero hacer aqu&#237; algunos comentarios al respecto. </p>

<p>   Desde el interior de los grandes sistemas filos&#243;ficos muchas de las dimensiones de la cultura aparecen como irracionales, innecesarias y disfuncionales. Bol&#237;var Echeverr&#237;a, con gran sensibilidad, recoge precisamente esa dimensi&#243;n incongruente y m&#225;gica para proyectarla, a la manera de Koestler, como un fantasma dentro de la m&#225;quina marxista. El resultado es extraordinariamente estimulante y ha cristalizado felizmente en la metamorfosis de unas lecciones de filosof&#237;a impartidas hace treinta a&#241;os en el libro titulado <em>Definici&#243;n de la cultura</em>, que confirma a Bol&#237;var Echeverr&#237;a como uno de los mejores y m&#225;s originales ensayistas de Am&#233;rica Latina.</p>

<p>   Quiero comentar &#250;nicamente la reflexi&#243;n de Bol&#237;var Echeverr&#237;a que se aplica a las expresiones mitol&#243;gicas de la cultura, cuyo estudio fue visto, al decir de Marcel Detienne, como una &#8220;ciencia de lo escandaloso&#8221;, como la investigaci&#243;n de las formas del pensar extravagante, obsceno, grotesco y repugnante de los pueblos paganos o salvajes. Esta manera de abordar el tema recurre a la a&#241;eja disputa alemana entre los defensores de la cultura, entendida como los aspectos creativos de la actividad humana, y los abogados de la civilizaci&#243;n, que define la acci&#243;n utilitaria de los hombres en sus tareas de sobrevivencia econ&#243;mica. Esta dicotom&#237;a opone, en cierta forma, las interpretaciones dionis&#237;acas de las apol&#237;neas, en la terminolog&#237;a de Nietzsche. Quiero recordar aqu&#237; la manera en que esta oposici&#243;n encarn&#243; en las ideas del psiquiatra anarquista Otto Gross, quien expuso en su primer libro, <em>Las funciones secundarias del cerebro </em>(1902), una significativa teor&#237;a sobre la existencia de dos tipos mentales opuestos. El primer tipo corresponde a gente con una conciencia vasta pero superficial, &#225;gil para entender los hechos y para aprovecharlos en el corto plazo, sumida en una vida emocional primitiva y trivial, carente de la riqueza de una imaginaci&#243;n er&#243;tica ligada a los poderes est&#233;ticos y &#233;ticos superiores. El segundo tipo, caracterizado por una profunda vida emocional, es lento en el entendimiento y uso de los hechos, se orienta hacia la abstracci&#243;n simb&#243;lica y la armon&#237;a de la experiencia, se aleja de la acci&#243;n social eficiente para inclinarse hacia la est&#233;tica y las actitudes visionarias e idealistas. Seg&#250;n Gross, en estos tipos cristaliza la oposici&#243;n entre el hombre de negocios y el de ideas, el hombre de la civilizaci&#243;n y el de la cultura, el personaje realista en la batalla y el solitario creador de im&#225;genes. El primero es caracter&#237;stico de las &#233;pocas tormentosas en que los imperios se establecen; el segundo tipo es un producto de la alta cultura que se desarrolla a partir de los imperios. Esta dualidad era un lugar com&#250;n que podemos reconocer en diversas expresiones intelectuales de fines del siglo XIX y principios del siglo XX, tanto en su forma psicol&#243;gica, como en sus variantes sociales y culturales.</p>

<p>   Ecos de esta contraposici&#243;n se pueden hallar en el enfrentamiento, citado por Bol&#237;var Echeverr&#237;a, entre el existencialismo de Sartre y el estructuralismo de L&#233;vi-Strauss. Este &#250;ltimo intent&#243; encontrar orden y coherencia en el mundo aparentemente indescifrable y escandaloso de los mitos y de las costumbres, para comprender su l&#243;gica. Sartre defendi&#243; la importancia de la libertad humana, un principio que trasciende la estructura. La discusi&#243;n de Bol&#237;var Echeverr&#237;a, en buena medida, se ubica entre estos dos t&#233;rminos. Por momentos se acerca m&#225;s a una interpretaci&#243;n estructuralista, como cuando define la cultura de la siguiente manera: &#8220;La cultura es el momento autocr&#237;tico de la reproducci&#243;n que un ser humano determinado, en una circunstancia hist&#243;rica determinada, hace de su singularidad concreta; es el momento dial&#233;ctico del cultivo de la identidad&#8221;. Este cultivo cr&#237;tico de la identidad es una actividad cultural que, aunque es peligrosa y pone en riesgo la coherencia (de all&#237; su car&#225;cter creativo) constituye al mismo tiempo la reproducci&#243;n de la &#8220;mismidad&#8221;, como dice Bol&#237;var Echeverr&#237;a. Me fascina ver que esta pr&#225;ctica cr&#237;tica es considerada como una peculiar &#8220;saudade&#8221; &#8211;yo hablar&#237;a de melancol&#237;a&#8211; dirigida hacia el Otro, hacia la otredad. Esta saudade es una especie de locura erigida en expresi&#243;n cultural de la identidad.</p>

<p>   El libro de Bol&#237;var Echeverr&#237;a es un intento extraordinariamente creativo y original de utilizar la tradici&#243;n marxista, acorazada con la semi&#243;tica moderna y reforzada con las afiladas armas del estructuralismo antropol&#243;gico, para descodificar y entender ese inquietante espacio inmaterial que Kant llam&#243; el <em>mundus intelligibilis</em>, y que es el mundo de la cultura. Para ello no duda en acudir a la ayuda de la teolog&#237;a o de la filosof&#237;a existencial, pero aqu&#237; los esp&#237;ritus de Walter Benjamin, de Sartre o de Georges Bataille cumplen la funci&#243;n de fantasmas que se ocultan tras las bambalinas de la gran &#243;pera de la identidad semi&#243;tica. Estos fantasmas han ayudado a Bol&#237;var Echeverr&#237;a en su fascinante presentaci&#243;n de las relaciones entre &#8211;por un lado&#8211; el juego, la fiesta y el arte y &#8211;por otro lado&#8211; los discursos cient&#237;fico, m&#237;tico y po&#233;tico. Aqu&#237; estamos ubicados exactamente en ese lindero peligroso que confronta el mundo de las misteriosas incoherencias innecesarias con el espacio de los discursos que hist&#243;ricamente organizan cient&#237;ficamente los juegos, que codifican m&#237;ticamente los rituales festivos o que establecen una po&#233;tica de la experiencia est&#233;tica. El lindero se vuelve m&#225;s dif&#237;cil de comprender al considerar la dimensi&#243;n hist&#243;rica, que nos muestra una inexplicable continuidad estructural de los mitos, los rituales y los c&#225;nones. A mi juicio aqu&#237; la tradici&#243;n estructuralista y ling&#252;&#237;stica no resuelve el problema.</p>

<p>   Hoy podemos reconocer los l&#237;mites de estas interpretaciones. Desde que fueron impartidas las lecciones de Bol&#237;var Echeverr&#237;a las artes semi&#243;ticas y funcionalistas se han erosionado y han sufrido el embate de un renacimiento del evolucionismo, que se ha aunado a las cr&#237;ticas rom&#225;nticas y existencialistas, con el agregado de las armas que proporciona, entre otras ciencias, la neurofisiolog&#237;a. Mezcla extra&#241;a, dir&#225;n algunos, que marca los tiempos postmodernos que vivimos.</p>

<p>    Bol&#237;var Echeverr&#237;a entiende que la cultura adopta las formas de una &#8220;existencia en ruptura&#8221;. Yo dir&#237;a que, en ocasiones, las rupturas se manifiestan como las t&#237;picas mutaciones azarosas sin las cuales no es posible comprender el proceso evolutivo. Sus efectos son a veces desgarradores, y el proceso cultural autocr&#237;tico, adem&#225;s de creativo, se puede convertir en un ritual antropof&#225;gico. Esto ocurre con alguna frecuencia en las manifestaciones culturales de esa dimensi&#243;n que recorre todas las l&#237;neas del libro de Bol&#237;var Echeverr&#237;a, aunque creo que nunca es nombrada. Me refiero a la cultura socialista que ilustr&#243;, pero tambi&#233;n obnubil&#243;, a nuestra generaci&#243;n. De hecho, creo que el gran auge del ensayismo en M&#233;xico (y posiblemente en toda Am&#233;rica Latina) durante el siglo XX, y especialmente durante la segunda mitad de este siglo, se debe a las tensiones y a la disciplina mental que el pensamiento socialista introdujo en nuestra cultura, y que nos oblig&#243; a una &#8220;existencia en ruptura&#8221;. Los ensayos de Bol&#237;var Echeverr&#237;a son frutos muy admirables de esta existencia en zozobra.</p>
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